El experimento más avanzado sobre la comunicación con las plantas se ha desarrollado ahora en un remoto rincón del norte de Escocia, con resultados más gloriosos que los obtenidos por ningún otro medio. En un erial azotado por el viento y cubierto de algas y arenas, sobre el estero de Moray, ha echado raíces una comunidad de arbolitos que puede convertirse en una maravilla florida de la Edad de Acuario.
A cinco kilómetros en línea recta de las murallas del castillo de Duncan en Forres, y exactamente al sur del breñal en que las tres brujas profetizaron a Macbeth que iba a ser Thane o Señor de Galmis y Cawdor, un antiguo jefe de escuadrón de la RAF convertido en hotelero decidió sentar sus reales con su esposa y sus tres hijos pequeños, en el rincón solitario de un estacionamiento de trailers, junto a la bahía de Findhorn, tiradero herrumbroso de latas viejas, botellas rotas, matorrales y zarzas.
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| Findhorn |
Alto de mejillas encendidas, con las maneras elegantes de un señor inglés y la vestimenta de un hacendado agrícola, Peter Caddy, que en otros tiempos cruzara a pie más de 3.000 kilómetros de los Himalayas, pasando por Cachemira para penetrar hasta el interior del Tíbet, desde joven ha pertenecido a una escuela de adeptos, cuyo ideal es devolver la belleza y el esplendor a nuestro planeta. Iluminado por los dictados de su conciencia, o como él prefiere decirlo, por la voluntad de una fuerza creadora omnipotente que le descubre su clarividente esposa, Eileen, levantó su casa y se trasladó a Findhorn un día novembrino de nieve el año 1962. Acompañaba a los Caddy otra sensitiva, Dorothy Maclean, que había abandonado su empleo en el Ministerio de Asuntos Exteriores Canadiense para estudiar el Sufismo.
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| P. Caddy | D. Maclean |
Durante algún tiempo, se habían estado empeñando los Caddy en cambiar radicalmente de vida, retirándose de las ocupaciones mundanales y de las actividades materialistas para iniciar un largo periodo de adiestramiento y preparación, como lo llama Caddy. Durante este periodo proyectaron entregarlo todo, inclusive su voluntad personal, a un ser que denominaban Poder y Amor Ilimitado, cuyos designios se les manifiestan a través de la guía de un maestro Rosacruz fallecido, al que conocieron en la carne como doctor G. A. Sullivan, y en el espíritu como Aureolus, o St. Germain, o el Maestro del Séptimo Rayo.
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| St. Germain |
La verdad, el lugar en que menos esperaban los Caddy instalarse, era aquel campamento abigarrado y antiestético de casas móviles, llamado Findhorn Caravan Park. Durante años, habían estado pasando a toda prisa por allí de camino hacia Forres o desde Forres. Pero ahora, una fuerza misteriosa se imponía a la aversión que les inspiraba aquel paraje. Siguiendo una guía invisible, por lo menos así les parecía, equiparon con sus pertenecias un viejo remolque y se trasladaron en él al emplazamiento de su nuevo hogar, una hondonada de menos de un cuarto de hectárea no muy lejos del grupo principal de trailers, pedazo de terreno apelmazado de arena y grava, azotado constantemente por vientos huracanados, sólo a medias protegido por matojos de inhiesta y grarna lacia que retenían la arena, y apenas sombreado por una faja de abetos espinosos.
Ante el invierno que ya se anunciaba, aquél era un paisaje lúgubre. Imitando a los antiguos frailes, que solían construir a mano sus monasterios, poniendo amor y luz en el aparejo de los muros a cada piedra que colocaban, los Caddy limpiaron su maltrecho trailer de arriba abajo, quitaron el polvo a su mobiliario y poblaron el ambiente de vibraciones de amor para anular las negativas, que creían inevitables en las estructuras construidas por la gente que no pensaba sino en el dinero. La limpieza y pintura a mano del remolque fue el primer paso que dieron hacia la creación de su nuevo centro de luz.
Como ninguno de los pioneros de Findhorn estaba empleado, sus escasos recursos no le iban a durar más que para pasar el tenebroso y húmedo invierno escoces, soñaban con la primavera y con roturar y cultivar un huerto, en parte para incrementar el pabellón de luz que los rodeaba, y en parte, también, para tener algo que comer.
Caddy "se pasó los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio" inmerso en libros de jardinería y horticultura, cuyas recetas y recomendaciones encontraba contradictorias. Escritos como estaban para entusiastas del cultivo de la tierra, que vivían principalmente en la tibia costa meridional de Inglaterra, le resultaban irritantes y vacuos. Cuando se acercaba la Pascua Florida como un heraldo del renacer en la tierra, el suelo árido y casi yerno que rodeaba su remolque no presentaba la menor probabilidad ni la más remota esperanza de producir comestible alguno. Caddy, que no había sembrado un vegetal en su vida, se sentía algo así como Noé cuando experimentó el impulso ínterior de construir un arca donde no había agua pero no cejo en su empeño. O seguían la voz interior al píe de la letra, o mejor les valdría volver otra vez al mundo de los negocios. Sus maestros Rosacruces le habían enseñado la regla primera de la vida : "Amar al lugar en que se estaba, amar a la persona con quien se estaba, y amar lo que se estaba haciendo."
Para recibir la guia arcana de lo que la comunidad recién nacida tenía que hacer cada día, Lucen se levantaba regularmente a medianoche y meditaba varias horas, bien envuelta en su abrigo a fin de protegerse de las noches gélidas escocesas, y se retiraba al único lugar que le podía brindar tranquilidad absoluta : el frío retrete del estacionamiento. Había leido en un libro que todos reciben su nombre espiritual en algún momento de su vida, y que sólo entonces pueden comenzar en serio su trabajo espiritual. En 1953, sintió que se le grababa en la frente la palabra Elixir, por lo cual adoptó ese nombre, y, desde entonces recibió guía constante.
En su visión clarividente, valga el pleonasmo, Elixir vio siete bungalows de troncos de cedro juntos en medio de un espléndido jardín, hermoso y bien cuidado. Pero era un misterio para ella cómo iba a materializarse esta visión en la desolación eremítica en que se habían instalado. Sin embargo, todos estaban dispuestos a depositar ciegamente su fe en su clarividencia.
La perspectiva de crear un huerto parecía una tarea sobrehumana : en el terreno de arena fina y polvorienta y de grava no crecía más que algún hierbajo agreste y duro. Elixir recibió la orientación de que cada vez que metía el azadón en la tierra, hundía en ella al mismo tiempo el hombre sus propias vibraciones y que, cuando eran buenas, atraían como un imán otras vibraciones iguales.
Peter Caddy despegó con la azada una capa de grama de más de un metro de ancha por tres de larga, la colocó a un lado y después cavó cosa de medio metro, acumulando en un montón la arena y la grava. En la trinchera abierta metió boca abajo la capa de grama y la desmenuzó con el azadón. Lo que se proponía era que la hierba no volviese a salir a la superficie, pero que sirviese de alimento a la tierra al irse desintegrando.
Repitió la operación, extrayendo otras dos capas como la primera, que colocó y desmenuzó en la misma forma, y Caddy se encontró con un huerto de tres metros de lado. El problema era empapar el suelo de agua, lo cual le resultó mucho más difícil de lo que se había imaginado. La arena era tan fina, que el agua se deslizaba sobre ella en glóbulos, como gotas de mercurio. Sólo a fuerza de la más asidua paciencia y regando la superficie poco a poco y durante largos periodos, logró impregnar el suelo lo suficiente para que retuviese la humedad. Tuvo que rastrillar más piedras y grava. Pero, por fin, llegó el momento en que el cuadro estaba listo para la sementera. Según los expertos agrícolas locales y los libros de texto que había podido consultar sobre horticultura, nada era posible cultivar en Findhorn, como no fuesen algunas lechugas y rábanos. Menguada pitanza para una familia que se había acostumbrado a su filete diario en el hotel, o a un sabroso plato de pato adobado con generoso vino rojo.
Afortunadamente, Elixir había recibido la inspiración de que el hombre no come lo que debe, no bebe lo que debe ni piensa lo que debe, y que se empeña en engordar en lugar de crearse un cuerpo de luz. Tenían que comer un alimento menos denso y empezar a concentrarse en formar un verdadero huerto, cuyas frutas y hortalizas, junto con miel y germen de trigo, debía constituir su dieta en la nueva era de cuerpos más perfectos.
Caddy sembró a conciencia simientes de lechuga en un surco de dos centímetros y medio de profundidad que abrío con el mango de su azadón. Había colocado las semillas a un lado y después las fue empujando al surco con el rastrillo. Para sentarse al sol y ver cómo lozaneaba su huerto, los colonos de Findhorn necesitaban un seto para cortar los vientos que eternamente soplan por el estero de Moray, y además un patio de cermento es decir, una especie de terraza llana. Tenían arena de sobra, pero no cemento, ni tampoco dinero para comprarlo.
La madera para levantar una barda tosca apareció como por milagro, cuando un hombre estaba desmantelando su garaje. Apenas habían acabado de construir la valla, cuando un vecino les fue a decir corriendo que habían caído en la carretera, de un camión que pasaba, unas cuantas bolsas destripadas de cemento. Al poco tiempo, tenían ya su patio vallado, desde el cual podían admirar, no precisamente, y esto era lo malo, las lechugas frescas, sino una invasión pavorosa de larvas de escarabajos.
¿Qué hacer en aquel trance? Caddy había sido advertido por Elixir y su guía de que no debía usar insecticidas quimicos. Un vecino que pasó casualmente por allí le informó de que, a la misma entrada del estacionamiento de los trailers, había un montón de hollín húmedo, lo cual constituía un antídoto maravilloso contra las larvas.
Caddy lo extendió cuidadosamente, dándosele un ardite del vendaval desencadenado a aquella noche, que se colaba por el trailer, por su pelo, por sus libros y por su ropa. Afortunadamente llovió, con lo cual el hollín penetró hasta el fondo del terreno. A finales de mayo, estaban consumiendo lozanas lechugas y sabrosos rábanos.
Por una inspiración de Elixir se enteraron de que los fertilizantes químicos eran tóxicos para el organismo humano, por lo que necesitaban esencialmente un abono compuesto orgánico, si querían cultivar una variedad mayor de hortalizas. Pero, ¿dónde conseguir los ingredientes? Un vecino le regaló un montón de hierba podrida. Un labrador próximo, que estaba agradecido a Caddy por haberle rescatado una oveja perdida, le llevó una carga bastante grande de estiércol vacuno. Un amigo que tenía una cuadra de caballos le obsequió igualmente las deyecciones de los mismo. Y de una destilería cercana, le permitieron llevarse los desechos de la turba y la borra de los cominos, que constituían un abono natural de germen de cebada. Por otra parte, el mar les proporcionaba algas. Una bala de heno, que se le cayó a la puerta misma del parque a un camión de carga, como venida del cielo, le sirvió para cubrir las parvas de abono.
Con aquella ayuda supraterrena, los colonos de Findhorn se sentían acaudalados. Uno de ellos escribió : "Podíamos haber reaccionado negativamente, y resignarnos a que el terreno aquel no valía para nada ... y así era en realidad. Pero, en lugar de eso, trabajamos con ahinco y regábamos de pensamientos positivos cuanto hacíamos." Caddy comenzó a trabajar desde la mañana hasta la noche, impregnando el suelo de sudor y radiaciones, en su afán de contar con la cantidad suficiente de hortalizas para las ensaladas que iban a constituir gran parte de su dieta en los meses venideros. Con aquel aire puro, la luz del sol, los baños, de mar y la abundancia de agua pura y fresca, esperaban ir gradualmente purificando sus cuerpos e impregnándolos de energía, porque tenían la idea de que, cuanto más purificados estuviesen sus organismos, más preparados estarían también para absorber las energías cósmicas, y necesitarían menos alimento sólido.
Sembraron berros, tomates, pepinos, espinacas, perejil, calabazas y espárragos. Para defenderse de las incursiones de un dálmata descuidero levantaron setos de zarzamoras y frambuesas alrededor de su huerto, el cual se fue extendiendo hasta cerca de una hectárea. Pero hubo que preparar afanosamente el terreno, abonándolo con nuevos compuestos y labrándolo a mano palmo a palmo varias veces.
A los dos meses, los vecinos estaban maravillados. Como ignoraban cual era el espíritu con que cultivaban su terruño, no les cabía en la cabeza cómo habían podido lograr aquellas berzas y aquellas coles de Bruselas, las únicas que había por allí, ni cómo habían conseguido superar las plagas de los insectos devoradores que atacaban a las raíces de las plantas. Las grosellas negras les produjeron una abundante cosecha, mientras en el resto del condado se perdían casi siempre.
Las comidas de los colonos de Findhorn comenzaron a consistir en ensaladas de más de veinte ingredientes : grandes cantidades de lechugas, rábanos, espinacas y perejil empezaron a circular por el condado, donde hubo siempre una gran escasez de estas hortalizas. Las cenas eran a base de dos o tres hortalizas del huerto, cultivadas sin insecticidas ni abonos minerales, recién cortadas y aliñadas. Los platos guisados de hortalizas constaban de cebollas, puerros, ajos, zanahorias, nabos, chirivías, alcachofas, nabos, apio, calabazas y papas, todas estas verduras sazonadas con múltiples hierbas.
Dijeron a Elixir sus guias que concentrase la mente en cada ingrediente mientras preparaba una ensalada, porque sus pensamientos y emociones eran importantes en el ciclo continuado de la vida. Tenía que dar el valor que se merecía a cuanto estaba haciendo, lo mismo si se trataba de pelar una zanahoria que de quitar la vaina a un guisante, y que pensase que tenía entre sus manos un ser vivo. Nada debía desecharse de las mondas y basura. Todo tenía que volver al compuesto orgánico y al suelo, con lo cual se intensificaba constantemente sus vibraciones vitales. Lo único malo que había en todo esto, era que, cuando no tenían más remedio que ir al pueblo o tomarse una pequeña vacación, se les hacía muy difícil aguantar el alimento normal de la gente. Elixir se hizo tan sensitiva, que le resultaba doloroso acercarse a las vibraciones nocivas de la llamada civilización.
Al llegar el pleno verano, estaba en condiciones de poner en conserva fresas, frambuesas y grosellas, de las cuales hicieron hasta 100 libras de compota. Adobaron quince libras de col roja y grandes cantidades de pepinos. En el garaje que construyeron, almacenaron papas, zanahorias, remolachas, y llenaron anaqueles de chayotes, ajos y cebollas. Durante el invierno, prepararon la tierra para la estación siguiente y plantaron más árboles frutales, hasta veinte especies distintas, como manzanos, perales, ciruelos, ciruelos verdes, cerezos, albaricoques, zarzamoras y diversos arbustos. En mayo de 1964, todo estaba germinado con brotes prometedores.
Al calcular el número de coles rojas que iban a necesitar en la estación siguiente, Caddy vio que, con un promedio de tres o cuatro libras, no iban a necesitar más de ocho. Con gran asombro constataron que, al madurar una de ellas pesó 38 libras y otra 42. Una bróculi, que plantaron creyendo equivocadamente que era un coliflor, adquirió tan enormes proporciones que estuvieron comiendo varias semanas de ella. Cuando la fueron a arrancar del suelo, casi no podían moverla de tan pesada.
Empezó Caddy a pensar que acaso había algún designio oculto tras de lo que estaba ocurriendo en Findhorn, que tal vez estaban embarcados en una aventura pionera misteriosa, en un experimento mayor sobre la vida en grupo, que su huerto podría convertirse en el centro de otro experimento más vasto sobre la vida en la Nueva Era, en una especie de curso de preparación para llegar a comprender la vida como un todo.
En junio de 1961, cuando el asesor hortícola del condado se presentó a tomar una muestra del suelo para analizarlo, su primer comentario fue que iba a necesitar un tratamiento de dos onzas de sulfato potásico por lo menos, por yarda cuadrada (o sea, 0,836 m2). Caddy le dijo que no creía en fertilizantes artificiales y que estaba utilizando abono orgánico y cenizas de leña. El asesor insistio en que era un tratamiento totalmente inadecuado.
Seis semanas más tarde, al volver con los resultados del análisis efectuados en Aberdeen, hubo de reconocer el asesor, no sin cierta vergüenza que el análisis no había descubierto deficiencias en la muestra del terreno. En él estaban todos los elementos necesarios, inclusive microelementos raros. Quedándose el hombre tan maravillado, que rogó a Caddy tuviese a bien tomar parte en una transmisión por radio sobre su huerto, en el cual él - el asesor - actuaría de moderador, y un horticultor experimentado defendería los métodos convencionales a base de fertilizantes químicos, entablando un debate con Caddy. Este le contestó que no creía todavía oportuno explicar al publico el aspecto espiritual de su trabajo, y volvió a atribuir exclusivamente el éxito de su cultivo al abono y compuestos orgánicos.
Ya estaban cultivando 65 tipos distintos de hortalizas, 21 de frutales y más de 40 de hierbas, culinarias y medicinales. Durante algún tiempo, había venido recibiendo también Dorothy Maclean, guía espiritual extraordinaria, y había adoptado el nombre espiritual de Divina. Las plantas aromáticas del huerto le enseñaron que sus extraordinarias longitudes de onda podía servir de manera especial para los seres humanos porque afectaban a las distintas partes de su anatomía y a su sique, y que algunas plantas eran buenas para las heridas, otras para la vista y otras para los estados emocionales.
Cayó en la cuenta de que, perfeccionando la calidad de sus vibraciones personales, podían llegar a abrir las puertas de un reino espiritual totalmente nuevo para la vida vegetal. Vió claramente que el pensamiento, las pasiones, la ira, la bondad y todos los afectos humanos ejercen efectos considerables en el mundo de las plantas, y que éstas son más susceptibles a los pensamientos y emociones de los hombres que afectan a su energía. Sus estados anímicos iracundos y malhumorados les producen un efecto deprimente, en tanto que sus frecuencias felices y optimistas las influyen benéficamente. Igualmente se le ocurrió que los seres humanos podrían resistir efectos malos cuando comían alimentos infectados por ellos con malas vibraciones. En consecuencia, todo el ciclo podía declinar peligrosamente, llevando al hombre a un estado de miseria, cada vez mayor, sufrimiento y enfermedad, o por el contrario, podía elevarse, esperanzadoramente hacia una mayor alegría y hacia una luz superior.
Divina dice que la contribución más importante que un ser humano puede aportar a un huerto - más importante aún que el agua o el abono -, es la radiación que proyecta en el suelo mientras lo cultiva, por ejemplo, el amor; y que cada uno de los miembro de un grupo debe aportar algo en forma de radiaciones, por ejemplo, vigor, felicidad etcétera. Todo lo que penetra en un ser humano a través de la inspiración de una u otra índole vuelve a salir de él modificado en longitud de onda, en tono y en calidad, a su voluntad; puede perfeccionar el valor de lo que proyecta hacia afuera e intensificar la brillantez de su longitud de onda.
Al mismo tiempo, comprendió Divina que el suelo y las plantas están siendo constantemente afectados por las radiaciones de la tierra y del cosmos, que contribuyen a su fecundidad y feracidad, y que sin esas radiaciones suelo y plantas serían estériles : decía que eran más fundamentales que los elementos químicos o los organismos microbióticos, porque son radiaciones sometidas fundamen- talmente a la mente humana. El hombre se le antojaba investido de las funciones de un semidios; cooperando con la naturaleza, no habría límite a lo que podía realizar en nuestro planeta.
Durante la primavera de 1967, Elixir - que seguía recibiendo orientaciones prácticas generales de lo que había qué hacer - tuvo la inspiración de que había que ampliar el huerto y transformarlo en un paraíso lleno de hermosura, con profusión de múltiples especies de flores. Había que ensanchar el centro y construir nuevos bungalows. La visión que experimentara al principio, cuando llegó a Fíndhom, estaba empezando a materializarse. Les llegó como por milagro el dinero necesario para los troncos de cedros de que había que sacar la madera, y pronto los bungalows quedaron rodeados de bellos jardines de flores.
En 1968, una porción de horticultores veteranos y especialistas agrícolas visitó Findhorn. Todos se quedaron maravillados ante aquel espectáculo, y observaron que jamás habían visto un nivel tan uniformemente elevado en todas las partes y divisiones de un huerto, ahora trocado también en jardín. El desarrollo y color de las flores que matizaban los nuevos macizos herbáceos eran tan notables, que los visitantes no podían explicarse el fenómeno, puesto que conocían la pobreza del terreno y los rigores del clima septentrional.
Cuando fue a gozar de aquel espectáculo sir George Trevelyan, que había estado durante 24 años al frente de la famosa Fundación para Educación de Adultos de Attingham, por Pascua Florida, se quedó absorto ante la calidad de los narcisos que se erguían entre otras flores de tallo más corto, ante la belleza y tamaño de sus pétalos y ante los vivos y esplendorosos colores del conjunto. No había probado en su vida hortalizas tan sabrosas, ni había visto árboles frutales tan lozanos, sobre todo, aquel vigoroso castaño joven, enhiesto a dos metros y medio de altura entre los arbolitos y arbustos de anchas hojas que crecían pujantemente en la ladera de las dunas azotadas por los vientos.
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| G. Trevelyan |
Como miembro de la Asociación del Suelo, sentía sir George un vivo interés por el método orgánico, y al contemplar aquello, dijo que, si ya estaba convencido de las excelencias del abono animal, ahora se afianzaba más en su criterío al ver cómo se había podido formar un jardín en aquel suelo tan pobre y arenoso, gracias, a la mezcla con compuestos orgánicos. Debe haber aquí dijo, cierto Factor X que hay que tomar en consideración; y añadió que, si se había logrado una realización así en Findhorn, el desierto de Sahara podía convertirse en poco tiempo en un edén florecido.
La señorita Armine Wodehouse, de la Asociación Radiónica, que había estado al frente de un huerto de productos comerciales durante veinte años en Gales, visitó Findhorn en junio de 1968 y se quedó asombrada ante la lozanía de aquellas cosechas, especialmente cuando observó la arena pura que estaba mezclada con el abono, y sintió los crudos vientos que soplaban incesantemente sobre el huerto. Aquellas fresas, según dijo eran dignas de la admiración de cualquier horticultor, y se extrañó notablemente al encontrar allí asters y prímulas, que necesitan tanta humedad, como todo el mundo sabe.
La señora Elizabeth Murray, horticultora orgánica independiente y miembro de la Asociación del Suelo, también visitó Findhorn un mes más tarde, y le pareció que la radiante salud de los árboles, flores, frutas y hortalizas que allí se cultivaban excedía con mucho a la corriente.
Creía que el abono compuesto era de escaso valor cuando se mezclaba con arena, por lo cual no podía explicarse lo soberbio de aquella vegetación, que por su calidad, tamaño y sabor era superior a cuanto había visto en su vida. Ella también estaba segura de que no era posible obtener aquellos resultados en terreno tan baldío con sólo un buen cultivo y un abono orgánico pertinente.
Lady Mary Balfour, hermana de lady Eve, que se considera "una horticultora corriente de la escuela orgánica", pasó veinticuatro horas en Findhorn el mes de septiembre del mismo año 1968, y escribió : "El ambiente en general era gris, y a veces húmedo. Sin embargo, cuando lo recuerdo, veo todavía aquel jardín bailado en una brillante luz solar, bajo un cielo sin nubes, lo cual obedece sin duda a la extraordinaria belleza de las flores que contemplé . Los macizos de flores eran una masa completa de color."
Lady Cynthia Chance seguidora de los métodos del cultivo biodinámico de Rudolf Steiner, se quedó de una pieza cuando Peter Caddy le dijo que él no había necesitado aplicar los métodos de Steiner, porque tenía un modo espiritual más directo de lograr los mismos resultados.
El profesor R. Lindsay Robb, experto agrícola de las Naciones Unidas y profesor de agricultura de varias universidades, hizo una visita a Findhorn poco antes de navidad, y aseguró que "el vigor, la salud y la lozanía de las plantas de aquel huerto en pleno invierno, y en tierra que es casi un arenal polvoriento y yermo, no puede explicarse por las mezclas moderadas del compuesto, ni tampoco por la aplicación de ningún método cultural de cultivo orgánico conocido. Hay otros factores, y son factores vitales.
Peter Caddy declaró por fin su secreto a sir George Trevelyan. Dijo que Dorothy Maclean, o Divina, había estado en contacto directo con los devas o criaturas angélicas que controlan a los espíritus de la naturaleza, y que, según los clarividentes, están en todas partes vigorizando activamente la vida de las plantas. Sir George, investigador avanzado de lo arcano, de la astrología y de las ciencias herméticas, reconoció que ya sabía que un número de personas sensitivas aseguraban estar en relación con el mundo dévico, y trabajando con él, y que Rudolf Steiner había fundamentado sus métodos biodinámicos en ese conocimiento. En lugar de escuchar con desdén la explicación de Caddy, le dio perfecto credíto y la corraboró al decirle que la investigación consciente de esos mundos es de la máxima importancia para que comprendamos la vida, y especialmente la vida de las plantas.
Al poco tiempo, Peter Caddy dio a la publicidad una serie de opúsculos en que describía la verdadera naturaleza de los experimentos de Findhorn. Divina aportó explicaciones detalladas de los mensajes que decía haber recibido directamente de los devas, de los cuales había jerarquías enteras responsables, según aseguraba, de cada fruta y de cada hortaliza, de cada flor y de cada hierba silvestre. Aqui teníamos una caja de Pandora más fenomenal que la que abrió Backster en Nueva York.
Findhorn se convirtió rápidamente en una comunidad de más de cien discípulos. Jóvenes líderes espirituales se dedicaron a la predicación del evangelio de la Nueva Edad y se fundó un colegio en el seno de la comunidad para enseñar los principios y leyes de esta Nueva Era. Lo que comenzara como un huertecito milagroso, se convirtió en un centro verdadero de luz para la Edad Acuaria, que recibía visitas anuales de todos los continentes del globo.
Descorriendo el velo que cubre otros mundos y otras vibraciones más allá de los limites del espectro electromagnético, podría avanzarse mucho en la explicación de los misterios incomprensibles para los físicos, que limitan sus ideas y perspectivas a lo que pueden ver con los ojos y los instrumentos materiales de que disponen. En el mundo más etéreo del clarividente, quien asegura haber dominado el arte de la visión astral, se despliega toda una nueva serie de panoramas y puntos de vista sobre las plantas y su relación con el hombre, con la Tierra y con el cosmos. El desarrollo de las semillas y de las plantas puede estar influido considerablemente, como sostuvo Paracelso, por la posición que ocupan la Luna y los planetas, y por su relación con el Sol y las demás estrellas del firmamento.
La visión animística de Fechner que suponía a las plantas dotadas de alma, ya no parece una fantasía tan descabellada, lo mismo el concepto que tenía Goethe de una planta prototipo. La idea de Burbank de que el hombre puede producir cuanto desea con la ayuda de la naturaleza, o la teoría de Carver de que en los bosques abundan los espíritus de la naturaleza, que toman parte en el desarrollo de las plantas, pueden ser objeto de una nueva revisión a la luz de los descubrimientos de los teósofos, y especialmente de videntes tan extraordinarios de los espíritus naturales, como Geoffrey Hodson. La sabiduría antigua, tal como la explican videntes de la talla de las damas Helena P. Blavatsky y Alice A. Bailey, proyecta una luz totalmente distinta sobre la energía de los cuerpos, tanto humanos como vegetales, y sobre la relación de las células individuales con todo el cosmos.
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| G. Hodson |
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| H.P. Blavatsky | A.A. Bailey |
El secreto que se oculta tras el compuesto biodinámico de Pfeiffer que ha resultado ser tan considerablemente eficiente desde el punto de vista científico, resulta ser una maravilla homeopática basada en una creación fantástica de fermentos orgánicos de Rudolf Steiner, elaborados enterrando cuernos de vaca con estiércol del mismo animal, y vejigas de ciervos llenas de ortigas y hojas de camomila. La antroposofía o ciencia espiritual de Steiner proyecta una luz tan poderosa sobre la vida de las plantas y sobre toda la agricultura, que obliga a los científicos a seguir su trayectoria.
Desde el punto de vista estético, el mundo de los devas y espíritus de la naturaleza está todavía más pletórico de color, sonido y perfume que las creaciones de Scriabin y Wagner, con sus gnomos ninfas, ondinas; y sus espíritus del fuego, del agua, de la tierra y del aire están más cerca de la realidad que el Santo Grial y la eterna búsqueda que originó. Tal como describe el doctor Aubrey Westlake, autor de Pattern of Healtlz (Patrón de la salud), en nuestro estado de prisioneros, estamos encerrados en un "valle de conceptos materialistas y nos negamos a creer que existe algo más allá del mundo físico-material de nuestros cinco sentidos. Porque, como habitantes del país de los ciegos, rechazamos a quienes afirman haber - visto - con sus ojos espirituales el gran mundo supersensible en que estamos sumergidos, despreciamos tales afirmaciones como - vanas fantasmagorías - y presentamos explicaciones científicas - más cuerdas -".
La atracción que ejerce el mundo suprasensible del vidente, o los mundos encerrados dentro de los mundos, es demasiado grande para desdeñarla; y los valores que se ventilan son también demasiado elevados, porque pueden influir en la supervivencia misma del planeta. Cuando el científico moderno se siente desorientado y perplejo ante los secretos de la vida de las plantas, el vidente presenta soluciones que, por increíbles que parezcan, encierran mas cordura y hacen más sentido que las elucubraciones polvorientas de los académicos; más aún dan un significado filosófico a la totalidad de la vida. Este mundo suprasensible de las plantas y del hombre, al que sólo de pasada nos hemos referido en este libro, será explorado en otro, que llevará por título La vida cósmica de las plantas.