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LITERATURA INFANTIL    (1650, Europa)

 

Antes de mediados de siglo XVII, eran virtualmente desconocidos los libros escritos para los niños. Los pequeños que sabían leer, tanto si pertenecían a familias ricas como si eran de origen pobre, habían de contentarse con libros para adultos. Uno de los más populares era “Fábulas de Esopo”, una obra griega del siglo VI a.C., traducida al francés hacía siglos, y vertida por primera vez al inglés en 1484.

 

Este libro, que presenta a los animales con figura humana, se mantuvo como literatura para adultos, apropiada también para niños, hasta 1578. Este año, un autor y editor alemán, Sigmund Feyerabend, publicó un libro de arte e instrucción para jóvenes. Consistía en una colección memorable de grabados que ilustraban la vida en Europa, y varias fábulas y cuentos populares alemanes, con un texto que en la práctica se limitaba a unos pies de grabado bastante extensos. Su éxito fue enorme, y la memoria de Feyerabend, pionero entre los editores de libros de calidad, es honrada hoy con la más importante feria anual del libro, que se celebra cada otoño en Frankfurt, su ciudad natal.

 

Otro libro predilecto de los niños a fines del siglo XVI, aunque no iba destinado a ellos, fue el de John Foxe, publicado en 1563 con el título de “Actes and Monuments”, pero conocido popularmente como “El libro de los mártires. Repleto de texto e ilustraciones de rugientes infiernos en los que ardían los pecadores, de santos agonizantes en el martirio y de cristianos sometidos a la lapidación, los azotes y la decapitación, este libro se contó entre los más leídos, por adultos y jóvenes, a fines del XVI.

 

Hasta 1657 no llegaría a la imprenta un libro de texto realmente importante para los niños: el “Orbis Sensualium Pictum”, un volumen en latín con texto e ilustraciones, debido al ilustrador checo Johannes Amos Cemenius, y que fue publicado en Nuremberg, Alemania. Cemenius fue el primer autor que apreció la importancia de combinar palabras, diagramas y grabados para ayudar al niño a leer. El subtítulo de esta obra, “Una nomenclatura de las cosas principales del mundo”, ya da una impresión de su objetivo enciclopédico y de su tono educativo. Este volumen cabal ejerció un efecto enorme sobre los libros subsiguientes destinados a lectores jóvenes, y en muchos aspectos fue un predecesor de las modernas enciclopedias.

 

Con el tiempo, el amplio uso de la prensa de imprimir convirtió en realidad la producción de libros pequeños y baratos para los niños. En el siglo XVII aparecieron las obras de tipo popular, vendidas por buhoneros a lo largo de las carreteras europeas y en las esquinas de las ciudades. Eran libritos de unas diez páginas, muy mal impresos e ilustrados, pero su bajo costo les procuraba una gran cantidad de lectores. Contenían cuentos populares medievales, poesías, chascarrillos y anécdotas humorísticas de índole más bien desenfadada y chabacana.