Oteando horizontes más risueños, un ingeniero francés, André Simoneton, ha inventado un procedimiento para que la población del planeta no siga degenerando; es un aparato que puede ser utilizado lo mismo por el hombre que por la mujer o por un niño y con el cual puede distinguirse un alimento sano de otro malo antes de consumirlo : se trata de un péndulo sencillo sujeto a una cuerda corta, que usan los adivinos o zahoríes del agua, de objetos perdidos o del porvenir.
Durante milenios el arte o ciencia de adivinar con una varita curva, o con un péndulo, ha sido practicada por los chinos, hindúes, egipcios, persas, medas, etruscos, griegos y romanos. En el Renacimiento adquirió este arte nueva actualidad con personalidades científicas como Christopher von Schenberg, predecesor de Goethe en el puesto de Director de Minas de Sajonia, que se hizo retratar con una varita adivinatoria en la mano; en tiempos modernos, Lloyd George se fotografió en la misma postura.
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| L. George |
Aunque la adivinación por este procedimiento no ha adquirido todavía en Estados Unidos carácter científicos, en Francia ya no está relegado al campo de la brujería ni de la magia, aunque más de un zahorí francés ha pagado con su vida esta práctica sortílega a través de los siglos. Entre las víctimas más famosas, podemos mencionar a Jean du Chatelet, barón de Beausoleil y a su esposa adivina Marine de Bertereau, quien, con la protección del mariscal d'Effiat, superintendente de minas de Luis XIV, descubrió varios centenares de ellas en Francia, apesar de lo cual fueron encarcelados por brujería y murieron tras los barrotes, ella en Vincennes y él en la Bastilla.
La persecución ha seguido desencadenándose en Francia, principalmente contra los médicos, que son llevados ante los tribunales por el delito de perpretar curas adivinatorias de pacientes declarados oficialmente incurables. El que la adivinación por el procedimiento de la varita o del péndulo ya no esté anatemizado por la Iglesia, se debe principalmente a los esfuerzos de una larga serie de abates franceses, como Mermet, Bouly, Vallemont, Richard, Carrie, Descosse y Ferran, y a la intercesión reciente ante el Vaticano de un eclesiástico tan eminente como el cardenal Tisserant.
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| Péndulo | Biotensor |
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| Varillas | Baguette |
En la comunidad científica, este arte está a punto de ser reconocido, merced al ascendiente de profesores de la talla de Yves Rocard, del Colegio de Francia, director del departamento de física de la prestigiosa Escuela Normal Superior, hombre célebre, no sólo como físico brillante, sino como admirable adivino de la varita. Su libro sobre la ciencia adivinatoria, titulado Le Signal du Sourcier (La señal de zahorí) que, aunque no publicado todavía en inglés, ha sido traducido en la Unión Soviética, donde últimamente ha habido equipos de geólogos explorando vetas minerales desde aviones y helicópteros, y localizando obras de arte arqueológicas enterradas.
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| Y. Rocard |
La meca de los adivinos de Europa tienen su sede en una pequeña calle de París, hoy perdida entre el lujo ostentoso del arrabal Saint Honoré y los soportales llenos de turistas de la calle de Rivoli, que lleva acertadamente el nombre de Saint Roch o San Roque, patrono contra la peste. La verdadera kaaba es una tienda de curiosidades y antigüedades llamada La Maison de Radiesthesie : esta palabra significa tanto adivinación, como exploración de las radiaciones que trascienden al espectro electromagnético, apelativo dado al arte en cuestión por el abate Bouly, que formó la palabra de otras dos : una griega, que significa sensibilidad, y otra latina, que significa radiación.
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| Maison de Radiesthesie |
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| A. Bouly |
En las estanterías de esta venerable institución, dirigida durante el último medio siglo, por Alfred Lambert y su esposa, hay numerosos libros sobre adivinación de agua, de objetos y de salud. Además de los escritos por clérigos católicos, hay otros por aristócratas como el conde Henry de France y el conde André de Belizal y por varios famosos médicos franceses.
También hay en sus locales armarios y vitrinas de caoba y bronce, que protegen máquinas exóticas, unas sencillas y otras muy complicadas, cuyo objeto es captar, ampliar o aislar radiaciones saludables o tóxicas.
Son máquinas utilizadas principalmente por médicos de todo el mundo a efectos de diagnóstico y curación; pero el instrumento fundamental de todas ellas es el péndulo simple. Se custodian en cajones sólidos acojinados de terciopelo, y están hechos de distintos materiales, como marfil, jade y cuarzo octogonal o cristal, de múltiples formas y tamaños, porque aseguran que valen del tamaño y peso que sean, lo mismo si se cuelgan de una cuerda que de una cadena.
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| Péndulo | Péndulos |
En Estados Unidos, el doctor Zaboj V. Harvalik, físico profesional recientemente retirado de su puesto de asesor científico del ejército de Estados Unidos, donde prestaba servicios en la Advanced Material Conceps Agency, para dedicarse a investigaciones privadas, ha estado estudiando el fenómeno adivinatorio con objeto de ver cómo lo explica la teoría física. En calidad de director del comité investigador de la American Society of Dowsers, o Sociedad Norteamericana de Zahoríes, está contribuyendo a desvanecer 50 años de prejuicios vigentes en los círculos oficiales que han venido tildando de superchería el arte de adivinar.
En su hogar, situado a orillas del río Potomac, en Lorton, Virginia, Harvalik ha realizado pruebas escrupulosas para descubrir por vez primera que los adivinos reaccionan en diversos grados de sensibilidad a la radiación electromagnética polarizada, a los campos magnéticos alternos artificiales de una frecuencia de uno a un millón de ciclos por segundo, y a los campos magnéticos de corriente continua. Está convencido de que los adivinos captan los desniveles de los campos magnéticos, lo mismo si buscan agua, que tuberías subterráneas, cables, túneles o anomalías biológicas.
Sin embargo, este tipo de adivinación parece extenderse mucho más lejos que la detección de aguas o campos magnéticos, que se creían asociados con corrientes de agua. Etimológicamente, la palabra inglesa dowsing significa sencillamente búsqueda o exploración de cualquier cosa; pero en español se ha impuesto el término adivinación por la varita o por el péndulo. John Zahoríes, fallecido prematuramente en 1972, dejó atónitos a sus compañeros oficiales de la reserva naval, cuando, después de una sesión de adiestramiento en la Estación Naval Aérea de Pensacola, Florida, logró localizar, utilizando sólo una pequeña vara adivinatoria, su sueldo oficial, escondido por sus compañeros en un lugar del enorme edificio naval de dos pisos, llenos de docenas de habitaciones en sus alas y corredores.
Gordon Mc Lean, químico investigador de Pine State By-Products, en Portland, Maine, que sigue trabajando en jornada completa pese a sus ochenta años, se lleva al visitante al faro de los guardacostas, y predice exactamente con su vara adivinatoria cuándo va a aparecer por el horizonte, y dónde, el primer barcotanque de petróleo, rumbo al puerto de Portland.
Posiblemente el zahorí más famoso de Estados Unidos sea Henry Gross, también de Maine, a cuyos portentos dedicó tres libros durante el decenio de 1950, Kenneth Roberts, novelista histórico norteamericano. Como los abates franceses, Gross es especialista en adivinación a base de mapas. Sentado frente a su mesa de cocina, señaló en un mapa de la isla de Bermudas, gobernada por Inglaterra, en la cual no se había localizado fuente alguna de agua, los lugares exactos en que debían abrirse pozos. Con gran asombro de todo el mundo, acertó completamente.
Los físicos como Harvalik no encuentran explicación a qué fuerza puede intervenir en la adivinación de un mapa, puesto que no parecen tener relación con los desniveles magnéticos operantes en la adivinación sobre el terreno. Indudablemente, el adivino se pone en contacto con alguna fuente de información que le proporcione datos sobre las zonas o partes del espacio, muchas veces considerablemente alejadas del lugar físico que él ocupa. Rexford Daniels, cuya compañía de consultantes de interferencias, de Concord, Massachusetts, ha estado realizando estudios pioneros sobre cómo se interfieren recíprocamente las múltiples emisiones electromagnéticas, y cómo pueden producirse efectos dañinos en el hombre los medios en que trabaja, asegura que tiene que existir alguna fuerza general en el universo, que es inteligente y proporciona soluciones. Expone la teoría de que una fuerza opera a través de un espectro completo de frecuencias, que no está necesariamente vinculado con el espectro electromagnético, y que los seres humanos pueden interaccionarse mentalmente con ella. Para Daniels, la adivinación por el péndulo es sencillamente un sistema de comunicaciones imperfectamente definido todavía, aunque extraordinariamente útil. Considera que el hombre tiene ante sí la importante tarea de estudiar y comprobar el sistema en todos sus aspectos.
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| R. Daniels |
La técnica específica de adivinar la frecura y vitalidad de los alimentos fue estudiada y aprendida por el ingeniero Simoneton, que ya ha cumplido los 80 años de edad, aunque parece un hombre próspero de negocios de 60 años. Se lo enseñó otro francés extraordinario, André Bovis, frágil latonero que murió durante la Segunda Guerra Mundial en su nativa Niza. A Bovis se le conoce más por sus experimentos con pirámides construidas a la escala de la Gran Pirámide de Cheops, que observó que deshidrataban y momificaban misteriosamente animales muertos sin descomponerlos, especialmente si se los coloca en la pirámide a la altura que ocupa la cámara real, o sea, a un tercio de la distancia de la base a la cúspide.
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| Biómetro |
El fundamento de la teoría de Bovis, es que la Tierra tiene corrientes magnéticas positivas que van de norte a sur, y otras negativas que van de este a oeste. Dice que estas corrientes están tomadas de todos los cuerpos que hay sobre la superficie de la Tierra, y que si un cuerpo, el que sea, se coloca en posición de norte a sur, se polariza más o menos, según su forma y consistencia. En los cuerpos humanos, estas corrientes telúricas, tanto positivas como negativas, entran por una persona y salen por otra; al mismo tiempo penetran por su cabeza corrientes cósmicas de más allá de la Tierra, y salen por la otra mano y el otro pie. También pasan las corrientes a través de los ojos abiertos.
Todos los cuerpos contienen agua, dice Bovis, acumulan estas corrientes y pueden irradiarlas lentamente. Al salir y accionar y reaccionar contra otras fuerzas magnéticas de los objetos, afectan al péndulo que sostiene el adivino. De esta manera, el cuerpo humano, condensador variable, hace de detector, seleccionador y amplificador de ondas cortas cortas o ultracortas; es un intermediario de la electricidad animal de Galvani y de la electricidad inanimada de Volta.
Al mismo tiempo el péndulo, según Bovis, funciona como un perfecto detector de mentiras, porque, cuando el individuo está diciendo sinceramente lo que piensa sobre algo, no afecta a las radiaciones y, por tanto, tampoco al péndulo; pero, si dice algo distinto de lo que está pensando, altera las longitudes de onda, porque las hace más cortas y negativas.
Bovis inventó un péndulo, basándose en un artefacto parecido, que, según dice, fue utilizado por los antiguos egipcios, hecho de cristal con un punto fijo de metal, suspendido de una doble cuerda de seda roja y violeta. Lo llamó paradiamagnético, porque es sensible a los objetos que son atraídos o repelidos por un imán. Denominó paramagnéticos a los cuerpos que son atraídos, como el hierro, el cobalto, el niquel, el magnesio, el cromo y el titanio; a los que son rechazados, como el cobre, el zinc, el estaño, el plomo, el azufre y el bismuto, los llamó diamagnéticos. Colocando un pequeño campo magnético en forma de solenoide entre el adivino y el péndulo, aseguraba poder captar corrientes muy sutiles y debilísimas, como las emanadas de un huevo no fecundado. Explicaba los colores rojo y violeta de los hilos, porque el primero aumenta la sensibilidad del péndulo, puesto que las vibraciones de la luz roja son iguales a las vibraciones atómicas del hierro, que son paramagnéticas, y las de la luz violeta, iguales a las del cobre, que son diamagnéticas.
Observó que con su péndulo podía determinar la vialidad intrínseca y la frescura de distintos alimentos protegidos por su piel o cobertura, debido al poder de sus radiaciones. Para medir con su péndulo las cambiantes frecuencias radiantes producidas por los alimentos, inventó el biómetro, regulador sencillo graduado por centímetros indicadores de micrones, o milésimas de milímetro, y angstroms, que son cinco veces más pequeños y cubren una banda entre cero y diez mil angstroms.
Colocando un pedazo de fruta o vegetal o cualquier clase de alimento en el extremo del regulador y observaba cómo el péndulo oscilante cambiaba de dirección a determinada distancia junto con el regulador, lo cual le proporcionaba una indicación del grado de vitalidad del alimento. Según Bovis, el límite de la radiación de cualquier objeto es superado en determinado punto por el campo telúrico general que lo rodea y, por tanto, puede se medido. Los adivinos dicen que dos objetos del mismo material y tamaño colocados aproximadamente a un metro de distancia crean dos campos que se repelen recíprocamente a medio camino, punto que descubre fácilmente el péndulo. Si se aumenta de tamaño a uno de los dos objetos, su campo se acercará más al otro.
Simoneton descubrió que el alimento que irradiaba de 8.000 a 10.000 angtroms en el biómetro de Bovis, también hacía oscilar al péndulo a la notable velocidad de 400 a 500 revoluciones por minuto en un radio de 80 milímetros. Los alimentos que irradian de 6.000 a 8.000 lo hacen oscilar a razón de entre 300 y 400, con un radio de 60 milímetros. Las carnes, la leche pasteurizada y las hortalizas demasiado cocidas, que irradian menos de 2.000 angtroms, no tienen suficiente energía para hacer oscilar al péndulo.
A quienes se quejan de la selección arbitraria de angstroms para medir la vitalidad radiante de los objetos, dice Louis Kervran, en el prefacio del libro de Simoneton Radiations des Aliments (Radiaciones de los alimentos), que tan arbitraria como el angstrom es la caloría utilizada en la nutrición; caloría es la cantidad de calor que necesita un gramo de agua para elevar un grado centígrado la temperatura.
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| L. Kervran |
Todos los sistemas de medidas, dice Kervran, son convencionales; con el angstrom de Bovis, se facilita sencillamente la distinción entre el valor radiante del queso fermentado, que es de 1.500, y del aceite fresco de oliva, que llega a 8.500. En todo caso, añade Kervran, las longitudes de onda emitidas por las frutas, las hortalizas y otros alimentos bioquímicos, captadas por el péndulo, son de naturaleza totalmente desconocida, fuera indudablemente del espectro electromagnético. Lo que tiene gran valor práctico, es sencillamente que pueden medirse con los métodos adivinatorios.
Según Bovis, la emisión de longitudes de onda por un objeto es captada por los nervios del brazo humano y ampliada por el movimiento del péndulo que cuelga del extremo de una cuerda. Una prueba notable de esto ha sido la realizada en Montreal por Jan Merta, cuyos experimentos de laboratorio indican claramente que se produce un pequeñísimo movimiento muscular en la zona de la muñeca, una fracción de segundo después de haberse registrado el cambio en el encefalógrafo. También Merta ha ideado un dispositivo para adivinar, que no sólo puede colocarse en las manos, sino en los brazos, hombros, cabeza, piernas, pies o cualquier otra parte del cuerpo donde pueda balancearse.
Lo mismo que Bovis y Lakhovsky, Simoneton razonaba que, si las células nerviosas humanas pueden recibir longitudes de onda, también podrán transmitirlas : los que las reciben tienen que estar en vibración resonante con los que las transmiten para poder captarlas. Lakhovsky comparó esto al caso de dos pianos bien afinados y sintonizados : cuando se toca una nota en uno de ellos, hace vibrar esa misma nota en el otro.
Algunos adivinos dicen que acaso esté en el plexo solar el primer sensor del cuerpo humano. Así parece confirmarlo la investigación más reciente de Harvalik. Para aislar algunas partes del cuerpo humano del óceano de fuerzas electromagnéticas que lo rodean, enrolló una banda de unos dos metros y medio por 25 centímetros de aislador magnético muy fuerte (producido por Perfection Mica Company) a un cilindro de dos capas que podía hacerse desenrollar por el cuerpo para aislar desde la cabeza hasta la pelvis, pasando por los hombros y el torso.
Cubriéndose la cabeza con el aislador, se paseó con los ojos vendados por el área llana en que se notaban señales de las captadas por el péndulo adivinatorio, y obtuvo una fuerte reacción sobre tres puntos. Las mismas reacciones fueron obtenidas con la cabeza al aire, pero con los hombros protegidos. Bajando gradualmente el aislador, advirtió que podía captar señales hasta un área entre las costillas siete y doce, o sea, del esternón al ombligo.
"Esta medidas - dice Harvalik -, indican que los sensores deben estar situados en la región del plexo solar, y que quizá haya otros en la cabeza o el cerebro."
El doctor J.A. Koop, de Ebikon, Suiza, lleva muchos años trabajando sobre las técnicas adivinatorias, de las que se vale para localizar zonas geopatogénicas que parecen relacionarse con numerosos casos de cáncer. En 1972 dio a conocer que un ingeniero alemán se había hecho transportar horizontalmente en una camilla sobre un terreno, en un experimento análogo a los de Harvalik. Cuando su cabeza pasó por encima de la zona en que había agua, la varilla no se movió, pero cuando pasó al plexo solar, reaccionó inmediatamente.
Utilizando un péndulo para determinar la radiación de distintos alimentos, Simoneton logró salvarse de la muerte. Durante la Primera Guerra Mundial, se le practicaron cinco operaciones quirúrgicas. Una noche oscura, tendido en una camilla junto a un tren hospital, oyó a dos médicos murmurando en voz baja a la luz de una linterna de keroseno que estaba tan gravemente tuberculoso que no había esperanzas de recuperación para él. Una dieta obligada de alimentos muy nutritivos le había trastornado el hígado y le había producido otros efectos secundarios. Sobreviviendo malamente a las prescripciones médicas, Simoneton descubrió el sistema de Bovis, para seleccionar alimentos frescos y vivificantes. Al poco tiempo, no sólo se había curado de la tuberculosis, sino de sus síntomas secundarios, y sanó tan definitivamente que, todavía a los 66 y 68 años de edad tuvo hijos, y a los 70 jugaba al tenis.
Siendo joven, había sido alistado en el ejército francés como ingeniero, para trabajar en la nueva ciencia de la radio, que, según dice él mismo, estaba entonces al nivel de la adivinación por el péndulo. En la Primera Guerra Mundial trabajó con figuras tan prestigiosas como el físico Louis de Broglie, quien iba a demostrar que toda partícula luminosa, hasta un solo fotón, va asociada a una determinada longitud de onda.
Esta preparación en el campo de la ingeniería eléctrica y de la radio proporcionó a Simoneton la madurez de criterio suficiente para no considerar a Bovis como un charlatán, y le prometió probar empíricamente que con su sistema podían medirse las longitudes de onda de los alimentos que indicaban su vitalidad y frescura.
La leche que, según sus medidas, radiaba 6,5 mil angtroms cuando era fresca, perdía el 40 por ciento de su radiación a las 12 horas, y el 90 por ciento a las 24. En cuanto a pasterización, Simoneton descubrió que mataba las longitudes de onda. Lo mismo ocurría con las frutas y jugos vegetales pasterizados. Cuando se pasterizaba el ajo, se coagulaba como la sangre humana muerta, y sus vibraciones quedaban reducidas a cero angstroms, siendo así que antes tenían 8.000.
Por otra parte, congelando la fruta y las hortalizas frescas, se prolonga su vida; al descongelarlas, vuelven a adquirir la radiación que tenían antes de helarse, casi totalmente. Los alimentos guardados en el refrigerador se deterioran, pero mucho más despacio. Las Frutas y hortalizas sin madurar pueden aumentar de radiación en el refrigerador, porque van madurando poco a poco.
Se vió en el experimento que las frutas deshidratadas conservaban su vitalidad si se las metía 24 horas en agua vitalizada y aún después de varios meses de haberse secado, volvían a irradiar casi con la misma energía que cuando se las arrancó. Las frutas enlatadas seguían completamente muertas. El agua resultó ser un medio muy extraño : aunque normalmente no es radiante, podía ser vitalizada asociándola con minerales, seres humanos o plantas. Algunas aguas, como la de Lourdes, averiguó Bovis - en 1962 - que radiaban hasta 156.000 angstroms. Ocho años después parte de esa agua irradiaba todavía 78.000 angstroms. El síquico checo Jan Merta, al que ya nos hemos referido, dice que las mondas de manzanas, peras y otras frutas y hortalizas, descargan vibraciones de salud en el agua del vaso en que se las sumerge por la noche, que puede beberse al día siguiente y contiene más alimento nutritivo que las mondas mismas, las cuales no producen apenas efecto en el péndulo de Simoneton.
Para simplificar la lectura del libro, Simonenton dividió los alimentos en cuatro clases generales. Colocó en la primera los alimentos cuya longitud de onda era superior a la básica humana de 6.500 hasta 10.000 o más angstroms. Entre ellas están la mayor parte de las frutas, cuya radiación fluctúa entre 8.000 y 10.000 en plena madurez, y las hortalizas recién llegadas del huerto. Simonenton advirtió que, cuando llegan al mercado, la mayor parte de las hortalizas han perdido la tercera parte de su energía, y que cuando se cuecen, pierden otra tercera parte.
Dice que las frutas están llenas de radiación solar en el espectro de la luz entre las bandas infrarrojas y ultravioleta, y que su radiación va aumentando lentamente hasta el máximo mientras maduran, disminuyendo después hasta cero, punto que marca su putrefacción.
El plátano, alimento muy sano durante unos ocho días de los veinticuatro que pueden transcurrir entre la fecha en que se cosecha y en que empieza a pudrirse, proyecta vibraciones óptimas cuando está amarillo, no tan buenas cuando está verde, y muy escasas cuando está negro.
El que ha vivido en comarcas donde se da la piña, como las islas Hawai, sabe que, cuando se come en el momento preciso en que está madurando - periodo que no dura más que unas cuantas horas - tiene un sabor delicioso que asombra a quienes sólo han probado la fruta conservada en una tienda mucho antes de su madurez.
Las hortalizas son más radiantes cuando están crudas : dos zanahorias crudas valen más que un plato de zanahorias cocidas.
La papa, que sólo tiene una radiación de 2.000 angstroms cruda (quizá porque crece debajo de la tierra, sin darle el sol), sube misteriosamente a 7.000 al cocerse, y llega al número muy sano de 9.000 si se asa. Otro tanto cabe decir de los demás tubérculos.
Las legumbres, como los guisantes, los frijoles, las lentejas y los garbanzos, irradian de 7.000 a 8.000 angstroms cuando son frescos. Secos pierden la mayor parte de su radiación, se hacen pesados, indigestibles y duros para el hígado, según Simoneton. Para beneficiarse de las legumbres, deben también, según él, comerse crudas y recién cosechadas. Sus jugos son excelentes, especialmente si se toman a las diez de la mañana y a las cinco de la tarde, horas en que se digieren fácilmente y no cansan al organismo, sino lo nutren.
En la escala de Simoneton, el trigo tiene una radiación de 8.500 angstroms; cuando se cuece, aumenta a 9.000. Dice que puede y debe comerse el trigo en formas distintas, y no sólo como pan. La harina integral de trigo debe mezclarse en los pasteles, tartas, etcétera, con mantequilla, huevos, leche, frutas y hortalizas. Asado en hornos de leña, el pan emite mejores radiaciones que si se le cuece con carbón o gas.
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| Pan |
Según Simoneton, el aceite de oliva tiene una radiación elevada de 8.500, y la conserva durante mucho tiempo. Seis años después de haber sido obtenido el aceite, registra una radiación de 7.500, aproximadamente. La mantequilla, que irradia unos 8.000 angstroms, es buena unos diez días; entonces empieza a decaer y llega al mínimo a los veinte días aproximadamente.
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| Aceite |
El pescado y los mariscos son buenos alimentos; irradian de 8.500 a 9.000, especialmente si se comen crudos y están frescos. Son mariscos los cangrejos de triar, las ostras, las almejas y otros moluscos. Según Simoneton, la mejor manera de cocinar las langostas es cortarlas por la mitad todavía vivas y cocerlas en lumbre
de leña. Los pescados de agua dulce son mucho menos radiantes.
A la segunda categoría de Simoneton, pertenecen los alimentos que irradian un máximo de 6.500 angstroms, y un mínimo de 3.000. Entre ellos están los huevos, el aceite de cacahuate, el vino, las hortalizas cocidas, el azúcar de caña y el pescado guisado. Concede al vino negro entre 4.000 y 5.000, y dice que es mejor bebida que el agua desvitalizada de las ciudades, e indudablemente mucho mejor que el café, el chocolate, el licor, los jugos y la fruta pasterizados, que no tienen radiación alguna.
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| Vino |
Haciéndose eco de lo que dice Nichols, Simoneton asegura que, mientras el jugo de la remolacha de azúcar fresca tiene una radiación de 8.500, el azúcar refinado de remolacha puede bajar hasta 1.000, y los terrones blancos envueltos en papel quedan reducidos a cero.
De las carnes, la única que entra en la lista de alimentos que deben comerse, es el jamón recién ahumado. La carne fresca de cerdo irradia 6.500, como todas las cárnes animales; pero, curada con sal y colgada sobre una hoguera de leña, su radiación sube a 9.500 o 10.000 angstroms. Las demás carnes no vale la pena comerlas; son de dura digestión, fatigan y gastan las energías del que las consume en lugar de vitalizarlas, y le obligan a tomar café para no quedarse dormido.
Las carnes cocinadas, los embutidos y las salchichas están en la tercera categoría de Simoneton junto con el café, el té, el chocolate, las compotas, los quesos fermentados y el pan blanco. Por su baja radiación apenas hacen bien, asegura.
A su cuarta categoría pertenecen las margarinas, las conservas, los alcoholes, los licores, el azúcar blanco refinado y la harina blanca : todos son alimentos muertos por lo que hace a la radiación.
Aplicando su técnica para medir las longitudes de onda a los seres humanos directamente. Simoneton descubrió que una persona sana normal emite una radiación de unos 6.500, o algo mayor, en tanto que las radiaciones de los fumadores, bebedores y devoradores de carnes muertas son siempre más bajas.
Bovis decía que los pacientes de cáncer emiten una longitud de onda de 4.875 que, según experimentos realizados por él, era la misma que la del queso blanco francés superrefinado anterior a la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, como un canceroso tiene ya esta radiación tan baja mucho antes de que haya síntomas explícitos de su enfermedad, Bovis indicó que es posible adoptar medidas duraderas bastante antes de que la dolencia haya invadido gravemente los tejidos celulares.
Bovis y Simoneton sostienen que los seres humanos deben comer frutas, hortalizas, nueces y pescado fresco, que producen radiaciones superiores al nivel suyo normal de 6.500, sí desean energetizarse y sentirse sanos. Están convencidos de que los alimentos de baja radiación, como las carnes y el pan malo, en lugar de dar vitalidad al cuerpo lo despojan de la que tiene, por lo cual es posible sentírse pesado y desvitalizado después de una comida con que esperaba uno saturarse de energía.
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| Nueces |
Simoneton deduce, como Lakhovsky, del hecho comprobado de que la mayor parte de los microbios quedan muy por debajo de los 6.500 angstroms, que sólo pueden afectar a los seres humanos cuyas células resuenan a su longitud de onda, pero que un cuerpo sano y vigoroso es inmune a los microbios. A esto se debe el que haya microbios mortales en nuestro universo ordenado. Según este mismo principio, se explica el que las plantas cuya radiación se ha reducido por la acción de los fertilizantes quimícos, sean vulnerables a las plagas.
A Simoneton le parecía que las maravillas terapéuticas atribuidas desde los albores de la historia a las hierbas, flores, raíces y cortezas quizá no se deban sólo a su contenido químico, sino a las longitudes de onda saludables que irradian. Aunque los estantes de las boticas siguen abarrotados de derivados químicos de plantas y hierbas, sus poderes curativos no parecen ya tan milagrosos. El secreto de su eficiencia parece haberse perdido.
Los ermitaños y las viejas todavía tienen fama de saber y entender las misteriosas cualidades curativas de las plantas; pero deben de haber adquirido este conocimiento merced a algún sentido extraordinario, porque, de otra manera, los bosques estarían llenos de cadáveres de sabios envenenados con belladona, dulcamara, solano, hierba mora y toda una falange de malezas ponzoñosas.
Simoneton cree que va a llegar pronto el día en que las vacunas no se hagan de cuerpos o cadáveres de animales, sino del jugo radiante de las plantas.
Para sanar al mundo, imagina a los médicos provistos de audífonos como los operadores de radio, para diagnosticar por las frecuencias que reciban de sus paciente. qué trastornos los aquejan, y transmitirles las frecuencias que necesitan para aliviarse.
Posiblemente el médico mejor documentado sobre el poder curativo de las plantas fuera Paracelso, quien recibió su caudal de conocimientos de los viejos herbolarios europeos y de los sabios de oriente, quizá, pero principalmente del estudio directo de la naturaleza. Según su doctrina de las semejanzas simpátícas, todos los seres vívos revelan a través de su estructura, forma, color y aroma, su utilidad particular para el hombre. Recomendó a cierto físico que se sentase tranquilamente en una pradera, que se relajase y advirtiese "cómo las flores siguen el movimiento de los planetas y abren sus pétalos en armonía con las fases de la Luna, de conformidad con el ciclo del Sol, o en reacción a las estrellas distantes".
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| Paracelso |
Un seguidor moderno de Paracelso, que resultó ser un mago extraordinario con las hierbas y las plantas, fue Edward Bach, joven médico londinense que abandonó en los últimos años del decenio de 1930 el ejercicio bien remunerado de la medicina, que desarrollaba en la calle Harley, para lanzarse por bosques y llanuras en busca de mejores remedios para los seres humanos. Lo mismo que Paracelso, quien se esforzó por devolver a la gente la salud por medios naturales, con el fin de que los enfermos no se recobrasen de su enfermedad para después recuperarse de la cura, Bach se sublevó contra la idea de que la medicina tenía que ser algo doloroso y desagradable.
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| E. Bach |
Al comprobar que, en la mayor parte de los hospitales de Inglaterra, los supuestos remedios proporcionaban al paciente gran dolor, y muchas veces le hacían más daño que beneficio, se decidió a buscar en la naturaleza remedios que no fuesen dañinos ni dolorosos. Quería que el remedio fuese suave, seguro y eficiente para curar tanto la mente como el cuerpo.
Al igual que Paracelso y Goethe, estaba convencido de que el verdadero saber no se adquiría con el entendimiento, sino observando y captando las verdades naturales y simples de la vida. Paracelso había afirmado que, cuanto más se busca, mejor se comprende la simplicidad de toda la creación, y aconsejaba a los médicos que buscasen dentro de sí mismos la luz espiritual que pudiera conducirlos a sentir y reconocer las energías de las plantas.
Durante el verano de 1930, Bach cerró su lucrativo ejercicio de la medicina y se lanzó caminos adelante, a través de las aldeas inglesas, internándose por las ásperas montañas de Gales, en busca de flores selváticas, que estaba convencido de que contenían el secreto de la cura de las enfermedades físicas y espirituales que afligían a la humanidad descarriada. Tenía, como Paracelso, la seguridad de que las enfermedades del cuerpo no se debían principalmente a causas físicas, sino a estados anímicos perturbadores o a anomalías mentales que se interferían con la felicidad normal del individuo y que, si se les dejaba campar por
sus respetos, trastornarían las funciones de los órganos y tejidos corporales, con la enfermedad consiguiente.
Lo mismo que Paracelso, Bach creía que todo lo que vive emite radiaciones, y lo mismo que Simoneton, que las plantas de altas vibraciones podían elevar las de los seres humanos. Según decía, "los remedios vegetales tienen poder para elevar nuestras vibraciones y, por tanto, ese poder espiritual que purifica nuestra mente y nuestro cuerpo, nos sana". Bach comparaba sus remedios con la música armoniosa, con las combinaciones de colores, o con cualquier medio gloriosamente sublimador e inspirador sus curas no constituían un ataque a la enfermedad, sino la inundación del cuerpo con vibraciones bellas de hierbas y flores selváticas, a cuya presencia "la enfermedad se derrite como la nieve a la luz del Sol".
Myrna I. Lewis, que escribió en colaboración con Robert N. Butler, doctor en medicina, un libro titulado Aging and Mental Health (La ancianidad y la salud mental), se quedó asombrada al realizar, hace poco, invitada por los soviéticos, una visita a varios manicomios de la ciudad de Sochí, situada a orillas del Mar negro, donde encontró a ciudadanos soviéticos afligidos por diversas enfermedades físicas y mentales, que no estaban siendo tratados con medicinas, sino con vibraciones de invernaderos, a donde se los llevaba para que aspirasen el olor de determinadas flores durante los minutos que se les prescribía diariamente. También se les trataba con música en sus propias habitaciones, y con el rumor del mar grabado en discos.
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| R.N. Butler |
Bach sostiene que la persona enferma puede cambiar sus ideas respecto a su dolencia, pero que las vibraciones estéticas sanas le ayudan a volver a desear ponerse bien. Según él, una larga crisís de miedo o de preocupación puede agotar de tal manera la vitalidad del individuo, que su cuerpo llega a perder la resistencia general a la enfermedad por lo cual se coloca en un estado propicio para cualquier infección y dolencia. "No es la enfermedad la que necesita el tratamiento - dijo -. No hay enfermedades, solo hay enfermos."
Aunque estaba convencido de que entre las simples florecillas del campo había plantas que reunían las propiedades médicas precisas, Bach se dedicó a buscar las que tenían mayor poder, las que podan constituir remedios más eficaces para devolver al enfermo la salud mental y corporal.
La primera flor que sometió a prueba para descubrir sus propiedades medicinales, fue la agrimonia de espigas amarillas (Agrimonia Eupatoria), flor silvestre común que se da en abundancia en las márgenes de los caminos aldeanos y en los campos de toda Inglaterra. Sus pequeños brotes son dorados y tienen muchos estambres del mismo color. Bach descubrió que una infusión de esta planta constituía un gran remedio para la preocupación, para los estados mentales nerviosos y atormentados, que tantas veces se ocultan tras el aparente buen humor exterior. También hizo experimentos con la flor de la achicoria, de un azul vivo. que comprobó era un alivio para la preocupación excesiva, sobre todo, por otras personas y descubrió que producía calma y serenidad. El remedio de Bach para el miedo exagerado, era una dosis de elixir del císto o estepa, como también se llama a esta planta. Al aumentar sus descubrimientos y remedios, creyó que estaba a punto de iniciar un sistema completamente nuevo de medicina. Guiado por su instinto, se internó en el desierto de Gales, donde descubrió dos hermosas plantas : la malva pálida impatiens y el mímulo de flores doradas, que pioliferaban profusamente junto a un río montañoso. Las dos resultaron ser medicinas poderosas.
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| Agrimonia |
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| Malva | Mimulo |
Durante los meses que pasó en Gales, observó que sus sentidos se agudizaban, que se estaban desarrollando más. Era capaz de sentir con el tacto las vibraciones y el poder de una planta que quería probar. Lo mismo que Paracelso, notaba en su cuerpo las propiedades de una planta, sosteniendo su flor o inclusive sólo un pétalo en la mano, o poniéndoselo en la lengua. Algunas le producían un efecto vigorizador o vitalízador en la mente y el cuerpo; otras le provocaban dolores, vómitos, calenturas, erupciones cutáneas, etcétera. Su instinto le dijo que las mejores plantas florecían a mediados del año, cuando los dias son más largos y el Sol tiene más poder y fuerza. Las plantas que seleccionaba eran las más perfectas de su tipo, sus flores hermosas en forma y colorido, y su producción abundante.
Quizá había leído que Paracelso, cuando estaba en su propiedad rural de Hohenheim, tomaba rocío bajo las diversas configuraciones y aspectos de los cuerpos celestes, y lo depositaba en láminas de cristal, porque creía que el agua encerraba dentro de sí la energía de estas combinaciones planetarias; o posiblemente se dejaba guiar por su intuición. El caso es que una mañana muy temprano, caminando por un campo en que todavía era denso el rocío, se le ocurrió a Bach que aquellas gotas debían contener algunas de las propiedades de la planta en que se habían remansado; el calor del Sol, al actuar sobre el líquido, contribuiría a absorber estas propiedades hasta que cada gota estuviese magnetizada de energía.
Pensó que, si lograba obtener de esta manera las propiedades medicinales de las plantas que estaba buscando, los remedios resultantes contendrían todo el poder perfecto e incontaminado de los seres vegetales, y que poseerían mayor potencia curativa que cualesquier preparaciones médicas. Recogió el rocío de ciertas flores antes de que el Sol lo evaporase y lo probó en sí mismo; sacudiendo las gotitas de diversas plantas las fue poniendo en frascos pequeños; en unos guardó el rocío de las flores que habían estado a pleno Sol, y en otros el de las que habían estado a la sombra; por cierto, comprobó que este último nunca era tan potente como el primero.
Aunque muchas flores no poseían las propiedades curativas que le interesaban, descubrió que el rocío de cada planta tenía un poder determinado y peculiar, por lo cual dedujo que la radiación del Sol era esencial para el proceso de su extracción. Como resultaba laborioso y prolijo recoger una cantidad suficiente de rocío de cada tipo de flor, decidió tomar unos cuantos tallos de la planta seleccionada y colocarlos en una vasija de cristal llena de agua de un arroyo claro, y dejarlo al sol en el campo varias horas. Con gran alegría comprobó que el agua se impregnaba de las vibraciones y poder de la planta, y se hacía muy potente. Para potentízar el agua, Bach escogió un día despejado de verano, sin nubes que oscureciesen la luz solar y redujesen su calor. Se llevaba tres pequeñas vasijas de cristal, las llenaba de agua fresca, las colocaba en el campo en que crecían las plantas florecidas, seleccionaba la más perfecta y las ponía sobre la superficie del agua.
Para sacarlas sin tocar el líquido se valía de dos hojas de hierba, que cogía con los dedos. Trasladaba después el agua por medio de una pequeña ampolleta de pico a los frascos. Cuando la botella estaba medio llena, la completaba con brandy, para conservar la mezcla. Antes de pasar al experimento siguiente destruía las vasijas y las ampolletas.
En total fueron 38 los remedios que produjo Bach, y escribió, además, un opúsculo filosófico explicativo. Millares de pacientes de Inglaterra y otras partes del mundo atestiguaron su eficacia, y todavía hay millares de personas que utilizan este elixir de las flores para curarse de múltiples enfermedades.
La obra realizada por Maurice Mességué, francés de origen campesino, nacido en una región apartada de Gasconia, llamada Gers, corre pareja con la de Bach. Aprendió de su padre, quien se lo llevaba, de niño, por todo el país a recoger hierbas, y llegó a convenirse en un herbolario famoso, que curó a centenares de pacientes, entre ellos, pesonajes como el presidente de la república francesa Edouard Herrlot, y el artista Jean Cocteau. Entre los males que sanó, había algunos tan extraños como el de cierta hermosa muchacha que tenía un brazo seco, y el de un chico de 12 años de edad, que no podía hablar. La mayor parte de sus curas consistían en hacer que sus pacientes sumergiesen las extremidades en infusiones de plantas silvestres. Tuvo que comparecer ante los tribunales en muchas ocasiones por practicar la medicina sin tener conocimientos ni carrera médica, pero siempre volvió a su actividad, porque creía que no podía abandonar a los millares de dolientes que suplicaban su ayuda. El relato de su vida, salpícado de numerosas anécdotas sobre sus encuentros con figuras mundiales, puede leerse en tres libros de gran circulación que ha escrito sobre las plantas.
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| M. Messegué |
Hay otro sensitivo, que es capaz de captar las radiaciones de las flores y que ha ido mas lejos aún que Bach y Mességué, porque, según dice, puede hacerse pasar directamente las radiaciones de una flor lozana a una vasija de agua, sin perjudicar en manera alguna a la planta.
Alick Mclnnes, escocés de mejillas encendidas y carácter muy independiente, nació y vive en una granja de ovejas a la sombra del castillo del señor de Catxdor, rodeado de hermosas colinas ondulantes y poseedor de una fortuna en tuberas, que no puede explotar ni quemar, porque, según la tradición escocesa, todo pertenece al Señorío. Con los ojos vendados, McInnes pone la mano sobre una flor y adivina por la longitud de onda de su radiación qué planta es y qué propiedades médicas tiene. En la India, donde pasó 30 años de su vida al servicio de la soberanía británica, descubrió que las plantas no sólo emiten radiaciones sensibles a los seres humanos, sino que a su vez son sensitivas a las radiaciones emitidas por éstos. Lo descubrió cuando visitó el Instituto Bose, próximo a Calcuta.
A la entrada del instituto hay una exuberante Mimosa pudica. Se ruega a los visitantes que arranquen una hoja de este dócil conejillo vegetal de indias, y la coloquen en una de las complicadas máquinas de Bose, la cual dibuja esquemáticamente una gráfica de las vibraciones de la planta en una hoja de papel.
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| Mimosa |
Se indica después al visitante que meta la muñeca en la máquina y observe cómo se produce una réplica de la gráfica, lo cual demuestra que la mimosa es tan sensitiva, que puede captar y reflejar exactamente las radiaciones humanas.
Según interpreta McInnes el fenómeno de las radiaciones humanas y vegetales, cada individuo de ambos reinos modifica o altera con su propia longitud de onda la energía fundamental que se irradia a través de él. Lo mismo ocurre, dice McInnes, con la partícula más diminuta de materia: Todas las cosas irradian longitudes de onda que pueden identificarse por su sonido, color, forma, movimiento, perfume, temperatura e inteligencia."
Dice que las radiaciones de algunas flores son circulares, que las otras van de derecha a izquierda, y las de otras al revés, de izquierda a derecha. Unas van de arriba hacia abajo, otras de abajo hacia arriba; algunas diagonalmente de izquierda a derecha; otras en dirección contraria. Algunas son frías, y otras calientes. Pero una especie de flor siempre produce la misma radiación. Asegura McInnes que es posible transmitir las radiaciones de las flores al agua, donde permanecen más o menos indefinidamente. Tiene algunos frascos con radiaciones que se conservan lo mismo después de veinte años. Cada especie de flor pasa por una etapa en que sus radiaciones se transmiten mejor al agua, generalmente, aunque no siempre, cuando están en plena madurez, lo cual suele coincidir con la proximidad de la Luna llena.
Pueden tomarse las potencias como llama McInnes a las radiaciones transmitidas al agua de la rosa hacia mediados de verano, o el 21 de junio, y las del diente de león alrededor del plenilunio de Pascua de Resurrección. Cuando las condiciones son propicias, la transmisión de las radiaciones es instantánea; dice McInnes, frunciendo ligeramente los labios arrugados por las inclemencias del tiempo en una sonrisa, que puede verse realmente cómo cambia el agua : "Es una experiencia portentosa que no puede olvidarse jamás". Lejos de perjudicar a la planta, asegura que, en el preciso momento en que su potencia pasa al agua, otros miembros de la misma especie se lozanean y parecen crecer más vigorosamente, aunque estén a kilómetros de distancia. McInnes llama Triunfo o Exultación de las Flores al agua potentizada de esta manera, que no constituye, según él, remedio específico para una enfermedad diagnosticable, sino que opera de manera sutil sobre las radiaciones que atraviesan el cuerpo humano, el animal o el suelo, lo cual intensifica su vitalidad. Cuando ésta llega al nivel necesario, dice, la enfermedad desaparece.
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| Diente León |
Prescribe McInnes que se tome por la boca su Triunfo, en dosis determinadas de gotas según el caso, o en forma de ungüentu o emplasto para las cortaduras, quemaduras y otros problemas de la piel, y como tónico diluido en el baño. Afirma que, a pesar de las indicaciones que se le han hecho en este sentido, nunca ha tratado de buscar flores determinadas o grupos especiales de ellas para tratar una enfermedad particular. Le parece más eficiente operar a base del concepto de que todas las dolencias tienen una causa común, y se afana por obtener una preparación que termine por curar todas las enfermedades, cualquiera que sea su diagnóstico. La inclusión de las potencias de una flor determinada en las cuarenta tantas variedades de su Triunfo, la decide McInnes el sentir las radiaciones que emanan de ella. Ha comprobado que no todas pueden mezclarse satisfactoriamente. Algunas parecen dominar y anular a todas las demás; otras alteran la mezcla; otras perturban la armonía de las radiaciones que hay ya en la preparación. Asombran al mismo McInnes las numerosas radiaciones distintas que ha logrado combinar en un todo armónico.
Como las radiaciones del Triunfo de las Flores no pueden identificarse por los métodos ordinarios del análisis, basado en la separación de los ingredientes químicos, y como hasta ahora los impulsos no pueden identificarse con instrumentos de medida en la Gran Bretaña, McInnes ha sido obligado por los tribunales, en virtud de una demanda presentada por las autoridades sanitarias escocesas, a poner en sus frascos la siguiente etiqueta : "Composición Química Garantizadas - 100 por ciento de agua, sin ingredientes vegetales ni químicos". Indica que el acero magnetizado tiene los mismos componentes químicos que el acero ordinario, aunque son positivamente distintos, y espera que se arbitre algún método nuevo para identificam las radiaciones.
Asegura que su Triunfo o Exultación vale lo mismo para una vaca de Escocia con fiebre láctea, que para un hombre que tenga asma en California, o para una mujer picada por una avispa en Nueva Zelanda. Puede aplicarse a un bebé enfermo del estámago, a un panal de abejas con problemas de empolladura, a las plantas de las fresas afligidas por escarabajos de junio, o a las gallinas que han comido algun cereal envenenado.
El suelo regado con su agua aumenta en bacterias vivificantes, y su actividad se intensifica. Pero advierte que los terrenos tratados con fertilizantes químicos tardan más en reaccionar, "porque toda la polaridad del suelo ha quedado orientada hacia su destrucción". Dice que las vibraciones del Triunfo canalizan una nueva energía hacia el interior del suelo, que así resiste las enfermedades, depauperaciones y pestes.
Durante el trascurso de los dieciséis años, o más, que han pasado desde que se ofreció al público por vez primera el Triunfo de las Flores, ha recibido McInnes millares de cartas comunicándole el éxito obtenido en el tratamiento de enfermedades diagnosticables de todo tipo. Cree filosóficamente que todas las formas de vida están creadas para vivir en armonía, pero que la humanidad ha abusado de su dominio sobre las cosas creadas hasta
el punto de que hoy falta armonía por doquier, lo cual es visible en las enfermedades físicas de los seres humanos, los animales y las plantas porque las fuerzas vitales procedentes de la Fuente de la Creación cada vez están más perturbadas. Convencido de que en la Edad de Oro el león podía yacer junto al cordeno, describe cómo veía, cuando vivió en Uganda, centenares de animales atravesando los pastizales de los elefantes en busca de canteras de sal y dice que fieras carnívoras, como el tigre, el león, los leopardos y las panteras, corrían junto a los tímidos ciervos, que, en otras circunstancias, temblarían y huirían llenos de pavor.
En el sur de la India, donde McInnes pasó un par de semanas invitado por Ramana Mohan Maharshi a su ashram, situado al pie de la montaña sagrada de Arunachalam, fanmosa desde hace muchos siglos en la mitología hindú, todas las noches, cuando su anfitrión salía a dar un paseo, segundos después de haber cruzado el umbral de su residencia, el ganado atado a los pesebres de la aldea cercana, empezaba a patear para liberarse de sus trabas. Los aldeanos soltaban a los animales, y ellos se iban triscando y trotando por el camino para acompañar al anciano, seguidos por todos los perros y muchachos del lugar.
Antes de que la procesión hubiese avanzado un trecho regular, dice McInnes, se incorporaban a ella animales salvajes de la jungla, entre ellos diversas variedades de serpientes. Aparecían millares de pájaros, que casi oscurecían el cielo, mezclándose los diminutos paros con los enormes milanos y otras aves de presa, como buitres de pesadas alas, todos ellos volaban armoniosamente sobre el Maharshi, que seguía su camino. Al volver a casa, animales, pájaros y niños desaparecían tranquilamente. Mclnnes se hace cargo de que lograr que esto ocurra a nivel mundial sería casi un portento. Su Triunfo tendría que ayudar a producir vegetación de calidad nutritiva tan perfecta, que el león pudiera pastarla para poder yacer después apaciblemente junto al cordero.
No ve por qué podrían ser cultivados los nuevos campos por otro Burbank, amante de las plantas.
Tendría que haber también una intensificación de la sensíbilidad del hombre, dice, hasta el punto de que le resulte intolerable sacrificar animales por mero deporte y matarlos en masa, en el terror espeluznante de los mataderos. Podría obtenerse más facilmente mejor alimento, en tal abundancia, que los hombres semiagotados y semibrutalizados ya no necesitasen comer carne ni explotar el trabajo de animales medio muertos, enfermos tristes. En otras palabras, dejaríamos de ser un planeta de presidiarios y carceleros.
Como todo lo creado es interdependiente, según dice Mclnnes, lo que afecta a una forma de vida tiene que afectar forzosamente a todas las demás. "Si deliberadamente ocasionamos sufrimientos y enfermedades a otros seres vivientes, incrementamos nuestro propio dolor." Toda la creación, dice, está afectada por las enfermedades que se inoculan a los animales en el laboratorio, con ese inútil afán de combatir la enfermedad, que está condenado al fracaso. Toda la creación se atormenta con las agonías espantosas que infligen los viviseccionistas a pobres criaturas indefensas. El alivio que pueda suponer para los hombres el conocimiento adquirido a expensas de tales torturas, dice Mclnnes, será inferior muchas veces al sufrimiento recrudecido en alguna otra parte del
todo. Toda la creación padece cuando las plantas son abrasadas a millones por los asesinos químicos de las hierbas.
De la misma manera que todo ser creado recibe un golpe por cada víctima de la guerra o por cada prisionero torturado en un campo de concentración, también lo recibe cuando muere un conejo de mixomatosis producida por los seres humanos, o cuando se marchita en la agonía una planta emponzoñada deliberadamente con tóxicos químicos, "La vida no es más que una - dice McInnes - . No hay excepción."