Alta peluquería: 1500 a.C., Asiria

 

 

En el mundo antiguo, los asirios, que habitaban lo que es hoy la parte septentrional del Irak, fueron los primeros estilistas del cabello. Su habilidad para cortar el pelo, rizado, peinado y teñido era célebre en todo el Próximo Oriente, donde no conocía rival. Su oficio surgió gracias a una obsesión por los cabellos.

 

Los asirios cortaban el cabello dándole forma escalonada, de modo que la cabeza de un cortesano elegante era casi tan geométrica como una pirámide egipcia, e incluso algo similar a ella en su forma. Los cabellos más largos se disponían cuidadosamente en cascadas de bucles y rizos, las cuales descendían sobre los hombros y hasta los pechos.

 

El cabello se afeitaba, perfumaba y teñía. Los hombres lucían barbas bien recortadas, que comenzaban en la mandíbula y descendían, rizadas, a lo largo del pecho. Reyes, guerreros y mujeres de la nobleza se hacían rizar sus abundantes cabellos por los esclavos, utilizando una barra de hierro calentada al fuego, que fue la antecesora de la tenacilla.

 

Los asirios cultivaron ese estilo de peluquería, prescindiendo de casi todos los demás detalles del arte de la cosmética. Incluso se establecía por ley qué tipos de peinado debían lucirse según la posición y el cargo de cada persona. Y, como ya había ocurrido en Egipto, las mujeres de más alto rango lucían, durante los actos oficiales de la corte, barbas postizas estilizadas, para dar a entender que podían ser tan autoritarias como los hombres.

 

La calvicie, total o parcial, se consideraba un defecto antiestético y se ocultaba mediante pelucas.

 

Como los asirios, durante el período homérico los griegos adoptaron los cabellos largos y rizados. Creían que éstos, peinados con gran complicación, les distinguían de los bárbaros del Norte, cuyos cabellos eran más bien cortos y desaliñados. Los rizos fragantes y divinos se convirtieron en una obsesión para los griegos, tal como revelan innumerables referencias en prosa y poesía.

 

Los cabellos rubios eran muy estimados. A la mayoría de los grandes héroes griegos, Aquiles, Menelao, Paris, para mencionar sólo a unos pocos, se les describe como poseedores de rizos de color claro. y los que no eran rubios naturales siempre podían aclarar o enrojecer sus mechones con una variedad de jabones y lejías alcalinas procedentes de Fenicia, que entonces era el centro jabonero del Mediterráneo.

 

Los hombres, en particular, se esforzaban por conseguir unas tonalidades más claras en sus cabellos. Para un teñido temporal, se espolvoreaban con una mezcla de polen amarillo, harina amarilla y polvillo de oro.

 

En el año 303 a.C., los primeros barberos profesionales, que se habían constituido en gremios, abrieron tiendas en Roma.

 

Las normas sociales romanas exigían unos cabellos bien cuidados, y la negligencia en este aspecto era tratada a menudo con desprecio e incluso con insultos abiertos. Alejándose del ideal griego de los cabellos rubios como el oro, los romanos de alto rango social y político optaban por los cabellos oscuros e incluso negros. Los cónsules y senadores de avanzada edad se esforzaban por ocultar el gris de sus cabellos. Plinio el Joven, el naturalista del siglo I, escribió sobre la importancia de los tintes oscuros para el pelo. Uno de los predilectos se obtenía hirviendo cáscaras de castaña y puerros. Para evitar las primeras canas, se aconsejaba a los hombres que preparasen una pasta que debían aplicarse por la noche, a base de hierbas y lombrices de tierra. El remedio romano contra la calvicie consistía en un ungüento de arándanos triturados, con grasa de oso.

 

No todas las sociedades eran partidarias de los cabellos rubios o castaños. A los hombres sajones se les presenta en los grabados (por razones que siguen siendo un misterio) con los cabellos y las barbas teñidos de azul, rojo vivo, verde o anaranjado. En cambio, se sabe que los galos preferían los tonos rojizos. Y en Inglaterra, cuando Isabel I era árbitro de la moda, las figuras destacadas de la época, hombres y mujeres, se teñían los cabellos con una tonalidad rojiza anaranjada, que era el color de la reina. Un embajador ante la corte observó que los cabellos de Isabel eran de un tono jamás creado por la naturaleza.

 

Aunque hombres y mujeres se hubieran empolvado los cabellos con varios colores desde antes de la era cristiana, esta práctica se convirtió en la moda imperante en la Francia del siglo XVI. Los polvos, liberalmente aplicados tanto a los cabellos auténticos como a las pelucas, eran harina de trigo blanqueada y pulverizada, intensamente aromatizada. En la década de 1780, la aplicación de polvos sobre cualquier tipo de peinado, natural o artificial, habían llegado a la exageración en la corte de María Antonieta. El cabello se peinaba, rizaba y ondulaba, y se le confería mayor volumen con profusión de postizos hasta formar torres fantásticas. Seguidamente, se empolvaba en diversos colores: azul, rosado, violeta, amarillo, blanco... pues cada uno tuvo su momento de moda.

 

En pleno auge de este empolvado de los cabellos, el Parlamento de Inglaterra, a fin de administrar una inyección a la hacienda pública, cargó un impuesto sobre el producto y se calculó que los ingresos llegarían a un cuarto de millón de libras al año. Sin embargo, los conflictos políticos con Francia y con España, por no hablar de los caprichosos cambios de modas en peluquería, redujo drásticamente la recaudación prevista.

 

 

Teñido moderno del cabello: año 1909, Francia

 

 

El primer intento afortunado para crear un teñido comercial del cabello, que ofreciera mayores seguridades, se debe al químico francés Eugene Schueller. En el año 1909, basando su mezcla en un nuevo producto químico identificado, la parafenilenediamina, Schueller fundó su propia compañía destinada a la fabricación de tintes inofensivos para el cabello. Inicialmente, el producto no consiguió unas ventas impresionantes (aunque las lograría más tarde), y un año más tarde Schueller concibió un nombre más atractivo para su empresa: L'Oréal.

 

Sin embargo, muchas mujeres se resistieron al principio a la idea de teñirse el cabello. Ésta era una operación propia de actrices de teatro. En el año 1950, tan sólo un 7 por ciento de las mujeres norteamericanas se teñía el pelo.

 

 

Pelucas: año 3000 a.C., Egipto

 

       

Aunque los asirios eran considerados como los mejores peluqueros estilistas del mundo, los egipcios, unos 1.500 años antes, habían creado un arte con la confección de las pelucas. En el mundo occidental dieron origen al empleo de cabellos artificiales, aunque en la mayoría de los casos su función no consistiera en disimular la calvicie, sino en complementar un atuendo formal y festivo.

 

Hoy en día, sobreviven en diversos museos, y en excelentes condiciones, muchas pelucas egipcias. Los análisis químicos revelan que sus trenzas y bucles, perfectamente formados, se obtenían a la vez con fibras vegetales y con pelo humano.

 

Algunas de estas pelucas y elementos postizos decorativos eran enormes, y también muy pesados. La peluca que en el año 900 a.C. llevaba la reina Isimkheb en las grandes ocasiones pesaba tanto que la soberana necesitaba ayuda para poder caminar. En fecha reciente, esta peluca fue analizada químicamente en el Museo de El Cairo, y se descubrió que habla sido confeccionada en su totalidad con cabellos humanos castaños. Como era frecuente con las pelucas de aquellos tiempos, su prodigioso remate se mantenla en su lugar mediante una capa de cera de abejas.

 

Al comenzar el siglo I a.C., las pelucas rubias hicieron furor en Roma. En tanto las cortesanas griegas preferían blanquear o empolvar sus cabellos, las mujeres romanas optaron por las magnificas cabelleras de un rubio pálido cortadas a las cautivas germanas. Con ellas se. preparaba toda clase de pelucas rubias, y Ovidio, el poeta del siglo I, escribió que ningún romano o romana debía preocuparse por la calvicie, dada la abundancia de cabelleras bárbaras que podían conseguirse.

 

Las pelucas rubias acabaron por convertirse en el signo distintivo de las prostitutas romanas, e incluso de aquellos que las frecuentaban. La disoluta emperatriz Mesalina llevaba una “peluca amarilla” cuando efectuaba sus notorias visitas a los burdeles romanos. Y el gobernante más detestable de Roma, Caligula, llevaba una peluca similar las noches en que merodeaba por las calles en busca de placeres. La peluca rubia era tan inconfundible como las botas altas blancas y la minifalda de una buscona contemporánea.

 

La Iglesia trató repetidamente de eliminar el uso de las pelucas, cualquiera que fuera su propósito. En el siglo I, los Padres de la Iglesia dictaminaron que una persona con peluca no podía recibir una bendición cristiana. En el siglo siguiente, el teólogo griego Tertuliano predicó que todas las pelucas eran disfraces e invenciones del diablo, y cien años más tarde, el obispo Cipriano prohibió a quienes lucieran pelucas o bisoñés asistir a las ceremonias religiosas, denostándolos con estas palabras: “¿En qué sois mejores que los paganos?”.

 

Esta condena culminó en el año 629, cuando el Concilio de Constantinopla excomulgó a los cristianos que se negaran a prescindir de la peluca.

 

Incluso Enrique IV, que en el siglo XII desafió a la Iglesia negándose a renunciar al privilegio real a nombrar obispos, por lo que fue excomulgado, se adhirió al estilo que recomendaba la Iglesia para los cabellos: cortos, tiesos y sin adornos. Enrique llegó a prohibir los cabellos largos y las pelucas en la corte. Hasta la Reforma del año 1517, cuando a la Iglesia le preocupaba la cuestión más apremiante de la pérdida de miembros, no flexibilizó sus normas en materia de pelucas y estilos de peinado.

 

En el año 1580 las pelucas volvían a ser el dernier cri. Una persona fue especialmente responsable del retorno de los rizos y de las pelucas de colores: Isabel I de Inglaterra, que poseía una colección enorme de  pelucas anaranjadas, utilizadas sobre todo para ocultar el retroceso frontal de sus cabellos y la escasez progresiva de éstos.

 

Las pelucas llegaron a ser tan corrientes que a menudo pasaban inadvertidas. El hecho de que María, la reina de los escoceses, llevara una peluca de color caoba era ignorado incluso por las personas que mantenían trato frecuente con ella. La verdad no se supo hasta que fue decapitada. En el apogeo de la popularidad de la peluca en la Francia del siglo XVII, la corte de Versalles utilizaba permanentemente los servicios de cuarenta especialistas que residían en palacio.

 

Una vez más, la Iglesia se alzó contra las pelucas, pero esta vez la jerarquía se encontró dividida, pues eran muchos los clérigos que lucían las largas y onduladas pelucas de la época. Según un relato del siglo XVII, nada tenía de extraño que clérigos enemigos de la peluca arrancaran las que llevaban los sacerdotes que se disponían a oficiar una misa o a impartir una bendición. Jean-Baptiste Thiers, un clérigo francés de Champround, publicó un libro sobre los maleficios de las pelucas, los medios para descubrir a quienes las usaban, y los métodos para atacar repentinamente y despojar de cabellos postizos a sus portadores.

 

Finalmente, la Iglesia zanjó la disputa mediante una fórmula de compromiso. Se permitían las pelucas a los laicos y a los sacerdotes que fueran calvos, estuvieran enfermos o contasen una edad provecta, pero nunca podrían lucirlas en la iglesia. Para las mujeres no había ninguna exención.

 

En el Londres del siglo XVIII, las pelucas que llevaban los abogados eran tan valiosas que a menudo las robaban. Los ladrones de pelucas actuaban en las calles más transitadas, llevando sobre sus hombros un cesto que escondía a un niño pequeño. La tarea de éste consistía en levantarse súbitamente y apoderarse de la peluca de un caballero. Por lo general, la víctima se abstenía de ocasionar un escándalo público, dada la figura ridícula que presentaba con la cabeza afeitada.

 

 

Horquilla para los caballeros: hace 10.000 años, Asia

 

 

Las mujeres griegas y romanas utilizaban ya una aguja recta, larga y ornamentada para sujetarse el pelo. Su forma y su función reproducían exactamente las púas de animales y de cardo que utilizaban los hombres y mujeres primitivos, y que siguen empleando hoy muchas tribus. En antiguas zonas funerarias asiáticas se han encontrado docenas de agujas y horquillas confeccionadas con hueso, hierro, bronce, plata y oro. Muchas de ellas son de un formato simple y otras están muy ornamentadas, pero todas revelan claramente que la forma de este adminículo no ha variado en diez mil años.

 

Cleopatra prefería las agujas de marfil, con una longitud de quince a veinte centímetros, y con piedras preciosas incrustadas. Las romanas se proveían de agujas huecas, para ocultar en ellas venenos. Su diseño era similar al de la aguja con que Cleopatra, según se dice, se envenenó.

 

La aguja recta evolucionó hasta adquirir durante un par de siglos forma de U.

 

La moda de las pelucas en la corte francesa, en el siglo XVII, exigía que el cabello auténtico fuera cortado casi al rape, o bien sujetado sólidamente a la cabeza. Así preparado, facilitaba el soporte para la peluca, y al mismo tiempo se mantenía una apariencia correcta al quitarse ésta. Se utilizaban para este fin agujas rectas y también las curvadas en forma de U. Cuando en el siglo XIX empezaron a producirse las pequeñas agujas en forma de U, las llamadas horquillas, con alambre de acero templado y lacadas en negro, las agujas de cabello rectas virtualmente desparecieron.

 

 

Secador de cabellos: año 1920, Wisconsin

 

 

El moderno secador eléctrico para el cabello fue el fruto de dos invenciones que nada tenían que ver entre sí: la aspiradora y la licuadora.

 

Su punto de origen es bien conocido: Racine, Wisconsin. y dos de los primeros modelos, denominados “Race” y “Cyclone”, aparecieron en 1920, los dos fabricados por empresas de Wisconsin: la Racine Universal Motor Company y la Hamilton Beach.

 

La idea de secar los cabellos por medio de una corriente de aire se originó gracias a los primeros anuncios de la aspiradora doméstica.

 

En la primera década de este siglo, era costumbre asignar varias funciones a un solo aparato, especialmente a los electrodomésticos, puesto que la electricidad era ensalzada como la energía suprema de la historia. Esta estratagema incrementaba las ventas, y el público se había acostumbrado a los dispositivos multifuncionales.

 

La aspiradora no fue una excepción al respecto. Uno de los primeros anuncios del aparato llamado Pneumatic Cleaner presentaba a una mujer sentada ante su tocador, secándose el cabello con una manguera enchufada en la aspiradora. Con un criterio que consistía en preguntar por qué malgastar aire caliente, el texto del anuncio aseguraba a los lectores que, si bien la parte frontal de la máquina aspiraba y eliminaba el polvo y la suciedad, la posterior generaba una corriente de aire fresco y puro. Aunque las primeras aspiradoras se vendían en cantidades moderadamente satisfactorias, nadie sabe hasta qué punto sus usuarios sacaron el mejor partido de ellas.

 

Sea como fuere, había nacido la idea de secar el cabello mediante una corriente de aire. Lo que retrasó la aparición de un secador eléctrico manual para el cabello fue la ausencia de un motor pequeño y eficaz pese a su escasa potencia (lo que entre inventores se conocía técnicamente como “motor de fracción de caballo”).

y aquí entra en escena la licuadora.

 

        Racine, Wisconsin, es también la patria de la primera mezcladora y licuadora para obtener batidos de leche. Aunque no se patentaría la licuadora mezcladora hasta el año 1922, durante más de una década se habían hecho esfuerzos para perfeccionar un motor de escasa potencia, particularmente la Racine Universal Motor Company y la Hamilton Beach.

 

Por tanto, en principio, la descarga de aire caliente de la aspiradora llegó a casarse con el motor compacto de la licuadora para producir el moderno secador de cabello, fabricado en Racine. Voluminoso, deficiente en energía, bastante pesado y con frecuentes recalentamientos, el primer secador manual fue, sin embargo, más eficaz para dar forma a los peinados que la aspiradora, y fijó la tendencia para las décadas siguientes.

 

Los perfeccionamientos introducidos en los años. treinta y cuarenta incluían diversos mandos para la temperatura y las velocidades. La primera variación importante en los secadores portátiles apareció en el catálogo de Sears, Roebuck correspondiente a otoño-invierno de 1951. Este dispositivo, que se vendía a 12,95 dólares, consistía en un secador manual y un gorro de plástico rosa unido directamente a la boquilla sopladora, y que se ajustaba a la cabeza de la mujer.

 

Los secadores de cabello adquirieron popularidad entre las mujeres desde el primer año de su aparición, pero sólo a fines de los años sesenta, cuando los hombres empezaron a experimentar las dificultades de secar y peinar los cabellos largos, se expandió rápidamente el mercado para estos aparatos.

 

 

Peine: antes del año 4000 a.C., Asia y África

 

 

Se cree que el peine más primitivo era la espina de un pez de gran tamaño, todavía utilizada en ciertas tribus africanas. Y el diseño característico de este objeto resalta en la antiquísima palabra indoeuropea gombhos, que significa “dientes” y de la que se deriva el vocablo actual inglés comb, peine. La palabra “peine”, del latín pecten, aparece por primera vez en castellano en “El libro del buen amor”, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, como “peynde”.

 

Los más antiguos peines fabricados por el hombre se descubrieron en tumbas egipcias que cuentan seis mil años de antigüedad, y muchos de ellos son de un diseño muy ingenioso. Algunos poseen filas individuales de púas rectas y otros dobles filas; en otros hay una primera hilera más espesa y larga que la segunda. Pieza esencial en el tocador de los egipcios, este instrumento cumplía dos funciones: peinar el cabello y fijar permanentemente un determinado estilo de peinado.

 

Aseguran los arqueólogos que virtualmente todas las culturas primitivas idearon por su cuenta el peine e hicieron frecuente uso de él, con la excepción de los britanos.

 

Éstos, que habitaban el litoral de las Islas británicas, llevaban el cabello totalmente descuidado (incluso durante la ocupación de los romanos, que eran hábiles barberos) y se cree que no adoptaron el peine hasta después de las invasiones danesas, en el año 789. A mediados del siglo IX, los daneses se habían establecido en todo el reino, y a ellos se atribuye el haber enseñado a los britanos a peinarse con cierta regularidad.

 

En los primeros tiempos del cristianismo, peinarse formaba parte también de las ceremonias religiosas, con un ritual similar al del lavado de pies. Existen cuidadosas normativas sobre cómo debían peinarse adecuadamente el sacerdote en la sacristía antes de los actos religiosos. Los mártires llevaban consigo peines a las catacumbas, donde se han encontrado muchos de ellos fabricados en marfil y metal. Los historiadores de la religión sospechan que, en cierta época, el peine tuvo un especial significado simbólico, y señalan el hecho misterioso de que, durante la Edad Media, muchas de las más antiguas vidrieras de iglesia contienen inconfundibles imágenes de peines.

 

También el peine fue usado como objeto mágico. En el siglo XVII, en ciertos lugares de Europa era creencia muy extendida que los cabellos grises podían recuperar su colorido original mediante frecuentes pasadas con un peine de plomo. Aunque puede admitirse que el plomo, blando y ennegrecido, llegue a depositarse en partículas microscópicas sobre los cabellos, oscureciéndolos ligeramente, otras pruebas, más numerosas, sugieren que quien utilizaba estos peines se teñía el cabello y después atribuía los resultados al peinado. Esta sospecha se ve reforzada por el hecho de que, en las últimas décadas de este siglo, decir de alguien que se peinaba con peine de plomo, era un eufemismo aceptado para indicar que se teñía las canas.

 

No hubo cambios importantes en el diseño del peine hasta el año 1960, cuando apareció en Suiza el primer modelador eléctrico.