Por la naturaleza de su profesión, que busca soluciones prácticas
a los pro- blemas, por difícil que parezcan a primera vista, a los
ingenieros les interesa menos el por qué o el cómo de algo, que
el que funcione de hecho, cosa que no ocurre con los investigadores
de la ciencia pura. Esto los libera de las trabas y limitaciones
de la teoría que, a lo largo de la historia de la ciencia, ha impulsado
a los pedantes a desdeñar los brillantes descubrimientos de
los genios, porque carecían, según ellos, de base y fundamento
teórico que los explicase.
Al estudiar las ideas sobre electroósmosis del abate Jean Antoine Nollet, el
ingenioso refugiado húngaro Joseph Molitorisz, que había huido
de su patria ocupada por los soviéticos y después tomó un grado
en ingeniería, se puso a cavilar sobre la manera de poder aplicar
a los problemas agrícolas los esfuerzos desarrollados por aquel
ilustre francés. Le extraña mucho que la sequoia tuviese poder
para elevar su savia a más de cien metros de altura, cuando
la mejor bomba de succión que haya construido el hombre no es
capaz de alcanzar más de la décima parte de esa distancia.
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| J. A. Nollet | Sequoia |
Evidentemente había algo en los árboles y en la electricidad que
desafiaba las leyes de la hidrodinámica conocidas por la ingeniería
corriente. En una institución de investigación agrícola sostenida
por el gobierno cerca de River Side, California, Molitorisz prefirió
adaptar a las plantaciones de cítricos lo que había aprendido
en las obras de Nollet. Realizó un primer experimento, haciendo
pasar una corriente eléctrica por los limoneros jóvenes. Cuando
circulaba en una dirección, se aceleraba el desarrollo de los arbolitos;
pero al cambiar de dirección se mar- chitaban. Era evidente
que la electricidad ayudaba de alguna manera a la circulación
natural de la corriente eléctrica de las plantas, y que la entorpecía
cuando se interrumpía. En otro experimento, inspirado en parte
por sus lecturas del abate Bertholon, aplicó una corriente de cincuenta
y ocho voltios a seis ramas de un naranjo, dejando otras
seis intactas, y descubrió que, a las dieciocho horas estaba circulando
libremente la savia por las ramas electrificadas, mientras
que en las restantes apenas fluía.
Uno de los problemas que presenta el cultivo de las naranjas,
es que su fruto no madura simultáneamente, y hay que estarlo
recogiendo trabajosamente a mano durante muchos días, para que
no se pudra en las ramas. Molitorisz pensó que podrían reducirse
los costos de la recolección, logrando que el árbol soltase su
fruto maduro por medio de una estimulación eléctrica. Conectó
un naranjo con una fuente de corriente continua, y consiguió que
dejase caer sus naranjas maduras, reteniendo las que todavía
estaban verdes en sus ramas. A pesar de este éxito positivo, no
pudo obtener los fondos indispensables para efectuar más experimentos;
pero este hombre, que ha inventado además un "tiesto
eléctrico para flores" que las mantiene vivas mucho más tiempo
del normal, cree que algún día será fácil cosechar eléctricamente
los frutos de toda una plantación de cítricos, sin necesidad de
que los recolectores tengan que subir a los árboles.
Mientras Molitorisz trabajaba en la Costa Occidental, el doctor
Larry E. Murr, ingeniero del laboratorio de Investigación
de Materiales, perteneciente a la Universidad de Pensilvania, fue
el primero que produjo artificialmente en el laboratorio las condiciones
eléctricas de las tormentas cortas y los largos periodos
de lluvia. A los seis años de trabajo en su "mini-clima" artificial,
logró aumentos considerables en el desarrollo de las plantas, regulando
cuidadosamente la fuerza del campo de voltaje sobre plantas
cultivadas en tiestos de lucíta colocados sobre una plancha de
aluminio que hacía las veces de un electrodo, siendo el otro una
red de cables de aluminio colgada de palos aisladores. Observó
que con voltajes distintos se infligían daños graves a las hojas.
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| L. Murr |
Llegó Murr a la conclusión de que "sigue siendo todavía discutible
si se puede aumentar la producción manteniendo campos
eléctricos artificiales sobre las zonas sembradas. Pudiera ocurrir
que el costo de tales ganancias a base de instalaciones exteriores
a gran escala fuese mucho mayor que lo que valen. Sin embargo,
la posibilidad existe."
El doctor George Starr White, autor de un libro titulado
Cosmoelectric Culture (Cultivo cosmoeléctrico), descubrió que
metales como el hierro y el estaño podían facilitar el desarrollo de
las plantas, colgando pedazos brillantes de los árboles frutales. Sus
resultados fueron corroborados por Randall Groves Hay, ingeniero
industrial de Jenkintown, Nueva Jersey. Cuando colgó en las
plantas de tomate globos metálicos de árbol de Navidad producían
sus frutos más pronto. Según él mismo dice : "Al principio,
mi mujer no me dejaba colgar las pelotas, porque, sencillamente,
iba a parecer ridículo. Pero, al ver que cinco tomates plantados
en tiestos empezaron a madurar con sus globos de Navidad en
tiempo frío e inclemente, mucho antes que cualquiera otra planta,
me permitió continuar el experimento."
James Lee Scribner, ingeniero electrónico de Greenville, Carolina
del Sur, que estuvo trabajando treinta años en la radio con
el baño electrónico de las semillas, ha realizado experimentos que
han rivalizado con el "haba de Jack". Conectó un tiesto de aluminio
con un productor corriente de electricidad. Entre los electrodos
extendió una mezcla metálica húmeda, compuesta de millones
de partículas de zinc y cobre, que, al secarse, permitían
filtrarse a la electricidad entre las bandas de los electrodos. Una
haba sembrada en el tiesto creció hasta una altura asombrosa de
cerca de siete metros, siendo así que los ejemplares normales
de su variedad no pasan de sesenta centímetros. Cuando llegó a su
madurez, produjo dos busbels de habas deliciosas, o sea, 0,705 hl.
Scribner cree que:
el electrón es el responsable antes de que se produzca la fotosíntesis, porque magnetiza la clorofila de las células de la planta, lo cual permite que el fotón se imponga y se convierta en parte de la planta en forma de energía solar. Este magnetismo es también el que atrae las moléculas de oxigeno al interior de las células de clorofila de la planta en constante expansión, por lo cual debemos suponer que la humedad no se incorpora a la planta en virtud de proceso alguno de absorción, porque la integración de la humedad es puramente electrónica. La llamada presión de las raíces (las gotitas de humedad) que se nota en las superficies de la planta no es presión de raíces, sino una abundancia de electrones que trabajan con la energía del agua excesiva del suelo.
Los descubrimientos hechos por Scribner sobre las semillas
ya habían sido anticipados desde el decenio de 1930, cuando el
italiano Bindo Riccioni desarrolló su sistema para tratarlas eléctricamente
a razón de cinco toneladas por día, haciendo que circulasen
a través de capacitadores de planchas paralelas a unos cinco
metros por segundo. Obtuvo de las semillas tratadas cosechas más
copiosas, entre el 2 y el 37 por ciento, que el promedio nacional,
según fuesen las condiciones del suelo y del tiempo meteorológico.
Su labor quedó interrumpida por la Segunda Guerra Mundial,
y su libro de 127 páginas no fue traducido al inglés hasta 1960,
pero no parece haber estimulado experimentaciones ulteriores en
Estados Unidos y Europa occidental, hasta ahora por lo menos.
Sin embargo, en 1963, se inauguró en la Unión Soviética una
planta procesadora para tratar comercialmente las semillas con
energía eléctrica, a razón de dos toneladas por hora. Los resultados
indicaron que el rendimiento de la masa verde de maíz
aumentó del 15 al 20 por ciento sobre el normal, el avena y el
de la cebada entre el 10 y 15 por ciento, el de los guisantes el 13
por ciento y el del alforfón del 8 al 10 por ciento. No dijeron
qué perspectiva presentaba este proyecto piloto para aliviar la
escasez persistente de granos en Rusia. Tratándose de una industria
agrícola, que ha estado casi siempre desarrollándose a base
de sustancias químicas artificiales, no sólo para fertilizar su suelo,
sino para limpiar las cosechas de plagas, parece innecesaria o
peligrosa la apertura de horizontes electroculturales por los ingenieros
modernos. Así se explica el que no hayan invertido cantidad
considerable de dinero en ulteriores investigaciones.
E. G. McKibben, exdirector del departamento norteamerícano
de la división de agricultura de investigaciones de ingeniería
agrícola, se lamentaba ya en 1962 de que esta táctica era excesivamente
miope. En una alocución que dirigió a la Sociedad
norteamericana de ingenieros agrícolas, dijo lo siguiente : "La
impor- tancia y las posibilidades de aplicar la energía electromagnética
en sus múltiples formas a la agricultura no tienen más limites
que los de la imaginación creadora y los recursos materiales.
La energía electromagnética es probablemente la forma más
fundamental. Ella, o algo íntimamente relacionado con ella, parece
ser la sustancía basíca de toda energía y materia, y el elemento
esencial de toda vida animal y vegetal." Subrayó que podría
lograrse progresos y realizaciones no soñadas siquiera, con
sólo que se intensificasen los esfuerzos electroculturales : pero esta
intimación ha caído hasta ahora en oídos sordos.
Ya antes de que McKibben formulase esta invitación, se estaban
realizando descubrimientos totalmente nuevos sobre la influencia
del magnetismo en la vegetación. El año 1960 L. J. Audus,
profesor de botánica del Colegio Bedford de la Universidad
londinense, cuando estaba tratando de averiguar cuál era
la reacción exacta de las plantas a la gravedad, se encontró por
accidente con el fenómeno de que sus raíces eran sensitivas a
los campos magnéticos, y dio a la publicidad un ensayo pionero,
titulado".El magnetotropismo, nueva reacción del crecimiento
vegetal", que apareció en la revista Nature. Casi al mismo tiempo,
dos rusos, A. V. Krylov y G. A. Tarakanova, publicaron en
Moscú un trabajo, en que demostraban cómo los tomates maduran
inexplicablemente más aprisa junto al polo sur de un imán
que junto al polo norte.
En Canadá, el doctor U. J. Pittman, de la estación de investigación
agrícola de Lethbridge, Alberta, había observado en todo
el continente norteamericano que las raíces de diversos cereales
domésticos y salvajes, y numerosas especies de matojos y malezas,
se colocaban siempre en un plano de norte a sur, paralelo a la
fuerza horizontal del campo magnético de la Tierra. Advirtió
que el magnetismo terrestre aceleraba la germinación del trigo
Chinook y Kharkov, de la cebada Compana, de la avena Eagle,
del lino Redwood y del centeno común de otoño, cuando los largos
ejes de las semillas y las terminaciones del embrión estaban
orientados hacia el polo septentrional magnético. "Cuando Granny
insistía en que se plantasen mirando al norte las semillas de sus
calabazas, tenía más razón que un santo!" escribió Pittman en
Grops and Soils Magazine.
En Estados Unidos, la posibilidad de aplicar en gran escala
la fuerza oculta del magnetismo a la agricultura se presentó cuando
en Denver, Colorado, otro ingeniero, el doctor H. Len Cox,
leyó por casualidad un articulo en el número de agosto de 1968
de Aviation Week and Space Technology, en que se decía que
las fotos infrarrojas tomadas desde los satélites de la NASA
parecían indicar que las plantas de trigo atacadas por las plagas,
o incapacitadas por otros motivos, tenían una "signatura electromagnética"
absolutamente distinta de las que prometían una
cosecha excelente. Intrigado por este fenómeno, que no acertaba
a explicarse, Cox, científico espacial, se dedicó intensamente al
estudio de la literatura electrocultural, y preguntó a un amigo
suyo metalúrgico si conocía alguna sustancia magnetizable que
acelerara el crecimiento de las plantas y las hiciera más fructíferas.
Su amigo le indicó que eran fácilmente accesibles los depósitos
de mineral ferruginoso inútil, magnetita, del contiguo Wyoming,
que ascendían a miles de millones de toneladas. Cox se
llevó un camión cargado y lo pulverizó.
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| L. Cox |
Después de cargarlo en
un campo magnético de poder desconocido y mezclarlo con minerales
nutritivos en pequeñas cantidades para las plantas, lo
esparció sobre la tierra de un sembrado, donde podía ponerse en
contacto con las raíces de sus rábanos rojos y blancos. Aunque
las puntas verdes de las plantas no parecían diferentes de las de
otras similares que crecían en un huerto cercano en condiciones
normales, cuando se sacaron los rábanos "activados" de la tierra,
los resultados superaron las expectaciones más optimistas. No sólo
eran el doble de largos que los de control, sino que sus raíces
cuatro veces más largas indicaban que la estimulación había
producido un desarrollo extraordinario en las plantas. Estos mismos
efectos se lograron también con otras hortalizas como habas,
zanahorias y nabos, con legumbres como alubias y guisantes, y con
verduras distintas, entre ellas, lechugas, brócoli y salsifí.
Cuando la Electroculture Corporation de Cox empezó en
1970 a vender el nuevo producto en latas de cinco kilos, los
consumidores declararon que los productos tenían mucho mejor
sabor, y quienes los sembraron obtuvieron cosechas mucho mayores,
como lo que dijera Lemstron de sus fiestas, y sir
Oliver Lodge de su pan. Otros comunicaron que los lirios habían
duplicado el número de las flores de cada tallo, lo mismo si estaban
cultivados con abonos que sin ellos; y un cirujano plástico
manifestó que, cuando metió el mineral magnetizado entre las
raíces de uno de los dos pinos jóvenes que tenía en su jardín, creció
en el verano el cuádruplo de su compañero.
Se le preguntó a Cox cómo operaba su "activador", y contestó :
"Es todavía un misterio. Nadie sabe cómo funciona, lo mismo
que, por ejemplo, los médicos ignoran por qué la aspirina produce
su efecto. Los horticultores y los amantes de las plantas de las
ciudades lamentan el caso extraño de que el polvo magnetizado
no produce efecto cuando se mezcla en tiestos para flores o con
la tierra de los invernaderos. Para que dé resultado, tiene que
meterse dentro de la tierra misma." Una de las explicaciones que
se dan de esta anomalía, es que el óxido de hierro - que, cuando
está magnetizado se llama calamita - sólo irradia su poder cuando
está en contacto con "su madre animada", como la llamó
Gilbert.
Cualquiera que sea la solución de este problema, en las dos
décadas siguientes a la Primera Guerra Mundial se llevaron a
cabo en los laboratorios nuevos descubrimientos portentosos que
indicaban que las radiaciones misteriosas del medio natural eran
quizá mucho más importantes para el bienestar de plantas y
animales de lo que se sospechaba.
En los primeros años del decenio de 1920, George Lakhovsky,
ingeniero ruso con residencia en París, comenzó a escribir una
serie de libros, en que sostenía que la base de la vida no era la
materia, sino las vibraciones inmateriales que la acompañan.
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| G. Lakhovsky |
"Todo ser viviente emite radiaciones", decía, y propuso una nueva teoría
revolucionaria, según la cual, las células, que constituyen las
unidades básicas orgánicas de todo lo que vive, eran transmisores
electromagnéticos, capaces de emitir y absorber ondas de alta
frecuencia, como la telegrafía sin hilos.
Lo esencial de la teoría de Lakhovsky era que las células son
circuitos oscilantes microscópicos. Hablando en términos técnicos,
un circuito oscilante requiere dos elementos básicos : un capacítor,
o fuente de carga eléctrica almacenada, y un espiral de
alambre. Cuando la corriente del capacitor fluye hacia adelante
y acia atrás entre un extremo de cable y el otro, crea un
campo magnético que oscila a cierta frecuencia o determinado
número de veces por segundo. Cuando se reduce considerablemente
el tamaño del circuito, se obtienen frecuencias muy altas;
Lakhovsky creía que esto era lo que ocurría en los microscópicos
núcleos de las células vivas. Los pequeños filamentos torcidos de
los núcleos celulares, eran para él análogos a los circuitos eléctricos.
En L'Origine de la Vie (El origen de la vida), publicado en
1925, Lakhovsky exponía una serie de experimentos notables, que
confirmaban la idea de que la enfermedad es un desequilibrio
en la oscilación celular, que la lucha entre las células sanas y los
elementos patógenos, como las bactecias o los virus, era una "guerra
de radiaciones". Cuando las radiaciones de los microbios son
más fuertes, las células empiezan a oscilar en forma arrítmica y
"enferman". Cuando dejan de oscilar, mueren. Si se imponen
las radiaciones celulares, decía, mueren los microbios. Para que
una célula enferma recobre su salud, afirmaba, debía tratársela
con una radiación de la frecuencia adecuada.
En 1923, diseñó un aparato eléctrico que emitía ondas muy
cortas (de longitudes de dos a diez metros), al que llamó "oscilador
radio-celular". En la clínica quirúrgica del famoso hospital
Salpétriére, de Paris, inoculó en algunos geranios bacterias de
cáncer, que les produjeron tumores del tamaño de huesos de cereza.
Expuso uno de ellos a la radiación del oscilador : durante los
primeros días creció rápidamente, pero al cabo de dos semanas
empezó de pronto a mermar : a las dos semanas murió y se desprendió
de la planta. Otro geranios tratados en diferentes periodos
pasaron por idéntico proceso bajo el efecto de las radiaciones
del oscilador.
Lakhovsky consideraba que estas curas corroboraban su teoría.
El cáncer había quedado destruido al aumentar las osciladones
normales de las células sanas de los geranios. Esto contradecía
la idea de los especialistas en radio, quienes sostenían que las células
cancerosas morían con la radiación externa.
Al desarrollar su teoría, Lithovsky se encontró con el problema
del origen de la energía necesaria para la producción y
conservación normal de las oscilaciones celulares. No creía probable
que la energía se produjese dentro de las células, como no
se produce en el interior de una batería eléctrica o de una máquina
de vapor. Llegó en consecuencia a la conclusión de que la
energía deriva de la radiación cosmica.
Para determinar el origen cósmico de la energía, decidió prescindir
del aparato que había imaginado para producir rayos artificiales,
y obtener la energía natural del espacio. En enero de
1925, seleccionó de una serie de geranios previamente inoculados
con bacterias cancerosas, y uno en particular lo rodeó con una espiral
circular de cobre de 30 centímetros de diámetro, fijando los dos
extremos separados en un soporte de ebonita. Al cabo de varias
semanas advirtió que, mientras todos los geranios inoculados de
cáncer habían muerto y se habían secado, la planta circuida por
la espiral de cobre no sólo tenía una lozanía radiante, sino que
había crecido el doble que los geranios no inoculados de control.
Estos espectaculares resultados sugirieron a Lakhovsky una
teoría completa sobre cómo había logrado el geranio en cuestión
captar del vasto campo de ondas de la atmósfera exterior, las frecuencias
exactas que permitieron a sus células oscilar normalmente
y con tanto vigor, que las cancerosas quedaron destruidas.
Dio el nombre genérico de "universión" a la muchedumbre
de radiaciones de todas las frecuencias que emanaban del espacio
y estaban perpetuamente atravesando la atmósfera. Formuló la
conclusión de que algunas de ellas, filtradas por la espiral, fueron
obligadas a entrar en acción para restaurar las células degeneradas
del geranio enfermo y devolverles su actividad saludable.
La universión, o colectividad de la radiación universal, no
debía, según Lakhovsky, asociarse con el concepto del vacío completo
del espacio, que los fisicos adoptaran para sustituir la teoría
del éter del S. XIX. El éter no era para Lakhovsky la negación
total de la materia sino una síntesis de fuerzas radiantes, la
red universal de todos los rayos cósmicos. Era un medio ubicuo
y omnipresente, al cual se despachaban los elementos desintegrados,
que eran transformados en partículas eléctricas. Estaba convencido
de que, con su nueva idea, los límites de la ciencia podrían
ampliarse, y que constituía la base para atacar los problemas más
absorbentes de la vida, como la telepatía, la transmisión del pensamiento,
y en consecuencia, la comunicación del hombre con
las plantas.
En marzo de 1927, escribió Lakhovsky un informe sobre "La
influencia de las ondas astrales en las oscilaciones de las células
vivas", que fue presentado a la Academia Francesa por su amigo,
el eminente biofísico y descubridor de la diatermia, profesor
Jacques Arsene d'Arsonval.
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| J.A. d'Arsonval |
En marzo de 1928, el geranio rodeado por la espiral había
alcanzado la altura normal de más de metro y medio, y florecía
hasta en invierno. Convencido de que, con su trabajo sobre las
plantas, había descubierto una nueva terapéutica de importancia
inimaginable para la medicina, inventó un aparato terapéutico
complicado para los seres humanos, al que puso el nombre de
"oscilador de ondas múltiples". Se usó con éxito en las clínicas
francesas, suecas e italianas para curar las excrecencias y lesiones
cancerosas producidas por quemaduras de radio, el bocio y una
variedad de enfermedades consideradas incurables. Cuando,
huyendo de los alemanes que habían ocupado Paris y lo buscaban
como antinazi exaltado, llegó a Nueva York en 1941, el departamento
de fisioterapia de un gran hospital neoyorquino utilizó con
éxito su oscilador de ondas múltiples para tratar la artritis, la bronquitis
crónica, la dislocación congénita de la cadera y otras enfermedades;
y un urólogo y cirujano de Brooklyn, cuyo nombre no
reveló, declaró que lo había empleado en centenares de pacientes
para aliviar trastornos orgánicos imposibles de tratar por otro
procedimiento. Cuando murió Lakhovsky en 1943, la profesión
médica no siguió trabajando sobre sus portentosos descubrimientos,
que constituyeron la base de la radiobiología, y hoy está prohibido
oficialmente por las autoridades sanitarias de Estados Unidos
el uso del oscilador de ondas múltiples para fines médicos.
Mientras trabajaba Lakhovsky en Paris, el profesor E. J. Lund,
de la Universidad del Estado de Texas, arbitró con su equipo
una manera de medir los potenciales eléctricos de las plantas. En una
serie de experimento que duró más de diez años, demostró que las
células vegetales producen campos, corrientes o impulsos eléctricos,
que podrían equivaler a "sistemas nerviosos", según la teoría
de Bose. Dejó además probado que el crecimiento de las plantas
se estimula merced a estos sistemas nerviosos eléctricos más bien
que por medio de hormonas de crecimiento o auxinas, como se
creía anteriormente, y que las auxinas son mandadas y hasta
transportadas por los campos eléctricos generados en las células
al lugar en que ocurre el crecimiento.
En un libro importante, pero poco conocido, Bioelectric Fields
and Growth (Los campos bioeléctricos y el desarrollo), expuso
su descubrimiento revolucionario de que el patrón eléctrico cambia
en las células vegetales aproximadamente media hora antes de
que se haga efectiva la difusión de las hormonas en ellas y de que
pueda descubrirse su crecimiento.
Entre tanto, la investigación del ruso Alexander Gurwitsch,
que animó a L. George Lawrence a iniciar su estudio sobre las
potencialidades de la biocomunicación, a pesar de que lo rechazó
la Academia de Ciencias norteamericana, imprimió un nuevo
sesgo a las cosas.
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| A. Gurwitsch |
El distinguido bacteriólogo de la Universidad de Cornell, profesor Otto Rahn, se quedó extrañado al advertir que cada vez que alguno de los que trabajaban en su laboratorio caía enfermo, ocasionaba al parecer la muerte de las células de levadura con que estaban experimentando. Con sólo que acercasen unos cuantos minutos la punta de los dedos a la planta, podían matar células vigorosas de este hongo hidrocarbonado en fermento. Posteriores investigaciones mostraron que esto se debía a un compuesto químico excretado de las manos y el rostro del enfermo, pero era un misterio cómo podía operar a distancia. Rahn probó a continuación que el tejido constantemente renovado de la córnea del ojo emite radiación, lo mismo que la mayor parte de las heridas y tumores cancerosos. Este y otros descubrimientos los dejó expuestos en su libro Invisible Radiation of Organisms (La radiación invisible de los organismos), que fue ignorado en general por sus colegas.
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| O. Rahn |
Como la mayor parte de los físicos no tienen medios más eficientes para detectar estas nuevas y extrañas radiaciones, que para descubrir el "magnetismo animal" de Mesmer o la "fuerza ódica" de Reichenbach, fue recibida con escepticismo la idea de que los tejidos vivos podían emitir o reaccionar a las vibraciones de energía. Las dudas proyectadas sobre los descubrimientos de Lakhovsky, Gurwitsch y Rahn recayeron también sobre las del cirujano George Washington Crile, fundador de la Cleveland Clinic Foundation, el cual publicó en 1936 la obra The Phenomena of Life : A Radio-Electrical Interpretation (Los fenómenos de la vida : Una interpretación radioeléctrica). Era el resultado de toda una vida dedicada a la investigación, y presentaba datos fehacientes de que el organismo vivo está adaptado específicamente a la formación, almacenamiento y uso de la energía eléctrica, cuya génesis estaba, según él, en las unidades u hornos ultramicroscópicos del protoplasma, que llamaba radiógenos.
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| G.W. Crile |
Tres años después de que viera su libro la luz, Crile indicó en
una alocución pronunciada en el Congreso del Colegio Norteamericano
de cirujanos, que los diagnosticadores de radio del futuro
iban a poder detectar la presencia de la enfermedad antes de
que apareciesen sus síntomas exteriores. Los esfuerzos realizados
por Crile fueron ridiculizados por sus colegas médicos y por los
biólogos celulares, quienes le reprochaban no haber sabido captar
sólidamente la literatura escrita sobre el tema.
Pero, por fin, la magia de la fotografía de exposición retardada
o proceso lento reveló los efectos de la energía electromagnética
en las células vivas, sanas y enfermas, que la mayor parte de
los médicos e investigadores, incluso los especialistas en cáncer,
tienen que reconocer paladinamente.
Como la mayor parte de los
vegetales crecen con suma lentitud, parecen petrificados e inmóviles
al ojo humano. Sólo dejando pasar varias horas, o mejor
todavía, varios días sin observar las plantas, puede advertírse que
son distintas de las flores y ramos de plástico que suplantan a los
vegetales vivos en las tiendas de los floristas.
Un joven de Illinois, que contemplaba los capullos y brotes
de un gran manzano de su huerto, esperando a que se abriesen en
forma de flores, cayó en la cuenta de que, si lograba tomar una
serie regular de fotografias de las ramas, podría ver cómo brotaban
los capullos y desplegaban sus pétalos ante sus mismos ojos. Esto
ocurría el año 1927.
Así comenzó la carrera de John Nash Ott, cuyo interés pionero
por la fotografía de proceso lento le ayudó a descubrir nuevos
misterios del reino vegetal.
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| J.N. Ott |
Para hacer experimentos con variedades de plantas exóticas
construyó un pequeño invernadero, donde comprobó que cada
familia vegetal le planteaba tantos problemas como una tribu
distinta a un antropólogo. Muchas plantas parecían actuar como
prima donnas caprichosas, perturbadas por trastomos sicológicos
profundos. Consultó el caso con botánicos universitarios y científicos
investigadores de las grandes empresas, y poco a poco fue
averiguando las causas biológicas esenciales de la conducta anómala
de sus plantas : es que eran extraordinariamente sensitivas,
no sólo a la luz y a la temperatura, sino a los rayos ultravioleta,
a la televisión y a los rayos X.
Los descubrimientos de Ott sobre la luz y la temperatura pueden
contribuir a explicar muchos misterios botánicos, uno de los
cuales es, por ejemplo, el descomunal tamaño de las plantas que
se desarrollan en las partes altas de las montañas del áfrica
Central.
Hace treinta años, el autor inglés Patrick Synge indicó en su
libro, Plants with Personality (Plantas con personalidad), que,
aunque nadie ha sido capaz de formular una teoría satisfactoria
sobre la razón del gigantismo de las plantas, pudiera obedecer a
un complemento de condiciones peculiares ambientales, por ejemplo,
una temperatura baja pero moderadamente constante, a un
nivel de humedad sostenidamente elevado, y a una fuerte intensidad
de luz ultravioleta, debida a la altitud y a la situación del
lugar con respecto al Ecuador.
La vegetación de los Alpes europeos tiende a menguar a medida
que se eleva por las faldas de las montañas, pero en las Montañas
de la Luna, o Ruwenzori, como las llaman los africanos,
Synge encontró brezos "tan corpulentos como árboles grandes"
y bálsamo Impatiens de corteza roja, que tenían flores de dos
pulgadas de diámetro.
En las laderas del volcán apagado del Monte Elgon, que se levanta a una altura de más de cuatro mil metros en la frontera de Kenia y Uganda, Synge descubrió Lobelias - plantas que en Inglaterra son pequeñas y tienen diminutas flores azules - de casi diez metros de altura, que parecían "gigantescos obeliscos azules y verdes". Las fotografió medio cubiertas por la nieve, y colgándoles los carámbanos cristalinos de las puntas de las hojas. Pero, al llevárselas a Inglaterra, no pudieron sobrevivir al aire libre, ni siquiera en los benignos inviernos de Surrey.
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| Lobelias |
La idea de Synge coincidía con la hipótesis del químico francés Pierre Berthelot, de que la presencia constante de alta electricidad en las cordilleras alpinas es la razón de que se desarrollen plantas lozanas y exuberantes en un suelo muy pobre. Si algún día los investigadores logran reproducir o "simular" las condiciones enumeradas por Synge, quizá puedan desarrollarse estos gigantescos ejemplares vegetales al nivel del mar.
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| P. Berthelot |
Los experimentos de Ott con la fotografía de proceso lento
iban a llevarle al descubrimiento de que las diferentes longitudes
de onda de la luz ejercen un efecto fundamental en la fotosíntesis,
o sea, en la conversión de la luz en energía química por las
plantas verdes, debido a la cual, se sintetizan compuestos orgánicos
de otros inorgánicos, transformando el anhídrido carbónico y el
agua en hidratos de carbono, con una liberación de oxígeno. Para
abordar este problema, estuvo varios meses construyendo un equipo
que le pemítíese tomar fotos microscópicas de la circulación
del protoplasma en las células de la hierba Elodea, estimulada por
la luz solar directa y natural sin filtro alguno. Expuestos a los
rayos del sol, los cuerpos con contenido de clorofila, llamados cloroplastos,
que son los principales agentes de la fotosíntesis, circulan
ordenadamente alrededor de los bordes de las células obloides.
Pero, cuando se filtraba la luz ultravioleta en la luz solar, algunos
cloroplastos se desprendían de la hilera circulante y se apretujaban
inmóviles en los rincones. Cortando los colores desde el extremo
azul del especto hasta el rojo, se desaceleraba cada vez
más la acción de los cloroplastos.
Fascinaba de manera particular a Ott el que, al terminar el
día, todos los cloroplastos aminoraban su actividad y se detenían,
por intensa que fuese la luz artificial a que se los sometiera. Sólo
al salir el sol al dia siguiente, reanudaban su ritmo circulatorio
normal.
Ott comprendió que, si en el mundo animal había algo análogo
a los principios de la fotoquímica, tal como se aplicaban a
la fotosíntesis vegetal, las distintas frecuencias de luz, según sostenían
desde hacia mucho tiempo los defensores de la terapéutica
de los colores, podrían afectar al bienestar físico de los seres
humanos, actuando en la química de su cuerpo de manera parecida
a como lo hacen ciertas drogas que alivian los desórdenes
mentales y nerviosos.
Un articulo publicado en 1964 en la revista Times animó
a Ott a investigar el efecto de la radiación de la televisión sobre
las plantas y los humanos. Según se decía, los síntomas de nerviosidad,
fatiga constante, dolores de cabeza, pérdida de sueño
y vómitos, observados en treinta niños, que fueron estudiados por
dos médicos de la fuerza aérea norteamericana, estaban relacionados
de alguna manera con el hecho de que todos ellos veían
la televisión desde las tres hasta las seis en los día corrientes, y de
las doce hasta las ocho de la noche, los fines de semana. Los
médicos decían que lo que hacía daño a los niños, era su prolongada
inactividad ante la pantalla de la televisión, pero Ott sospechó
que acaso entrase en juego algún tipo de radiación, particularmente
la de los rayos X, que están más allá de los ultravioleta
en el aspecto de la energía.
Para salir de dudas, cubrió la mitad del tubo de imagen de
un televisor a color con una protección de plomo de un dieciseisavo
de pulgada (algo más de milímetro y medio), como la que se
emplea normalmente para impedir la expansión de los rayos X.
La otra mitad, la tapó con un papel negro y grueso de fotografías,
capaz de detener la luz visible y la ultravioleta, pero dejando
penetrar las demás frecuencias electromagnéticas.
Colocó seis tiestos de alubias ya brotadas frente a cada mitad
del tubo de televisión, cada par a diferente nivel de altura. Otros
seis tiestos de control con tres plantas iguales cada uno, quedaron
al aire libre, a unos quince metros del invernadero en que se instaló
la televisión.
Al cabo de tres semanas, las dos plantas cubiertas de plomo
y las que quedaron al aire libre habían crecido más de quince
centímetros y parecían normales y sanas. Las protegidas de la
televisión únicamente con el papel fotográfico se habían distorsionado
con las radiaciones tóxicas y crecían como enredaderas.
En algunos casos, las raíces parecían haberse desarrollado, por
extraño que parezca, hacia arriba, fuera de la tierra. Ahora bien,
si la radiación de la televisión era capaz de convertir a las plantas
en monstruos, ¿qué no haría con los niños?.
Varios años después, en cierta ocasión en que Ott hablaba con
científicos espaciales de la distorsión de las alubias, le dijeron
que el desarrollo de las raíces de sus plantas expuestas a la radiación
se parecía al que manifestaban los brotes de trigo conservados
en una biocápsula en el espacio exterior, que se atribuía
a la ingravidez, o sea, a la falta de peso.
Algunos científicos parecían escuchar con interés su idea de que aquello
no obedecía a la ingravidez, sino a una radiación general de cierta energía
no especificada, que podría producir anomalías en el desarrollo
de las raíces.
Como la radiación general procedente del zenit, o sea, de
arriba, recorre una longitud menor del grosor de la atmósfera
terrestre al atravesarla, y por tanto, es más poderosa que la que
procede de cualquier otro ángulo, Ott cree que las raíces de las
plantas crecen hacia abajo para huir de la radiación que tienen
encima.
Otros experimentos parecidos revelaron que, las ratas blancas
expuestas a la misma radiación que producían el crecimiento
anómalo de las alubias, se hacían cada vez más hiperactivas y
agresivas, y después iban cayendo poco a poco en un letargo, que
obligaba a empujarías para que se movieran dentro de sus jaulas.
Ott observó además que, después de haber instalado la televisión
en el invernadero, las ratas de un criadero animal que
había a cinco metros de distancia tenían camadas de sólo una
o dos crías, cuando las normales son de ocho a doce, aunque
había dos tabiques entre el aparato y ellas. Cuando se retiró el
receptor, tardaron seis meses en volver a la fecundidad normal.
Debido a la dificultad cada vez mayor de mantener la disciplina
en las escuelas, se han administrado en los últimos años a
los niños hiperactivos o torpes para concentrarse, drogas para
modificar su conducta, o "píldoras apaciguadoras". Esto ha originado
una verdadera tempestad de controversias entre padres,
médicos, funcionarios públicos, y hasta congresistas. Aunque no
lo ha dejado traslucir en público, Ott duda que esta hiperactivídad
- y las formas letárgicas cada vez más frecuentes, entre días,
el sueño prolongado - sea resultado de una exposición a la radiación
de los televisores. Cuando se ofreció voluntariamente a repetir
sus experimentos gratuitamente a los técnicos del laboratorio
bioanalítico de la RCA, el director de investigaciones no sólo se
apresuró a declinar el ofrecimiento, sino que dijo más tarde : "Es
completamente imposible que un receptor de televisión pueda
hoy despedir radiaciones dañinas."
Sin embargo, Ott sabía que, como la radiación de un tubo
de televisión está contenida en una banda extraordinariamente
estrecha del espectro electromagnético, los sistemas biológicos sensibles
a esta lanza de energía podían sentirse sobreestimulados, de
la misma manera que ocurre con la luz cuando se la concentra
con una lupa. La única diferencia consiste en que, mientras la
lente concentra la luz en solo una dirección, la energía específica
transmitida por un televisor puede expandirse en cualquier dirección
donde no encuentre obstáculo.
"Si la mitad de un milioentgen no parece ser motivo de preocupación
- escribe Ott -, digamos, por ejemplo, que también una libra de oro puede Ilamarse
la mitad de una milésima de tonelada. Es sumamente fácil jugar
con el punto decimal, moviéndolo para obtener cantidades infinitesimales,
sin caer en la cuenta de las relaciones que supone y los
valores que representa. Una temperatura de veintiséis grados centigrados
es bastante cómoda, pero, con solo doblar esta cifra, la
mayor parte de las formas vitales de la tierra no podrían existir."
La idea de Ott de que la radiación electromagnética afecta
a las plantas y a los animales de muchas maneras insospechadas
quedó corroborada, cuando fue invitado por la Paramount Pictures
de Hollywood a sacar fotografías de proceso lento de flores
para una nueva película, cuya estrella era Barbra Streisand, y que
tenía de música de fondo un aire musical de Broadway, titulado
On a Clear Day You Can See Forever (En un día claro puede
verse para siempre). La heroína de la historia cuenta entre sus
facultades extrasensoriales, la de hacer que crezcan las flores cuando
ellas les canta. El estudio quería que Ott empezase a trabajar
inmediatamente con geranios, rosas, lirios, jacintos, tulipanes y
narcisos para esta parte de la película.
![]() |
| B. Streisand |
Ott había inventado un tubo fluorescente de espectro pleno,
al que se añadía el ultravioleta, para reproducir lo mejor posible
advirtió que obtenía mejor resultado cuando las colocaba bajo
los rayos naturales de la luz solar al aire libre. Como tenía una
fecha tope, vio que sólo podía tener éxito si las flores crecían
bajo las nuevas luces. Con gran satisfacción observó que todas
ellas se desarrollaban perfectamente. Pero advirtió que obtendría
mejor resultado cuando las colocaba bajo el centro de los tubos
fluorescentes, que cuando las ponía en los extremos. Sabia que
funcionaban según el mismo principio que los tubos catódicos de
los televisores y de la máquina de rayos X, sólo que a voltajes
muy inferiores, tan bajos en realidad, que, según los libros de
texto, no podían producir radiación perjudicial. Sospechando que
acaso estuviesen equivocados estos libros, colocó dos receptores
de diez tubos paralelos, extremidad con extremidad, de forma que
hubiese veinte cátodos muy próximos. Utilizó la misma clase
de alubias que había empleado para los experimentos de televisión
y se quedó extrañado al ver que las próximas a los cátodos se
achicaron, mientras las del Centro de los tubos y las colocadas a
tres metros parecían normales.
Después de realizar muchos más experimentos con legumbres,
llegó a la conclusión de que eran considerablemente más sensitivas
a volúmenes ligeros de radiación que los equipos corrientes para
medirla. Esto se debe, pensaba, a que mientras los instrumentos
captan sólo una lectura de energía, los sistemas biológicos están
expuestos a sus efectos cumulativos.
Ott se encontró después con el problema de que las frecuencias
de luz podían afectar al desarrollo y crecimiento del cáncer.
La clave inicial en que se basó, para sospechar que había
una relación entre las frecuencias luminosas y el cáncer, se le
presentó al acceder un médico investigador del cáncer de uno de
los mayor hospitales de Nueva York, a prescribir a quince pacientes
que pasasen al aire libre el mayor tiempo posible expuestos
a la luz solar natural, sin gafas ni luces artificiales, incluso la luz
de la televisión.
Al terminar el verano, catorce enfermos no habían experimentado
avance ninguno en el desarrollo de sus tumores.
Mientras tanto, Ott había despertado el interés de un famoso
oftalmólogo de Florida, quien le explicó que una capa de células
de la retina, que no desempeñaban función alguna en la visión,
manifestaba una reacción anormal a las drogas tranquilizantes, y
le preguntó si no tenía inconveniente en probar la toxicidad de
las drogas con la fotografía microscópica de proceso lento. Accedió
Ott, y para ello, utilizó un microscopio de contraste de fases,
equipado con un juego completo de filtros de color, que permitía
distinguir claramente el contorno y los detalles de la estructura
celular, sin matar las células con sustancias tintóreas, como había
que hacer antes. Esta técnica reveló que la exposición a las longitudes
de onda de la luz azul provocaba una actividad seudopódica
en el pigmento de las células retinales, y que la luz roja
rompía las paredes celulares. Más interesante todavía era, que,
cuando se alimentaba a las células, añadiendo nuevos medios a
las cámaras de diapositivas, no se fomentaba la división celular
a una temperatura constante; pero, si se rebajaba ésta durante
el proceso de alimentación, se producía una aceleración en la
división en las primeras dieciséis horas.
Advirtieron además los investigadores que, inmediatamente antes
de ponerse el sol, la actividad de los gránulos de pigmentación
de las células disminuía, pero recuperaba su ritmo normal a la
mañana siguiente. Parecióle a Ott que estaban reaccionando como
los cloroplastos de las células de la hierba Flodea. Quizá las
plantas y los animales tuviesen más analogías en su funcionamiento
básico que las que se habían sospechado hasta entonces
Ott indica que las reacciones de los cloroplastos y de los gránulos
de pigmentación de las células retinarias epiteliales tal vez
se "sintonicen" con el espectro de la luz natural solar, bajo la
cual ha evolucionado cuando vive en este planeta. "Diríanse
- afirma -, que los principios básicos de la fotosíntesis vegetal,
de la cual se considera factor principal y regulador del crecimiento
a la energía de la luz, podían hacerse cargo de la vida de las
plantas, y ser igualmente importantes para regular el crecimiento
de la vida animal por medio del Control de la actividad química
y hormonal."
Otros estudios sobre el comportamiento Celular hicieron suponer
a Ott que la mala iluminación o la radiación deficiente podían
ser tan importantes como la mala nutrición en el comienzo
de la enfermedad.
En la reunión que celebró el año 1970 la Asociación
Norteamericana para el Progreso de la Ciencia, el doctor Lewis W.
Mayron afirmó, al estudiar las investigaciones llevadas a cabo por
Ott con plantas leguminosas y ratas expuestas a la radiación de
la televisión, que "la radiación produce un efecto fisiológico
en plantas y animales que parece condicionado químicamente".
Hizo además comentarios sobre sus experimentos con tubos fluorescentes
aplicados a las alubias, y dijo : "Las derivaciones que
suponen para la salud humana son enormes si se tiene presente
el uso copioso que se hace de la luminotecnia fluorescente en las
tiendas, oficinas, fábricas, escuelas y casas particulares."
Con el apoyo generoso de la Evelyn Wood Foundation, Ott
ha realizado estudios de los posibles efectos de los televisores sobre
los niños que tienen problemas conductuales. La señora Amold
C.Tackett, directora de una escuela de niños que están en este
caso, de Sarasota, Florida, se avino a cooperar con Ott, quien
visitó los hogares en que había pequeños televidentes, descubriendo
cantidades mensurables de radiación de rayos X en la mayor
parte de ellos, especialmente en los que se habían pasado largas
horas frente a la pantalla sin que nadie les fuese a la mano. Los
padres accedieron a procurar que los niños estuviesen jugando
mucho más tiempo al aire libre durante las vacaciones de verano,
y se sentasen lejos de los televisores cuando viesen sus programas.
En noviembre del año escolar siguiente, la señora Tackett manifestó
que los problemas de los niños tratados de esta manera
habían disminuido considera- blemente.
En los últimos años del decenio de 1960, el Congreso de Estados
Unidos aprobó un proyecto de ley de control de la radiación
por una votación de 381 contra 0. El representante de Florida,
Paul Ropes, coautor del proyecto, encomió a Ott por "habernos
puesto en el camino del control de la radiación procedente
de productos electrónicos". Pero Ott concede todo el crédito a
sus plantas por haberle mostrado el camino hacia la luz.
Como los trabajos de Gurwitsch, Rahn, Crile y los partidarios
de la electrocultura confirmaban las ideas originales de Galvani
y Mesmer de que todos los seres vivientes tienen propiedades
eléctricas o magnéticas, era extraño que nadie indicase que también
debían tener alrededor los mismos campos electromagnéticos
ya aceptados en el mundo de la física de las partículas.
Pues bien, ésta fue la teoría que se atrevieron a formular dos profesores de la Universidad de Yale : un filósofo, F. S. C. Northrop, y un doctor en medicina y anatómico - como Galvani -, Harold Saxton Burr.
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| F. S. C. Northrop | H. S. Burr |
Al sostener que los campos eléctricos son los organizadores de los sistemas vitales, presentaron Northrop y Burr a los químicos una nueva base para explicar cómo podían volverse a reunir los millares de componentes separados que habían descubierto. Indicaron a los biólogos que acaso hubiese terminado su búsqueda del "mecanismo" que hace ordenarse debidamente a las células del cuerpo humano, las cuales se reponen cada seis meses en su totalidad. Esto parecía revitalizar las proscritas teorías del magnetisrno animal de Mesmer, y las olvidadas de la electricidad animal de Galvani, corroborando al mismo tiempo la teoría del "élan vital" del filósofo francés Henri Bergson, y la "entelequia" del bioquímico alemán Hans Driesch.
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| H. Driesch |
Para probar su teoría, Burr y sus colegas de laboratorio construyeron
un voltímetro de nuevo modelo, que no atraía corriente
alguna de las formas vitales que se estudiaban, y por lo tanto, no
podía destruir o alterar los campos que las rodeaban. Veinte años
de investigación con este aparato y sus derivados más perfeccionados
les revelaron aspectos asombrosos del mundo vegetal y animal.
El doctor Louis Langman, ginecólogo que trabajó con la
técnica de Burr, descubrió, por ejemplo, que puede medirse con
gran exactitud el momento preciso de la ovulación femenina, y
que algunas mujeres ovulan durante todo el ciclo menstrual, y en
algunos casos sin menstruación. Aunque es muy sencillo el
procedimiento para descubrirlo y de ninguna manera contradice al
método del ritmo para controlar la natalidad propuesto por la
Iglesia Catolica, es preciso todavía hacérselo llegar a millones
de mujeres, a quienes gustaría saber cómo pueden tener hijos
o dejar de tenerlos.
Burr aseguró que podían descubrirse los tumores malignos en
ciertos órganos antes de que se observasen indicios clínicos de
los mismos, y que podía medirse con exactitud el índice de curación
de las heridas. La localización futura de la cabeza del
pollo puede señalarse en el huevo durante el primer día de su
incubación, sin tener que romperlo.
Volviendo al mundo vegetal, Burr llegó a medir los que denomino
"campos vitales" en torno a las semillas, y observó que los
cambios profundos operados en los tipos de voltaje eran causados
por la alteración de un solo gene de la planta madre. Más interés
potencial tenía para los horticultores sus descubrimientos de
que puede predecirse la fortaleza y salud de una planta con el
dignóstico eléctrico de su semilla.
Estuvo estudiando en su laboratorio de Old Lyme, Connecticut,
durante casi dos décadas los campos vitales de los árboles que
crecían en los jardines de la Universidad de Yale porque parecían
los más resistentes y los menos cambiables. Descubrió que
no sólo tenían relación con el ciclo lunar y las manchas solares,
que producen explosiones a intervalos de muchos años, sino que
revelaban ciclos recurrentes cada tres o seis meses, que no podían
explicarse. Sus conclusiones parecieron satisfacer a los horticultores,
quienes, según la tradición de múltiples generaciones, decían
que debían sembrarse las cosechas teniendo en cuenta las fases de
la Luna.
Uno de los alumnos de Burr, Leonard J. Ravitz, Jr., que se
preparaba para siquiatra, logró medir la profundidad de la hipnosis
con las técnicas de Burr, ya en 1948. Dedujo la conclusion,
no sorprendente, de que todos los seres humanos pasan por estados
hipnóticos la mayor parte del tiempo, aun estando comple- tamente
despiertos.
La determinación constante de los campos vitales de la gente
indica un ciclo alto y bajo de voltaje, cuyos picos y valles se
relacionan con sus estados exaltados o deprimidos de ánimo. Trazando
las cursas por anticipado, es posible predecir esos altibajos
vanas semanas antes, como han propuesto los estudiantes de los
biorritmos, desde que por primera vez teorizó sobre ellos el doctor
Wilhelm Fliess, cuyas cartas alentaron tanto a Sigmund Freud
en los primeros años de su autoanálisis.
![]() | ![]() |
| S. Freud | W. Fliess |
El trabajo que desarrolló Burr toda la vida, y después amplió
Ravitz, indica que el campo organizador que rodea los "cuerpos"
de los seres vivientes anticipa los hechos físicos que van a ocurrir
dentro de ellos, y señala que la mente, como sostiene Marcel Vogel,
puede afectar positiva o negativamente a la materia a que
está asociada, modulando dicho campo. Pero estas indicaciones
deben ser leídas por los líderes de la medicina organizada, y hasta
hace muy poco no se ha empezado a tomar en serie la labor de
Burr. La profesión médica va a recibir y esté recibiendo ya otra
gran sorpresa con el descubrimiento, realizado en 1972 en el Instituto
de Medicina Clínica y Experimental de Novosibirsk, próspera
ciudad industrial de más de un millón de habitantes situada
a la orilla del caudaloso río siberiano Obi, que corrobora sin lugar a
dudas las conclusiones de Gurwitsch, Rahn y Crile.
S. P. Shchurin, ha recibido, junto con dos colegas suyos del
Instituto de Automatización y Electrometría, un diploma especial
del Comité Estatal de la URSS de inventos y descubrimientos,
por haber averiguado que las células pueden "conversar" por
medio de mensajes cifrados en la forma de un rayo electro- magnético
especial.
Los experimentadores colocaron dos cultivos de tejidos idénticos
en sendos recipientes herméticamente cerrados y separados
por un muro de cristal, y después introdujeron un virus letal en
una de las cámaras, que mató a la colonia de células que había
en ellas. En cambio, la otra colonia siguió absolutamente indemne.
Pero, cuando sustituyeron la pared divisoria de cristal por una
lamina de cuarzo y volvieron a meter virus mortíferos en una
de las colonias, se quedaron maravillados al ver que éstas siguieron
el destino de los primeros, aunque no pudieron trasponer
la barrera. Otras colonias de células, separadas igualmente por
cristal de cuarzo, perecieron cuando sólo una de ellas era asesinada
con venenos químicos o con radiación mortal, mientras la
segunda no quedaba expuesta a estos peligros. ¿Qué era lo que
mataba entonces a la segunda colonia en todos los casos?.
Como el cristal ordinario no permite pasar los rayos ultravioleta,
pero el cristal de cuarzo sí, pareció a los científicos soviéticos
que en eso consistía la clave del misterio. Recordaron que
Gurwitsch había formulado la teoría de que las células de cebolla
podían emitir rayos ultravioleta, y liberaron sus ideas del olvido
en que habían quedado enterradas desde el decenio de 1930.
Utilizando un ojo electrónico, cuyo poder estaba aumentando con
un fotomultiplicador y registrado en una autograbadora que trazaba
una gráfica indicadora de los niveles de energía, los cuales
iba marcando en una cinta grabadora móvil, averiguaron que,
cuando los procesos vitales permanecían normales en los cultivos
de los tejidos, la luz ultravioleta, invisible para el ojo humano, pero
detectable en forma de oscilaciones en la cinta, continuaba también
estable. En el momento en que la colonia afectada comenzaba
a luchar contra su infección, la radiación se intensificaba.
Los reportajes publicados sobre este trabajo en los periódicos
de Moscú manifestaban que, por fantástico que pudiera parecer,
la radiación ultravioleta de las células afligidas transmitía una
información cifrada en la fluctuación de la intensidad que era
recibida por la segunda colonia, lo mismo que se transmiten y
reciben las palabras en forma de puntos y rayas en el telégrafo
Morse.
Al ver que la colonia segunda moría en cada caso de la misma
manera que la primera, comprendieron los experimentadores sovieticos
que era tan peligroso para las células sanas estar expuestas
a la señal transmitida por las células moribundas, como exponerse a
los virus, venenos y radiación letal. Parecía como si la segunda
colonia en cuanto recibía la señal de alarma de la primera, que
empezaba a morirse, procediese inmediatamente a movilizar la
resistencia y a organizarse para hacer frente a la muerte, y que
su misma reestructuración para la guerra" contra un enemigo
inexistente resultaba tan fatal para ellas como si hubiesen sido
realmente atacadas.
Los periódicos de Moscú indicaban que la investigación de
Novosibirsk y los trabajos que allí estaban realizándose podían
contribuir a determinar cuáles eran las reservas interiores que
posee el Cuerpo humano para resistir a la enfermedad, y citaban
lo que dijo Shchurin sobre la manera que podían abrirse nuevos
horizontes, al diagnóstico : "Estamos convencidos de que la radiación
puede dar el primer aviso de que está iniciándose una regeneración
de células malignas, y revelar la presencia de virus particulares.
En el momento presente, la identificación pronta de
muchas dolencias, por ejemplo, de las formas numerosos de hepatitis,
presenta dificultades considerables."
Así pues, cincuenta años después de haber realizado su labor,
los paisanos de Gurwitsch reconocían por fin el mérito de su
brillante investigación, y le daban el crédito que se merecía por
ello. Podemos decir de paso, que también han hecho justicia al
trabajo desarrollado por otro oscuro compatriota suyo, llamado
Semyon Kirlian, quien ha logrado captar fotografías extraordinarias
de los campos de fuerza que rodean a los seres humanos y
a las plantas, tan acertadamente descritos y medidos por Burr
y Ravitz.