De la misma forma que las plantas reaccionan a las longitudes de
onda de la música, están constantemente afectadas, además, por
las longitudes de onda del espectro electromagnéticos de la
Tierra, la Luna, los planetas, el cosmos y una multitud de aparatos
fabricados por el hombre; lo que debe determinarse con toda
exactitud es cuáles son perjudiciales y cuáles beneficiosas.
Un atardecer de los últimos años del decenio de 1720, el
escritor y astrónomo francés Jean-Jacques Dortous de Mairan,
estaba regando en su salón de Paris un grupo de mimosas, cuando
observó con sorpresa que la puesta del Sol parecía ser la causa
de que aquellas delicadas y sensítivas plantas plegasen sus hojas,
lo mismo que cuando las tocaba con la mano. A fuer de investigador
auténtico, estimado por su contempóraneo Voltaire, no
dedujo inmediatamente que sus plantas "se recogiesen sencillamente
para dormir" cuando caía la noche. En lugar de eso, esperó
a que volviese a salir el Sol, y metió a dos de las mimosas en un
armario totalmente a oscuras.
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| J.J. D. de Mairan | Voltaire |
Al verlas al mediodía, observó que
sus hojas estaban completamente abiertas, pero cuando se volvió
a ocultar el Sol, se cerraron lo mismo que las del salón. Ahora sí
que se permitió concluir Mairan que las plantas debían de "sentir"
el Sol, aunque no "lo viesen".
Aunque sus investigaciones científicas iban desde el movimiento
de la rotación de la Luna y las propiedades físicas de la
aurora boreal, hasta la razón de por qué había luz en los fósforos
y las peculiaridades del número 9, no logró Mairan dar con la
posible causa de este efecto. En su informe a la Academia Francesa
se limitó a indicar que sus plantas debían de estar sometidas
a la influencia de un factor desconocido en el universo, y que lo
mismo ocurría acaso con los pacientes hospitalizados que parecían
agravarse acusadamente a determinadas horas.
Dos siglos y medio después, más o menos, el doctor John Ott,
director del Instituto de Investigación Ambiental de la Salud
y la Luz, de Sarasota, Florida, venía a confirmar las observaciones
de Mairan, preguntándose si esta "energía desconocida"
no sería capaz de penetrar una cantidad espesa de tierra, que
parece ser la única protección eficiente contra la llamada
"radiación cósmica".
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| J. Ott |
El doctor Ott se llevó seis mimosas en pleno mediodía a las
profundidades de una mina, cerca de doscientos metros bajo la
superficie de la tierra. Los especímenes de Ott no reaccionaron
como los del armario oscuro de Mairan, sino que cerraron
inmedíatamente sus hojas sin esperar a que se pusiese el Sol, y eso,
a pesar de que se las rodeó de focos encendidos. Lo relacionó
con el fenómeno del electromagnetismo, del cual apenas se
conocía nada en tiempos de Mairan, pero se quedó tan a oscuras
como su predecesor francés del S. XVIII respecto a la causa de
aquello.
Los coetáneos de Mairan sólo conocían algo sobre la electricidad
a través de los griegos, que les habían transmitido lo que
sabían respecto a las propiedades del ámbar, o electrón, como
lo llamaban, el cual, frotado vigorosamente, puede atraer una
pluma o una brizna de paja. Antes de Aristóteles, se sabía que
la piedra imán, óxido ferroso negro, podía ejercer también una
atracción, igualmente inexplicable, sobre las limaduras de hierro.
Como este material se daba en grandes cantidades en una región
del Asia Menor, llamada Magnesia, se denominó esta piedra
magnes lithos, o piedra magnética, que después quedó reducida
a magnes en latín, magnet en inglés, etcétera.
El primero que relacionó la electricidad con el magnetismo
fue el sabio del S. XVI, William Gilbert, cuya erudición filosófica
y talento médico le merecieron ser nombrado médico personal
de la reina Isabel I de Inglaterra.
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| W. Gilbert |
Después de afirmar que el
planeta era un globo de imán, Gilbert atribuyó a esta piedra un
"alma'', puesto que era "parte y descendencia favorita de su
madre animada, la Tierra". Descubrió, además, que había otros
materiales además del ámbar, capaces de atraer objetos ligeros si
se los flotaba. Les aplicó el adjetivo de "eléctricos" e inventó la
expresión "fuerza eléctrica".
Durante muchos siglos se creyó que las fuerzas de atracción
del ámbar y la piedra imán eran "fluidos etéreos penetrantes"
(expresión de significado confuso) emitidos por las sustancias.
Cincuenta años después de los experimentos de Mairan, Joseph
Priestley, famoso principalmente por ser el descubridor del oxígeno,
escribía en su popular libro de texto sobre la electricidad :
Se supone que la Tierra y todos los cuerpos que conocemos sin excepción, contienen una cantidad determinada de cierto fluido sutil y extraordinariamente elástico, al que los filósofos han querido llamar eléctrico. En el momento en que un cuerpo posee una cantidad mayor o menor de la natural, se producen efectos muy notables. Dicen que el cuerpo se electrifica y es capaz de mostrar aspectos (o apariciones) que se atribuyen al poder de la electricidad.
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| J. Priestley |
Estamos en el S. XX, y realmente ha progresado muy poco
el conocimiento que tenemos sobre el magnetismo. Como declaró
el profesor Silvanus Thompson en la conferencia que dio sobre
Robert Boyle inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial:
"Estas cualidades ocultas del magnetismo, que han provocado
durante siglos la admiración de la humanidad, siguen siendo
ocultas, no en el sentido únicamente de que necesitan ser investigadas
con experimentos, sino porque su causa última está todavía
por explicar." En un texto que publicó inmediatamente después
de la Segunda Guerra Mundial, el Museo de Ciencia e
industria de Chicago, se dice que los seres humanos no saben
aún por qué la Tierra es un imán, cómo pueden los materiales
magnéticos ser afectados mecánicamente por otros imanes distantes
de ellos, por qué las corrientes eléctricas están rodeadas
de campos magnéticos, y hasta a qué se debe el que átomos
microscópicos de materia ocupen, a pesar de su inconcebible
pequeñez, tan grandes extensiones vacías, pero llenas de volúmenes
prodigiosos de energía del espacio.
Durante los tres siglos y medio que han transcurrido desde la
publicación de la famosa abra de Gilbert, De magnete (Del
imán), se han propuesto muchas teorías para explicar el origen
del geomagnetismo, pero ninguna de ellas es satisfactoria.
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| S. Thompson | R. Boyle |
Lo mismo puede decirse de la física contemporánea que ha
sustituido la idea de un "fluido etéreo" por un espectro de radiaciones
electromagnéticas", que van desde enormes macropulsaciones,
que durante varios centenares de miles de años cada una con
longitudes de onda de millones de kilómetros, a las pulsaciones
alternas de energía extrarrápida, de 10.000.000.000.000.000.000.000
de veces por segundo, con longitudes de onda de una infinitesimal
diez mil millonésima de centímetro. Las radiaciones de primer
tipo están asociadas con fenómentos como la alteración del campo
magnético de la Tierra, y la segunda con la colisión de los
átomos, generalmente de helio y de hidrógeno, que se mueven
a velocidades increiblemente altas y se convierten en energía
radiante, conocida con el nombre de "rayos cósmicos". Entre unas
y otras, hay innumerables bandas de ondas de energía, como los
rayos gamma, que se originan en el núcleo del átomo; los rayos X
que se originan en su casco; un conjunto de frecuencias que se
llaman luz, porque pueden percibirse con los ojos; los utilizados
en la radio, la televisión, el radar y en una multitud cada vez
mayor de aplicaciones, desde la investigación espacial hasta la
cocina electrónica.
Las ondas electromagnéticas se diferencian de las sonoras en
que no sólo pasan a través de la materia, sino a través de la
"nada", a una velocidad de más de 300 millones de kilómertos
por segundo, recorriendo vastas regiones del cosmos, que anteriormente
se creía que contenían un medio llamado "éter", pero que
hoy se dice que es casi un vacio perfecto. Pero nadie ha explicado
todavía exactamente cómo viajan. Como dijo a los autores de este
libro un físico eminente : "Sencillamente, no conocemos el mecanismo
de esa cosa que nos está tomando el pelo."
En 1747, Jean Antoine Nollet, abad francés y profesor de
física del Delfín, se enteró por un físico alemán de Wittenberg,
de que el agua, que normalmente cae gota a gota en un tubo
capilar, fluye en corriente constante cuando el tubo está electrificado.
Después de repetir los experimentos del alemán y añadir
algunos otros por cuenta propia, Nollet, según dice él mismo,
empezó "a pensar que esta virtud eléctrica podría, si se emplease
de determinada manera, producir efectos notables sobre
los cuerpos organizados, que podrían considerarse, en cierto modo,
como máquinas hidráulicas preparadas por la misma naturaleza".
Colocó varias plantas en tiestos metálicos junto a un conductor,
y se quedó extrañado al advertir que aumentaba el indice de su
transpiración. A través de una larga serie de experimentos, pesó
con cuidado, no sólo narcisos, sino gorriones, pichones y gatos, y
pudo comprobar que perdían más rápidamente peso cuando se
les electrificaba.
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| J.A. Nollet |
Para averiguar de qué manera los fenómentos eléctricos podían
influir en las semillas, sembró varias docenas de simientes
de mostaza en dos pequeños recipientes, y electrificó uno de ellos
durante siete días seguidos, desde las siete a las diez de la mañana,
y de las tres de la tarde a los ocho de la noche. Al terminar la
semana, los granos del recipiente electrificado hablan brotado y
crecido hasta una altura promedio de 15 a 16 lignes francesas
(la ligne equivale a la duodécima parte de una pulgada, o sea,
aproximadamente 2,25 milímetros. Las tres semillas que echaron
brotes del recipiente no electrificado, sólo sobresalían de 2 a 3
lignes de la tierra. Como no tenía la menor idea de a qué obedecía
aquello, se limitó a indicar en el informe - de la extensión
de un libro - que presentó a la Academia Francesa, que la electricidad
ejercía profundos efectos sobre las funciones de crecimiento
de las formas de vida.
Nollet formuló su conclusión unos cuantos años antes de que
Europa se conmocionara con la noticia de que Benjamín Franklin
había logrado recoger una carga de electricidad de los rayos,
soltando una cometa en una tormenta, cerca de Filadelfia. Cuando
la chispa eléctrica fulminó una parte metálica de su estructura,
llegó por la cuerda húmeda a que estaba amarrada hasta
una botella de Leyden, aparato inúentado en 1746 en la Universidad
de Leyden, con el cual podía almacenarse la electricidad
en agua y descargarse en una sola explosión. Hasta entonces,
sólo había podido recogerse en una botella de Leyden la electricidad
estática obtenida por un generador electrostático.
Mientras Franklin se dedicaba a recoger electricidad de las
nubes, el brillante astrónomo Pierre Charles Lemonnier, que fue
nombrado miembro de la Academia Francesa a los 21 años de
edad, y posteriormente aclamado por su descubrimiento de la
oblicuidad de la eclíptica, demostró que existe en la atmósfera de la
Tierra, hasta en el día más claro y soleado, un estado permanente
de actividad eléctrica, aunque siguió siendo un misterio
cómo se interaccionan con las plantas estas cargas omnipresentes
de electricidad.
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| B. Franklin | P.C. Lemonnier |
Los esfuerzos desarrollados posteriormente para adaptar la electricidad atmosférica, a la fructificación de los vegetales pertenecieron a Italia. En 1770 un profesor llamado Gardini tendió una porción de cables por encima del fértil huerto de un monasterio de Turín. Al poco tiempo, muchas plantas empezaron a mar- chitarse y murieron. Cuando los monjes retiraron los cables, el huerto resucitó. Gardini supuso que las plantas habían sido privadas de la ayuda natural de la electricidad necesaria para su desarrollo, o que habían recibido una dosis excesiva.
Gardini se enteró de que los hermanos Joseph Michel y Jacques-Etienne Montgolfier habían soltado en Francia un enorme globo hinchado con aire caliente, para transportar a dos pasajeros en una excursión de diez kilómetros y veinticinco minutos sobre Paris, y recomendó que se aplicase este nuevo invento a la horticultura, conectando al globo un largo cable, para conducir a través de él electricidad desde una gran altura hasta los campos y huertos de abajo.
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| J.M. Montgolfier | J.E. Montgolfier |
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Estos informes franceses e italianos produjeron escasa sensación entre los doctos científicos de entonces, quienes empezaban a prestar más atención a los efectos de la electricidad sobre los cuerpos inertes que sobre los vivos. Tampoco dieron gran importancia a otro eclesiástico, el Abbé Bertholon, cuando publicó, en 1783, un extenso tratado: Del l'Electricité des Végétaux (De la electricidad de los vegetales). Fue profesor de física experimental en universidades francesas y españolas, y apoyó enérgicamente la idea de Nollet, de que, alterando la viscosidad o resistencia fluida de los líquidos en los organismos vivos, la electricidad podía cambiar sus funciones de desarrollo. Dictó el informe de un físico italiano, Giuseppe Toaldo, en que daba cuenta de que dos jazmines de una hilera que estaban cerca de un conductor electrico de rayos crecieron cerca de diez metros, en tanto que los demás apenas pasaron de uno.
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| G. Toaldo |
Bertholon fue tenido casi como un hechicero. Hizo que un
jardinero se colocase sobre una plancha de material aislante y
regase las hortalizas con una lata electrificada. Sus plantas crecieron
hasta adoptar un tamaño extraordinario. Además invento
el "electrovegetómetro", como el lo llamó, aparato que recogía la
electricidad atmosférica por medio de una antena y la hacia
pasar entre las plantas de un campo. "Este instrumento - escribía -
puede aplicarse a todo tipo de producción vegetal en cualquier
parte y en cualesquier condiciones atmosféricas; sólo pueden
dudar de su utilidad y eficacia los espíritus timoratos, a quienes
no dicen nada los descubrimientos y que jamás serán rapaces de
derribar las barreras de la ciencia, sino que eternamente seguirán
aprisionados en los estrechos límites de una pusilanimidad cobarde,
a la cual se la da con demasiada frecuencia el nombre de prudencia,
para disimularla." En su conclusión llegó a insinuar
que, un día, el mejor abono para los vegetales adoptará la forma
eléctrica, "gratis y procedente del cielo".
La intrigante idea de que los seres vivos se interaccionaban
recíprocamente y estaban cargados de electricidad dio un paso
gigantesco en noviembre de 1780, cuando la esposa del científico
de Bolonia, Luigí Galvani, descubrió por accidente que una maquina
para generar electricidad estática hizo sacudir espasmódicamente
la pata amputada a una rana.
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| L. Galvani |
Cuando se le llamó la
atención sobre el fenómeno, se quedó sorprendido, y en el acto
se puso a pensar si la electricidad no sería realmente una manífestación
de vida. El día de Navidad llegó a la conclusión de
que así era en efecto, y escribió en su cuaderno de trabajo: "El
fluido eléctrico debe considerarse como un medio para explicar
la fuerza nervomuscular."
Galvani estuvo trabajando seis años sobre los efectos de la
electricidad en el movimiento muscular, hasta que descubrió, también
por casualidad, que las patas de las ranas se contraían exactamente
igual sin aplicarles ninguna carga eléctrica, cuando los
alambres de cobre en que estaban colgadas eran acercados por
el viento a una barra de bierro. Comprendiendo que la electricidad
de aquel circuito de tres partes tenía que proceder de las
patas o de los metales, Galvani, convencido de que era una fuerza
viva, no muerta, decidió que estaba relacionada con el tejido
animal, y atribuyó la reacción a un fluido o energía vital del
cuerpo de las ranas, al que denominó "electricidad animal".
Al principio, los descubrimientos de Galvani recibieron el
cálido apoyo de su compatriota Alessandro Volta, físico de la
Universidad de Pavía, en el Ducado de Milán. Pero cuando Volta
repitió sus experimentos y vio que sólo podía producir el efecto
eléctrico usando dos metales diferentes, escribió al abad Tommaselli
que evidentemente la electricidad no procedía de las ancas
de las ranas, sino de "la aplicación simple de dos metales de diferente
cualidad." Concentrándose en las propiedades eléctricas de
los metales, Volta concibió en 1800, el invento de una pila
de discos alternados de zinc y cobre, entre los cuales se metía
una hoja de papel húmedo. Como podía cargarse en un momento,
era posible utilizarlo para producir corriente eléctrica a voluntad,
pero no sólo una vez, como ocurría con la vasija de Leyden, sino
millares de veces, con lo cual, por primera vez, los investigadores
no tuvieron que depender más de la electricidad estática o natural.
Este primer antepasado de nuestra célula de almacenamiento
eléctrico manifestó una elec- tricidad artificial dinámica o cinética,
que vino a confirmar la idea de Galvani, de que había una
energía vital especial en los tejidos vivos.
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| A. Volta |
Aunque al principio Volta aceptó las conclusiones de Galvani, posteriormente escribió : "Si despojamos a los órganos animales de toda actividad eléctrica propia y abandonamos esta idea sugestiva que indicaron los hermosos experimentos de Galvani, estos órganos pueden considerarse simplemente como electrómetros de un tipo nuevo y de sensibilidad maravillosa." A pesar de la afirmación profética de Galvani, que formuló poco antes de morir, de que algún día el análisis de todos los aspectos fisiológicos necesarios de sus experimentos "permitiría conocer mejor a naturaleza de las fuerzas vitales, su diferente duración, según las distinciones de sexos, edades, temperamentos, enfermedades, y hasta la constitución misma de la atmósfera", los científicos ignoraron sus teorías y las negaron en la práctica.
Unos cuantos años antes, el jesuita húngaro Maximiliam Hell había vuelto a defender, sin que se enterase Galvani, la idea de que las características de la piedra imán "parecidas a las del alma" se transmitían a los metales ferruginosos. Con esta idea había inventado un dispositivo singular de láminas de acero magnetizadas para aliviarse de su roncero reumatismo. Su amigo, el físico vienés Franz Anton Mesmer, que se había interesado por el magnetismo al leer a Paracelso, estaba impresionado con las curas posteriores realizadas por Hell en otras personas, de una porción de dolencias, e inició una larga serie de de experimentos para comprobarlas. Con ellos, se convenció de que la materia viviente tenía una propiedad susceptible de ser actuada por "fuerzas magnéticas terrestres y celestes", que denominó, en 1779, "magnetismo animal", sobre el cual trató su tesis doctoral, titulada "La influencia de los planetas en el cuerpo humano". Al enterarse de que un sacerdote suizo, llamado J. J. Gassner curaba a los enfermos con el tacto, adoptó él también, con éxito, su técnica, y declaró que algunos individuos, entre los cuales se contaba él, estaban dotados de mayor y mejor fuerza "magnética" que los demás.
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| M. Hell | F.A. Mesmer |
Aunque parecía que estos asombrosos descubrimientos de la
energía bioeléctrica y biomagnética podían preparar el camino
para una nueva era de investigaciones, en que se uniese la física
con la medicina y la fisiología, se cerró la puerta de golpe a
estos estudios durante más de un siglo. El éxito que alcanzó
Mesmer en el trato de algunos casos en que otros habían fracasado,
despertó la envidia de sus colegas médicos de Viena, que
atribuyeron sus curas a la hechicería y al diablo, y organizaron
una comisión que investigase sus supuestos triunfos. La comisión
redactó un informe desfavorable, y Mesmer fue expulsado de la
facultad de medicina, y además se le notificó que debía abandonar
su práctica.
En 1778 se trasladó a París, donde vio que "la gente era más
ilustrada y menos indiferente a los nuevos descubrimientos", y
se conquistó a un poderoso converso a sus métodos : era Charles
D'Eslon, primer médico de la corte del hermano de Luis XVI,
quien lo introdujo a los círculos influyentes. No pasó mucho tiempo
sin que los médicos franceses se pusieran tan furiosos y envidiosos
como sus colegas austriacos. El alboroto que levantaron
obligó al rey a nombrar una comisión real que investigase las
actividades de Mesmer, no obstante que D'Eslon había proclamado
en una junta del claustro médico de profesores de la Universidad
de París, que la contribución de Mesmer a la ciencia
era "una de las más importantes de nuestra época".
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| Luis XVI |
Cuando la
comisión, entre cuyos miembros estaba el director de la Academia
Francesa de Ciencias la cual pronunció solemnemente en 1772
que no existían los meteoritos y cuyo presidente era el embajador
norteamericano Benjamín Franklin, formuló el veredicto
de que "el magnetismo animal no existe ni puede producir efectos
saludables", comenzó a menguar la gran popularidad de Mesmer,
el cual quedó expuesto al ridículo público. Se retiró a Suiza,
donde terminó, un año antes de morir, en 1815, su obra más importante :
El mesmerismo, o sistema de influencias recíprocas; o
la teoría y práctica del magnetismo animal.
En 1820, Hans Christian Oersted, científico danés, observó
que la aguja de una brújula colocada junto a un cable conductor
de corriente se colocaba siempre en posícion perpendicular al
mismo. Al cambiarse la corriente, la aguja señalaba a la dirección
opuesta. El hecho de que una fuerza pudiera actuar sobre la
aguja indicaba que existía un campo magnético en el espacio que
rodeaba al cable. Esto llevó a uno de los descubrimientos más
útiles que se hayan hecho en la historia de la ciencia, cuando
Michael Faraday en Inglaterra, y Joseph Henry en Estados Unidos,
comprobaron independientemente que el fenómeno era igualmente
válido, o sea, que un campo magnético podía inducir una
corriente eléctrica si se hiciese pasar a través de él un cable. De
esta manera se inventó el "generador", y con él, todo un mundo
nuevo de aparatos eléctricos.
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| H. C. Oersted |
Hoy en día, los libros sobre lo que puede hacer el hombre
con la electricidad llenan diecisiete estantes de más de treinta
metros de la Biblioteca del Congreso. Sin embargo, todavía sigue
siendo un misterio, como lo fuera en tiempos de Priestley, qué
es en realidad la electricidad y por qué y cómo funcionaba. Los
científicos modernos no tienen idea todavía de cuál es la composición
de las ondas electromagnéticas. Simplemente las utilizan
para la radio, el radar, la televisión y las tostadoras.
Debido a una concentración tan unilateral sobre las propiedades
mecánicas del electromagnetismo, sólo un puñado de individuos
ha prestado atención, al correr de los años, a la forma en
que el electromagnetismo puede afectar a los seres vivos, y por
qué. Constituyó una excepción notable el barón Karl von
Reichenbach, científico alemán de Tubinga, que descubrió en 1845 los
productos derivados del alquitrán, entre ellos la creosota, utilizados
para proteger tanto las vallas sobre el suelo, como los postes
sumergidos en el agua. Comprobó que lo individuos particularmente
dotados, a los que llamaba "sensitivos", eran capaces de
ver una energía extraña que emanaba de todas las cosas vivas,
y de los extremos de un imán; llamó a esta energía Odyle u Od.
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| K. van Reichenbach |
Pero, aunque sus obras fueron traducidas al inglés por un famoso
doctor en medicina, William Gregory, designado profesor de química
de la Universidad de Edinhurgo en 1844, con el título de
Researches into the Forces of Magnetism, Electricity, Heat and
Light in Relation to the Force of Life (Investigaciones sobre las
fuerzas del magnetismo, electricidad, calor y luz en relación con
la fuerza de la vida), sus esfuerzos por demostrar su existencia a
sus contemporáneos de todo el mundo fueron ignorados.
Reichenbach indicó el motivo por el cual se rechaza su "fuerza
ódica", con las siguientes palabras: "Cada vez que empezaba a
tocar el tema, me parecía que estaba pulsando una cuerda de
tono desagradable. Asimilaban mentalmente a Od y a la sensibilidad
con el llamado "magnetismo animal" y "mesmerismo", con
lo cual perdía la idea todo su favor." Aquella asimilación estaba
totamente injustificada, puesto que Reichenbach había dejado
claramente sentado que, aunque la misteriosa fuerza ódica pudiera
parecerse al magnetismo animal y fuese asociada con él, también
podía existir por separado.
Años más tarde. Wilhelm Reich sostenía que "la energía a
que se referían los antiguos griegos y los estudiosos modernos desde
Gilbert era esencialmente distinta de la que estudian los físicos
desde Volta y Faraday, obtenida por el movimiento de cables en
un campo magnético, era distinta no sólo en cuanto al principio
de su producción, sino fundamentalmente".
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| W. Reich |
Reich creía que los antiguos griegos habían descubierto con
el principio de la fricción la misteriosa energía a que dio el
nombre de "orgona", tan semejante a la Od de Reichenbach y
al éter de los antiguos. Decía que la orgona era el medio en que
se mueve la luz y en el que se ejerce la actividad electromagnética
y gravitacional, y que llena todo el espacio, aunque en grados de
concentración diferentes, estando presente aun en el mismo vacio.
La consideraba como el vínculo básico entre la materia inorgánica
y la orgánica. Durante el decenio de 1960, poco después de
la muerte de Reich, eran copiosísimas las pruebas de la base eléctrica
de los organismos. D. S. Halacy, autor científico ortodoxo,
lo expresó con toda sencillez : "La circulación de electrones es
fundamental en prácticamente todos los procesos de la vida."
Las dificultades que caracterizaron el periodo entre Reichenbach
y Reich se debieron en parte a la monda científica de separar
todas las cosas, en lugar de estudiarlas como "todos" operantes.
Al mismo tiempo se amplié la distancia que separaba a los que
estudiaban las "ciencias de la vida", como las llamaban, y los
físicos, cada vez más empeñados en creer unícamente lo que podía
verse y medirse con instrumentos.
Mientras tanto, la química se concentraba en el estudio de entidades
cada vez más heterogéneas y pequeñas, que, al volverse a combinar
artificialmente, produjeron una verdadera cornucopia de nuevos y
fascinantes artículos.
La primera síntesis artificial realizada en 1828, en el laboratorio,
de una sustancia orgánica, la urea, parecía destruir la idea
de que había un aspecto especial "vital" en los seres que vivían.
El descubrimiento de las células, los supuestos equivalentes
biológicos de los átomos de la antigua filosofía griega, hacía pensar
que las plantas, los animales y el hombre mismo no eran sino
asociaciones diferentes de estos bloques de construcción o agregados
químicos. En este nuevo clima, fueron pocos los que se dedicaron
a profundizar más en los efectos del electromagnetismo
sobre la vida. Sin embargo, había individualistas disconformes que
de cuando en cuando exponían alguna idea sobre cómo podrían
responder las plantas a las fuerzas cósmicas exteriores, gracias a
lo cual no dejaron morir los descubrimientos de Nollet y Bertholon.
Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, William Ross,
para comprobar la afirmación del marqués de Anglesey de que
las semillas brotaban más rápidamente cuando estaban electrificadas,
sembró pepinos en una mezcla de óxido negro de manganeso,
sal de mesa y arena limpia, irrigada con ácido sulfúrico
diluido. Cuando le aplicó una corriente eléctrica, las simientes
echaron brotes bastante antes que las sembradas en una mezcla
igual, pero no electrificada. Un año después, en 1845, se publicó
en el primer número del Journal of the Horticultural Society, de
Londres, un largo trabajo sobre la "Influencia de la electricidad
en la vegetación", debido a la pluma de un agrónomo llamado
Edward Solly, quien, como hizo Gardini, suspendió cables sobre
huertos sembrados, y al igual que Ross, los enterró bajo el suelo.
Pero sólo diecinueve de los setenta experimentos verificados por
Solly con granos, hortalizas y flores distintas, reportaron algún
beneficio, y casi otros tantos fueron perjudiciales.
Los resultados contrarios obtenidos por estos investigadores
patentizaban claramente que la cantidad, calidad y duración del
estímulo eléctrico era de importancia crucial para cada forma de
vida vegetal. Pero, como los físicos no tenían instrumentación
adecuada para medir sus efectos especificos y todavía sabían poco
sobre cómo operaba en las plantas la electricidad artificial y atmósférica,
el campo de la experimentación quedó abandonado a horticultores
obstinadamente curiosos y a la chaladura de algunos
aficionados. Sin embargo, siguieron realizándose distintas observaciones
para demostrar que la vegetación poseía una cualidad eléctrica.
El año 1859 se publicó en la Gardeners' Chronicle de Londres
un informe sobre el fenómeno de las ligeras chispas que pasaban
de una verbena escarlata a otra, el cual se advertía mejor en el
crepúsculo, cuando se acercaba una tormenta de truenos después
de un largo periodo de sequía. Esto confirmaba la observación
realizada por Goethe, de que las flores de las amapolas orientales
podían verse centelleando al oscurecer.
Hasta la última parte del siglo no se abrieron nuevos horizontes
en Alemania respecto a la naturaleza de la electricidad
del aire, que habia descubierto Lemonnier, Julius Elster y Hans
Gestel, especializados en la emisión espontánea de la radiación
de las sustancias orgánicas, que más tarde habría de llamarse
"radiactividad", iniciaron un estudio de grandes proporciones sobre
la electricidad atmosférica. En él se descubrió que el suelo
de la Tierra está constantemente emitiendo y proyectando al aire
partículas cargadas de electricidad. Fueron llamadas iones, palabra
derivada del participio de presente del verbo griego ienai, que
significa "ir", y eran átomos, grupos de átomos o moléculas,
que se consideraban dotadas de una carga neta positiva o negativa,
después de haber ganado o perdido electrones. La observación
verificada por Lemonnier, según la cual la atmósfera estaba
constantemente llena de electricidad, tenía por fin alguna explicación
importante.
En un día claro y con buen tiempo, la tierra tiene una carga
eléctrica negativa, en tanto que la de la atmósfera es positiva,
por lo cual los electrones fluyen hacia el cielo desde el suelo y
las plantas. Durante las tormentas, esta polaridad se vuelve al revés :
la tierra es positiva y la base de la capa de nubes, negativa. Como
hay en cualquier momento, según se calcula, de tres a cuatro mil
tempestades "eléctricas" desencadenadas sobre la superficie
general del globo, las cargas que pierde la tierra en las regiones
de tiempo apacible se reponen de esta manera, y se conserva un
equilibrio alternante de desniveles eléctricos.
Conscuencia de la circulación perpetua de electricidad, es que
aumenta el voltaje, o sea, la presión eléctrica, con la altura. Entre
la cabeza de un hombre de 1,83 metros y el suelo sobre el cual
posa la planta, hay una diferencia de 200 voltios; la que hay
entre el extremo superior del Empire State Building y la acera,
es de 40.000 voltios, y en el intervalo entre las capas inferiores de
la ionosfera y la superficie terrestre hay 360.000 voltios. Aunque
esto parece peligroso, no puede generarse una gran energía de
choque, porque la corriente es pequeña. La dificultad principal
que supone controlar este vasto depósito de energía y administrarlo
para que entre en actividad, es la falta de conocimientos
sobre cómo funciona, y las leyes que gobiernan sus operaciones.
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Comenzó a desencadenarse un nuevo ataque contra la aplicación
de la electricidad atmosférica al crecimiento y cultivo de
las plantas, cuando un científico finlandés de criterio ecléctico,
llamado Selim Lemstrom, realizó cuatro expediciones a las regiones
subpolares de Spitsbergen, en Noruega septentrional, y Lapland
de 1868 a 1884. Como especialista que era en luz polar y
magnetismo terrestre, expuso la teoría de que la lozana vegetación
de estas latitudes, que la opinión popular atribuía a los días más
largos de su verano, obedecía en realidad a lo que él llamaba
"esa violenta manifestación eléctrica, la aurora boreal".
Como se sabía desde los tiempos de Franklin que las puntas
agudas atraían de manera especial la electricidad atmosférica
- observación que llevó al invento del pararrayos -, Lemstrom
deducía, lógicamente, que "los extremos agudos de las plantas
eran como pararrayos que recogían la electricidad de la atmósfera
y facilitaban el intercambio de cargas eléctricas entre el aire y la
tierra". Realizó estudios sobre los anillos concéntricos que se
advertían en las secciones transversales del tronco de los abetos, y
observó que su crecimiento anual coincidía plenamente con los
periodos de la aurora boreal y la actividad solar, efectos que se
acentuaban al viajar hacia el norte.
Para comprobar estas obsetvaciones por medio de la debida
experimentación, conectó una serie de flores plantadas en tiestos
de metal con un generador estático por medio de una red superior
de cables, colocados unos 40 centímetros más arriba, y un
poste clavado en tierra como sostén. Los demás tiestos los dejó
"a la naturaleza". A las ocho semanas, las plantas electrificadas
ganaron casi un 50 por ciento más de peso que sus vecinas.
Cuando trasladó su aparato a un huerto, no sólo se duplicó la
cosecha de fresas, sino que eran mucho más dulces; la cosecha de
cebada aumentó en una tercera parte.
Los resultados de una sede de experimentos que llevó a cabo
en las tierras borgoñesas del sur, variaron, no sólo según las
diferencias de las hortalizas, frutas y cereales, sino también de la
temperatura, humedad y fertilidad natural de la tierra y las
cualidades de su abono. Lemstrorn dio a conocer los resultados que
había obtenido en un libro publicado en berlín en 1902, con el
título de Electro Cultur, y esta expresión compuesta quedó
incluida en la Standard Cyclopedia of Horticulture, de Hyde Bailey.
La traducción al inglés del libro de Lemstrom, titulada Electricity
in Agriculture and Horticulture, que vio la luz en Londres
dos años más tarde que el texto original alemán, hacía, en la
introducción, la advertencia severa, pero también certera, como
pudo comprobrase más tarde, de que como todo este complicado
asunto se relacionaba con no menos de tres ciencias distintas, la
física, la botánica y la agronomía, pudiera ocurrir que no pareciese
"particularmente atractivo a los científicos.
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| H. Bailey |
Pero uno de sus
lectores no necesitaban esta salvedad : era sir Oliver Lodge.
Después de destacar de manera singular en el campo de la física,
demostró una vez más su amplitud de criterio, al incorporarse
a la Sociedad para la Investigación Síquica, de Londres, y publicó
una docena de libros, en los cuales expuso su convicción de que
hay mundos enteros más allá del campo físico.
Decidido a hacer frente a las dificultades que tanto tiempo
quitaron a Lemstrom, cuando tenía que levantar su red de cables
al ir creciendo las plantas, y para permitir que pudiese moverse la
gente y los animales, y trasladarse su equipo a través de los
campos electrificados, suspendió el enrejado sobre aisladores sujetos a
altos postes. Durante un estación de cultivo logró aumentar la
producción por acre del trigo canadiense Red Fife en un 40 por
ciento, y vio con satisfacción que los panaderos que empleaban
su harina, lograron obtener un pan de mucho mejor calidad que
el de trigo normal.
John Newman, colaborador de Lodge, después de haber trabajado
con él, adoptó su sistema para lograr un aumento de más
del 20 por ciento en las cosechas de trigo de Evesham, en Inglaterra,
y en las de patatas de Dunfries, Escocia. Las fresas cultivadas
de conformidad con el sistema adaptado de Newman no
fueron enormemente más productivas que las no electrificadas,
pero, su sabor y delicadeza fue superior al de las frutas normales
de esta especie, como había ocurrido con el cultivo de Lemstrom;
sus remolachas fueron probadas cuidadosamente, y resultaron tener
una cantidad mayor de azúcar que las variedades normales. Es
interesante hacer notar que Newman no publicó su informe en
una revista botánica, sino en la quinta edición del Standard
Handbook for Electrical Engineers (Manual Corriente para los
ingenieros eléctricos), editado por McGraw-Hill en Nueva York.
Desde entonces, los asiduos esfuerzos electroculturales que se han
desarrollado han corrido más bien a cargo de la comunidad ingenieril,
que de los horticultores.
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| O. Lodge | J. Newman |