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DOUGHNUT o DONUT, siglo XVI, Holanda

 

Durante más de doscientos cincuenta años, los doughnuts, creados por panaderos holandeses, no tuvieron agujero en el centro. Ésta fue una modificación que, una vez introducida, redefinió la forma de este bollo.

 

La pasta frita del doughnut se remonta a la Holanda del siglo XVI, donde se la conocía como olykoek o “bollo de aceite”. Elaborado con una pasta a veces azucarada, este bollo fue llevado hasta América por los Peregrinos, que habían aprendido a confeccionado durante su estancia en Holanda en las dos primeras décadas del siglo XVII. Era tan pequeño y redondo, que en Nueva Inglaterra adquirió el nombre de dough nut, literalmente “nuez de pasta”.

 

El agujero central apareció en la primera mitad del siglo XIX, creación independiente de los holandeses de Pennsylvania y de un marino de Maine, Hanson Gregory, que al parecer agujereó los bollos de su madre en el año 1847 por la razón práctica (también alegada por los holandeses de Pennsylvania) de que el incremento del área superficial permitía una fritura más uniforme y eliminaba la parte central más pastosa. Hoy, esta contribución de Hanson Gregory es recordada en su villa natal de Rockport, Maine, por una placa de bronce que sugiere que en América se puede conseguir la fama incluso sin inventar nada.

 

GOMA DE MASCAR, 1860, Staten Istand, Nueva York

 

Mascar goma ejercita los músculos de la mandíbula y relaja la tensión facial, lo que a su vez puede comunicar un relajamiento general del cuerpo. La goma de mascar forma parte de las raciones de campaña y combate de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, cuyos soldados la consumen en una proporción cinco veces mayor que el promedio nacional. Por tanto, parece adecuado que el responsable del fenómeno de la goma de mascar fuera un militar, el general Antonio López de Santa Ana, uno de los protagonistas de los sangrientos hecho de armas de El Álamo.

 

Santa Ana, el general mexicano, tenía sus razones para mascar goma pues en el año 1830, cuando Texas trató de independizarse de México, un ejército mexicano de cinco mil hombres, bajo su mando, atacó la ciudad de San Antonio. Los ciento cincuenta tejanos que guarnecían la plaza se retiraron a Fort Álamo, pero Santa Ana y sus soldados tomaron por asalto el fuerte, matando a todos sus ocupantes, excepto a dos mujeres y dos chiquillos. Unas semanas después, al grito de Remember the Alamo, las fuerzas norteamericanas del general Sam Houston derrotaron a Santa Ana y obligaron a México a aceptar la secesión de Texas. Santa Ana se trasladó a los Estados Unidos y se instaló en Staten Island, Nueva York.

 

El general se llevó consigo al exilio un gran trozo de chicle, la savia lechosa seca o látex del árbol mexicano llamado sapodilla. Conocida por los aztecas como chitcli, a Santa Ana le agradaba mascar esta resina insípida, y en Staten Island la mostró a Thomas Adams, fotógrafo e inventor, que la importó en gran cantidad y trató inútilmente de convertida en un caucho sintético de bajo precio. Para recuperar parte de su inversión, Adams, recordando la avidez con que su hijo Horatio, al igual que Santa Ana, masticaba chicle, decidió lanzar éste al mercado como una alternativa a las pastillas de cera de parafina que entonces se vendían con este fin.

 

Las primeras bolitas de chicle sin sabor se pusieron a la venta en un drugstore de Hoboken, Nueva Jersey, en febrero de 1871, al precio de un penique la unidad. El envase era una caja cuya etiqueta rezaba: “Adams New York Gum-Snapping and Stretching”, y las vendía a lo largo de la costa Este uno de los hijos de Adams. El chicle demostró ser superior a la parafina, y pronto se ofreció a la clientela en tiras largas y delgadas, marcadas de modo que el tendero pudiera cortar la longitud correspondiente a un penique. Su consistencia, parecida a la de un toffee, obligaba a las mandíbulas a trabajar.

 

El primero en aromatizar el chicle, en el año 1875, fue John Colgan, un farmacéutico de Louisville, Kentucky, pero no utilizó esencias de cereza o de menta piperita, sino bálsamo medicinal de tolú, una resina aromática extraída de la corteza de una leguminosa sudamericana, Myroxylon toluiferom, utilizada corrientemente como jarabe contra la tos para los niños. Colgan dio a su goma el nombre de Taffy- Tolu, y su éxito alentó la aparición de otros chicles perfumados.

 

Thomas Adams lanzó al mercado una goma de sasafrás y después con otra esencia de regaliz, llamada Black Jack y que es hoy la más antigua entre las aromatizadas. En el año 1880, un fabricante de Cleveland, Ohio, presentó una goma que se convertida en uno de los sabores más populares de la industria: el chicle de menta piperita. En la misma década, Adams se anotó otro tanto: la máquina expendedora de chicles. En efecto, instaló aparatos de bolas de chicle de tutti-frutti en los andenes del metro de Nueva York.

 

En la década de 1890 los modernos procesos de fabricación y envasado, así como una publicidad adecuada, otorgaron plena popularidad a la goma de mascar. Al frente de esta nueva tecnología se situaba un vendedor de jabones convertido en fabricante de chicles: William Wrigley, Jr.

 

Las dos primeras marcas de Wrigley, Lotta Gum y Vassar, pronto fueron olvidadas, pero en el año 1892 lanzó la Wrigley's Spearmint, seguida el año siguiente por la Juicy Fruit, y ambas ocuparon el primer lugar del mercado americano antes de finalizar el siglo. En el año 1915, Wrigley, uno de cuyos lemas era: “A todo el mundo le gusta que le den algo a cambio de nada”, reunió todos los listines telefónicos del país y envió gratuitamente cuatro pastillas de chicle a cada uno de los abonados, que llegaban entonces al millón y medio. Cuatro años más tarde, repitió la misma campaña a pesar de que el número de abonados pasaba ya de los siete millones.

 

Pese a su popularidad, la goma de mascar no dejaba de tener sus detractores. Los más puritanos la consideraban un vicio, los adictos del rapé la tachaban de afeminamiento, los maestros se quejaban de que distraía la atención de los alumnos, los padres temían que la ingestión de la goma pudiera producir un bloqueo intestinal, y los médicos creían que una excesiva masticación de chicle secaba las glándulas salivales. Todavía en 1932, un genio de la ingeniería como Nikola Tesla, inventor del sistema de electricidad de corriente alterna, afirmaba: “Al agotar las glándulas salivales, la goma lleva a la tumba a más de una víctima insensata.”

 

CHICLES HINCHABLES

 

Los hennanos Frank y Henry Fleer entraron en el negocio de la goma de mascar en el año 1880, cada uno con un objetivo diferente que se traducida en un éxito industrial.

 

Frank Fleer buscaba crear una goma de alta tensión superficial, muy elástica, con la que se pudieran fornar grandes burbujas. La elasticidad era un factor esencial, puesto que si es baja la burbuja estalla ante la barbilla y la nariz sin contraerse, en tanto que si es alta la goma retrocede hasta los labios. Su primer ensayo fracasó, puesto que su Blibber-Blubber Bubble Gum estallaba antes de conseguir una burbuja de buen tamaño. Además, la goma era demasiado “húmeda”, y a causa de ello la burbuja, después de explotar, se adhería a la barbilla.

 

Por su parte, Henry Fleer se enfrentaba a un problema diferente: lograr un recubrimiento caramelizado, blanco y quebradizo para las pastillas de chicle. La tarea de Henry era más fácil, y en el año 1910 pudo lanzar su producto con el nombre de Chiclets. En cambio, su hermano Frank no logró producir una goma recia y “seca” con la que hacer burbujas de respetable tamaño, hasta el año 1928, pero el Double Bubble obtuvo un éxito inmediato entre un público de muy diferentes edades. Sin embargo, lo que más alegró a Frank Fleer fue que, durante la segunda guerra mundial, los soldados americanos introdujeran su goma de mascar entre los pobladores esquimales de Alaska, donde pronto desplazó al que durante siglos había sido el producto masticable tradicional: el sebo de ballena.

 

CHUPA CHUPS, década de 1950, España

 

A los catorce años de edad, Enric Bernat trabajaba ya en la fábrica de caramelos de su abuelo, en la barcelonesa calle de Carders. Sabía cómo se habían esforzado su abuelo y su padre para llevar adelante el negocio, sobre todo en los difíciles momentos de la guerra civil, y desde muy pequeño había aprendido a ejercitar la imaginación. Cuando en los años cincuenta, Enric Bernat, todavía muy joven, se hizo cargo de la dirección de una industria confitera artesana, Granjas Asturias, supo que había llegado el momento de desarrollar esta imaginación y poner en práctica sus ideas.

 

Un año y medio más tarde había sacado a flote su empresa, pero subsistían problemas, y el principal de ellos era la proliferación de productos para un solo mercado regional. ¿Por qué no invertir la situación y fabricar un solo producto para múltiples mercados? Este producto había de ser un caramelo de especial formato e inmejorable calidad, con una gama de nueve sabores y que, detalle muy importante, impidiera al niño, el cliente por excelencia, que se pringara los dedos con él. Resultado: un caramelo redondo con palo. Así de sencillo. La adquisición de una empresa, Confipack, puso en marcha la fabricación propia de maquinarias, así como la de los palitos, empleando madera de Europa central cuando en España no había bastante madera seca. En el año 1960, en pleno auge del plástico, Bernat se apresuró a buscar un palo de plástico flexible, más práctico y seguro que los de madera. El caramelo Chups había conseguido una rápida popularidad, pero no tardó en cambiar su nombre por el de Chupa Chups, debido a una cancioncilla publicitaria que explicaba cómo había de comerse el nuevo producto y que en seguida consiguió el favor del público. El mismo año, la planta de producción tenía ya capacidad para fabricar 4.500 kilos diarios de caramelos.

 

Una bien organizada red de vendedores propios cuidaba de la distribución del producto. Provistos al principio de triciclos Iso-carro, sustituyeron estos vehículos por el entonces popular Seat 600 y se alcanzó un promedio de veinte a treinta visitas diarias. Estos vendedores entregaban al minorista sobres con 140 Chupa Chups al precio de cien pesetas la bolsa, y los caramelos se revendían a una peseta la unidad, cantidad asequible prácticamente para cualquier niño. No obstante, el alto coste de la distribución en forma de autoventa no podía sostenerse con un solo producto, por lo que se decidió pasar la distribución nacional a unas compañías autónomas dirigidas por los propios jefes de ventas de la empresa, al tiempo que ésta se introducía en el campo de hipermercados e iniciaba una gran expansión en el extranjero. Con una fabricación altamente robotizada, una elevada inversión anual en investigación y desarrollo, y una elevada productividad que aseguraba la competitividad de los precios, esta gran aventura comercial se mostraba propicia. Tras iniciar la “conquista de Francia” desde Perpinyàn y la Costa Azul, en los años setenta se puso en marcha una nueva fábrica en Bayona, con una producción anual de 160 millones de Chupa Chups, y se abrieron oficinas en Londres y Bonn. En los Estados Unidos se eligió como punto de partida la zona de Filadelfia y Boston, y después de utilizar durante tres años vendedores propios, se concedió la distribución a una empresa con 2.800 vendedores en activo, todos ellos con vehículo.

 

La actividad exterior produjo cambios drásticos en las cifras de ventas. En 1970, Chupa Chups vendía en el mercado nacional el 90 por ciento de su producción, pero diez años más tarde esta proporción se había invertido. Hoy, las exportaciones llegan al 93 por ciento, con una producción anual que rebasa la cifra de mil millones de unidades. Ha cobrado forma ya muy definida un ambicioso proyecto de Enric Bernat: la invasión del mercado chino con la construcción de una factoría conjuntamente por Chupa Chups International y la más importante empresa china en el ramo de la confitería. Bernat, al que secunda en la empresa casi toda su familia, dijo al respecto: “Siempre hemos visto a los chinos utilizar palillos para comer. Yo quiero enseñarles a usarlos también para comer caramelos.”