A pesar de las obsevaciones proféticas de Carver sobre cómo devolver la vida a las tierras de Alabama depauperadas por el algodón, cambiando de cosechas y fertilizando el suelo con humus natural, los labradores de ese estado y los de todos los estados de la Unión han caído en la tentación, desde que murió Carver, de obtener grandes beneficios con el cultivo de la tierra, pero no con el natural, sino por medios artificiales, a fin de arrancarle a la fuerza hasta el último adarme de productividad. En lugar de desarrollar esfuerzos pacientes y amorosos para conservar sus tierras en un equilibrio de producción natural, han tratado de subyugar a la naturaleza, sin querer cooperar con ella. Por todas partes se advierten indicios de que la naturaleza protesta cuando se la viola y no se la ama. Si esto sigue adelante, la víctima puede morir de amargura e indignación, y con ella todos aquellos a quienes alimenta.
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| G.W. Carver |
Ejemplo entre mil, es Decatur, Illinois, comunidad agrícola situada en el corazón mismo del cinturón norteamericano del maíz, como se le llama.
Cuando estaba para terminar el verano de 1966,
extraordinariamente caluroso y abrasador, el maíz se erguía en
los campos tan alto como un ojo de elefante, prometiendo una
cosecha ubérrima por todas partes, quizá de 80 a 100 bushels por
acre. En los veinte años que habían transcurrido desde la terminación
de la Segunda Guerra Mundial, los agricultores habían
casi duplicado la producción de maíz a base de nitratos fertilizantes,
sin darse cuenta del peligro mortal a que estaban exponiéndose.
Durante la primavera siguiente, uno de los 78.000 habitantes
de Decatur - cuya vida dependía indirectamente de la buena o
mala cosecha de maíz - notó que tenía un sabor extraño el
agua del caño de su cocina. Como procedía directamente del lago
Decatur, formado por el río Sangamón, se llevó una muestra al
departamento sanitario de Decatur para que la analizasen. El
doctor Leo Michel, empleado sanitario, se quedó alarmado al ver
la concentración de nitrato que mostraban las aguas del lago
Decatur y del río Sangamón, la cual no sólo era excesiva, sino
potencialmente mortal.
El nitrato no es nocivo para la constitución física humana,
pero puede hacerse letal al mezclarse con bacterias intestinales,
porque lo combinan con la hemoglobina de la sangre y lo convierten
en methemoglobina, que hace imposible el acarreo natural
de oxigeno a la corriente sanguínea. Esto puede producir una
enfermedad llamada methemoglobinemia, que mata por asfixia;
los niños son particularmente susceptibles de contraerla. Muchos
casos de la epidemia misteriosa denominada muerte en la cuna
se atribuyen actualmente a ella.
Un periódico de Decatur publicó un articulo en que
se decía que el suministro de agua de la ciudad estaba contaminado por
un exceso de nitrato, y que la causa podían ser dos fertilizantes
que se esparcían en los maizales contiguos. El reportaje cayó
como una bomba en las comunidades del cinturón del maíz. Cuando
se procedió a analizar el agua, los labradores utilizaban casi
esclusivamente fertilizantes de nitrógeno, por ser los más baratos,
y el medio único quizá de producir 80 bushels de maiz por acre,
que era la cantidad determinada por la economía del maíz para
obtener beneficios. Este cereal es un voraz consumidor de nitrógeno,
el cual, en condiciones naturales, se almacena y hace parte
del humus del suelo, material entre negro y pardo, compuesto casi
exclusivamente de sustancias vegetales en descomposición.
Durante muchos siglos antes de que el hombre empezara a
labrar la tierra, el humus se acumulaba al volver al suelo la vegetación
que moría y se pudría. Cuando recogía las cosechas, el
hombre procuraba que el humus, rico en nitrógeno y otros elementos
nutritivos de las plantas, fuese sustituido por las deyecciones
animales y la paja, que son los componentes del estiércol de
cuadra.
En muchas comarcas del lejano Oriente, el mismo excremento
humano, denominado enfemísticamente por los occidentales
suelo de noche, es aplicado a la tierra, en lugar de arrojarlo
a los ríos a través de un sistema de letrinas o drenaje.
La población de Decatur tiene todavía un depósito
casi inagotable de abono natural en la cercana Sioux City, de Iowa,
ciudad situada a orillas del río Misuri, en que se han cebado
y sacrificado millones de animales, que después han sido mandados
durante más de medio siglo a los mercados nacionales de
menudeo. Se ha acumulado allí un montón de estiércol vacuno
más largo que un campo de futbol. Esta montaña de desechos
orgánicos, cuya eliminación plantea un problema terrible a las
autoridades municipales podria ser fácilmente procesada en productos
vivificadores naturales del terreno, si alguien se interesase
por salvarlo. Y no se crea que Sioux City es una excepción. El
doctor T. C. Byerly, director de los programas de eliminación
de desechos de Estados Unidos, asegura que los procedentes de
operaciones ganaderas son actualmente iguales a los producidos
por toda la población nacional, y que se duplicarán hacia el
año 1980.
Pues bien, en lugar de devolver todo este nitróngeno natural
a la tierra, los agricultores prefieren utilizar fertilizantes artificiales
de nitrógeno. Sólo en Illinois, el consumo se elevó de
10.000 toneladas en 1945, a bastante más de 500.000 en 1966, y
está aumentando constantemente. Como la cantidad de nitrógeno
utilizada es mayor que la que puede naturalmente asimilar el
maíz, el exceso se deslava al suelo y lo arrrastra a los ríos locales:
en Decatur, ese camino fatal termina en los vasos para beber de
los ciudadanos.
Joe Nichols, médico y cirujano que fundó en Atlanta, Texas,
la empresa Natural Food Association, comunicó que en una inspección
realizada en las explotaciones agrícolas de todo el oeste
medio se averiguó que los maizales estaban tan fuertemente fertilizados
con nitrógeno sintético, que el maíz no podía convertir
la carotena en vitamina A, y el pienso producido de él para el
ganado también estaba escaso en vitaminas D y E. No sólo no
ganaban peso las reses, sino que no se reproducían tampoco como
debieran, a consecuencia de lo cual, los labradores perdían dinero.
Al cortarse ciertas variedades de maíz para ensilarías, el contenido
de nitrato era tan elevado, que los milos explotaron y el jugo
que salió de allí bastó para matar a todas las vacas, patos y gallinas
que tuvieron la mala suerte de beberlo.
Los silos que no hicieron explosión quedaron tan cargados de nitrógeno con el maíz impregnado de él, que el grano almacenado despedía vapores letales de óxido nítrico, suficientes para matar a un hombre que lo respirase sin querer.
La polvareda que se levantó en todo el país cuando se hizo
público el caso de Illinois ya había tenido precedente en los círculos científicos, cuando el doctor Barry Commoner, director del
Centro de Biología de Sistemas Naturales, de la Universidad de
Washington, en St. Luis, Misuri, presentó un documento profético
sobre la relación entre los fertilizantes nitrogenados y la contamínación de nitrato en los ríos del oeste medio, en la asamblea anual de la Asociación Norteamericana para el Avance de la
Ciencia. Dos semanas después, un vicepresidente del Instituto
Nacional de Alimentos Vegetales - organización que tiene por
objeto proteger los intereses, que ascienden a 2.000 millones de
dólares de la industria norteamericana de fertilizante - envió
copias del informe de Commoner a especialistas del suelo de nueve
universidades importantes para que lo refutasen. Como se habían
pasado la vida aconsejando a los agricultores que utilizasen fertilizantes
artificiales, porque era la mejor manera de asegurar cosechas
abundantes, muchos científicos de estos centros de enseñanza
académica estaban tan irritados con los razonamientos de Commoner
como los funcionarios de la organización de fertilizantes, y
se aprestaron a defenderse con cuantos medios pudiesen.
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| B. Commoner | D.H. Kohl |
El doctor Daniel H. Kohl, de la Universidad de Washington,
fue una excepción, porque como especialista en el proceso de la
fotosíntesis, declaró que el problema era tan grave, que en él se
ventilaba el porvenir de todo el planeta. Se asoció con el doctor
Commoner para determinar en virtud del análisis isotópico lo que
estaba ocurriendo con el exceso de nitratos en los suelos de Illinois,
pero sus esfuerzos fueron blanco de los malévolos ataques de sus
colegas departamentales, quienes alegaban que aquel trabajo no
concernía a un departamento de investigación pura.
El doctor Commoner apretaba en su libro The Closing Vircle
(El círculo que se cierra), a sus colegas académicos, indicándoles
que la nueva tecnología que acrecentaba la producción podría ser
un éxito económicamente, pero ecológicamente era un desastre.
Decía que la industria de fertilizantes nitrogenados era una de
las "operaciones comerciales más sagaces de todos los tiempos",
por su instinto certero para incrementar los beneficios. Pero que,
según los datos que tenemos, la fijación natural del nitrógeno
del aire por las bacterias del suelo se detiene ante la presencia del
nitrógeno artificial, por lo que cada vez es más difícil al labrador
prescindir de su uso. Ocurre lo mismo que con las drogas que
crean hábito : el fertilizante nitrogenado tiene tambien sus exigencias,
y sus compradores vienen a ser víctima del producto.
El doctor William Albrecht, profesor de la ciencia del suelo en la Universidad de Misuri - quien, durante más de medio siglo ha estado luchando casi por su propía cuenta para defender la importancia de un suelo sano si se quieren obtener buenas cosechas para los animales y para los hombres -, afirma que, en lo que hace al análisis del forraje, las vacas son más inteligentes que las personas. Dice que, por muy alto y verde que parezca el pasto, el ganado lo rechaza si está abonado con nitrógeno artificial excesivo, y prefiere la hierba más baja que crece a su lado. "Aunque la vaca no puede clasificar las cosechas de forraje por su nombre ni hacer cálculos de su producción por acre, es más experta que cualquier bioquímico en cuanto a determinar su valor nutritivo."
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| W. Albrecht |
El doctor André Voisin, director de estudios de la Escuela
Veterinaria Nacional Francesa, de Alfort, población próxima a
Paris, admiraba los años que consagró Albrecht a la investigación.
En 1959, publicó el doctor Voisin un libro titulado El suelo, la
hierba y el cáncer, que tradujo al inglés el secretario de la
Sociedad Irlandesa de Organización Agrícola, y fue editado por la
Biblioteca Filosófica de Nueva York. La tesis de esta importante
obra, gira en torno a la idea de que el hombre, en su afán de
producir alimentos para una población mundial en explosión, se
ha olvidado de que su cuerpo procede de la tierra, o como dice
la Biblia, es polvo y cenizas.
La tesis de que las plantas y los animales están íntimamente
asociados con el suelo en que nacieron, propugnada por Voisin,
quedó confirmada cuando visitó Ucrania y vio que, en unas cuantas
generaciones, la gigantesca raza de caballos percherons, desarrollada
en un distrito meridional de Normandía, se había reducido
al tamaño de los caballos cosacos, aunque los soviéticos
habían conservado la pureza de su sangre, y su conformación
seguía siendo la misma, pero más pequeña. Esto debe hacernos
pensar, advierte Voisin, que todos los seres vivos son fotografías
bioquímicas de su medio. Nuestros antepasados, dice, sabían
perfectamente que la constitución del suelo es lo que determina su
vigor y su salud.
Desarrollando su tema favorito de que la tierra hace a las
plantas, a los animales y al hombre, expuso a sus lectores un
conjunto fascinante de datos, demostrando cómo los jueces supremos
de los métodos agronómicos no son los químicos de los laboratorios,
sino los animales y las plantas que se crían en el país.
Presentó, además, ejemplos abundantes para probar que el análisis
químico de los vegetales alimenticios, las plantas y el suelo, es
totalmente insuficiente para calibrar su valor. Indica que los
químicos trabajan principalmente a base de grupos analíticos,
que bien pudiera decirse que son meras creaciones de su mente.
Advierte que los agricultores han recibido desde hace mucho
tiempo el consejo de que alimenten a sus animales a base de ciertas
pruebas del contenido nitrogenado de sus piensos, y cita a R. L.
M. Synge, premio Nobel de quimica de 1952, el cual aseveró que
era una completa presunción llegar a conclusión alguna de esta
manera sobre las verdaderas cualidades nutritivas de los pastos
y de los alimentos humanos.
El decano de agricultura de la Universidad inglesa de Durham
estaba tan impresionado con la conferencias que pronunció Voisin
en la Sociedad Británica de Producción Animal en 1957, que
hizo un resumen de ella ante el auditorio con las siguientes palabras :
"Como nos ha explicado irrebatiblernente monsieur Voisin,
el forraje que parece ideal para el químico, tal como lo estudia
con su análisis, no es siempre el ideal para la vaca."
Mientras estuvo en Inglaterra, Voisin visitó una granja, en
que era particularmente elevada la incidencia de una enfermedad
conocida por el nombre de tétanos de la hierba, del que fueron
víctimas 150 cabezas de ganado, proporción muy elevada. Se enteró
por el propietario de la granja de que el ganado no había estado
pastando en prados maduros, sino en sembrados nuevos de hierba
joven, abonada con enormes cantidades de fertilizantes industriales,
particularmente potasio. Le dijo que, cuando el potasio se
aplicaba a la hierba y a otras plantas forrajeras, se avorazan éstas
inmediatamente y se entregan a un consumo desenfrenado. Esto
hace que el contenido potásico de las plantas aumente enormemente
en muy poco tiempo, disminuyendo la cantidad de otros
elementos que deben absorber, como el magnesio, cuya carencia
conduce directamente al tétanos.
Cuando se presentó en la granja un veterinario local para
atender a los animales enfermos, Voisin le preguntó si sabia qué
cantidad de potasio había utilizado el granjero para fertilizar sus
prados. El hombre, que no tenía idea de que estaba hablando con
uno de los representantes franceses más famosos de la ciencia
veterinaria, le contestó bruscamente :
- Esto es asunto del propietario de la finca. Mi papel se
reduce a cuidar y curar a los animales enfermos.
Voisin se quedó estupefacto ante esta ruda contestación,
a la que no nos dice qué replicó. Pero escribió lo siguiente : "Yo
creo que no se trata únicamente de curar al animal o al hombre
afligido por una dolencia es necesario curar también al suelo
para no tener que curar después al animal o al hombre."
Voisin estima que el auge de la industria de fertilizantes artificiales
ha sido la causa de que el hombre, mecánicamente y sin
caer en la cuenta, se haya decidido por el uso tan intenso de esos
productos, que ha olvidado la relación íntima que tiene con el
suelo, tal como lo ha hecho la naturaleza, y no piensa en que
la adulteración del polvo de que procede esté quizá marcando su
destino en el planeta Tierra. Aunque esto apenas ocurre desde
hace un siglo, su progresión ha sido geométrica en cuanto a la
proliferación de enfermedades degenerativas en el animal y en
el hombre, a consecuencia del uso excesivo de fertilizantes artificiales.
Todo empezó cuando el barón Justus von Liebig, famoso
químico alemán, publicó en 1840 un ensayo precedido del título
interesante La química en su aplicación a la agricultura y a la fisiología.
En él parecía indicar que todo lo que necesitan las plantas vivas se
encontraba en las sales minerales presentes en sus
cenizas en las cuales se había destruido con la combustión cuanta
materia orgánica contenían. Aunque esta teoría contradecía
directamente a siglos de práctica agrícola, y hasta al mismo sentido
común, los resultados visibles de la aplicación de fertilizantes artificiales
compuestos de nitrógeno, fosfatos y potasio, junto con
calcio, óxido y cal, parecían confinnar la teoría de Liebig, y
después desencadenaron una subida vertical en la producción de
fertilizantes químicos, como lo prueba, por ejemplo, lo que hemos
referido respecto a Illinois.
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| J. von Liebig |
El doctor Albrecht, de la Universidad de Misuri, califica de
mentalidad de ceniza a esta ceguera por el nitrógeno, el fósforo
y el potasio, que son los componentes principales de los fertilizantes
químicos, porque las cenizas sugieren la idea de la muerte
más bien que la de la vida. Sin embargo, como un monarca senil,
pero imposible de destronar, sigue la teoría de la ceniza imponiéndose
en la agricultura, a pesar de los ataques que ha recibido
de una minoría de individuos, que ven las cosas desde una perspectiva
lejana : constituyen un grupo al que se denomina colectivamente
agriculturalistas orgánicos, quienes consideran a Justus von Liebig
como el progenitor de un verdadero cataclismo mundial.
Ya a comienzos del siglo, cuando la industria de los fertilizantes
estaba adquiriendo importarcia, Robert McCarrison, doctor
e investigador médico británico - que después fue nombrado
caballero por sus treinta años de servicios como director de la Agencia
de Investigación de la Nutrición, dependiente del Gobierno
Imperial de la India, y presidente de su Instituto Pasteur de
Coonoor - formuló una conclusión contraria después de trabajar
durante cierto tiempo entre los habitantes de la remota "Agencia
Gilgit", zona fragosa y montañosa del sur del Valle Wakhand,
que es la "cola" de Afganistán.
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| R. McCarrison |
McCarrison estaba asombrado de que los Hunzas, antigua raza que se consideraba descendiente directa de los soldados de Alejandro Magno, no sólo eran capaces de caminar más de 74 kilómetros en la región más abrupta del mundo y bucear por debajo del hielo de un boquete a otro - los abrían en los lagos simplemente por divertirse - sino que gozaban de perfecta salud, salvo alguna inflamación de los ojos ocasionada por la mala ventilación de sus cabañas donde encendían fogatas, y que vivían hasta alcanzar una edad avanzada. McCarrison observó, además, que la salud y el vigor de los hunzas corría parejo con su alto grado de inteligencia, ingenio y cortesía. Eran numéricamente pocos y estaban rodeados de vecinos belicosos, pero rara vez eran atacados, porque siempre vencían.
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| Hunzas |
Al notar que los pueblos contiguos, habitantes en el mismo
clima y condiciones geográficas, eran víctimas de numerosas
enfermedades que jamás se daban entre los hunzas, inició un estudio
comparativo de las costumbres dietéticas de los pobladores de la
Agencia Gilgit, que después se extendió a diversas razas de la India.
Alimentó a unas cuantas ratas lo suficientemente idiotas para
comer lo que comen los humanos con diversas dietas Indias, y
advirtió que manifestaban las mismas condiciones de crecimiento,
estado físico y salud que la gente que consumía aquellos alimentos.
Las ratas que comieron lo que los pathans y sikhs aumentaron de
peso mucho más rápidamente y se pusieron mucho más sanas que
las que ingirieron la pitanza diaria de los kanareses y bengalíes.
Cuando les dio el alimento de los hunzas, que se reducía a granos,
hortalizas y frutas, junto con leche de cabra sin pasterizar, y
manteca producida con ella, los roedores parecieron a McCarrison
los animales más sanos que había visto en su laboratorio. Crecían
rápidamente, nunca estaban enfermas, se apareaban con entusiasmo
y tenían crías sanas. Cuando se les hizo la autopsia a los
27 meses - equivalente a 55 años de edad en los humanos - no
tenían nada anómalo ni enfermo en sus órganos. Lo que más
extrañaba a McCarrison, era que siempre se comportaban con
mansedumbre y cariño, y tenían ganas de jugar a todas horas.
Al contrario de estas ratas hunza, otras contrajeron las mismas
enfermedades que la gente cuya dieta consumieron, y hasta
parecieron adoptar ciertas características de su comportamiento.
Las enfermedades que reveló su autopsia, llenaban una página
entera de las notas de McCarrison. Había dolencias o trastornos
en todas las partes de su cuerpo, desde el vientre y los ovarios
hasta la piel, el pelo, la sangre y los sistemas respiratorio, urinario,
digestivo, nervioso y cardiovascular. Además hubo que tener separadas
a muchas de ellas, furiosas y bravas, para que no se matasen
entre si.
En los trabajos de laboratorio, basados en factores alimenticios
accesorios recientemente descubiertos - que denominó vitaminas,
en 1921, el bioquimico norteamericano, pero nacido en Polonia,
Casimir Funk - McCarrison pudo comprobar que los pichones
consumidores de la dieta que produce el bocio en los seres humanos
contrajeron polineuritis. Lo que le extrañaba, era que otras
aves sanas alimentadas con dietas normales, eran afectadas por
los mismos microbios, pero no se ponían enfermas. Lo atribuyó a
deficiencias de la dieta, que permitía triunfar a los microbios,
pero no a la presencia de éstos precisamente.
En una conferencia que pronunció en el Colegio Británico
de Cirujanos, explicó que las ratas que estuvieron consumiendo durante
más de dos años las dietas de las razas indias más vigorosas
y mejor desarrolladas nunca cayeron enfermas. Pero el British
Medical Journal, en un artículo sobre la alocución de McCarrison,
se concentró únicamente en las enfermedades que la dieta
contribuía a prevenir, y pasó completamente por alto el hecho pasmoso
de que la radiante salud de un grupo de personas pudiera
transmitirse dietéticamente a un grupo de ratas, y solamente en
virtud de la dieta. Los médicos, habituados a explicaciones doctrinales
de que la neumonía se debía al agotamiento a haber cogido
frío, a un golpe en el pecho, al microbio del neumococo, a la
debilidad por ancianidad o a otras enfermedades, se quedaron
tan tranquilos ante el descubrimiento hecho por McCarrison de
que sus ratas de laboratorio habían contraído neumonía por las
deficiencias de su alimentación. Otro tanto cabe decir de las
enfermedades del oído medio, las úlceras pépticas y otros trastornos.
Los círculos médicos norteamericanos no fueron
más receptivos a la verdad propugnada por McCarrison que sus colegas
británicos. En una conferencia que pronunció ante la Sociedad
para la Investigación Biológica en la Universidad de Pittsburgh
sobre "la alimentación deficiente en relación con los trastornos
gastrointestinales", le escucharon impasibles cuando dijo : "Su
formidable salud abdominal desde que volví a occidente ha contrastado
notablemente con las lamentaciones dispépticas y las dolencias
del colon de nuestras comunidades tan civilizadas." Entonces lo
mismo que ahora, las pruebas aportadas por McCarrison de que
los hunzas tienen una salud y una larga vida envidiable no lograron
movilizar una expedición médica de investigación a su tierra;
quedaron sepultados en el Indica Journal of Medical Research.
Sólo cuando un médico inglés, llamado
G. T. Wrench, dio a la publicidad un libro titulado The Wheel of Health (La rueda
de la salud), en 1938, conoció el público sus maravillosos datos.
En la introducción se preguntaba por qué no se presentaban a
los aspirantes a médicos más que personas enfermas y convalecientes,
pero nunca individuos ultrasanos.
Se pronunciaba contra
el hecho universal de que sólo se enseñase la enfermedad en las
escuelas médicas, que partían de la idea de que todos sabían desde
que nacían lo que era la salud. "Más aún - escribía -, la base de nuestra enseñanza de las enfermedades es la patología, o sea,
el aspecto de lo que está muerto por la enfermedad." Entonces
como ahora, el énfasis se ponía sobre la patología, no sobre la
salud natural. Pero, ni la advertencia de Wrench ni los datos
abrumadores de McCarrison - quien después de retirarse como
comandante general se hizo médico del rey Jorge V - parecieron
hacer mella en las autoridades sanitarias de Estados Unidos y
otros países. El doctor Elmer Nelson, director de nutrición de la
Administración de Alimentos y Drogas de Estados Unidos, declaró
ante los tribunales, en 1949, según dijo el Post de Washington:
"Es completamente anticientífíco afirmar que un cuerpo bien
alimentado puede resistir mejor la enfermedad que otro no tan
bien alimentado. Creo en general que no se han realizado los
experimentos suficientes para probar que las deficiencias dietéticas
hacen al individuo más vulnerable a las enfermedades".
Algún tiempo antes de que McCarrison llegase a la Agencia
Gilgit, un joven micólogo y conferenciante sobre temas de agricultura
ante el Departamento Imperial de Agricultura de Barbados,
Indias occidentales, llamado Albert Howard, estudiando las
dolencias por hongos de la caña de azúcar, llegó a la
conclusión de que la verdadera causa de las enfermedades de las plantas
jamás se descubriría en los pequeños laboratorios e invernaderos
llenos de tiestos de flores. Según dijo : "En Barbados yo era un
ermitaño de laboratorio, un especialista de especialistas, empeñado
en aprender más y más de cada vez menos y menos. Pero, como
también se induian en su trabajo los viajes a las islas de Barlovento
y de Sotavento, y tenía que dar consejos a los pobladores
sobre cómo debían cultivar el cacao, el arrurruz, los cacahuates,
los plátanos, los cítricos, la nuez moscada y otras muchas plantas,
comprobó que aprendía más de los hombres que estaban en contacto
real con la tierra y su abundancia que en todas sus clases
anteriores de botánica.
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| A. Howard |
Empezó a descubrir fallas fundamentales en la organización
de la investigación de la patología vegetal. "Yo era un investigador
de enfermedades de las plantas - escribía -, pero no tenía
cosechas en las cuales probar los remedios que proponía. Advertí
que había un gran abismo entre la ciencia de laboratorio y la
práctica sobre el terreno."
La primera gran oportunidad que se le presentó de combinar
la teoría con la práctica fue en 1905, cuando le nombraron botánico
imperial del gobierno de la India.
En la ciudad bengalí de Pusa, sede de la estación de investigación agrícola que iba a ser fundada por lord Curzon, virrey de la India, decidió tratar de producir, en un campo de 30 hectáreas, plantas de salud tan resistente que no necesitasen riegos de sustancias venenosas para prevenir las enfermedades. Sus maestros no fueron los doctos patólogos de las plantas, sino los nativos de la región. En su opinión, como las cosechas de los alrededores de Pusa estaban notablemente libres de plagas, debía hacer un estudio a fondo de las prácticas agrícolas indias. "Inmediatamente me sentí compensado", declara.
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| Lord Curzon |
Siguiendo las prácticas de los indios, no empleó
pesticidas ni abonos artificiales, sino fertilizantes animales y vegetales cuidadosamente
acumulados. Tuvo tal éxito que, en 1919, había aprendido
a "obtener cosechas sanas, prácticamente libres de enfermedades,
sin la menor ayuda de nicólogos, entomólogos, bacteriólogos, químicos agrícolas, estadísticos, bancos de información, a bonos artificiales,
máquinas regadoras, insecticidas, fungicidas, germicidas y
toda la cara letanía de las modernas estaciones experimentales."
Howard estaba, además, asombrado de que sus bueyes de labor
- la unidad de poder corriente de la agricultura india - jamás
contrajeron enfermedades como la septicemia, glosopeda y otras
típicas del ganado que devastaban frecuentemente a las reses de las
estaciones experimentales modernas, porque sólo los alimentaba
con los productos de su fértil tierra. "No hubo que separar a ninguno
de mis animales - escribía - ; ninguno fue vacunado; frecuentemente
se ponía en contacto con ganado enfermo. Como mi
pequeña granja de Pusa sólo estaba separada por un seto bajo de
una de las grandes ganaderías del estado de Pusa, en que había
brotes de glosopeda, varias veces vi que mis bueyes se frotaban
el hocico con reses enfermas. Pero nunca pasó nada. Los animales
bien cebados y sanos no reaccionaban a esta enfermedad, como
también ocurria exactamente con distintas variedades de cosechas
que resistían a los insectos y a las pestes o plagas de hongos,
cuando se desarrollaban y cultivaban como era debido."
Howard reconoció que la base para eliminar la enfermedad en
las plantas y en los animales, era sin duda alguna la fertilidad
del suelo, y que el primer requisito para toda la siguiente labor
era hacer que toda la estación experimental de Pusa adquiriese
un alto grado de fertilidad. Para lograrlo, decidió imital las prácticas
tradicionales de China y organizar un sistema a gran escala
para convertir en humus los desechos de las granjas.
Pero, desgraciadamente, ya entonces la organización de la
investigación agrícola se había desarrollado en Pusa de la forma
que describió con las siguientes palabras :
Se habían establecido una serie de compartimientos absolutamente
separados : cría de plantas, micología, entomología, bacteriología,
química agrícola y agricultura práctica. Había intereses creados
que consideraban a la organización más importante que sus fines. No
había en ella espacio para un estudio amplio de la fertilidad del suelo y sus
múltiples derivaciones, a cargo de algún miembro del personal
técnico que tuviese libertad completa de acción. En
mis proposiciones había invasión de campos ajenos, delito anatematizado
por la mente oficial (que controlaba los aspectos financieros)
y por el instituto de investigaciones, tan subdividido como
ya era tradición en Pusa.
En consecuencia, Howard recaudó afanosamente fondos para
instituir un nuevo centro, el Instituto de la Industria de las Plantas,
en Indore, localidad situada a cerca de 500 kilómetros al
noreste de Bombay, donde logré una libertad completa de acción.
Como el requisito fundamental para cultivar algodón, principal
cosecha comercial de la comarca de Indore, era incrementar la
fertilidad del suelo, estaba en su elemento, y desarrolló lo que iba
a llamarte más tarde proceso Indore de producción de humus.
Al poco tiempo advirtió que, no sólo sus cosechas de algodón eran
el triple de las obtenidas en las tierras aledañas, sino que las plantas
estaban totalmente libres de enfermedades. "Estos resultados
- escribía más tarde -, constituían una nueva confirmación del
principio que yo trataba de demostrar : la relación entre una tierra
sana y las cosechas libres de enfermedades; demostraban que, en
cuanto decae el estado del terreno, puede producirse la enfermedad."
Estaba firmemente convencido de que las dos metas más
importantes eran mantener en buen estado el suelo y no trabajarlo
demasiado para no rebasar el límite de sus reservas naturales.
A base de sus descubrimientos, escribió un libro tituado
The Waste Products of Agriculture : Their Utitization as Humus
(Los productos de desecho de la agricultura : su utilización como humos),
que mereció una acogida favorable y hasta entusiasta en
el mundo entero. Pero, cuando llegó a manos de los científicos
agrícolas que trabajaban en los problemas del algodón en estaciones
investigadoras del imperio británico, fue recibido con hostilidad
y hasta con obstrucciones, porque la metodología de Howard
iba contra sus creencias inveteradas de que con sólo los métodos
de inseminación podían mejorarse las cosechas de algodón y la
calidad de la fibra, y las enfermedades se reducían en virtud del
ataque directo con pesticidas.
Además, se ridiculizó el factor tiempo. ¿Cómo iban
a invertirse varios años en volver la tierra a lo que Howard llamaba buen
corazón? Para esto haría falta abandonar los fertilizantes químicos
e iniciar la producción de abono Indore, mezcla de desechos
animales y vegetales a razón de tres por uno. Howard comprendía
la amenaza que representaba su plan para el orden establecido :
"La producción de abono a gran escala podría resultar
un peligro positivo y revolucionario para la estructura, y quizá para la misma
existencia de una organización investigadora basada en la aplicación
fragmentaria de ciencias separadas a un complejo problema
de múltiples aspectos biológicos, como es particularmente la
producción del algodón."
Los investigadores de muchas otras cosechas del imperio
adoptaban el mismo punto de vista que los especialistas en algodón, y
eran fuertemente respaldados por los defensores y magnates de las
prósperas industrias de fertilizantes artificiales y pesticidas.
Cuando volvió Howard a Inglaterra a fines de 1935, fue invitado
por los estudiantes de la Escuela de Agricultura de la
Universidad de Cambridge, para que les hablase sobre "la manufactura
del humus según el método Indore". Repartió antes copias
impresas de sus observaciones para que surgiese una discusión
animada después de la conferencia, por lo cual estuvo presente
casi todo el personal de la escuela cuando subió a la plataforma.
Pero, como había sido tan tenazmente atacado por los especialistas
de Inglaterra, India y otras partes del mundo, no le extrañó que
la facultad casi en pleno de la escuela, desde los químicos a los
productores de plantas y patólogos se opusiesen cerradamente a
sus puntos de vista. Sólo la masa estudiantil pareció escucharle
con entusiasmo y hasta divertirse, como comentó Howard, al ver
a su maestro a la defensiva, esforzándose en vano por sostener los
pilares tambaleantes de su templo.
"Una vez más - dice - me quedé asombrado ante
el conocimiento limitado y la escasa experiencia que los agriculturistas del
mundo demostraron en este debate. Me parecía estar tratando con
principiantes, y algunos de los argumentos que expusieron podrían
casi calificarse de impertinencias de la ignorancia." Era evidente,
ante el cariz de esta asamblea, que poco, o acaso nulo, iba a ser
el apoyo al cultivo orgánico de la tierra, que Howard pensaba
obtener de los colegios e institutos de investigación agrícola de la
Gran Bretaña.
Y estaba en lo cierto. Cuando leyó más tarde en el
Club Británico de Agricultores un trabajo sobre "La restauración y
mantenimiento de la fertilidad", los representantes de las estaciones
experimentales y de la industria de fertilizantes que había en el
auditorio ridiculizaron sañudamente sus ideas. Howard les contestó
que dentro de poco escribiría su respuesta en la tierra misma.
Dos años más tarde, sir Bernard Greenwell, que habia
seguido minuciosamente las instrucciones de Howard en sus dos
latifundios, dio cuenta de ello al club, corroborando sólidamente
las ideas de Howard. Pero los científicos y comerciantes de fertilizantes
no quisieron asistir a sus conferencias, porque sabían que el
éxito de la agricultura orgánica era el argumento más irrefragable
a su favor.
A pesar de tantos intereses adversos creados, Howard recibió, como McCarrison, la orden de caballería, que le otorgó la Corona Británica por sus realizaciones. A pesar de todo, sólo unos cuantos individuos con sentido común empezaron a seguir sus indicaciones. Uno de ellos fue lady Eve Balfour, quien desde la niñez había padecido ataques agudos de reumatismo y catarros continuos de cabeza todos los inviernos, de noviembre a abril. Al enterarse de las investigaciones de Howard anteriores a la Segunda Guerra Mundial, inició una operación tipo Indore en su propiedad de Haughley in Suffolk. No comía el pan de las panaderías, sino uno amasado exclusivamente con harina integral de sus trigales beneficiados con el abono de Howard. Durante el invierno siguiente al cambio en su dieta alimenticia general, quedó libre totalmente de resfriados por primera vez en su vida, y ya no la molestaron los constantes dolores reumáticos durante los largos períodos de frío y humedad.
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| E. Balfour |
Durante la guerra, vio la luz en la Inglaterra severamente
racionada, el libro de lady Eve, The Living Soil (El suelo viviente).
Era resultado de una prolija labor en las bibliotecas y
de entrevistas con especialistas de la salud convencidos de la razón
de Howard y McCarrison, por lo cual constituía un compendio
de datos diversos sobre la relación entre las plantas criadas en
humus y la salud de los animales y seres humanos que las consumían.
Comparaba lady Eve la conquista de la naturaleza, de
que tanto se ufanaba el hombre, con la conquista de Europa por
los nazis. "De la misma manera que Europa está sublevada contra
el tirano escribía, la naturaleza se subleva contra la explotación
humana".
No tardó en descubrir que sus lechoncitos, atacados al mes
de haber nacido por una enfermedad que vulgarmente se llamaba
diarrea blanca - la cual, según los libros, se debía a falta de
hierro, por lo que recomendaban dosis de la planta llamada
pamplinas y otras ricas en dicho metal -, también podían curarse
con tierra de campos ricos en humus y no tratados con fertilizantes
químicos; pero la tierra agotada por los fertilizantes no
aliviaba en nada aquella dolencia.
Por el mismo tiempo, más o menos, Fried Sykes, agricultor y
criador de caballos de pura sangre, convencido por las ideas de
Howard, compró una finca abandonada de 300 hectáreas, en
Wiltshire, a unos 300 metros de altura, sobre la Llanura de Salisbury,
cuya tierra estaba completamente agotada por la labranza.
Su experiencia anterior como consejero agrícola le había
enseñado que los cultivos especializados y exclusivos de una sola cosecha
o de una sola variedad de animales llevaban inevitablemente a la
debilitación del ganado y de las plantas por diversas enfermedades.
Pero llegó a convencerse de que podían éstas desarraigarse
totalmente con una práctica acertada de buen cultivo, particularmente
con la introducción de la agricultura mixta.
Sykes, que había estudiado ecología mucho antes de que se
popularizase esta palabra, y era enemigo del DDT más de diez
años antes de que Rachel Carson conmoviese al mundo con su
Silent Spring (Primavera silenciosa), decía en su libro Food,
Farming and the Future (Los alimentos, la agricultura y el porvenir),
publicado en 1951 : "Lo primero que hace la naturaleza
cuando ha sido tratada con veneno, es luchar contra él y tratar
de producir una veta resistente en la forma de vida que es atacada.
Si el químico persiste en aplicar sus métodos envenenadores,
tiene muchas veces que inventar otras ponzoñas más fuertes para
abatir la resistencia que la naturaleza opone contra él. De esta
manera se produce un círculo vicioso. Porque, como consecuencia
del conflicto, se desarrollan plagas más fuertes y venenos más
poderosos; ¿y quién es capaz de asegurar que, en esta prolongada
contienda, el hombre mismo no va a sentirse arrastrado y subyugado?".
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| R. Carson |
La experiencia de Sykes con las cosechas, basada en su intuición
de que el suelo posee una fertilidad latente, que podría
fomentarse con sólo prestarle atención y sin la aplicación
de fertilizante alguno, estaba casi al borde de lo fantástico. Había
analizado diez hectáreas y media de terreno. El informe del laboratorio
indicaba que había graves deficiencias de cal, fosfato y
potasio, por lo cual recomendaba una receta de fertilizantes artificiales
para corregir aquella condición.
Pero, no hizo caso del proyecto Sykes y aró y rastrilló
su campo, en el que sembró avena, sin añadirle fertilizante alguno. Con
el asombro de sus vecinos, logró una cosecha de 92 bushels por acre,
a la que siguió otra igualmente abundante de trigo. Volvió a arar
el campo de nuevo durante el verano y mandó una muestra de su
tierra al laboratorio, donde se advirtió que sólo quedaba falta de
fósforo, porque la cal y el potasio habían alcanzado de nuevo su
nivel adecuado. A pesar del criterio unánime de los especialistas,
quienes insistían en que las cosechas de cereales no podían darse
satisfactoriamente sin abundancia de fosfato, Sykes aró la parcela y
obtuvo una cosecha de trigo mayor que la primera. Es que había
arado el subsuelo, penetrando más hondo en la tierra y permitiendo
que se airease aquella parte profunda de la misma. Cuando pidió
para Chantry un arado de subsuelo, el agente que tomó su pedido
e dijo : "¿Para qué diantres quiere usted una herramienta así en
un campo tan dejado de la mano de Dios como éste?.
Mi compañía viene trabajando desde hace más
de cien años y nunca ha provisto a nadie de un aparato así.
Pues bien, su cosecha de trigo, en un campo anteriormente sembrado
de centeno y trébol, fue de dos toneladas y media por acre
al año siguiente. Volvió a arar la tierra, sembró avena en ella y
se encontró con una cosecha de más de 100 bushels por acre. Al
hacerse en el laboratorio un tercer análisis del suelo, no se advirtieron
faltas ni deficiencias de sustancia alguna.
Sykes describió este procedimiento en un ensayo titulado :
"Labranza lucrativa con abonos orgánicos, único medio de refertilización
del suelo". Llegaba en él a la conclusión de que había logrado que
su ganado se criase con salud y vigor, que sus plantas se liberasen de toda enfermedad
sin riesgos de sustancias venenosas, que
pudiese sembrar durante seis años consecutivos las mismas variedades
de trigo, cebada y centeno, mientras otros agricultores tenían
que andar cambiando.
Habiendo logrado, entre otros éxitos, detener la tendencia a la
degeneración de las simientes, que había inducido más y más
a los labradores a sembrar variedades híbridas de valor nutritivo discutible, se
asoció con lady Eve Balfour y otras personas para formar
la Asociación del Suelo, cuyo objeto principal era unir a la gente,
sin distinción de paises, a fin de llegar a comprender mejor las
relaciones vitales entre el suelo, las plantas, los animales y el hombre.
Su filosofía giraba en torno a la idea de que los alimentos disminuyen
cuando se sacrifica la calidad a la cantidad.
La Asociación del Suelo inició un proyecto de
investigaciones en una tierra que le donaron en Suffolk, cuyos moderadores dijeron :
La humanidad se ha estremecido de terror con el invento de la bomba atómica. Sin embargo, otra devastación más lenta, pero más generalizada, producida por el agotamiento del suelo que nos proporciona el sustento, es ignorada por la mayor parte de la gente, que sólo cree que la calamidad puede adoptar la forma de un desastre catastrófico o de una guerra. La explotación abusiva de la fertilidad del suelo obedece en parte al deseo de obtener ganancias económicas inmediatas, pero en grado mucho mayor, a la ignorancia. Muchos científicos y agricultores comprenden ahora que son incompletos sus conocimientos de los procesos naturales en que se basa la fertilidad del suelo. Reconocen que sólo pueden explicarse parcialmente estos procesos en función de la química agrícola, y que un enfoque puramente inorgánico del estudio de la ciencia del suelo constituye actualmente una línea de pensamiento tan muerta como la determinación mecánica de la física del siglo XIX. Muerta es la palabra apropiada, porque el factor que le falta es la vida misma.
Poco después de organizarse la Asociación del Suelo en Gran Bretaña, J. I. Rodale, director de una revista sanitaria de Pensilvania, se enteró del trabajo realizado por sir Albert Howard. "Decir que estaba apabullado seria poner las cosas en su punto justo - escribía después -. Es indudable que la forma en que se cultivan las plantas alimenticias tiene algo que ver con su valor nutritivo. Sin embargo, esta teoría no se ha expuesto todavía en ninguna de las revistas sanitarias que estaba yo leyendo. Para los físicos y especialistas en la nutrición, las zanahorias eran zanahorias, eran zanahorias y nada más." En 1942, Rodale compró una finca por propia cuenta en Emmaus, Pensilvania, y se dedicó a la publicación de un libro de sir Albert Howard, titulado An Agricultural Testament (Testamento agrícola). Lanzó entonces una revista, Organic Gardening and Farming, que actualmente tiene unos 850.000 suscriptores, después de 30 años de existencia. Fundó otra revista afín, titulada Prevention, en 1950, para orientar a la opinión pública respecto a la relación entre la salud y los alimentos producidos orgánicamente que tiene hoy una circulación de más de un millón de lectores, cada vez más interesados en conocer la calidad de los alimentos norteamericanos.
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| J.I. Rodale |
Por sus esfuerzos en pro de la integridad de los alimentos, se
atrajo la enemistad de la Comisión Federal de Comercio de Estados
Unidos, que intentó detener la venta de su libro, The Health Finder
(El buscador de la salud), porque se anunciaba diciendo que podía
"ayudar a las personas corrientes a liberarse de muchas terribles
enfermedades". Rodale defendió su caso ante los tribunales en una
contienda que le costó cerca de un cuarto de millón de dólares.
Ganó el pleito, pero no pudo sacar al gobierno una indemnización
de sus pérdidas.
La campaña de Rodale comenzó a combatir el punto de vista
corriente de los habitantes de las ciudades y suburbios de Estados
Unidos - que constituyen la inmensa mayoría -, de que el suelo es
una sustancia estática e inerte. Impugnó el empleo de la palabra
suciedad como sinónimo (en inglés) de tierra. La primera tiene un
sentido derogatorio, con una connotación de algo desechable y vil,
en tanto que la tierra es una cosa viva y limpia. Nosotros estamos
empleando la palabra tierra como sinónimo de suelo en
castellano.
Por debajo de la superficie de la tierra, pululan y proliferan
múltiples organismos. Hay gusanos, llamados anélidos, del latín
anellus, que significa anillo, porque constan de 100 a 200 segmentos
anulares, cada uno de los cuales constituye un cuerpo en
miniatura : estos perforan los senos de la tierra hasta casi dos
metros de profundidad, funcionando como un arado natural, que van
comiendo el suelo a medida que avanzan, volviéndolo a arrojar
para producir una tierra superficial rica.
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| Anélido |
Aristóteles los llamaba
intestinos de la tierra, pero también podrían ser considerados
como su sistema vascular, porque, cuando faltan, el suelo se
endurece en una especie de arteriosclerosis.
En 1881, un año antes de su muerte, Charles Darwin publicó
un libro titulado, The Formation of Vegetable Moult through the
Action of Worms (La formación de la tierra vegetal por la acción
de los gusanos), en que aseguraba que, sin ellos, la vegetación
degeneraría y se extinguiría. Calculaba que en sólo un año
pasaban más de diez toneladas de tierra seca por acre a través de los
sistemas digestivos de las lombrices de tierra, y que, en un campo bien poblado
de ellas, se producía cada cinco años una pulgada de tierra
superficial. El libro de Darwin se estuvo llenando de polvo 50 años
en las estanterías, hasta que fue vuelto a estudiar; pero, ni aun
entonces, penetraron sus ideas en las enseñanzas de las escuelas de
agricultura, ni se ha comprendido todavía que, con la aplicación
excesiva de fertilizantes y pesticidas químicos, puede perderse en
un campo toda su población de lombrices, tan importantes para
conservarlo en el estado de salud que precisa la producción de
cosechas nutritivas.
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| C. Darwin |
La gente se ríe muchas veces de la acción beneficiosa
de las lombrices de tierra, a pesar de que, en un experimento realizado hacia
1950 sobre este hecho, quedó demostrada definitivamente su
capacidad para mejorar un suelo pobre. Llenáronse veinte barriles de
tierra depauperada y se sembró de hierba. En la mitad de ellos
había gusanos vivos, en la otra mitad estaban medio muertos, pero
todos tenían la misma cantidad de materia orgánica. Cada barril
fue tratado con un volumen igual de abono orgánico. Los barriles
primeros, o sea, los que contenían gusanos vivos produjeron cuatro
veces más hierba.
Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, el
doctor William Beebe, que exploró por primera vez las profundidades
del océano en una batisfera, decidió, después de organizar
una expedición para recoger pájaros en Brasil, que tenía que hacer
algo en su regreso por mar a Nueva York. Así fue como se determinó
a examinar el suelo de la jungla. Estudiando a bordo con
una lupa la tierra que llevaba en un saco viejo, mezclada con hojas
podridas, se encontró sumergido en un mundo extraño y portentoso.
Cuando arribé a Nueva York, había descubierto más de 500
especimenes diversos de vida en aquel puñado de tierra; estaba
convencido de que más del doble quedaban por identificar.
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| W. Beebe |
Si hubiese utilizado el microscopio, y descubierto así las bacterias, no habría podido contarlas. Sir E. John Russell dice en su libro Soil Conditions and Plant Growth (Las condiciones del suelo y el crecimiento de las plantas), que en un minúsculo gramo de tierra tratada con abono animal, hay unos 29 millones de bacterias; sin embargo, cuando se emplean fertilizantes químicos, el número se reduce casi a la mitad.
En un acre de tierra fértil, o sea,
en menos de media hectárea de terreno, se calcula que las bacterias
pesan más de un cuarto de tonelada; al morir, sus cuerpos se
convierten en humus y enriquecen el suelo de manera natural. Además
de bacterias, hay millares y millares de otros organismos microscópicos :
actinomicetes, formas filamentosas que se parecen a las bacterias
y a los hongos; algas diminutas, afines a las algas marinas;
protozoos, o sea, animales que no constan más que de una célula
y los extraños hongos sin clorofila, que tienen cuerpos unicelulares,
o también ramificados, como las levaduras, los mohos y los musgos.
La parte vegetativa de un tipo de hongos se asocia con las
raíces de muchas plantas verdes, en forma que beneficia a ambos
y es todavía un misterio. Aunque parecen haber escapado a la
atención de muchos científicos de la agricultura, estos bongos, llamados
micorrizas fueron descubiertos por el doctor M. C. Rayner en
Inglaterra, quien observó que sus hebras eran consumidas por las
raíces de los árboles con que se asociaban. En sus viajes por Francia,
sir Albert Howard vio que las raíces de las parras más sanas
productoras de uvas eran ricas en micorrizas : Nunca se las había
abonado con fertilizantes artificiales, y sin embargo, eran famosas
por la calidad de los vinos que se obtenían de sus uvas.
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| Micorrizas |
Otra gran ventaja de la agricultura natural, que es perfectamente conocida de los labradores de ayer, ha quedado totalmente olvidada en la agricultura de monocultivo tan altamente especializada : es la simbiosis de las plantas. Como ha dicho el ensayista ruso Vladimir Soloukhin en Hierba, la moderna agronomía soviética ha perdido todo interés por los beneficios de la sociedad con las plantas. Aunque los especialistas se rían, los acianos, florecillas que crecen en los campos de centeno ondulante, ejercen un efecto saludable sobre este cereal, y aunque crean que esas plantas de flores azules, que los norteamericanos llaman botones de soltero, no son sino maleza dañina, Soloukhin se pregunta : "Si fuesen hierba, borde o parásitos, ¿no las habrían aborrecido los labradores antes de que apareciesen los sabihondos agronomistas?".
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| V. Soloukhin |
¿Cuántos botánicos, vuelve a preguntarse, saben que el tallo primero de la cosecha de centeno se decoraba amorosamente con una guirnalda de acianos y se ponía delante de un icono, o que la gente de campo estaba convencida de que estas florecíllas azules proporcionaban abundante néctar a las abejas para fabricar su miel, aun en el tiempo más seco? Creyendo que toda esa sabiduría tradicional tenía una base sólida, Soloukhin buscó su confirmación en la literatura científica y averiguó que la intuición campesina estaba en lo cierto.
Leyó allí que, si se mezclan cien gramos de
trigo con veinte semillas de la florecilla llamada ojo de buey, el
trigo que nazca será sometido y dominado por esta planta, pero
que si sólo se añade una semilla, el trigo crecerá mejor que si no
hubiese ojos de buey en su sembrado. Lo mismo pasa con las flores
de centeno y los acianos.
La idea que tenía Soloukhin de la simbiosis vegetal confirma
la del profesor de botánica y conservación, doctor Joseph A.
Cocannouer, norteamericano, el cual estuvo al frente del Departamento
del Suelo y Horticultura de la Universidad de Filipinas,
mientras sir Albert Howard trabajaba en la India, y que fundó una
gran estación investigadora en la provincia de Cavite. En su libro,
Weeds : Guardians of the Soil (La maleza, custodia del suelo),
publicado hace casi un cuarto de siglo, expone la tesis de que, en
lugar de ser dañinas, las plantas consideradas generalmente nocivas
y perjudiciales, como la ambrosía, el chual, la verdolaga y las ortigas,
extraen minerales del subsuelo, sobre todo los que se han agotado
en la superficie y son excelentes indicadoras de las condiciones
de la tierra. Como buenas compañeras, ayudan a las plantas
domésticas a llegar con sus raíces a donde pueden proveerse de
alimentos.
Escribiendo sobre la ley de la asociación de todas las cosas,
Cocannouer advirtió que el mundo de la agricultura en general
estaba empezando a olvidarla. "En Norteamérica - escribió -,
estamos minando nuestro suelo en lugar de labrarlo, con nuestra
voracidad insensata por aprovechar los altos precios de los productos
agrícolas." Otro tanto está principiando a ocurrir en Europa,
donde, añade, muy pocos agricultores están cumpliendo la ley de
la devolución después de la Segunda Guerra Mundial.
Los labradores cada vez tienen una mente más mecanica.
Díjole uno de sus mejores amigos, en cierta ocasión : "¡Al diablo
contigo y con tu filosofía de la naturaleza. Todo eso está muy bien
en teoría ... pero la gente que tiene hambre vuelve los ojos a
Estados Unidos en busca de alimentos. Tenemos que dárselos.
Tenemos que mecanizar nuestra agricultura y hacer que nuestra
tierra produzca todo lo más que pueda!".
Hoy en día, los norteamericanos viven en un país en que la
producción de alimentos es supuestamente la más eficiente del
mundo. Sin embargo, los precios de los comestibles siguen subiendo.
Dicen que en 1900 un labrador de los Estados Unidos sólo podía
dar de comer a cinco individuos, y que hoy puede alimentar a
treinta. Pero el científico de la alimentación, Georg Borgstrom, de
la Universidad de Michigan, dice que estas cifras matemáticas son
ilusorias. A comienzos de siglo, los labradores, además de trabajar
sus propias tierras y criar su propio ganado, vendían su leche,
mataban sus propios animales, batían la leche fresca para hacer
mantequilla, salaban las carnes, cocían el pan y efectuaban la
labranza con animales de trabajo para los cuales producían alimentos.
Ahora, todos estos requisitos y necesidades se satisfacen con una
maquinada costosa, en que cada vez se consume una cantidad
mayor e imposible de reponer de combustibles fósiles, y la habilidad
y laboriosidad del labriego ha sido sustituida por las fábricas.
En menos de 25 años han desaparecido varios millones de avicultores,
cuyos pollos y gallinas merodeaban por el campo, alimentándose
de todo tipo de vegetales naturales y productos minerales e
insectos, para ser sustituidos por unos 6.000 establecimientos
semiautomatizados, en que son cebadas las aves en jaulas donde apenas
caben pegadas ala con ala, a base de dietas llenas de suplementos
artificiales.
Todas estas actividades, que han dejado de ser granjeras y
campesinas, se traducen después en el costo elevado y en la calidad
dudosa de los alimentos. Si se dividen los veintidos millones de
personas que fabrican maquinaria agrícola y construyen las carreteras
entre las granjas y los mercados, entregan y procesan los productos
del campo y desarrollan las demás actividades que supone la producción
de alimentos, puede verse claramente que hoy se requiere
el mismo número de individuos para alimentar a los norteamericanos,
que en 1900.
No obstante, Cocannouer comprendió que iban a imponerse
los puntos de vista de aquel amigo suyo que se reía de la naturaleza.
Estaba desesperado porque no se había hecho dado a conocer al
público la firme convicción de Luther Burbank, de que el aprendizaje
agrícola debe principiar por el estudio de la naturaleza.
Hoy tenemos indicios de que quizás está volviendo la lombriz
agrícola, y de que los científicos universitarios empiezan a despertar
y a abrir los ojos a las ideas defendidas hace mucho tiempo
por McCarrison, Howard y Rodale. Como si estuviesen descubriendo
algo nuevo, los doctores Robert F. Keefer y Rabindar N. Singh,
investigadores agrícolas de la Universidad de Virginia Occidental
en Morgantown, dieron a la publicidad, el 4 de marzo de 1973, un
ensayo sobre el tema de que "lo que come el hombre está determinado
en parte por el abono con que fertilizan los labradores
sus cosechas". En sus experimentos aseguran ambos profesores haber
determinado que los valores alimenticios del maíz dulce y forrajero,
tan importante para las dietas de los animales y de los humanos,
están disminuyendo trágicamente, debido a la cantidad y calidad
de los fertilizantes con que se castiga a algunos tipos de terreno.
Su redescubrimiento un tanto tardío de esta verdad fundamental
ha dado más fuerza a un estudio realizado en once estados
del medio oeste, donde se observó que el contenido de hierro,
cobre, zinc y manganeso del maíz ha disminuido considetablemente
en los últimos cuatro años.
La aplicación de dosis elevadas de fertilizantes
nitrogenados como las que alarmaron a los ciudadanos de
Illinois, puede "producir efectos sumamente importantes en la
salud de los animales y de los hombres", dice Singh. Y añade que la
obra de otro de sus colegas de Virginia occidental muestra que la
fertilización de los pastizales con grandes cantidades de nitrógeno
puede alterar la leche de los animales que pacen allí, como se ha
visto al dar a comer la hierba a las ratas.
Antes los descubrimientos de pioneros como McCarrison,
Howard, Albrecht, Voisin, Sykes y lady Eve Balfour, la investigación
de los profesores de Virginia occidental nos llega muy tarde, y sus
advertencias producen cierta hilaridad al ver el número creciente
de enfermedades degenerativas que asolan a Estados Unidos.
Es extraño que en las escuelas médicas norteamericanas
interesadas principalmente en el estudio de los tejidos enfermos y de
los sistemas y órganos corporales afectados por distintas dolencias,
más bien que en la investigación de la salud y de la gente sana,
no hay una sola disciplina elemental sobre la nutrición.