AFINADO A LA MÚSICA DE LAS ESFERAS.
11 . Plantas y Electromagnetismo.


   De la misma forma que las plantas reaccionan a las longitudes de onda de la música, están constantemente afectadas, además, por las longitudes de onda del espectro electromagnéticos de la Tierra, la Luna, los planetas, el cosmos y una multitud de aparatos fabricados por el hombre; lo que debe determinarse con toda exactitud es cuáles son perjudiciales y cuáles beneficiosas.
   Un atardecer de los últimos años del decenio de 1720, el escritor y astrónomo francés Jean-Jacques Dortous de Mairan, estaba regando en su salón de Paris un grupo de mimosas, cuando observó con sorpresa que la puesta del Sol parecía ser la causa de que aquellas delicadas y sensítivas plantas plegasen sus hojas, lo mismo que cuando las tocaba con la mano. A fuer de investigador auténtico, estimado por su contempóraneo Voltaire, no dedujo inmediatamente que sus plantas "se recogiesen sencillamente para dormir" cuando caía la noche. En lugar de eso, esperó a que volviese a salir el Sol, y metió a dos de las mimosas en un armario totalmente a oscuras.

J.J. D. de MairanVoltaire


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   Al verlas al mediodía, observó que sus hojas estaban completamente abiertas, pero cuando se volvió a ocultar el Sol, se cerraron lo mismo que las del salón. Ahora sí que se permitió concluir Mairan que las plantas debían de "sentir" el Sol, aunque no "lo viesen".
   Aunque sus investigaciones científicas iban desde el movimiento de la rotación de la Luna y las propiedades físicas de la aurora boreal, hasta la razón de por qué había luz en los fósforos y las peculiaridades del número 9, no logró Mairan dar con la posible causa de este efecto. En su informe a la Academia Francesa se limitó a indicar que sus plantas debían de estar sometidas a la influencia de un factor desconocido en el universo, y que lo mismo ocurría acaso con los pacientes hospitalizados que parecían agravarse acusadamente a determinadas horas.
   Dos siglos y medio después, más o menos, el doctor John Ott, director del Instituto de Investigación Ambiental de la Salud y la Luz, de Sarasota, Florida, venía a confirmar las observaciones de Mairan, preguntándose si esta "energía desconocida" no sería capaz de penetrar una cantidad espesa de tierra, que parece ser la única protección eficiente contra la llamada "radiación cósmica".

J. Ott

   El doctor Ott se llevó seis mimosas en pleno mediodía a las profundidades de una mina, cerca de doscientos metros bajo la superficie de la tierra. Los especímenes de Ott no reaccionaron como los del armario oscuro de Mairan, sino que cerraron inmedíatamente sus hojas sin esperar a que se pusiese el Sol, y eso, a pesar de que se las rodeó de focos encendidos. Lo relacionó con el fenómeno del electromagnetismo, del cual apenas se conocía nada en tiempos de Mairan, pero se quedó tan a oscuras como su predecesor francés del S. XVIII respecto a la causa de aquello.
   Los coetáneos de Mairan sólo conocían algo sobre la electricidad a través de los griegos, que les habían transmitido lo que sabían respecto a las propiedades del ámbar, o electrón, como lo llamaban, el cual, frotado vigorosamente, puede atraer una pluma o una brizna de paja. Antes de Aristóteles, se sabía que la piedra imán, óxido ferroso negro, podía ejercer también una atracción, igualmente inexplicable, sobre las limaduras de hierro. Como este material se daba en grandes cantidades en una región del Asia Menor, llamada Magnesia, se denominó esta piedra magnes lithos, o piedra magnética, que después quedó reducida a magnes en latín, magnet en inglés, etcétera.
   El primero que relacionó la electricidad con el magnetismo fue el sabio del S. XVI, William Gilbert, cuya erudición filosófica y talento médico le merecieron ser nombrado médico personal de la reina Isabel I de Inglaterra.

W. Gilbert


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   Después de afirmar que el planeta era un globo de imán, Gilbert atribuyó a esta piedra un "alma'', puesto que era "parte y descendencia favorita de su madre animada, la Tierra". Descubrió, además, que había otros materiales además del ámbar, capaces de atraer objetos ligeros si se los flotaba. Les aplicó el adjetivo de "eléctricos" e inventó la expresión "fuerza eléctrica".
   Durante muchos siglos se creyó que las fuerzas de atracción del ámbar y la piedra imán eran "fluidos etéreos penetrantes" (expresión de significado confuso) emitidos por las sustancias. Cincuenta años después de los experimentos de Mairan, Joseph Priestley, famoso principalmente por ser el descubridor del oxígeno, escribía en su popular libro de texto sobre la electricidad :

   Se supone que la Tierra y todos los cuerpos que conocemos sin excepción, contienen una cantidad determinada de cierto fluido sutil y extraordinariamente elástico, al que los filósofos han querido llamar eléctrico. En el momento en que un cuerpo posee una cantidad mayor o menor de la natural, se producen efectos muy notables. Dicen que el cuerpo se electrifica y es capaz de mostrar aspectos (o apariciones) que se atribuyen al poder de la electricidad.

J. Priestley

   Estamos en el S. XX, y realmente ha progresado muy poco el conocimiento que tenemos sobre el magnetismo. Como declaró el profesor Silvanus Thompson en la conferencia que dio sobre Robert Boyle inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial: "Estas cualidades ocultas del magnetismo, que han provocado durante siglos la admiración de la humanidad, siguen siendo ocultas, no en el sentido únicamente de que necesitan ser investigadas con experimentos, sino porque su causa última está todavía por explicar." En un texto que publicó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el Museo de Ciencia e industria de Chicago, se dice que los seres humanos no saben aún por qué la Tierra es un imán, cómo pueden los materiales magnéticos ser afectados mecánicamente por otros imanes distantes de ellos, por qué las corrientes eléctricas están rodeadas de campos magnéticos, y hasta a qué se debe el que átomos microscópicos de materia ocupen, a pesar de su inconcebible pequeñez, tan grandes extensiones vacías, pero llenas de volúmenes prodigiosos de energía del espacio.
   Durante los tres siglos y medio que han transcurrido desde la publicación de la famosa abra de Gilbert, De magnete (Del imán), se han propuesto muchas teorías para explicar el origen del geomagnetismo, pero ninguna de ellas es satisfactoria.

S. ThompsonR. Boyle


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   Lo mismo puede decirse de la física contemporánea que ha sustituido la idea de un "fluido etéreo" por un espectro de radiaciones electromagnéticas", que van desde enormes macropulsaciones, que durante varios centenares de miles de años cada una con longitudes de onda de millones de kilómetros, a las pulsaciones alternas de energía extrarrápida, de 10.000.000.000.000.000.000.000 de veces por segundo, con longitudes de onda de una infinitesimal diez mil millonésima de centímetro. Las radiaciones de primer tipo están asociadas con fenómentos como la alteración del campo magnético de la Tierra, y la segunda con la colisión de los átomos, generalmente de helio y de hidrógeno, que se mueven a velocidades increiblemente altas y se convierten en energía radiante, conocida con el nombre de "rayos cósmicos". Entre unas y otras, hay innumerables bandas de ondas de energía, como los rayos gamma, que se originan en el núcleo del átomo; los rayos X que se originan en su casco; un conjunto de frecuencias que se llaman luz, porque pueden percibirse con los ojos; los utilizados en la radio, la televisión, el radar y en una multitud cada vez mayor de aplicaciones, desde la investigación espacial hasta la cocina electrónica.
   Las ondas electromagnéticas se diferencian de las sonoras en que no sólo pasan a través de la materia, sino a través de la "nada", a una velocidad de más de 300 millones de kilómertos por segundo, recorriendo vastas regiones del cosmos, que anteriormente se creía que contenían un medio llamado "éter", pero que hoy se dice que es casi un vacio perfecto. Pero nadie ha explicado todavía exactamente cómo viajan. Como dijo a los autores de este libro un físico eminente : "Sencillamente, no conocemos el mecanismo de esa cosa que nos está tomando el pelo."
   En 1747, Jean Antoine Nollet, abad francés y profesor de física del Delfín, se enteró por un físico alemán de Wittenberg, de que el agua, que normalmente cae gota a gota en un tubo capilar, fluye en corriente constante cuando el tubo está electrificado. Después de repetir los experimentos del alemán y añadir algunos otros por cuenta propia, Nollet, según dice él mismo, empezó "a pensar que esta virtud eléctrica podría, si se emplease de determinada manera, producir efectos notables sobre los cuerpos organizados, que podrían considerarse, en cierto modo, como máquinas hidráulicas preparadas por la misma naturaleza". Colocó varias plantas en tiestos metálicos junto a un conductor, y se quedó extrañado al advertir que aumentaba el indice de su transpiración. A través de una larga serie de experimentos, pesó con cuidado, no sólo narcisos, sino gorriones, pichones y gatos, y pudo comprobar que perdían más rápidamente peso cuando se les electrificaba.

J.A. Nollet


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   Para averiguar de qué manera los fenómentos eléctricos podían influir en las semillas, sembró varias docenas de simientes de mostaza en dos pequeños recipientes, y electrificó uno de ellos durante siete días seguidos, desde las siete a las diez de la mañana, y de las tres de la tarde a los ocho de la noche. Al terminar la semana, los granos del recipiente electrificado hablan brotado y crecido hasta una altura promedio de 15 a 16 lignes francesas (la ligne equivale a la duodécima parte de una pulgada, o sea, aproximadamente 2,25 milímetros. Las tres semillas que echaron brotes del recipiente no electrificado, sólo sobresalían de 2 a 3 lignes de la tierra. Como no tenía la menor idea de a qué obedecía aquello, se limitó a indicar en el informe - de la extensión de un libro - que presentó a la Academia Francesa, que la electricidad ejercía profundos efectos sobre las funciones de crecimiento de las formas de vida.
   Nollet formuló su conclusión unos cuantos años antes de que Europa se conmocionara con la noticia de que Benjamín Franklin había logrado recoger una carga de electricidad de los rayos, soltando una cometa en una tormenta, cerca de Filadelfia. Cuando la chispa eléctrica fulminó una parte metálica de su estructura, llegó por la cuerda húmeda a que estaba amarrada hasta una botella de Leyden, aparato inúentado en 1746 en la Universidad de Leyden, con el cual podía almacenarse la electricidad en agua y descargarse en una sola explosión. Hasta entonces, sólo había podido recogerse en una botella de Leyden la electricidad estática obtenida por un generador electrostático.
   Mientras Franklin se dedicaba a recoger electricidad de las nubes, el brillante astrónomo Pierre Charles Lemonnier, que fue nombrado miembro de la Academia Francesa a los 21 años de edad, y posteriormente aclamado por su descubrimiento de la oblicuidad de la eclíptica, demostró que existe en la atmósfera de la Tierra, hasta en el día más claro y soleado, un estado permanente de actividad eléctrica, aunque siguió siendo un misterio cómo se interaccionan con las plantas estas cargas omnipresentes de electricidad.

B. FranklinP.C. Lemonnier

   Los esfuerzos desarrollados posteriormente para adaptar la electricidad atmosférica, a la fructificación de los vegetales pertenecieron a Italia. En 1770 un profesor llamado Gardini tendió una porción de cables por encima del fértil huerto de un monasterio de Turín. Al poco tiempo, muchas plantas empezaron a mar- chitarse y murieron. Cuando los monjes retiraron los cables, el huerto resucitó. Gardini supuso que las plantas habían sido privadas de la ayuda natural de la electricidad necesaria para su desarrollo, o que habían recibido una dosis excesiva.



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   Gardini se enteró de que los hermanos Joseph Michel y Jacques-Etienne Montgolfier habían soltado en Francia un enorme globo hinchado con aire caliente, para transportar a dos pasajeros en una excursión de diez kilómetros y veinticinco minutos sobre Paris, y recomendó que se aplicase este nuevo invento a la horticultura, conectando al globo un largo cable, para conducir a través de él electricidad desde una gran altura hasta los campos y huertos de abajo.

J.M. MontgolfierJ.E. Montgolfier

   Estos informes franceses e italianos produjeron escasa sensación entre los doctos científicos de entonces, quienes empezaban a prestar más atención a los efectos de la electricidad sobre los cuerpos inertes que sobre los vivos. Tampoco dieron gran importancia a otro eclesiástico, el Abbé Bertholon, cuando publicó, en 1783, un extenso tratado: Del l'Electricité des Végétaux (De la electricidad de los vegetales). Fue profesor de física experimental en universidades francesas y españolas, y apoyó enérgicamente la idea de Nollet, de que, alterando la viscosidad o resistencia fluida de los líquidos en los organismos vivos, la electricidad podía cambiar sus funciones de desarrollo. Dictó el informe de un físico italiano, Giuseppe Toaldo, en que daba cuenta de que dos jazmines de una hilera que estaban cerca de un conductor electrico de rayos crecieron cerca de diez metros, en tanto que los demás apenas pasaron de uno.

G. Toaldo

   Bertholon fue tenido casi como un hechicero. Hizo que un jardinero se colocase sobre una plancha de material aislante y regase las hortalizas con una lata electrificada. Sus plantas crecieron hasta adoptar un tamaño extraordinario. Además invento el "electrovegetómetro", como el lo llamó, aparato que recogía la electricidad atmosférica por medio de una antena y la hacia pasar entre las plantas de un campo. "Este instrumento - escribía - puede aplicarse a todo tipo de producción vegetal en cualquier parte y en cualesquier condiciones atmosféricas; sólo pueden dudar de su utilidad y eficacia los espíritus timoratos, a quienes no dicen nada los descubrimientos y que jamás serán rapaces de derribar las barreras de la ciencia, sino que eternamente seguirán aprisionados en los estrechos límites de una pusilanimidad cobarde, a la cual se la da con demasiada frecuencia el nombre de prudencia, para disimularla." En su conclusión llegó a insinuar que, un día, el mejor abono para los vegetales adoptará la forma eléctrica, "gratis y procedente del cielo".
   La intrigante idea de que los seres vivos se interaccionaban recíprocamente y estaban cargados de electricidad dio un paso gigantesco en noviembre de 1780, cuando la esposa del científico de Bolonia, Luigí Galvani, descubrió por accidente que una maquina para generar electricidad estática hizo sacudir espasmódicamente la pata amputada a una rana.

L. Galvani


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   Cuando se le llamó la atención sobre el fenómeno, se quedó sorprendido, y en el acto se puso a pensar si la electricidad no sería realmente una manífestación de vida. El día de Navidad llegó a la conclusión de que así era en efecto, y escribió en su cuaderno de trabajo: "El fluido eléctrico debe considerarse como un medio para explicar la fuerza nervomuscular."
   Galvani estuvo trabajando seis años sobre los efectos de la electricidad en el movimiento muscular, hasta que descubrió, también por casualidad, que las patas de las ranas se contraían exactamente igual sin aplicarles ninguna carga eléctrica, cuando los alambres de cobre en que estaban colgadas eran acercados por el viento a una barra de bierro. Comprendiendo que la electricidad de aquel circuito de tres partes tenía que proceder de las patas o de los metales, Galvani, convencido de que era una fuerza viva, no muerta, decidió que estaba relacionada con el tejido animal, y atribuyó la reacción a un fluido o energía vital del cuerpo de las ranas, al que denominó "electricidad animal".
   Al principio, los descubrimientos de Galvani recibieron el cálido apoyo de su compatriota Alessandro Volta, físico de la Universidad de Pavía, en el Ducado de Milán. Pero cuando Volta repitió sus experimentos y vio que sólo podía producir el efecto eléctrico usando dos metales diferentes, escribió al abad Tommaselli que evidentemente la electricidad no procedía de las ancas de las ranas, sino de "la aplicación simple de dos metales de diferente cualidad." Concentrándose en las propiedades eléctricas de los metales, Volta concibió en 1800, el invento de una pila de discos alternados de zinc y cobre, entre los cuales se metía una hoja de papel húmedo. Como podía cargarse en un momento, era posible utilizarlo para producir corriente eléctrica a voluntad, pero no sólo una vez, como ocurría con la vasija de Leyden, sino millares de veces, con lo cual, por primera vez, los investigadores no tuvieron que depender más de la electricidad estática o natural. Este primer antepasado de nuestra célula de almacenamiento eléctrico manifestó una elec- tricidad artificial dinámica o cinética, que vino a confirmar la idea de Galvani, de que había una energía vital especial en los tejidos vivos.

A. Volta

   Aunque al principio Volta aceptó las conclusiones de Galvani, posteriormente escribió : "Si despojamos a los órganos animales de toda actividad eléctrica propia y abandonamos esta idea sugestiva que indicaron los hermosos experimentos de Galvani, estos órganos pueden considerarse simplemente como electrómetros de un tipo nuevo y de sensibilidad maravillosa." A pesar de la afirmación profética de Galvani, que formuló poco antes de morir, de que algún día el análisis de todos los aspectos fisiológicos necesarios de sus experimentos "permitiría conocer mejor a naturaleza de las fuerzas vitales, su diferente duración, según las distinciones de sexos, edades, temperamentos, enfermedades, y hasta la constitución misma de la atmósfera", los científicos ignoraron sus teorías y las negaron en la práctica.



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   Unos cuantos años antes, el jesuita húngaro Maximiliam Hell había vuelto a defender, sin que se enterase Galvani, la idea de que las características de la piedra imán "parecidas a las del alma" se transmitían a los metales ferruginosos. Con esta idea había inventado un dispositivo singular de láminas de acero magnetizadas para aliviarse de su roncero reumatismo. Su amigo, el físico vienés Franz Anton Mesmer, que se había interesado por el magnetismo al leer a Paracelso, estaba impresionado con las curas posteriores realizadas por Hell en otras personas, de una porción de dolencias, e inició una larga serie de de experimentos para comprobarlas. Con ellos, se convenció de que la materia viviente tenía una propiedad susceptible de ser actuada por "fuerzas magnéticas terrestres y celestes", que denominó, en 1779, "magnetismo animal", sobre el cual trató su tesis doctoral, titulada "La influencia de los planetas en el cuerpo humano". Al enterarse de que un sacerdote suizo, llamado J. J. Gassner curaba a los enfermos con el tacto, adoptó él también, con éxito, su técnica, y declaró que algunos individuos, entre los cuales se contaba él, estaban dotados de mayor y mejor fuerza "magnética" que los demás.

M. HellF.A. Mesmer

   Aunque parecía que estos asombrosos descubrimientos de la energía bioeléctrica y biomagnética podían preparar el camino para una nueva era de investigaciones, en que se uniese la física con la medicina y la fisiología, se cerró la puerta de golpe a estos estudios durante más de un siglo. El éxito que alcanzó Mesmer en el trato de algunos casos en que otros habían fracasado, despertó la envidia de sus colegas médicos de Viena, que atribuyeron sus curas a la hechicería y al diablo, y organizaron una comisión que investigase sus supuestos triunfos. La comisión redactó un informe desfavorable, y Mesmer fue expulsado de la facultad de medicina, y además se le notificó que debía abandonar su práctica.
   En 1778 se trasladó a París, donde vio que "la gente era más ilustrada y menos indiferente a los nuevos descubrimientos", y se conquistó a un poderoso converso a sus métodos : era Charles D'Eslon, primer médico de la corte del hermano de Luis XVI, quien lo introdujo a los círculos influyentes. No pasó mucho tiempo sin que los médicos franceses se pusieran tan furiosos y envidiosos como sus colegas austriacos. El alboroto que levantaron obligó al rey a nombrar una comisión real que investigase las actividades de Mesmer, no obstante que D'Eslon había proclamado en una junta del claustro médico de profesores de la Universidad de París, que la contribución de Mesmer a la ciencia era "una de las más importantes de nuestra época".

Luis XVI


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   Cuando la comisión, entre cuyos miembros estaba el director de la Academia Francesa de Ciencias la cual pronunció solemnemente en 1772 que no existían los meteoritos y cuyo presidente era el embajador norteamericano Benjamín Franklin, formuló el veredicto de que "el magnetismo animal no existe ni puede producir efectos saludables", comenzó a menguar la gran popularidad de Mesmer, el cual quedó expuesto al ridículo público. Se retiró a Suiza, donde terminó, un año antes de morir, en 1815, su obra más importante : El mesmerismo, o sistema de influencias recíprocas; o la teoría y práctica del magnetismo animal.
   En 1820, Hans Christian Oersted, científico danés, observó que la aguja de una brújula colocada junto a un cable conductor de corriente se colocaba siempre en posícion perpendicular al mismo. Al cambiarse la corriente, la aguja señalaba a la dirección opuesta. El hecho de que una fuerza pudiera actuar sobre la aguja indicaba que existía un campo magnético en el espacio que rodeaba al cable. Esto llevó a uno de los descubrimientos más útiles que se hayan hecho en la historia de la ciencia, cuando Michael Faraday en Inglaterra, y Joseph Henry en Estados Unidos, comprobaron independientemente que el fenómeno era igualmente válido, o sea, que un campo magnético podía inducir una corriente eléctrica si se hiciese pasar a través de él un cable. De esta manera se inventó el "generador", y con él, todo un mundo nuevo de aparatos eléctricos.

H. C. Oersted

   Hoy en día, los libros sobre lo que puede hacer el hombre con la electricidad llenan diecisiete estantes de más de treinta metros de la Biblioteca del Congreso. Sin embargo, todavía sigue siendo un misterio, como lo fuera en tiempos de Priestley, qué es en realidad la electricidad y por qué y cómo funcionaba. Los científicos modernos no tienen idea todavía de cuál es la composición de las ondas electromagnéticas. Simplemente las utilizan para la radio, el radar, la televisión y las tostadoras.
   Debido a una concentración tan unilateral sobre las propiedades mecánicas del electromagnetismo, sólo un puñado de individuos ha prestado atención, al correr de los años, a la forma en que el electromagnetismo puede afectar a los seres vivos, y por qué. Constituyó una excepción notable el barón Karl von Reichenbach, científico alemán de Tubinga, que descubrió en 1845 los productos derivados del alquitrán, entre ellos la creosota, utilizados para proteger tanto las vallas sobre el suelo, como los postes sumergidos en el agua. Comprobó que lo individuos particularmente dotados, a los que llamaba "sensitivos", eran capaces de ver una energía extraña que emanaba de todas las cosas vivas, y de los extremos de un imán; llamó a esta energía Odyle u Od.

K. van Reichenbach


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   Pero, aunque sus obras fueron traducidas al inglés por un famoso doctor en medicina, William Gregory, designado profesor de química de la Universidad de Edinhurgo en 1844, con el título de Researches into the Forces of Magnetism, Electricity, Heat and Light in Relation to the Force of Life (Investigaciones sobre las fuerzas del magnetismo, electricidad, calor y luz en relación con la fuerza de la vida), sus esfuerzos por demostrar su existencia a sus contemporáneos de todo el mundo fueron ignorados.
   Reichenbach indicó el motivo por el cual se rechaza su "fuerza ódica", con las siguientes palabras: "Cada vez que empezaba a tocar el tema, me parecía que estaba pulsando una cuerda de tono desagradable. Asimilaban mentalmente a Od y a la sensibilidad con el llamado "magnetismo animal" y "mesmerismo", con lo cual perdía la idea todo su favor." Aquella asimilación estaba totamente injustificada, puesto que Reichenbach había dejado claramente sentado que, aunque la misteriosa fuerza ódica pudiera parecerse al magnetismo animal y fuese asociada con él, también podía existir por separado.
   Años más tarde. Wilhelm Reich sostenía que "la energía a que se referían los antiguos griegos y los estudiosos modernos desde Gilbert era esencialmente distinta de la que estudian los físicos desde Volta y Faraday, obtenida por el movimiento de cables en un campo magnético, era distinta no sólo en cuanto al principio de su producción, sino fundamentalmente".

W. Reich

   Reich creía que los antiguos griegos habían descubierto con el principio de la fricción la misteriosa energía a que dio el nombre de "orgona", tan semejante a la Od de Reichenbach y al éter de los antiguos. Decía que la orgona era el medio en que se mueve la luz y en el que se ejerce la actividad electromagnética y gravitacional, y que llena todo el espacio, aunque en grados de concentración diferentes, estando presente aun en el mismo vacio. La consideraba como el vínculo básico entre la materia inorgánica y la orgánica. Durante el decenio de 1960, poco después de la muerte de Reich, eran copiosísimas las pruebas de la base eléctrica de los organismos. D. S. Halacy, autor científico ortodoxo, lo expresó con toda sencillez : "La circulación de electrones es fundamental en prácticamente todos los procesos de la vida."
   Las dificultades que caracterizaron el periodo entre Reichenbach y Reich se debieron en parte a la monda científica de separar todas las cosas, en lugar de estudiarlas como "todos" operantes. Al mismo tiempo se amplié la distancia que separaba a los que estudiaban las "ciencias de la vida", como las llamaban, y los físicos, cada vez más empeñados en creer unícamente lo que podía verse y medirse con instrumentos.



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   Mientras tanto, la química se concentraba en el estudio de entidades cada vez más heterogéneas y pequeñas, que, al volverse a combinar artificialmente, produjeron una verdadera cornucopia de nuevos y fascinantes artículos.
   La primera síntesis artificial realizada en 1828, en el laboratorio, de una sustancia orgánica, la urea, parecía destruir la idea de que había un aspecto especial "vital" en los seres que vivían. El descubrimiento de las células, los supuestos equivalentes biológicos de los átomos de la antigua filosofía griega, hacía pensar que las plantas, los animales y el hombre mismo no eran sino asociaciones diferentes de estos bloques de construcción o agregados químicos. En este nuevo clima, fueron pocos los que se dedicaron a profundizar más en los efectos del electromagnetismo sobre la vida. Sin embargo, había individualistas disconformes que de cuando en cuando exponían alguna idea sobre cómo podrían responder las plantas a las fuerzas cósmicas exteriores, gracias a lo cual no dejaron morir los descubrimientos de Nollet y Bertholon.
   Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, William Ross, para comprobar la afirmación del marqués de Anglesey de que las semillas brotaban más rápidamente cuando estaban electrificadas, sembró pepinos en una mezcla de óxido negro de manganeso, sal de mesa y arena limpia, irrigada con ácido sulfúrico diluido. Cuando le aplicó una corriente eléctrica, las simientes echaron brotes bastante antes que las sembradas en una mezcla igual, pero no electrificada. Un año después, en 1845, se publicó en el primer número del Journal of the Horticultural Society, de Londres, un largo trabajo sobre la "Influencia de la electricidad en la vegetación", debido a la pluma de un agrónomo llamado Edward Solly, quien, como hizo Gardini, suspendió cables sobre huertos sembrados, y al igual que Ross, los enterró bajo el suelo. Pero sólo diecinueve de los setenta experimentos verificados por Solly con granos, hortalizas y flores distintas, reportaron algún beneficio, y casi otros tantos fueron perjudiciales.
   Los resultados contrarios obtenidos por estos investigadores patentizaban claramente que la cantidad, calidad y duración del estímulo eléctrico era de importancia crucial para cada forma de vida vegetal. Pero, como los físicos no tenían instrumentación adecuada para medir sus efectos especificos y todavía sabían poco sobre cómo operaba en las plantas la electricidad artificial y atmósférica, el campo de la experimentación quedó abandonado a horticultores obstinadamente curiosos y a la chaladura de algunos aficionados. Sin embargo, siguieron realizándose distintas observaciones para demostrar que la vegetación poseía una cualidad eléctrica.



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   El año 1859 se publicó en la Gardeners' Chronicle de Londres un informe sobre el fenómeno de las ligeras chispas que pasaban de una verbena escarlata a otra, el cual se advertía mejor en el crepúsculo, cuando se acercaba una tormenta de truenos después de un largo periodo de sequía. Esto confirmaba la observación realizada por Goethe, de que las flores de las amapolas orientales podían verse centelleando al oscurecer.
   Hasta la última parte del siglo no se abrieron nuevos horizontes en Alemania respecto a la naturaleza de la electricidad del aire, que habia descubierto Lemonnier, Julius Elster y Hans Gestel, especializados en la emisión espontánea de la radiación de las sustancias orgánicas, que más tarde habría de llamarse "radiactividad", iniciaron un estudio de grandes proporciones sobre la electricidad atmosférica. En él se descubrió que el suelo de la Tierra está constantemente emitiendo y proyectando al aire partículas cargadas de electricidad. Fueron llamadas iones, palabra derivada del participio de presente del verbo griego ienai, que significa "ir", y eran átomos, grupos de átomos o moléculas, que se consideraban dotadas de una carga neta positiva o negativa, después de haber ganado o perdido electrones. La observación verificada por Lemonnier, según la cual la atmósfera estaba constantemente llena de electricidad, tenía por fin alguna explicación importante.
   En un día claro y con buen tiempo, la tierra tiene una carga eléctrica negativa, en tanto que la de la atmósfera es positiva, por lo cual los electrones fluyen hacia el cielo desde el suelo y las plantas. Durante las tormentas, esta polaridad se vuelve al revés : la tierra es positiva y la base de la capa de nubes, negativa. Como hay en cualquier momento, según se calcula, de tres a cuatro mil tempestades "eléctricas" desencadenadas sobre la superficie general del globo, las cargas que pierde la tierra en las regiones de tiempo apacible se reponen de esta manera, y se conserva un equilibrio alternante de desniveles eléctricos.
   Conscuencia de la circulación perpetua de electricidad, es que aumenta el voltaje, o sea, la presión eléctrica, con la altura. Entre la cabeza de un hombre de 1,83 metros y el suelo sobre el cual posa la planta, hay una diferencia de 200 voltios; la que hay entre el extremo superior del Empire State Building y la acera, es de 40.000 voltios, y en el intervalo entre las capas inferiores de la ionosfera y la superficie terrestre hay 360.000 voltios. Aunque esto parece peligroso, no puede generarse una gran energía de choque, porque la corriente es pequeña. La dificultad principal que supone controlar este vasto depósito de energía y administrarlo para que entre en actividad, es la falta de conocimientos sobre cómo funciona, y las leyes que gobiernan sus operaciones.



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   Comenzó a desencadenarse un nuevo ataque contra la aplicación de la electricidad atmosférica al crecimiento y cultivo de las plantas, cuando un científico finlandés de criterio ecléctico, llamado Selim Lemstrom, realizó cuatro expediciones a las regiones subpolares de Spitsbergen, en Noruega septentrional, y Lapland de 1868 a 1884. Como especialista que era en luz polar y magnetismo terrestre, expuso la teoría de que la lozana vegetación de estas latitudes, que la opinión popular atribuía a los días más largos de su verano, obedecía en realidad a lo que él llamaba "esa violenta manifestación eléctrica, la aurora boreal".
   Como se sabía desde los tiempos de Franklin que las puntas agudas atraían de manera especial la electricidad atmosférica - observación que llevó al invento del pararrayos -, Lemstrom deducía, lógicamente, que "los extremos agudos de las plantas eran como pararrayos que recogían la electricidad de la atmósfera y facilitaban el intercambio de cargas eléctricas entre el aire y la tierra". Realizó estudios sobre los anillos concéntricos que se advertían en las secciones transversales del tronco de los abetos, y observó que su crecimiento anual coincidía plenamente con los periodos de la aurora boreal y la actividad solar, efectos que se acentuaban al viajar hacia el norte.
   Para comprobar estas obsetvaciones por medio de la debida experimentación, conectó una serie de flores plantadas en tiestos de metal con un generador estático por medio de una red superior de cables, colocados unos 40 centímetros más arriba, y un poste clavado en tierra como sostén. Los demás tiestos los dejó "a la naturaleza". A las ocho semanas, las plantas electrificadas ganaron casi un 50 por ciento más de peso que sus vecinas. Cuando trasladó su aparato a un huerto, no sólo se duplicó la cosecha de fresas, sino que eran mucho más dulces; la cosecha de cebada aumentó en una tercera parte.
   Los resultados de una sede de experimentos que llevó a cabo en las tierras borgoñesas del sur, variaron, no sólo según las diferencias de las hortalizas, frutas y cereales, sino también de la temperatura, humedad y fertilidad natural de la tierra y las cualidades de su abono. Lemstrorn dio a conocer los resultados que había obtenido en un libro publicado en berlín en 1902, con el título de Electro Cultur, y esta expresión compuesta quedó incluida en la Standard Cyclopedia of Horticulture, de Hyde Bailey.
   La traducción al inglés del libro de Lemstrom, titulada Electricity in Agriculture and Horticulture, que vio la luz en Londres dos años más tarde que el texto original alemán, hacía, en la introducción, la advertencia severa, pero también certera, como pudo comprobrase más tarde, de que como todo este complicado asunto se relacionaba con no menos de tres ciencias distintas, la física, la botánica y la agronomía, pudiera ocurrir que no pareciese "particularmente atractivo a los científicos.

H. Bailey


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   Pero uno de sus lectores no necesitaban esta salvedad : era sir Oliver Lodge. Después de destacar de manera singular en el campo de la física, demostró una vez más su amplitud de criterio, al incorporarse a la Sociedad para la Investigación Síquica, de Londres, y publicó una docena de libros, en los cuales expuso su convicción de que hay mundos enteros más allá del campo físico.
   Decidido a hacer frente a las dificultades que tanto tiempo quitaron a Lemstrom, cuando tenía que levantar su red de cables al ir creciendo las plantas, y para permitir que pudiese moverse la gente y los animales, y trasladarse su equipo a través de los campos electrificados, suspendió el enrejado sobre aisladores sujetos a altos postes. Durante un estación de cultivo logró aumentar la producción por acre del trigo canadiense Red Fife en un 40 por ciento, y vio con satisfacción que los panaderos que empleaban su harina, lograron obtener un pan de mucho mejor calidad que el de trigo normal.
   John Newman, colaborador de Lodge, después de haber trabajado con él, adoptó su sistema para lograr un aumento de más del 20 por ciento en las cosechas de trigo de Evesham, en Inglaterra, y en las de patatas de Dunfries, Escocia. Las fresas cultivadas de conformidad con el sistema adaptado de Newman no fueron enormemente más productivas que las no electrificadas, pero, su sabor y delicadeza fue superior al de las frutas normales de esta especie, como había ocurrido con el cultivo de Lemstrom; sus remolachas fueron probadas cuidadosamente, y resultaron tener una cantidad mayor de azúcar que las variedades normales. Es interesante hacer notar que Newman no publicó su informe en una revista botánica, sino en la quinta edición del Standard Handbook for Electrical Engineers (Manual Corriente para los ingenieros eléctricos), editado por McGraw-Hill en Nueva York. Desde entonces, los asiduos esfuerzos electroculturales que se han desarrollado han corrido más bien a cargo de la comunidad ingenieril, que de los horticultores.

O. LodgeJ. Newman


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