Cremas, aceites e hidratantes: 3000 a.C., Próximo Oriente

 

 

No es sorprendente que los aceites utilizados para conservar la humedad de la piel e impedir su desecación surgieran en los climas desérticos, calurosos y secos del Próximo Oriente. Más de dos mil años antes de que se inventara el jabón, estos hidratantes servían también para limpiar el cuerpo y eliminar impurezas, tal como el colcrén elimina el maquillaje.

 

Los aceites suavizantes de la piel se aromatizaban con incienso, mirra, tomillo y mejorana, y también con esencias de frutas y frutos secos, especialmente las almendras en Egipto. Tablillas egipcias de arcilla que se han conservado desde el año 3000 a.C., revelan formulaciones especiales para determinados problemas de belleza. La mujer con manchas en el cutis se trataba la cara con una mascarilla de bilis de buey, huevos de avestruz batidos, aceite de oliva, harina, sal marina, resina vegetal y leche fresca.

 

La que padecía la sequedad y las arrugas propias de la edad avanzada dormía durante seis noches con una mascarilla a base de leche, incienso, cera, aceite de oliva, estiércol de gacela o de cocodrilo, y hojas de enebro molidas.

 

En el mundo antiguo, se creía que los genitales de los animales jóvenes ofrecían las mejores posibilidades para retrasar el envejecimiento y restablecer el vigor sexual.

 

Destacaba entre las preparaciones entonces más comunes en el Próximo Oriente una pasta corporal fabricada con partes iguales de falo de buey y vulva de ternera, debidamente secados y molidos.

 

Entre las numerosas fórmulas cosméticas de la Antigüedad, una de ellas, el colcrén, nos ha llegado a lo largo de los siglos con muy escasa variación.

 

 

Colcrén: siglo II, Roma

 

 

La palabra “colcrém” es un anglicismo derivado de cold cream, que significa literalmente «crema fría». Algo hay de frescor, en efecto, en el colcrén. Formulada con una gran cantidad de agua, que se evapora cuando la mezcla entra en contacto con la tibieza de la piel, este preparado comunica una leve sensación refrescante, y de ahí su nombre.

 

El primer colcrén fue elaborado por Galeno, el célebre médico griego del siglo II que practicó su carrera en Roma.

 

En el año 157 d.C., Galeno fue nombrado médico jefe de la escuela de gladiadores en Pérgamo, y llegó a cuidar a la familia imperial de Roma. Mientras preparaba medicamentos para combatir las graves infecciones y abscesos que afligían a los gladiadores, se dedicó a preparar también productos de belleza para las mujeres patricias. Tal como ha registrado su obra “Métodos médicos”, la fórmula para el colcrén exigía un parte de cera blanca derretida en tres partes de aceite de oliva, en el que se hubieran “triturado capullos de rosa y añadido tanta agua como pueda incorporarse a la masa”. Para sustituir las propiedades ablandadoras y limpiadoras del colcrén, Galeno recomendaba el aceite de la lana de las ovejas, o sea la lanolina, conocida entonces como despyum. Aunque muchos de los primeros productos de belleza contuvieran ingredientes tóxicos, el colcrén, a lo largo de su prolongada historia, se mantuvo como uno de los cosméticos más simples e inofensivos.

 

En épocas más recientes, tres cremas comerciales merecen ser mencionadas por su pureza e inocuidad, así como por su atractivo para las mujeres de todos los niveles sociales.

 

En el año 1911, un farmacéutico de Hamburgo, H. Beiersdorf, produjo una variante del colcrén que pretendía hidratar la piel y, al mismo tiempo, nutrida. Dio a su producto el nombre de Nivea, y pronto se convirtió en un éxito comercial, suplantando a una infinidad de cremas de belleza más densas hasta entonces utilizadas por las mujeres de todo el mundo. Este producto todavía se vende según su formulación original, apenas sin variaciones.

 

La “Jergens Lotion” fue el invento de un ex leñador. A los veintiocho años de edad, Andrew Jergens, inmigrante holandés establecido en los Estados Unidos, buscaba una inversión para el dinero que había ahorrado trabajando como leñador. En el año 1880, constituyó una sociedad con un fabricante de jabones de Cincinnati, y su compañía empezó a fabricar un prestigioso jabón de tocador. Por su experiencia anterior como leñador, Jergens conocía los beneficios de una buena loción para las manos, y creó una que llevaba su propio nombre. No pudo haber encontrado mejor momento, puesto que las mujeres empezaban entonces a abandonar los productos de belleza caseros para adquirir los preparados que se vendían en el mercado. La loción Jergens rompió todas las barreras de clase y demostró ser tan útil en el tocador de una mansión victoriana como en el fregadero de la cocina en cualquier casa humilde.

 

La tercera crema de precio moderado y ampliamente aceptada, la Noxzema, fue formulada por un director de escuela de Maryland convertido en farmacéutico. Tras graduarse en la escuela de farmacia de la Universidad de Maryland, en el año 1899, George Bunting abrió un drugstore en Baltimore. Las cremas para la piel eran entonces un éxito de ventas, y Bunting preparó la suya en la trastienda, para venderla en unas bo