Cosméticos: hace 8.000 años, Próximo Oriente 

 

 

En el 4000 a.C., florecían en el antiguo Egipto los salones de belleza y las fábricas de perfumes, y el arte del maquillaje había alcanzado un notable perfeccionamiento y difusión. Sabemos que el color favorito para el sombreado de los ojos era entonces el verde, que el tono preferido de los labios era el negro azulado, aunque se aceptaba el bermellón, y que las egipcias elegantes se teñían los dedos de las manos y de los pies con alheña, para conseguir una coloración anaranjada rojiza. y en aquellos tiempos, en que los pechos quedaban al descubierto, las mujeres acentuaban con una tonalidad azul las venas de sus senos y daban un toque dorado a sus pezones.

 

Los varones egipcios no eran menos vanidosos, tanto en la muerte como en la vida. Atiborraban sus tumbas con una copiosa provisión de cosméticos para la vida del más allá, y cuando en los años veinte se abrió la tumba del rey Tutankhamon, que gobernó hacia 1350 a.C., se descubrieron varias jarritas de cremas para la piel, color para los labios y colorete para las mejillas, productos que todavía eran utilizables y que conservaban sus respectivas fragancias.

 

De hecho, durante los siglos anteriores a la era cristiana, toda cultura se adornó suntuosamente con perfumes, pinturas y polvos, con una sola excepción: la de los griegos.

 

A diferencia de los romanos, que asimilaron y practicaron la tecnología cosmética egipcia, los griegos eran partidarios de la naturalidad en el aspecto. Desde las invasiones de los dorios en el siglo XII hasta el año 700 a.C., los griegos poco tiempo tuvieron para entregarse a los placeres narcisistas del adorno personal. Y cuando su sociedad se consolidó y prosperó durante la gran época del siglo V a.C., estuvo dominada por un ideal de virilidad y de tosquedad natural. Prevalecían las actividades eruditas y atléticas. Las mujeres poco contaban, y el varón, sin adornos ni prendas de cualquier clase, era la criatura perfecta.

 

Durante esta época, el comercio de los cosméticos, heredado de los egipcios, se conservó en Grecia gracias a las cortesanas. Éstas, que eran las amantes de los ricos, se pintaban la cara, lucían complicados peinados y se perfumaban el cuerpo. También aromatizaban el aliento llevando en la boca líquidos o aceites balsámicos y removiéndolos con la lengua. Estos aromatizantes, tal vez. los primeros de la historia para ese uso, no eran ingeridos, sino que se escupían discretamente en el momento oportuno.

 

Entre las cortesanas griegas encontramos también la primera referencia histórica a la preferencia por los cabellos rubios. Este color más claro denotaba inocencia, una categoría social superior y un atractivo sexual, y las cortesanas conseguían el tono debido mediante la aplicación de una pomada a base de pétalos de flores amarillas, polen y sales de potasio, perfumada con manzana.

 

En contraste con los griegos, los hombres y mujeres de Roma se excedían a menudo en el uso de cosméticos. Los soldados regresaban de sus misiones en Oriente cargados de perfumes indios, cosméticos y una preparación para teñir el pelo de rubio, compuesta de harina amarilla, polen y fino polvillo de oro. Existen pruebas, además, de que las romanas elegantes disponían en sus tocadores de todos los productos de belleza que se encuentran hoy en día. Marcial, el epigramista del siglo I, criticaba a una dama amiga, llamada Galla, por alterar de pies a cabeza toda su apariencia: “Mientras te quedas en casa, Galla, tus cabellos se encuentran en casa del peluquero; te quitas los dientes por la noche y duermes rodeada por un centenar de cajas de cosméticos... Ni siquiera tu cara duerme contigo. Después, guiñas el ojo a los hombres bajo una ceja que aquella misma mañana has sacado de un cajón.”

 

Dada la predilección de los romanos por los productos de belleza, durante largo tiempo los etimologistas creyeron que la palabra “cosmético” procedía del nombre del más famoso comerciante de productos de maquillaje en el Imperio Romano, contemporáneo de Julio César: Cosmis. Sin embargo, en fechas más recientes se ha llegado a la conclusión de que el vocablo deriva del griego kosmetikos, que significa “hábil en la decoración”.

 

 

Maquillaje de ojos: antes de 4000 años a.C., Egipto

 

 

Tal vez porque los ojos, más que cualquier otra parte del cuerpo, revelan los pensamientos y las emociones, a lo largo de la historia han sido objeto de elaborada ornamentación. En el 4000 a.C., los egipcios ya habían centrado en el ojo el foco esencial del maquillaje del rostro. El sombreado verde, uno de los favoritos, se obtenía a partir de malaquita en polvo, un mineral verde de cobre, que se aplicaba densamente a los párpados superiores e inferiores. El perfilado de los ojos y el oscurecimiento de pestañas y cejas se conseguía con una pasta negra llamada kohl, preparada con polvo de antimonio, almendras quemadas, óxido negro de cobre y arcilla ocre. Se preparaba con todo ello una pasta que se guardaba en pequeños tarros de alabastro, y que, humedecida con saliva, se aplicaba con palillos de marfil, madera o metal, a semejanza de los modernos lápices de maquillaje. Se han conservado docenas de tarros de kohl con todo su contenido.

 

Los egipcios y egipcias elegantes también crearon los primeros destellos para embellecer los ojos. Para ello, trituraban en un mortero los caparazones iridiscentes de ciertos escarabajos hasta obtener un polvo grueso, que seguidamente mezclaban con el sombreado a base de malaquita.

 

Muchas egipcias se afeitaban las cejas y se aplicaban otras postizas, como más tarde harían las cortesanas griegas. Pero, reales o falsas, las cejas que se juntaban sobre la nariz eran la moda favorita, y las egipcias y las griegas utilizaban lápices de kohl para unir lo que la naturaleza había dejado separado.

 

La ornamentación del ojo fue también la forma de maquillaje más popular entre los hebreos. Esta costumbre fue introducida en Israel alrededor del año 850 a.C. por la reina Jezabel, esposa del rey Acab. Esta princesa de Sidón estaba familiarizada con las costumbres de Fenicia, por aquel entonces centro de cultura y de la moda.

 

 

Colorete, polvos faciales y lápiz de labios: 4000 a.C., Próximo Oriente

 

 

Aunque a los griegos les agradaba mostrar una apariencia natural y soslayaban el uso de la mayoria de los cosméticos, aprobaban el colorete para las mejillas, y las cortesanas realzaban sus tonalidades aplicándose primero polvos blancos. La gran cantidad de plomo que contenían éstos, que durante los dos mil años siguientes blanqueaban las caras, cuellos y bustos de las mujeres europeas, acababan por deteriorar el cutis e incluso ocasionaban innumerables muertes prematuras.

 

Un producto europeo del siglo XVIII, elaborado a base de arsénico, llegaba incluso a ser ingerido para conseguir una intensa palidez. Y lo peor era que daba resultado, puesto que envenenaba la sangre y ésta transportaba a los órganos menor cantidad de hemoglobina y de oxígeno.

 

Un popular depilador griego y romano, el oropimente, utilizado por hombres y mujeres para eliminar el vello indeseable, no resultaba menos peligroso, ya que su ingrediente activo era un compuesto arsenical.

 

El colorete era casi inocuo. Con una base de sustancias vegetales inofensivas, tales como las moras y las algas marinas, se coloreaba con cinabrio, sulfuro rojo de mercurio que es venenoso. Durante siglos, esta misma crema roja sirvió para pintar los labios, donde, por la facilidad de su ingestión, producía intoxicaciones. Una vez en el torrente sanguíneo, el plomo, el arsénico y el mercurio resultan particularmente nocivos para el feto, y no es posible calcular a cuantos abortos, partos prematuros y deformidades congénitas dieron lugar estas antiguas prácticas embellecedoras, sobre todo si se tiene en cuenta que, entre las sociedades antiguas, era costumbre abandonar a los recién nacidos deformes.

 

A lo largo de la historia de los cosméticos se ha intentado muchas veces prohibir a las mujeres pintarse la cara, y no sólo por razones morales o religiosas.

 

Conviene indicar que en este período de la historia la afición al colorete extendido sobre polvos faciales blancos había alcanzado una popularidad sin precedentes en Inglaterra y en Francia. En el año 1792, la revista británica Gentlemen's Magazine comentaba que las mujeres, con sus cabellos totalmente blancos y sus caras de un rojo violento, parecían ovejas desolladas.

 

A fines del siglo XIX, el colorete, los polvos faciales y el lápiz de labios, elementos que durante seis mil años habían sido disfrutados por hombres y mujeres, habían desaparecido casi del todo en Europa. Los cosméticos utilizados por las actrices de teatro eran de elaboración casera, como lo habían sido durante siglos. Sin embargo, a fines de este mismo siglo se registró un renacimiento total en el uso de los cosméticos, especialmente activado por las francesas.

 

El resultado fue el nacimiento de la moderna industria de los cosméticos, caracterizada por el fenómeno sin precedentes de la venta comercial de productos de marca: Guerlain, Coty, Roger & Gallet, Lanvin, Chanel, Dior, Rubinstein, Arden, Revlon, Lauder y Avon. Además, y ello era todavía más importante, los químicos acudían en ayuda de los cosmetólogos y de las mujeres con los primeros productos de belleza inofensivos.

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