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¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Del evangelio de Juan (6, 52)

Sermón en la Fiesta del Corpus Christi
Reunión Interzona (Lleida-Tarragona-Zaragoza) de las IMS
Instituto de Misioneras Seculares

«Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron: aquí está el pan que baja del cielo, para comerlo y no morir. Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva»
Los dirigentes judíos se pusieron a discutir acaloradamente. Decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les respondió: «Pues sí, os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del hombre no tendréis vida en vosotros.
Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él.
A mí me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo gracias al Padre; pues también quien me come vivirá gracias a mí.
Aquí está el pan que ha bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, que comieron, pero murieron. Quien coma pan de éste vivirá para siempre.»
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Muchos discípulos dijeron al oírlo: «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?»
Jesús, sabiendo que sus discípulos protestaban de aquello, les preguntó: «¿Esto os escandaliza? ¡Pues si presenciarais que el Hijo del hombre sube a donde estaba antes! Sólo el espíritu da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida y, con todo, hay entre vosotros quienes no creen.»
Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y añadió: «Por eso os dije que nadie puede acercarse a mí si el Padre no se lo lo concede.»
Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron más con él.

La lectura evangélica de hoy, el que hoy -aunque sea domingo- sea uno de estos "tres jueves que relucen más que el sol", el día del Corpus Christi, nos obliga a hablar de la Eucaristía.

Pero antes que nada, podríamos preguntarnos: ¿Podemos hablar de la Eucaristía aquellos que no hemos pasado hambre?

Y, quizás sin ningún orden, ir añadiendo otras preguntas:

  • ¿Hubo un tiempo en que una Eucaristía era una verdadera comida? ¿Con su bebida incluida?
  • ¿Hubo un tiempo en que una auténtica comida (un comer y beber hasta saciarse) podía ser realmente símbolo del Reino de Dios? ¿Símbolo de un Dios vivo presente y actuante en nuestra historia de hombres y mujeres?
  • ¿Hubo un tiempo en que la Eucaristía era una verdadera comida común participada, en la cual cada uno aportaba el fruto de su trabajo?
  • Y de aquí la norma de Pablo a los cristianos de Tesalónica: El que no quiera trabajar, que no coma (2Tes 3,10)

  • ¿Hubo un tiempo en que los cristianos esperaban la Eucaristía para quedar hartos, para quedar saciados?
  • La Didajé (también llamada Instrucción de los Doce Apóstoles, muy posiblemente un escrito del primer siglo) dice: Después que hayáis quedado saciados, daréis gracias así:.... Se sobreentiende: "Después que todos hayáis quedado saciados..."
    Es por eso que Pablo se enfada con los cristianos de Corinto, pues se ha enterado (en todas partes hay chivatazos) de que en sus celebraciones eucarísticas no todos quedan saciados: Uno se queda con hambre y el otro se embriaga (1Cor 11,21). Su veredicto no deja lugar a dudas: Esto no es la Cena del Señor (1Cor 11,20).
    ¿Qué diría San Pablo hoy si alguien le chivatara que en las actuales celebraciones eucarísticas nadie queda ni harto ni saciado"? ¡¡Esto de ninguna manera no es la Cena del Señor!!

Permitidme otra reflexión, teniendo presente que en todo sacramento hay "materia" y "forma" (esto al menos decía el catecismo).

Sin precisar mucho -y confiando que algunas de vosotras pueden aportar más datos científicos- la "materia" de la eucaristía, la comida (el comer y beber, esta función primaria de nuestra vida, el llenar el depósito para que nuestro motor pueda seguir funcionando) representaba para un campesino palestino del siglo I o para los sectores trabajadores de las ciudades mediterráneas la totalidad de su esfuerzo productivo, de su "presupuesto" anual. Y muchas veces, todo su "presupuesto anual" no llegaba a cubrir sus necesidades alimentarias. Hoy día y en nuestra sociedad, de nuestro presupuesto anual, esto es, de nuestras horas trabajadas, ¿cuántas van a parar a "comer y beber", a "verdadera comida" y a "verdadera bebida"?

*     *     *

Al escuchar la lectura evangélica de hoy, deberíamos poner especial atención en la presentación que la liturgia, siguiendo sus viejas tradiciones, nos ha hecho: Lectura del evangelio según san Juan. Es un fragmento del evangelio que nosotros hemos venido en llamar de San Juan. Si hubiéramos leído algunos versículos más, nos hubiéramos dado cuenta de que el propio evangelista era consciente de que no estaba escribiendo un texto de consenso, pues él ya sabe que muchos de los seguidores de Jesús no pueden estar de acuerdo con lo que él dice. Él mismo reconoce que muchas comunidades no aceptarán este lenguaje, y posiblemente, hoy día, muchos cristianos y cristianas, quizás no pocas de vosotras, estarían más tranquilas si no se tuvieran que enfrentar con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre, si no bebéis su sangre... Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna... (Jn 6,53s).

No creo equivocarme si pienso que, a muchas de vosotras, les gustaría más explicar lo que estamos haciendo ahora, explicar lo que es una celebración eucarística, no a través de estas palabras de comer su carne, de beber su sangre, sino recordando aquellas comidas -que la mayoría de los exegetas consideran con fundamento histórico- de Jesús con sus seguidores.

Comidas abiertas: algunas habían sido multitudinarias. Las habían celebrado en la ciudad y en despoblado y también a orillas del lago. La alegría se contagiaba y llegaban los cantos y los brindis. Llegaba el momento de las danzas y de los panderos. Una de las mujeres, recordando la figura de María (Ex 15, 20), tomando su pandero, entonaba el estribillo:

Derriba del trono a los poderosos
y exalta a los oprimidos

Y todas las mujeres la seguían danzando y tocando los panderos:

Llena de bienes a los pobres
y a los ricos los despide de vacío

Una de aquellas comidas los había impactado. No había sido de las multitudinarias. Al final, Jesús se puso de pie y, alzando la copa, dijo: :

Os lo prometo.
Desde ahora ya no beberé más de este fruto de la viña
hasta el día que lo beba nuevo con vosotros
en el Reino de Dios

¿No eran estas comidas un símbolo del Reino de Dios? ¿O es que nunca hemos acabado una comida cantando un "No nos moverán, no nos moverán", o un "Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad"?

*     *     *

La lectura de hoy del evangelio de Juan nos obliga a preguntarnos si realmente nuestras celebraciones eucarísticas son, en el amplio ámbito de la historia de las religiones, algo original. Hoy, cuando fácilmente oímos hablar de "Foro de las religiones" o de "Parlamento de las religiones" o de reuniones parecidas, el evangelio de Juan puede cobrar nueva vigencia, si no desdeñamos compartir diálogo con las llamadas "religiones originarias de la tierra".

Si repasamos este evangelio, veremos que el tema de "las comidas abiertas" no aparece. No podemos considerar una "comida abierta" las bodas de Caná. Jesús y sus discípulos acuden a ellas como "invitados" de la familia (está también su madre), y no hay en el relato evangélico ningún indicio de ruptura con las normas sociales vigentes.

El evangelio de Juan cuenta otra comida (una cena) de Jesús: es una cena normal dentro de un marco familiar: la familia de Lázaro lo invita en señal de agradecimiento. Y en este evangelio el perfume derramado sobre el cuerpo de Jesús no supone la ruptura de ninguna regla, pues es María, una de las hijas de la casa, la hermana de Lázaro, quien lo derrama sobre los pies de Jesús.

Recordemos que en los relatos paralelos de Mateo (26,6-13) y Marcos (14,3-9) de esta cena en Betania es una mujer quien irrumpe, saltándose en este caso las normas, en la cena para ungir la cabeza de Jesús. Y, seguramente, más en la imaginación tendréis una escena del evangelio de Lucas, evangelio que no contiene el relato de la cena de Betania, pero sí que nos cuenta una comida de Jesús en casa de un fariseo (7,36-50) en la que quien baña los pies de Jesús con sus lágrimas, los besa y los unge es una mujer pecadora.

En el evangelio de Juan no hay comidas de Jesús con publicanos y pecadores, no hay comidas que puedan dar pie al borracho y comilón, no hay "comidas abiertas", no hay -podríamos decir en el lenguaje de hoy- "comidas alternativas".

Según el evangelio de Juan el origen de nuestras celebraciones eucarísticas no son las "comidas abiertas" de Jesús. El origen de la eucaristía en el evangelio de Juan -comer su carne, beber su sangre como condición indispensable de tener vida- hay que ir a buscarlo, más allá incluso de la -relativamente breve históricamente hablando- tradición bíblica del pueblo judío y, por consiguiente, del pensamiento de Jesús, en una de las más primitivas experiencias de la humanidad. Una pintura ruprestre de la cova d'Altamira

Cuando todavía no existía eso que hemos venido en llamar "historia", ya había hombres y mujeres que participaban de un banquete real (y no en uno de ficticio como son nuestras eucaristías de hoy, de las que nos atrevemos a decir que son símbolo de la presencia del Dios que da vida), participaban de un banquete real en que la comida era la carne y la bebida la sangre del animal cazado y muerto (fruto del trabajo de toda la tribu) que para ellos era su divinidad. Esta es la teología, no escrita ciertamente, pero sí pintada en las cuevas -para nosotros prehistóricas- de Altamira.

Esta teología de Altamiranos dice que la vida de la tribu procedía de la vida de la divinidad, para ellos representada en un animal más "poderoso" que cada uno de ellos, que debía ser sacrificada (cazada y matada) por el rito de la caza, y que al consumirla, en el rito del banquete, como alimento (comer su carne, beber su sangre) uno se apropiaba su poder, su vida (tener vida eterna).

Esta teología de Altamira, arcaica, originada ya en nuestra más primitiva historia de la humanidad, es la que sigue sustentando nuestra teología de la eucaristía y de la redención: la idea de que el Hijo de Dios debe ser matado y consumido para la redención del mundo.

*     *     *

Este sermón, si así lo queréis llamar, preparado en parte bajo la mirada, esos días apacible, de una de las antiguas "divinidades" de nuestra tierra (y para algunas de vosotras podría decir de "vuestra tierra"), esto es en las laderas del Moncayo, no es, ni puede ni quiere ser, una proclama a abandonar esta arcaica teología de Altamira de nuestra eucaristía y de nuestra redención. Por el contrario, me gustaría que sirviera para reconocer que se trata de una idea absolutamente arcaica, que se trata de un ritual que procede de la Edad de Piedra, que se trata de un arquetipo humano, de algo que yace en lo más íntimo y profundo del ser humano, y que no puede ser expresado en palabras de dogma, sino a través de la pintura y del mito.

Algo que hay que tomar muy en serio... Y así no nos extrañaremos al saber que en las ciudades mediterráneas de los primeros siglos de nuestra era, no eran los grupos cristianos los únicos que, en sus reuniones, comían la carne y bebían la sangre de la divinidad.

Tarragona
29 mayo 2005
Fiesta del Corpus Christi

Las ideas proceden de:

John Dominic Crossan
Jesús: vida de un campesino judío (1991)
El nacimiento del cristianismo (1998)

Si quieres leer algún texto...

Eugen Drewermann
Dios inmediato (1995)

Si quieres leer algún texto...

Raymond E. Brown
El evangelio según Juan (1966)
La comunidad del discípulo amado (1979)

Si quieres leer algún texto...

Robert Turcan
Las religiones orientales en el imperio romano (1972)

Si quieres leer algún texto...

Con resonancias de escritos antiguos de Marià Corbí i de Carles Comas

I recomiendo la relectura de:
¡Salvemos nuestros mitos! La verdad de los mitos
Ver el otro sermón
Un sermón de Primera Comunión
Ver
Dos textos eucarísticos

Y como epílogo

Demos gracias al Señor Dios nuestro !
Un canon eucarístico

Gracias por la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
4 junio 2005
Última acrtualización: 3 junio 2007
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