Perfume: antes del año 6000 a.C., Próximo y Extremo Oriente

 

 

El perfume tuvo su origen en los antiguos santuarios, y de él se ocupaban los sacerdotes, no los expertos en cosmética. En forma de incienso, su función original, sobrevive hoy en las ceremonias de las iglesias.

 

La palabra se compone de per y fumus, en latín “a través del humo”. Y esto describe exactamente cómo reciben los fieles los fragantes aromas: transportados por el humo de los restos carbonizados del animal sacrificado.

 

El hombre primitivo, preocupado por la búsqueda de alimentos, creía que la mejor ofrenda a los dioses era una parte de su posesión más preciosa y esencial: un animal sacrificado. Por tanto, el perfume se originó como desodorante, derramado sobre el cadáver de un animal para disimular el olor de la carne quemada. La Biblia explica que cuando Noé, tras haberse salvado del Diluvio, sacrificó unos animales, “el Señor captó el dulce olor»”…, pero no de la carne, sino del incienso.

 

Con el tiempo, a través de una sustitución simbólica, las intensas fragancias del humo se convirtieron a su vez en ofrendas. Quemar sustancias como el incienso, la mirra, la casia y el nardo representaban el mejor homenaje que un mortal podía ofrecer a los dioses. Así, el perfume dejó de ser un desodorante utilitario para contrarrestar los malos olores, y se transformó en un producto suntuario.

 

Sin la necesidad de olores intensos que enmascarasen otros, la gente adoptó las leves y delicadas fragancias de frutos y flores.

 

Esta transición del incienso al perfume, y de unos aromas intensos a otros más suaves, ocurrió a la vez en el Próximo y en el Extremo Oriente hace unos 6000 años. En el año 3000 a.C., los sumerios en Mesopotamia y los egipcios a lo largo del Nilo se bañaban literalmente en aceites y alcoholes de jazmín, lirio, jacinto y madreselva.

 

Las egipcias aplicaban un aroma diferente a cada parte del cuerpo. Cleopatra se untaba las manos con Kyaphi, un aceite de rosas, azafrán y violetas, y se perfumaba los pies con aejiptium, una loción a base de aceite de almendras, miel, canela, flor de azahar y alheña.

 

Aunque los hombres de la antigua Grecia no utilizaban cosméticos faciales, ya que preferían un aspecto más natural, eran entusiastas de los perfumes, hasta el punto de emplear un aroma para los cabellos, otro para la piel, otro para las ropas, y otros, diferentes entre sí, para perfumar el vino.

 

Alrededor del año 400 a.C., los escritores griegos recomendaban hierbabuena para los brazos, canela o rosa para el pecho, aceite de almendras para las manos y los pies, y extracto de mejorana para los cabellos y las cejas. Los jóvenes griegos elegantes llevaron el uso de los perfumes hasta tal extremo que Salón, el estadista que creó la estructura democrática de Atenas, promulgó una ley (pronto derogada) que prohibía la venta de aceites fragantes.

 

Desde Grecia, los perfumes llegaron a Roma, donde se consideraba que el soldado no estaba en disposición de entrar en combate a menos que se hubiera ungido debidamente con perfumes. A medida que el Imperio Romano conquistaba otros territorios, se popularizaron las fragancias de glicina, lila, clavel y vainilla. Por influencia del Extremo y del Próximo Oriente adquirieron también preferencia el cedro, el pino, el jengibre y la mimosa, y los griegos extendieron la costumbre de preparar los aceites a base de mandarina, naranja y limón.

 

En Roma se constituyeron gremios de perfumistas, cuyo negocio floreció suministrando los últimos aromas a hombres y mujeres. Conocidos como unguentarii, estos perfumistas ocupaban las tiendas de toda una calle en la antigua Roma. Su denominación, que significa “hombres que untan”, originó nuestra palabra “Ungüento”.

 

Los unguentarii elaboraban tres tipos básicos de perfume: ungüentos sólidos, cuyos aromas tenían un único ingrediente (por ejemplo, almendra, rosa o membrillo); líquidos, compuestos a partir de flores, especias y gomas trituradas o majadas en un soporte aceitoso; y perfumes en polvo, preparados con pétalos de flores pulverizados y con especias.

 

Al igual que los griegos, los romanos prodigaban el perfume en sus personas, sus ropas y los muebles de sus hogares, y también en sus teatros. Al escribir sobre costumbres romanas, Edward Gibbon, el historiador británico del siglo XVIII, observa: “El aire del anfiteatro estaba continuamente refrescado gracias al funcionamiento de las fuentes, y profusamente impregnado de los agradables efluvios de los aromatizantes”.

 

El emperador Nerón, que en el siglo I creó la moda del agua de rosas, gastó cuatro millones de sextercios, equivalentes a unos 20 millones de las antiguas pesetas, en aceite, agua y pétalos de rosa para sí mismo y sus invitados en una sola fiesta nocturna. Y se sabe que en el entierro de su esposa Popea, en el año 65 de nuestra era, se gastó una cantidad de perfume que superaba la producción anual de Arabia. Incluso se perfumó a las mulas que formaron parte del cortejo.

 

Estos excesos indignaron a la Iglesia. El perfume se convirtió en sinónimo de decadencia y disipación, y en el siglo II los Padres condenaron su uso.

 

Después de la caída del Imperio Romano, los perfumes se fabricaron principalmente en el Próximo y el Extremo Oriente. Uno de los perfumes orientales más caros reintroducido en Europa por los cruzados en el siglo XI, era el llamado rosa altar, el aceite esencial procedente de los pétalos de la rosa damascana. Doscientas libras de pétalos de rosa, ligeros como plumas, producían una sola onza de attar.

 

Fueron los cruzados quienes, al regresar cargados de fragancias exóticas, reavivaron el interés de Europa por los perfumes y su elaboración, y en este momento de la historia del perfume entró en juego un nuevo elemento: los aceites animales. Gracias a los conocimientos orientales, los boticarios descubrieron que había cuatro secreciones animales, hasta entonces insospechadas, que producían efectos embriagadores en los seres humanos. Se trataba de aceites: almizcle, ámbar gris, civeta y castor, que son las esencias fundamentales de los modernos perfumes.

 

Se trata, en realidad, de ingredientes que no parecen guardar la menor relación con los perfumes, puesto que se trata de secreciones sexuales y glandulares, más bien para producir olores desagradables e incluso nauseabundos. Su incorporación al perfume tan sólo se conoce en parte.

 

 

Almizcle

 

 

El almizcle procede de un ciervo, Moschus moschiferus, pequeño y tímido habitante de los bosques de álamos y rododendros del oeste de China. Los machos totalmente desarrollados sólo pesan unos diez kilos.

 

El macho es el que posee, delante de su abdomen, una bolsa que segrega una señal sexual, similar en su función a la que deja un lince. Hace siglos, al notar los cazadores orientales una fragancia dulce pero intensa de los bosques locales, acabaron por descubrir el origen de este olor, y desde entonces ese ciervo diminuto ha sido perseguido. Una vez muerto el animal, se le extrae la bolsa, que, una vez seca, se vende a los perfumistas. La presencia del almizcle es tan insignificante que puede llegar a una billonésima de onza.

 

 

Ámbar gris

 

 

Esta sustancia cérea y de olor penetrante procede del estómago del cachalote. Es la base de los más caros extractos para los perfumes, y al igual que el almizcle vale más que su peso en oro.

 

El cachalote Physeter catodon, un gran mamífero, se alimenta de calamares, moluscos que tienen una especie de hueso interior que se utiliza en las jaulas de los pájaros para que éstos afilen sus picos. El cachalote segrega el ámbar gris para proteger sus intestinos contra la abrasión de esa lámina caliza. Por tratarse de un aceite, flota, y a menudo recubre las redes de los pescadores. Hace mucho tiempo, los pescadores árabes descubrieron el olor dulzón del ámbar gris y sus excelentes cualidades fijadoras para prolongar la vida de un perfume. Por ejemplo, el ámbar gris retrasa considerablemente el índice de volatilidad de otros aceites aromáticos que se mezclan con él. Hoy en día, tanto el almizcle como el ámbar gris pueden producirse sintéticamente, y la industria del perfume se niega a adquirir ámbar gris auténtico, para no perjudicar la supervivencia del cachalote.

 

 

Civeta

 

 

Es una sustancia blanda y cérea, segregada por la civeta, un mamífero carnívoro de África y Extremo Oriente, que tiene un pelaje amarillento a topos.

 

La civeta es una secreción glandular de los machos y hembras de la familia Viverra civttla. Esta sustancia cérea se forma cerca de los genitales y se puede conseguir en los animales cautivos a razón de unas dos extracciones por semana. Despide un repugnante hedor a heces, pero al mezclado con otras esencias su aroma resulta extremadamente agradable, aparte de ser un fijador muy potente. Todavía hoy se ignora cómo descubrieron esta propiedad los perfumistas del Extremo Oriente antiguo.

 

 

Castor

 

 

Este aroma procede de los castores rusos y canadienses de la familia Castor fiber. Es una secreción que se acumula en dos sacos abdominales, tanto en los machos como en las hembras. Extremadamente diluido, el castor (o castóreo) desprende un olor agradable, pero se utiliza sobre todo como fijador y ampliador de aromas. El grado de fijación que distingue estas cuatro esencias animales está en función de su elevado peso molecular. Las moléculas pesadas actúan como áncoras, y con ello impiden que los aromas predominantes de un perfume se eleven con excesiva rapidez sobre la superficie del líquido y se disipen en el aire.

 

 

Agua de colonia: año 1709, Alemania

 

 

El barbero italiano Jean-Baptiste Farina llegó a Colonia, Alemania, en el año 1709 para probar fortuna en el negocio de los perfumes. Entre sus creaciones especiales se contaba una mezcla de alcohol con esencia de limón, naranja amarga y aceite procedente del fruto de la bergamota. Ésta fue la primera agua de Colonia, nombre que le fue dado en honor de esta ciudad, fundada en el año 50 d.C. por Agripina, esposa del emperador romano Claudio.

 

Aunque Colonia era ya famosa en la Edad Media por su gran catedral, que contenla la tumba de los Reyes Magos, después de la creación de Farina se dio a conocer en toda Europa como gran centro productor del preciado lfquido aromático. La primera fragancia de colonia obtuvo un éxito extraordinario, particularmente entre los soldados franceses acantonados en la ciudad a mediados del siglo XVIII, durante la guerra de los Siete Años. La familia Farina prosperó, y varios de sus miembros se trasladaron a París para iniciar otro provechoso negocio de perfumes, que en la década de 1860 fue absorbido por dos franceses, primos entre si: Armand Roger y Charles Gallet. Tras ampliar la gama de productos Farina, los dos primos empezaron a venderlos con la marca Roger & Gallet.

 

En esta industria, no tardaron en adquirir significados bien definidos los términos “colonia”, “agua de tocador” y “perfume”. Este último consistía en cualquier mezcla de alcohol etílico, con un 25 por ciento de uno o más aceites esenciales fragantes. El agua de tocador era una dilución más débil de los mismos ingredientes, con un contenido aproximado del 5 por ciento de aceites esenciales. Y la colonia, un dilución alcohólica todavía más débil, con un 3 por ciento de aceites fragantes. Estas definiciones todavía son aplicables hoy en día, si bien un perfume particularmente concentrado (y costoso) puede contener hasta un 42 por ciento de estos preciados aceites.

 

Los franceses dominaron la industria del perfume hasta bien entrado el siglo XIX... y mucho más allá.

 

Fue François Coty, un corso cuyo apellido auténtico era Sportuno, quien, al observar que los soldados norteamericanos enviaban a sus casas grandes cantidades de perfume después de la primera guerra mundial, captó las grandes posibilidades de esta obsesión americana por las fragancias francesas. Vendiendo productos de marca en cantidades más reducidas y a precios más baratos, Coty llegó a nuevos sectores de la sociedad y anticipé la primera forma de producción masiva en la industria del perfume. Capitalizando también este capricho americano, Jean Lanvin aprovechó su creación “Mon Péché”, que había fracasado en París, y en el año 1925 la convirtió en un éxito inmediato y resonante en los Estados Unidos, bajo el nombre de “My Sin”.

 

 

Shalimar

 

 

El mismo año en que se lanzó al mercado el perfume “My Sin”, dos hermanos franceses, Pierre y Jacques Guerlain, crearon el perfume Shalimar, que en sánscristo significa “templo del amor”. Los dos hermanos tuvieron esta inspiración cuando un rajá que visitaba París les entusiasmó con una historia de amor en los jardines de Shalimar, en Lahore, hoy Pakistán. En esos jardines, poblados por árboles fragantes importados de todo el mundo, el sha Jahan, emperador de la India en el siglo XVII, se enamoró de Muntaz Mahal y se casó con ella. Al morir su esposa, construyó el magnífico mausoleo del Taj Mahal para perpetuar su recuerdo.

 

 

Chanel nº 5

 

 

Gabrielle (Coco) Chanel, la famosa modista, era muy supersticiosa y siempre asociaba la buena suerte con el número cinco. En el año 1921, presentó su nuevo perfume, y lo anunció precisamente el quinto día del quinto mes, dándole como denominación el número 5.

 

En aquella época, este perfume se diferenciaba de los demás porque no desprendía el característico aroma floral “femenino” tan popular entonces. De hecho, este detalle explica en buena medida su éxito entre las muchachas de la “era de! Jazz”, que tendían a adoptar atuendos y actitudes más bien masculinos. El revolucionario nº 5, con su oportuna aparición y acertado aroma, resultó, efectivamente, e! número de la suerte para su creadora, a la que hizo ganar no menos de quince millones de dólares. Las norteamericanas adoptaron inmediatamente e! perfume y, en cierta ocasión, Marilyn Monroe contestó a un periodista que le preguntaba qué se ponía para dormir: “Chane! n° 5”.

 

 

Avon: año 1888, Nueva York

 

 

En los Estados Unidos, la moderna industria de los cosméticos no estuvo dominada totalmente por extranjeros. Es verdad que Chanel, Coty y Guerlain procedían de Francia; Helena Rubinstein, de Cracovia, Polonia; Elizabeth Arden (nacida Florence Nightingale Graham), de Canadá; y Max Factor, de Rusia. Pero Avon fue un fenómeno estrictamente americano, y además, pionero.

 

La primera Avon Lady fue en realidad un hombre, un joven vendedor domiciliario llamado David McConnel, oriundo de Nueva York. Él inició en el año 1886 las visitas Avon, ofreciendo cosméticos a las mujeres en el ambiente sosegado e íntimo de sus propias casas. Sin embargo, la primera mercancía que vendió McConne! no consistía en perfumes o cremas para las manos. A los dieciséis años de edad, McConne! había empezado a vender libros a domicilio. Cuando su oferta no era bien recibida, recurría al entonces popular truco publicitario de ofrecer un obsequio a cambio de que se le permitiera hacer una demostración de su producto. Se le ocurrió que un frasquito de perfume sería una introducción ideal y, con la ayuda de un farmacéutico local, él mismo preparó el regalo.

 

Intervino entonces el azar. Como ya había ocurrido en otros aspectos de la venta domiciliaria, McConnell comprobó que las mujeres adoraban su perfume y seguían mirando con indiferencia sus libros. En vista de ello, abandonó los libros y organizó, con base en Nueva York, la llamada California Perfume Company, así denominada en honor de un amigo de este Estado que había invertido en su negocio.

 

La venta domiciliaria parecía más que oportuna para los cosméticos, sobre todo en las zonas rurales, donde las amas de casa, en aquellos tiempos de duro trabajo, difícilmente podían visitar tiendas bien surtidas.

 

La primera Avon Lady fue Mrs. P. F. E Albee, una viuda de Winchester, Nueva Hampshire, que empezó su tarea vendiendo el lote popular de perfumes de la empresa y después reclutó a otras mujeres y las adiestró para que realizaran el mismo trabajo. La compañía fue rebautizada con el nombre de Avan, por la simple razón de que la población del Estado de Nueva York en la que David McConnel vivía le recordaba al Stratford on Avon de Shakespeare.

 

En el año 1897, McConnell disponía de doce empleadas que vendían dieciocho fragancias diferentes, y este número no dejó de aumentar.