EL RESPLANDOR DE LA VIDA.
19 . Pesticidas radiónicos.


   El Sueño de Simoneton, de que los médicos llegarían un día a diagnosticar con un par de auriculares, sintonizándose con las frecuencias transmitidas por los órganos enfermos de sus pacientes, está más cerca de la realidad que de la ficción. Sin embargo, como este mecanismo parece ser tan explosivo como el TNT, y tan expuesto a propagar la enfermedad y la muerte como la vida, sus conclusiones han sido discretamente soslayadas en los medios científicos y políticos.
   A fines del siglo XIX, el doctor Albert Abrams, hijo de un própero comerciante de San Francisco, del que heredó un inmensa fortuna, se trasladó a Hidelberg para estudiar medicina avanzada. Mientras estuvo en Nápoles el joven Abrams vio cómo el famoso tenor italiano Enrico Caruso daba un golpecito con la punta del dedo a una copa de vino para arrancarle un tono puro, y enseguida se retiraba y rajaba la copa al cantar la misma nota. Este hecho notable le hizo pensar que había dado con un principio fundamental, que podía asociarse al diagnóstico médico y a las curaciones.

A. Abrams


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   En la escuela médica de la Universidad de Heidelberg, en la que más tarde había de ser condecorado con los máximos honores y con una medalla de oro, se encontró con el profesor de Sauer, el cual estaba dedicado a una extraña serie de experimentos con las plantas, muchos años antes de que Gurwitsch ideara su radiación mitogenética. De Sauer dijo a Abrams que, el transplantar esquejes de cebolla, había dejado sin querer algunas de las plantas arrancadas junto a las que seguían en pie. Dos días después advirtió que estas últimas, es decir, las que estaban junto a las plantas moribundas, tenían un aspecto distinto de las de enfrente. No podía explicarse aquello, pero Abrams tenía la seguridad de que las raíces descubiertas estaban emitiendo alguna radiación extraña, que relacionó mentalmente con el fenómeno de la resonancia de Caruso.

E. Caruso

   Cuando regresé a Estados Unidos, se dedico a la enseñanza de la patología en la escuela médica de la Universidad de Stanford, donde posteriormente fue designado director de estudios médicos. Era un magnífico diagnosticador y maestro del arte de la percusión, porque, con sólo percutir el cuerpo del paciente, encontraba en los sonidos resonantes las claves de su dolencia, cualquiera que fuese. Un día observó que, al conectar alguien un aparato cercano de rayos X sin previo aviso, acalló la nota que estaba captando de su percusión. Perplejo ante aquel detalle, dio la vuelta a su paciente y descubrió que el extraño apagamiento del sonido sólo ocurría cuando el hombre miraba al este y al oeste, pero que, si se le ponía mirando al norte y al sur, la percusión producía la nota resonante de siempre. Parecía haber una relación entre el campo geomagnético y los campos electromagnéticos de los individuos, como pasaba con los granos estudiados por Pittman en Alberta. Más tarde observó un efecto parecido con un hombre que tenía una úlcera cancerosa en el labio, aun sin que estuviese funcionando la máquina de rayos X.
   Al cabo de varios meses de experimentos con personas afligidas por enfermedades diversas, descubrió Abrams que las fibras nerviosas de la región epigrástrica no sólo reaccionaban contrayéndose al estímulo de los rayos X producidos por una máquina a varios metros de distancia, sino que parecían estar en contracción permanente cuando el enfermo tenía cáncer, salvo que se le colocase en dirección norte-sur. Ante esta semejanza, Abrams concluyó que las contracciones, que en el primer caso se debían a la energía radiante del instrumento de rayos X, obedecían, en el segundo caso, a la reacción de las moléculas vibrantes, que formaban el tumor canceroso.



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   Abrams rogó a su criado Ivor, que lo acompañó a clase, que subiese a la cátedra, se desnudase hasta la cintura y mirase hacia el oeste. Le percutió por encima del ombligo, e indicó a sus alumnos que escuchasen con cuidado la calidad hueca y resonante de la nota que estaba obteniendo. Entonces hizo que un joven medico sostuviese una muestra de tejido canceroso en ligero contacto con la frente de Ivor, retirándola a los pocos segundos y volviéndosela a acercar, él siguió percutiendo continuamente el abdomen del muchacho, y la clase se quedó asombrada al notar cómo la resonancia se convertía en sonido apagado cada vez que la muestra se acercaba a la frente de Ivor, debido indudablemente a la contracción de sus fibras musculares. Cambió entonces Abrams la muestra cancerosa por otra tuberculosa, pero la resonancia de la nota no varió. Sin embargo, cuando empezó a percutir el area inmediatamente por debajo del ombligo, se produjo el mismo efecto. Llegó a la conclusión de que un cuerpo humano sano podía recibir y registrar las ondas desconocidas de especímenes enfermos, y que éstos alteraban de alguna manera el carácter de sus tejidos.
   Después de unos meses de trabajo, pudo Abrams demostrar que era posible señalar en diferentes zonas del tronco de una persona sana como Ivor, una serie de reacciones electrónicas (así las denominó), que iban desde las del cáncer y la tuberculosis hasta las de la malaria y los estreptococos. De esto dedujo que la idea tradicional de que la enfermedad era de origen celular quedaba anticuada y había que descartarla. Sostenía en cambio que, como los componentes moleculares de las células experimentan una alteración estructural, concretamente un cambio en el número y disposición de sus electrones, desarrollan las características que sólo más tarde se hacen visibles al microscopio. Abrams no podía explicarse a qué se debía exactamente la alteración, ni lo sabe hoy nadie. Sin embargo, se imaginaba que podían descubrirse fuerzas para corregir las que consideraba aberraciones intramoleculares, y hasta posiblemente evitar que se produjesen.
   Después averiguó que la radiación de un espécimen patológico podía transmitirse, como la electricidad, por un cable de dos metros. Cuando un médico escéptico le intimó a que localizase exactamente una infección tuberculosa que tenía en el pulmón y que había estado tratándose en un sanatorio, Abrams le dijo que sostuviese un disco pegado a su frente, e hizo que otro estudiante pasase el segundo disco sobre el pecho del sujeto, hasta que la nota percutida cambiase de tono. El escéptico hubo de confesar que Abrams había localizado la infección a escasos centímetros.



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   Come el mismo punto del tronco de un sujeto sano no reaccionaba sólo a un espécimen patológico sino a varios, comenzó a idear Abrams un instrumento que pudiera establecer las diferencias existentes entre las longitudes de onda de todos los tejidos afectados de enfermedades especificas. Al cabo de unos meses de investigación, elaboró el reflexófono, como lo llamó, instrumento muy parecido al reóstato resistente eléctrico en variación constante utilizado para regular la corriente, capaz de emitir sonidos de timbre distinto, con lo cual no había necesidad de percutir un punto determinado del cuerpo.

Reflexófono

   Podrían ahora leerse en el dial diferentes enfermedades : 55 para un espécimen de sífilis, 58 para un tejido sarcomatoso, etcétera. Abrams indicó a su ayudante que mezclase los especímenes, y vio que podía seleccionarlos sin equivocarse, o sea, diagnosticar, con las lecturas de su indicador.
   Los avances de Abrams no sólo se anticiparon varias décadas a su tiempo, sino que contradecían directamente la filosofía médica entonces dominante. Su declaración de que, "como médicos no nos atrevemos a separarnos del progreso hecho en la ciencia física, ni segregar al ser humano de las demás entidades del universo físico", fueron tan incomprensibles para la mayor parte de sus colegas, como los pronunciamientos posteriores de Lakhovskv y Crile.
   Hizo otra revelación todavía más fantástica, cuando vio que podía diagnosticar con su instrumento las enfermedades del cuerpo humano, a base de una sola gota de su sangre. Más aún, transmítiendo por inducción el efecto de un reflexófono a otro que contenía tres reóstatos calibrados por unidades de 10, a 1 y 1/25, logró determinar no sólo la enfermedad de una persona, sino la etapa en que estaba.
   Más fantástico fue todavía el descubrimiento de Abrams, de que podia determinar por la sangre de una enferma de cáncer de pecho cuál era el pecho enfermo, con sólo que un sujeto sano percutido señalase con las yemas de sus dedos a sus propios pechos. De la misma manera, era capaz de señalar el sitio exacto de cualquier afección tuberculosa o de otro tipo, lo mismo sí estaba en los pulmones, que en el vientre, en la vesícula, en las vértebras o en cualquier otra parte del cuerpo.
   Un día, mientras demostraba ante los alumnos de su clase la reacción inducida por la sangre de un enfermo de malaria, de repente se volvió hacia ellos y dijo: "Bueno, aquí están presentes más de 40 médicos, quienes probablemente prescribirían quinina a un paciente de esta enfermedad; pero, ¿puede decirme alguno de ustedes cuál es la razón científica para hacerlo así?" Al no recibir contestación cogió unos cuantos granos de sulfato de quinina y los puso donde había estado la gota de sangre en el aparato.



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   Produjo exactamente el mismo sonido de percusión que la malaria. Colocó entonces el material malárico en el recipiente junto con un grano de quinina envuelto en papel de hilo. Ahora, la misma percusión produjo un sonido resonante. Abrams sugirió entonces a su clase que posíblemente las radiaciones emitidas por las moléculas de quinina anularon exactamente las de las moléculas maláricas, y que el efecto de la quinina en la malaria obedecía a una ley eléctrica desconocida e insospechada, que debía ser objeto de investigación intensiva. Otros antidotos conocidos se comportaron de manera semejante, por ejemplo, el mercurio contra la sífilis.
   Abrams sabia que, si lograba confeccionar un instrumento emisor de ondas semejante a una estación de radio, capaz de alterar el carácter de las ondas proyectadas por el tejido maláríco o sifilítico, estaría en condiciones de anular sus radiaciones lo mismo que la quinina o el mercurio.
   Aunque al principio creía que "esto superaba la capacidad y el genio del hombre", con el tiempo llegó a construir un osciloclast, con la ayuda de un amigo, Samuel O. Hoffman, distinguido ingeniero investigador de radio, que se hizo famoso en la Primera Guerra Mundial arbitrándo un método único para detectar los zepelines alemanes que se aproximasen a la costa de Estados Unidos, aunque estuviesen a gran distancia. Este osciloclast, o rompedor de ondas, podía emitir ondas capaces de curar los males humanos, alterando o anulando las radiaciones de diversas enfermedades. En 1919. Abrams comenzó a enseñar su uso a los médicos, quienes lo consideraron punto menos que milagroso, por que ni ellos ni él podían explicarse exactamente cómo efectuaba las curas.

OsciloclasOsciloclas

   Abrams dio a conocer el año 1922 en el Physico-Clinical Journal que por primera vez había hecho por los hilos telefónicos el diagnóstico de un paciente a kilómetros de distancia de su consultorio, sin más que una gota de sangre suya y el análisis de sus ritmos vibratorios realizados con sus instrumentos. Esta noticia un tanto truculenta terminó por desencadenar la ira de la AMA (Asociación Médica Norteamericana) que publicó en su revista un artículo difamatorio, motejando a Abrams de charlatán. El artículo fue después reproducido en el British Medical Journal, de Inglaterra.
   Esto fue causa de que sir James Barr, antiguo presidente de la Asociación Médica Británica - que había empleado con éxito los métodos de Abrams - escribiese en contestación : "Ustedes muy rara vez citan al Journal of time American Medical Association, y era de esperar que, cuando lo hiciesen, escogiesen un tema más serio que esa diatriba ignorante contra un médico eminente, contra el mayor genio, en mi opinión, de la profesión médica".



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   Barr teminaba diciendo que, algún día "los editores médicos y los de la profesión médica empezarán a convencerle de que había algo más en las vibraciones de Abrams que lo que ellos soñaran en su filosofía".
   Los principales descubrimientos de Abrams mostraron que toda la materia es radioactiva, y que las ondas generales pueden captarse en el espacio utilizando los reflejos humanos como detectores; y además, que, en muchos estados morbosos, se encuentran siempre zonas insensibles un determinados lugares del cuerpo del paciente.
   Cuando murió Abrams en 1924, continuó la campaña de desprestigio contra él en Estados Unidos, en 18 números consecutivos del Scientific American. Una de las insinuaciones más malévolas, fue la de que la caja de Abrams había sido diseñada con el objeto exclusivo de hacer el gran negocio, vendiéndosela a médicos incautos y al público ignorante. Nadie hizo alusión alguna a que Abrams, millonario ya de por sí, había escrito a Upton Sinclair, uno de sus defensores norteamericanos, que iba a donar sus aparatos, sin remuneración alguna por su trabajo, a cualquier instituto que desarrollase la caja de Abrams en beneficio de la humanidad.
   Las sanciones contra Abrams y su obra espantaron a todos los médicos norteamericanos, excepto a una pequeña minoría, integrada en su mayor parte por quiroprácticos de criterio independiente, o como gustan de ser llamados médicos sin drogas.
   Pero, una generación después de haber muerto Abrams, uno de ellos, que vivía en el área de la bahía de San Francisco, recíbió la visita de Curtís P. Upton, ingeniero civil, que había estudiado en Princeton, cuyo padre era socio de Thomas Alva Edison. Upton empezó a pensar si el extraño aparato que curaba las enfermedades humanas no podría aplicarse a combatir las plagas del campo. El verano de 1951, en compañía de su condiscípulo de Princeton, William J. Knuth, especialista electrónico procedente de Corpus Christi, Texas, se fue en su coche a las plantaciones de algodón - unas 12.000 hectáreas - de Cortaro-Marana, cerca de Tucson, Arizona. Descargaron de la cajuela de su vehículo un misterioso instrumento en forma de caja, como del tamaño de una radio portátil, con sus diales y antenas. Sólo que esta vez fueron más lejos que Simoneton y Mclnnes. Iban a intentar operar sobre el campo, no directamente, sino por medio de fotografías.
   Se colocó en una lámina colectora sujeta a la base del instrumento, una fotografía aérea del campo, junto con un agente venenoso para las plagas del algodón. Los diales se instalaron de manera especial.



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   El objeto era limpiar de plagas el campo sin apelar a insecticidas químicos. La teoría en que se inspiraba el sistema tan avanzada y extraña como todo lo que se refiere hasta ahora a la naturaleza de las plantas, era que la composición molecular y atómica de la emulsión de la fotografía resonaba a las mismas frecuencias que los objetos representados en ella. Aunque los ingenieros norteamericanos no lo sabían, este descubrimiento había sido hecho ya por Bovis en el decenio de 1930. Afectando a la fotografía con un agente que constituyese un veneno conocido para las plagas del algodón, creían que las plantaciones quedarían inmunizadas contra las plagas. Como la cantidad de veneno era infinitesimal en comparación con las hectáreas fotografiadas, pensaban que operaba, como si dijésemos, en dosis homeopáticas, casi simbólicas.
   La homeopatía es una forma de tratamiento, que se debe a Christian Samuel Hanemann, médico famoso nacido en Meissen, Sajonia, en 1755. Fue también químico, lingúista, traductor de obras de medicina y autor de un vocabulario farmacéutico. Tuvo problemas serios con la institución equivalente entonces a la Administración de Alimentos y Drogas de Estados Unidos, cuando descubrió que pequeñas dosis de lo que producía los síntomas de una enfermedad en los seres humanos podían curarlos. El descubrimiento original se realizó por accidente, cuando la condesa de Chinchón, esposa del virrey español del Perú, se curó de la malaria con una infusión de corteza de un árbol local, que le produjo los mismos síntomas que la enfermedad. El remedio, que recibió el nombre de corteza de Chinchón, fue vendido después por monjes españoles a la gente rica, que pagaba su peso en oro; pero a los pobres, se lo regalaban.

C.S. Hanemann

   Intrigado por este nuevo enfoque de la medicina, Hanemann se dedicó a la búsqueda metódica de plantas, hierbas, cortezas o cualquier sustancia, incluso el veneno de víboras, que pudieran producir síntomas parecidos a los de una enfermedad conocida, y con pequeñas dosis de esta sustancia llegó a realizar curas casi milagrosas. Vio que la belladona era un remedio contra la escarlatina, la "pulsatilla" contra el sarampión, y el jazmín contra la gripe. Tan extraordinarias como sus curas, fue su descubrimiento posterior de que, cuando más diluido estuviese un remedio más poder y eficacia tenía, aunque la solución fuese de uno por un millón. Rudolf Hausehka lo explica, diciendo, que la materia es una condensación o cristalización de fuerzas cósmicas, estas fuerzas se hacen naturalmente más poderosas al liberarse de su confinamiento material, como las burbujas que se escapan explosivamente de una botella.



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   Como buen químico, Hanemann empezaba por disolver el tinte de alguna corteza, raíz, resma, simiente o goma en 99 partes de alcohol puro. Con esto, obtenía una potencia de una centésima, como la llamaba. Después diluía una parte de este liquido en 99 de un disolvente. Tras repetir el proceso tres veces, obtenía una solución de una millonésima parte del líquido disolvente. El producto, por una razón misteriosa inclusive para él, era mucho más potente. Hausehka explica en parte el secreto de Hanemann, por la forma rítmica y matemática en que agitaba sus soluciones, porque el ritmo produce el mismo efecto que en los humanos la liberación del espíritu, de las muletas del cuerpo.
   Pero las autoridades apenas tomaron en cuenta a Hanemann. Ya estaba bastante desprestigiado ante sus colegas médicos porque consideraba que las sangrías y las ventosas eran un timo; pero después provocó las iras de los boticarios, puesto que no les convenía en absoluto vender los remedios en cantidades tan minúsculas. En cuanto llegó al público el descubrimiento de Hanemann a través de la publicación del médico personal de Goethe, el doctor Hufeland, el Gremio de Boticarios (precursores de nuestros farmacéuticos modernos) se las arregló para que Hanemann compareciese ante los tribunales, fuese declarado culpable se le prohibiese ejercer la medicina y fuese condenado a salir de la ciudad.
   El año 1951, apenas había en Tucson un científico que creyese que los procesos protectores de Upton y Knuth representaban defensa alguna contra las plagas del campo. Sin embargo, los dos ingenieros siguieron adelante, repitiendo el proceso con fotografías aéreas que cubrían la zona compacta de 1.600 hectáreas, propiedad de la Cortaro Management Company, una de las empresas algodoneras más fuertes de Arizona. Los ejecutivos de la compañía estaban corriendo el riesgo de que, si las doce variedades de plagas que normalmente atacaban sus plantaciones de un valor de un millón de dólares podían combatirse por un procedimiento tan sencillo, se ahorrarían 30.000 dólares al año, al eliminar los insecticidas.
   Durante el otoño, el Weekend-Reporter de Tucson publicó una ilustración a dos páginas con el siguiente titular: "Vale la pena al algodonero jugarse un millón de dólares". En el articulo se decía que cierto "tipo Buck Rogers de control electrónico de las plagas" había permitido a la Cortaro aumentar en casi el 25 por ciento la cosecha de algodón sobre el promedio. W. S. Nichols, presidente de la compañía, afirmó que, además, el algodón tratado de esta manera tenía aproximadamente el 20 por ciento más de semilla: "Posiblemente era el resultado de no destruir las abejas, sobre las cuales no parece ejercer efecto alguno el proceso radiónico". Decía además que casi no se habían visto ya culebras en las zonas sometidas a este extraño tratamiento.



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   En la costa oriental de Estados Unidos, Howard Armstrong, condiscípulo de Upton también en Princeton, que se había hecho químico industrial y había realizado muchos inventos, decidió probar el método de su amigo en Pensilvania. Después de tomar una foto aérea de un maizal atacado por escarabajos japoneses, cortó con las tijeras una esquina y dejó el resto junto con una pequeña cantidad de rotenona - veneno contra los escarabajos extraído de las raíces de cierta enredadera asiática llamada en japonés "roten" - en la placa colectora de uno de los aparatos radiónicos de Upton.
   Después de varios tratamientos de cinco a diez minutos con los diales de la máquina preparados para lecturas específicas, una cuenta minuciosa de los escarabajos reveló que entre el 80 y 90 por ciento habían muerto o desaparecido de las plantas de maíz "tratadas" con fotos. Las que quedaban en la esquina cortada de la misma siguieron infestadas en un 100 por ciento.
   B. A. Rockwell, director de investigaciones de la Pennsylvania Farm Bureau Cooperatíve Association, de Harrisburg, escribió después de haber sido testigo del experimento : "Dominar las plagas de insectos a una distancia de 50 kilómetros sin peligro alguno para el hombre, las plantas y los animales, parecería quizá una realización sin paralelo hasta ahora en el control científico de los insectos dañinos para la vegetación. Para un individuo con 19 años de experiencia en el campo de la investigación, esto sería una hazaña irreal, imposible, fantástica y descabellada. Y sin embargo, el autor ha contado cuidadosamente las plantas de maíz tratadas y no tratadas, y ha comprobado definitivamente que la proporción de la eliminación de la plaga fue de 10 por 1 a favor de las plantas tratadas."
   Upton, Knuth y Armstrong combinaron sus talentos y las primeras letras de sus nombres, para formar la UKACO, Inc. El objeto de la nueva compañía era combatir las plagas por el nuevo método, tan científicamente inexplicable, como sencillo y barato. La compañía recibió el apoyo del general Henry M. Gross, uno de los ciudadanos más distinguidos de Harrisburg, presidente del Consejo del Servicio Selectivo, del estado de Pensilvania.
   En el oeste, Upton y Knuth efectuaron contratos con 44 cultivadores de alcachofa, para tratar sus cosechas contra las polillas depredadoras. Se concertaron a base de "si no hay control de la plaga, no hay paga". Todos los cultivadores pagaron un dólar por acre, fracción pequeñísima de los costos de los riegos y aspersiones convencionales. Rockwell hizo la siguiente declaración en Pensilvania : "Como los agricultores generalmente no pagan un servicio hasta que no lo reciben, éste es el mejor testimonio en pro del proceso UKACO, que conozco."



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   Convencido de que aquél iba a ser un procedimiento totalmente nuevo para controlar las plagas del campo, Rockwell firmó contratos con sus colegas agricultores para organizar una larga serie de experimentos bajo su supervisión. En 1949 en el Camp Potato de la cooperativa del condado de Potter, y en la hacienda Fairview de Eaton, los campos de patatas tratados por el procedimiento UKACO rindieron un 30 por ciento más que los tratados siete veces con insecticidas corrientes, a cuya ganancia hay que añadir además el ahorro considerable de productos químicos.
   El año siguiente, aprendieron los miembros de la división de investigaciones del Farm Bureau a manejar el equipo UKACO, y obtuvieron cosechas mayores en un 22 por ciento que las de los campos regados con insecticidas. En las pruebas realizadas en Hershey Estates, Rancho No. 40, y en el rancho avícola de la organización, se logró un 65 por ciento de control de la plaga del perforador europeo del maíz en dos maizales, cuyas plantas se contaron, logrando así un resultado al que jamás se llegó con ningún otro procedimiento.
   En Eatonville, Florida, el director de agricultura de la escuela infantil de Hungerford, graduado en agricultura por la Universidad de Tallahassee, utilizó también este método con éxito para combatir los gusanos pestilentes de las berzas de la escuela, y los escarabajos voladores de sus nabos.
   Ante estos resultados, el nuevo método atrajo la curiosidad del puesto de investigaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, de Beltsville, Maryland, uno de cuyos funcionarios, el doctor Truman Hienton, llamó al general Gross para decirle que le gustaría averiguar cómo lograba sus resultados el método UKACO. Cuando llegó Hienton a Harrisburg con dos de sus colegas doctores en filosofía, les dijeron que el principio en que se basaba se relacionaba de alguna manera con el de las emisiones de radio. Pero, cuando preguntaron a Armstrong a qué longitud de onda radiaba sus tratamientos, hubo de contestar que no sabía. Entonces, los científicos se volvieron chasqueados a Belstville.
   Durante el verano de 1951. Armstrong recorrió el Valle de Cumberland, tratando los maizales y todo lo que le indicaron los agricultores. Tuvo tal éxito que, cuando los vendedores de insecticidas visitaron los campos tratados, les dijeron que ya no necesitaban sus productos. Los mismos agricultores operaron muchos de los aparatos que dejó Armstrong en su poder. Esto evidentemente hizo resentirse a la industria norteamericana de insecticidas, que reaccionó aquel invierno a la nueva tecnología de UKACO lo mismo que la industria británica de fertilizantes a las recomendaciones de sir Albert Howard.



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   El órgano de la industria, Agricultural Chemicals, publicó un artículo en enero de 1952, acusando de fraudulento al método. Cuando se preguntó a Rockwell por qué no podían obtener los mismos resultados otros organismos desinteresados, como decía el articulo en cuestión, contestó : "He estudiado lo suficiente para distinguir un escarabajo japonés muerto a simple vista."
   En marzo de 1952, 50 líderes agrícolas del condado de York se reunieron para escuchar con muecas de escepticismo la conferencia que durante dos horas estuvo pronunciando ante ellos R. M. Benjamin, secretario ejecutivo del Pennsylvania Farm Bureau, en la cual les aseguró que podía extinguir o alejar diversas plagas de insectos por lo que parecía control remoto electrónico. Aportó datos fehacientes y testimonios, uno de ellos firmado por el secretario de Agricultura de Pensilvania, Miles Horst, que declaraba haber obtenido resultados eficientes en un rosal de su jardín infestado por escarabajos japoneses. Aunque muchos de los presentes se burlaron al principio de Benjamin, y uno dijo incisivamente que, a lo mejor lo que necesitaban los maizales era una inyección de fe, antes de terminar la reunión, todos estaban convencidos de que debía probarse el procedimiento el verano inmediato.
   Cuando el Dispatch de York, que publicó un reportaje de la reunión, solicitó una opinión oficial del Departamento de Agricultura sobre el procedimiento UKACO, recibió la extraña respuesta de que el departamento no tenía fe en el método. G. S. Bishopp, director adjunto del Agricultural Research Administration's Bureau of Entomology and Plant Quarantine, dijo en una carta que uno de los empleados de la oficina había observado los experimentos realizados por Knuth y Upton en el sudoeste, y comprobó que la plaga no estaba controlada. Añadía que "aunque no hemos tenido oportunidad de examinar detalladamente el aparato, ni de probarlo ... nos han llegado también a nosotros una porción de informes adversos sobre las pruebas realizadas por la compañía." Y citó un artículo del Arizona Farmer, titulado : "Fiasco de los desinsectizadores electrónicos. El promotor de la - Caja Mágica Negra - sale del Panhandle de Texas, al ver los algodoneros que no funciona."
   Una semana después, Bishopp escribía otra carta al Dispatch de York, porque iban a continuar las pruebas planeadas para el verano de 1952, y le parecía que no se había expresado convincentemente en la misiva anterior : "Con nuestro conocimiento limitado de la radiación para combatir plagas e insectos, creemos sinceramente que los triunfos de esta compañía son exagerados.



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   Surge naturalmente la cuestión de por qué sigue organizando pruebas a gran escala, sin que primero valoren su método las autoridades competentes. Deseamos vivamente que no se distraiga la atención de los labradores con métodos extraños en este momento critico, cuando hay prácticas de control de insectos perfectamente acreditadas." La intención de Bishopp era indudablemente valerse de su autoridad para prejuzgar y condenar mi proceso, que, segun él mismo decía, no conocía de primera mano.
   Rockwell no negó nunca que no siempre tuviese éxito el proceso radiónico, él mismo declaró sin ambages al periódico que algunas pruebas podían fracasar por interferencias de los tubos existentes de irrigación, por los cables de alta tensión, deficiencias de los transformadores, vallas de alambre, radar, testos de plantas y otras condiciones del suelo; y añadía que, como todavía no habían concedido la patente a la UKACO, no estaba en libertad de discutir con el centro de investigaciones de Beltsville.
   Aquella misma primavera, los tres socios de la UKACO y el general Gross instituyeron una fundación sin carácter lucrativo para continuar su trabajo contra las plagas. Por la cantidad homeopática de las sustancias empleadas, se llamó Fundación Homeotrónica, a indicación del doctor William J. Hale, antiguo jefe de investigaciones de química orgánica de la Dow Chemical Corporation.
   Entre tanto, y a pesar de las declaraciones de Bishopp, el doctor Hienton volvió a llamar al general Gross para decirle que conocía informes extraordinariamente favorables sobre el trabajo realizado por Armstrong el año anterior en el Valle de Cumberlaud, y no sabía qué podía hacer la estación de investigaciones agrícolas de Belstville para ayudar a la UKACO. Gross propuso que el cuerpo de investigaciones del gobierno mandase cinco representantes para que trabajasen todo el verano con otros cinco empleados de la UKACO, cada uno de los cuales debía tratar campos de diversos condados de Pensilvania. Observando asiduamente el método y los resultados obtenidos, podían perfectamente dictaminar si la UKACO tenía razón en cuanto a la eficiencia de su tratamiento. Pero, en lugar de aceptar la oferta, Hienton decidió comisionar a un empleado del USDA (Departamento de Agricultura) de Nueva Jersey, el doctor E. W. Seigler, para supervisar con un ayudante, de forma esporádica, las operaciones de la UKACO.
   Durante la temporada de 1952, fue tratado el maiz de una extensión total de 1.420 acres (cerca de 600 hectáreas), que pertenecían a 61 agricultores de cinco condados : se examinaron 78.360 plantas. Los empleados de la nueva Fundación Homeotrónica trabajaron con empleados del Pennsylvania Farm Bureau, y con uno de la Farm Bureau Association del estado de Ohio. Por fin aparecieron los del USDA el 7 de agosto.



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   El doctor Seigler eligió al azar un faizal del condado de York, propiedad de la Bittinger Cannery, y comparó el maíz tratado con el otro. En cuatro surcos que tenían un total de 400 plantas, encontró 346 dañadas por los escarabajos en la parte no tratada; en la tratada, en cambio, sólo quedaban 65 dañadas. En otro campo, propiedad del rancho avícola del Pennsylvania Farm Bureau, los resultados fueron respectivamente 339 y 64. Al visitar y examinar otras áreas, quedó confirmado el éxito del nuevo procedimiento, a excepción de un campo, en que, por motivos que no pudieron explicarse no dio resultado. En total, hubo un 92 por ciento de éxito en cuanto al control de escarabajos japoneses, y un 58 por ciento en cuanto al de los perforadores del maíz.
   El equipo de la UKACO estaba feliz de que, por fin, los resultados fuesen comprobados por las autoridades agrícolas gubernamentales. Pero el doctor Seigler rogó a la empresa que no publicase los resultados en el Pennsylvania Farm Bureau Journal, hasta que Beltsville no diese a conocer su informe. Pasaron varias semanas sin que llegase informe alguno, y el general Gross llamó a Beltsville pidiendo 30 copias. Pero Bishopp, en lugar de mandárselas, escribió una lacónica carta a Rockwell, diciéndole que, como no se había hecho conten alguno de las plantas de maíz antes del tratamiento, los informes cursados desde Pensilvania por sus mismos investigadores carecían de valor.
   Como los de Pensilvania sabían que constaba perfectamente a Beltsville que se habían tomado las fotografías y se había iniciado el tratamiento mucho antes de que apareciesen los escarabajos japoneses y hasta las mismas mazorcas, les sorprendió la actitud del USDA. Les pareció que lo que se proponía el Departamento de Agricultura era sofocar en ciernes el tratamiento UKACO. Varios grandes clientes en perspectiva llamaron a Beltsville para que les diesen su opinión sobre el caso, y les contestaron que todo había sido una mentira, que había fratasado totalmente.
   Después se enteró Armstrong de que diversos representantes de empresas insecticidas, de acuerdo con empleados del USDA, habían estado visitando a los agricultores de la costa oeste, para decirles que el método UKACO que habian utilizado era un fraude de arriba abajo. El equipo de la UKACO llegó a la conclusión de que se estaba obstaculizando su trabajo directa e intencionadamente desde Beltsville, y que la industria insecticida estaba presionando fuertemente al gobierno en Washington para acabar con los nuevos métodos de control de plagas, que tan peligrosamente amenazaban sus intereses y su negocio. Tan eficaz fue la campaña de desprestigio, que la UKACO tuvo dificultades en buscarse nuevos clientes, porque una legión de agentes del USDA estaban haciendo propaganda contra la empresa entre los agricultores.



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   Mientras tanto, Upton, cuya solicitud de patente había sido rechazada "por falta de datos convincentes aportados por especialistas calificados de formación científica", presentó un suplemento de 22 páginas para apoyar su razón. En él decía que "es difícil definir con exactitud la naturaleza y el mecanismo de los nuevos métodos", y exponía que "comprenden el estudio y el uso de ciertas fuentes de energías fundamentales capaces de afectar a las moléculas, átomos y electrones con sus características frecuencias de resonancia de potencia armónica, en que cada partícula de materia exhibe su frecuencia peculiar en virtud de una polaridad controlada en un campo magnético de movimiento".
   En apoyo de su exposición, los inventores citaron la obra del doctor Edward Purcell, galardonado junto con el doctor Félix Bloch en 1952 con el Premio Nobel de física, el cual publicó un articulo en el número de Science News Letter correspondiente al 15 de noviembre, sobre la frecuencia resonante característica de los elementos, cuando resonaban en campos magnéticos seleccionados,y un informe sobre la obra del doctor Bloch, quien, en virtud de un proceso denominado inducción nuclear, logró convertir partículas atómicas en transmisores infinitesimales de radio, cuyas emisiones podían captarse en los receptores, si se ampliaban debidamente. Upton estaba casi seguro de que su tratamiento radiotónico, como lo llamaba, operaba a base del tipo de energía que estudió Bloch, el cual, escribía, "no ha sido reconocido hasta ahora por la ciencia, particularmente en sus aplicaciones a las estructuras moleculares de naturaleza compleja de la vida vegetal y animal".

F. BlochE. Purcell

   Aseguró que la actividad de los especialistas electrónicos y el descubrimiento de los potenciales por medio de aparatos delicados había demostrado desde hacia mucho tiempo la existencia y mensurabilidad de las diversas amplitudes de la potencia eléctrica en los seres vivientes, y citó los escritos de los doctores George Washington Crile y Harold Saxton Burr.

G.W. CrileH.S. Burr

   Al ser inútiles todos estos razonamientos para conseguir la patente, el general Gross aprovechó sus contactos con los consejos de administración de algunas compañías principales industriales de la nación, y logró que se elevase el asunto a la consideración de científicos importantes del gobierno, entre ellos, Vannevar Busch, asesor científico del presidente Eisenhower. Al explicarles Gross las realizaciones de la UKACO, diciéndoles que se basaban en la idea de que todas las partículas de materia tienen su frecuencia característica, como tan enérgicamente sostenía el doctor Crile, ellos le contestaron tozudamente que los resultados de que alardeaba la UKACO eran materialmente imposibles.



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   Gross invitó cortésmente a los científicos a que fuesen a Harrisburg y hablasen con Rockwell y con los campesinos cuyas cosechas habían sido protegidas radiotónicamente, pero ellos no aceptaron. Tampoco tuvo éxito Gross con el director de la institución Carnegie de Washington, quien le contestó apodíc- ticamente que no había nada en la ciencia de la electrónica que abonase la eficiencia del proceso.
   El doctor Willard F. Libby, inventor de la técnica del carbono 14 para fechar objetos antiguos, y que pronto iba a merecer el Premio Nobel de química, después de escuchar a Gross con toda atención, le dijo desalentadoramente, aunque con exactitud y razón quizá, que iba a costar más de un millón de dólares investigar la caja.

W.F. Libby

   Lo que también alarmó tal vez al gobierno, fue la idea de que, si podía matarse radiando veneno desde una foto a un enjambre de insectos que atacase un plantío, la misma técnica podría aplicarse militarmente a concentraciones de tropas enemigas y a ciudades enteras en tiempo de guerra. Todas estas razones, junto con los esfuerzos estudiados del gobierno por disuadir, al parecer con éxito, a los campesinos de adoptar las nuevas tácticas contra insectos, obligó a la UKACO a cerrar sus puertas. Pero la historia de lo que iba a llamarse radiónica estaba empezando nada más.
   Treinta años antes de la muerte de esta empresa, un joven ingeniero de la Kansas City Power and Light Company, llamado T. Galen Hieronymus - una de las primeras personas a quienes se concedió licencia de operador amateur de radio antes de la Primera Guerra Mundial - fue invitado por su vecino, cierto doctor Planck, a armar varias piezas de una instrumentación, que requería componentes precisos, como bandas de plata cortadas al milímetro, y espirales perfectas. Fuera de hacer alusión a un misterioso genio médico de San Francisco, con el cual había estudiado nuevas técnicas fantásticas para tratar las enfermedades, Planck no indicó a su joven mecánico cuál era el objeto de aquellos instrumentos. Sólo después de morir Planck, cuando su esposa invitó a Hieronymus a entrar en su casa para que viese aquel taller abarrotado de piezas extrañas que no le valían para nada, él seleccionó las que le interesaron y se enteró de la finalidad de todo aquel equipo, y de que el nombre del cirujano desconocido era Albert Abrams.

T.G. Hieronymus

   Mientras tanto, una vivaz quiropráctica de Los ángeles, la joven doctora Ruth Drown, estaba también modificando algunos detalles de los aparatos de Abrams.



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   Su realización más notable, fue una cámara para tomar fotos de los órganos y tejidos de los pacientes, sin utilizar más que una gota de su sangre, aunque estuviesen a centenares y millares de kilómetros. Lo más extraordinario era que servia para fotos de corte transversal, imposibles de tomar con rayos X. Aunque obtuvo una patente inglesa por su aparato del siglo XXI, las autoridades de la FDA no le dieron más importancia que a cualquier patraña de ciencia ficción, y le fue confiscado el equipo en los primeros años del decenio de 1940. Para tener la seguridad de que la cosa trascendía a la prensa, estas autoridades hicieron que estuviesen presentes en la escena algunos reporteros de la revista Life, los cuales presentaron a la doctora Ruth Drown como a una charlatana. Ella murió de pena, siendo un genio mas cuyo mérito no había sido reconocido.

R. Drown

   Mientras trabajaba Drown en California, otro seguidor de Abrams, un médico Chicago llamado G. W. Wiggelsworth se dedicó - con la ayuda de su hermano ingeniero electrónico, que al principio consideró el oscilaclast como un verdadero fraude, pero que por fin se convenció de su eficacia - a perfeccionar la caida de Abrams, poniendo en lugar de espirales de resistencia condensadores variables, cambio que mejoraba enormemente la sintonización, como pudo comprobar, Llamó a este nuevo aparato pathoclast, o destructor de enfermedades, y quienes lo adoptaron formaron una Asociación Pathométrica.
   Por los años treinta, Glen Wills, quiropráctico de Arkansas, comerciante y promotor próspero, que introdujo el método de la incubación de pollos en jaulas o baterías, estuvo presente en una conferencia que pronunció Hieronymus sobre la teoría electrónica en la Asociación Pathométrica. Wills compró a Wiggelsworh la Asociación, y preguntó a Hieronymus si era capaz de fabricar una versión modificada y más completa del patoclast.

Pathoclast

   Ya había hecho Hieronymus un estudio minucioso de las extrañas energías emitidas, no por los tejidos sanos o enfermos, sino por los metales. Basándose en su teoría, se llevó de casa los objetos que pudo de plata fina, como cucharas rotas, saleros, servilleteros, en fin cuanto pudo atrapar sin que se enterase su mujer, y los encerró en una pradera de Kansas.
   Después, como sabía la localización exacta de la plata, se puso a trabajar hacia atrás, como dice él mismo, tratando de buscar sus emanaciones. Con gran sorpresa vio que de cuando en cuando se le perdía la energía emanada, y al no dar con ella, creía que algún perro había excavado su tesoro y se lo había llevado. Pero, horas más tarde, la energía volvía a irradiar tan poderosamente como siempre.



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   Con su mente ecléctica, se puso a pensar si no se debería aquello a que la energía era indetectable en ciertas ocasiones porque proyectaba sus radiaciones hacia abajo, hacia el centro de la tierra, en lugar de hacia arriba. Para averiguarlo, clavó oblicuamente en la tierra una vara de acero de dos metros y medio, de forma que pasase por debajo del depósito de plata, y sujetó a la vara su aparato. Cuando ésta llegaba al nivel de la plata o por debajo de ella, en el aparato se marcaba un aumento de energía; cuando empujaba la vara a cierta distancia por encima de la plata, no se registraba energía alguna.
   Tomando medidas durante varías semanas, observó que la energía de la plata parecía desviarse hacia abajo durante unas horas cada dos días y medio. Consultando un almanaque, descubrió que el ciclo de las desviaciones estaba en relación con las fases de la Luna. Lo que había averiguado Pfeiffer sobre la influencia lunar en las plantas parecía aplicarse también a los metales.
   Siguió trabajando Hieronyrnus con su metal enterrado, y se convenció de que estas energías estaban influidas fuertemente por la atracción magnética, como en los experimentos de Abrams. Por lo tanto, por lo menos dos investigadores del siglo XX, un médico, como Mesmer, y el otro un hombre de laboratorio, como Reichenbach, parecían haber redescubierto el vinculo entre el magnetismo maneral y el "magnetismo animal".
   Hieronnymus sospechaba que la energía desconocida emitida por los metales pudiera relacionarse de alguna manera con la luz solar; como podía transmitirse por cables, era posible que ejerciese algún efecto sobre el desarrollo de las plantas.
   Para averiguarlo, colocó algunas cajas forradas de aluminio en el oscuro sótano de su casa de Kansas City. Conectó algunas de ellas a una cuba de agua y, por medio de cables separados de cobre, con planchas metálicas expuestas a la luz solar directa fuera de la casa. Las demás cajas no fueron conectadas. En todas ellas sembró Hieronymus semillas cereales. Las de las cajas conetadas se desarrollaron vigorosamente en plantas lozanas. Las no conectadas estaban anémicas y marchitas, sin brizna de verdor.
   Esto llevó a Hieronymus a deducir la revolucionaria conclusión de que lo que producía el desarrollo de la clorofila en las plantas no podía ser la misma luz solar sino algo asociado con ella, que podía transmitirse por cables, lo cual no era posible con la luz. No tenía idea de la frecuencia que esta energía ocuparía en el espectro electromagnético, ni siquiera si estaba relacionada con él.
   Al continuar fabricando instrumentos para los médicos y experimentando con ellos, fue convenciéndose cada vez más de que la energía modulada en aquellos aparatos no tenía relación con el electromagnetismo.



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   Llegó a la total certidumbre, al ver que se producía un corto circuito en el aparato cuando lo bañaba la luz del sol, lo mismo ocurre con un aparato de radio sumergido en un baño de agua.
   Después diseñó Hieronymus un analizador especial, primero con lentes y finalmente con un prisma, por medio del cual identificaba las radiaciones que emitían muchos de los elementos de una gráfica periodíca de Mendeleyev. Descubrió que, cuando la energía se refractaba en un prisma, operaba de la misma manera que la luz, sólo que los ángulos de refracción eran mucho más agudos, y que la energía de los diversos elementos le atravesaba a ángulos de refracción en el mismo orden que los contenidos de sus núcleos. Al ver que podía detectar una sustancía sólo por su radiación, se convenció de que la enfermedad quedaba destruida con el aparato de Abrams y sus derivados, "en virtud de un ataque radiactivo sobre la energía que mantiene reunidas las estructuras moleculares".
   La frecuencia de emanación, o ángulo de refracción, está en proporción exacta con el número de partículas del núcleo de un elemento, afirma Hieronymus. Por lo tanto, de las frecuencias o ángulos de refracción de las sustancias complejas, puede deducirse lo que contienen. La energía emitida no se atenúa, como la energía electromagnética, en relación inversa al cuadrado de la distancia de su fuente. Irradia sólo a cierta distancia, según sea el objeto de que procede, la dirección que toma y la hora del día en que se mide. Sin embargo, algo modifica la cantidad de radiación emitida, de la misma manera que la niebla, el humo u otros materiales que alteran la densidad del aíre en nuestra atmósfera modifican la intensidad de la luz, cualquiera que sea su fuente.
   Al intentar describir esta radiación, se le ocurrió a Hieronymus al principio esta complicada explicación: "Una energía que obedece a algunas leyes de la electricidad, pero no a todas, y a algunas leyes de la óptica, pero no a todas". Para no tener que andar repitiendo los términos, inventó la expresión, energía elóptica.
   Esta energía, concluyó, estaba de alguna manera asociada con la electromagnética, aunque era independiente de ella. Por su diferencia, dedujo que sus espectros, de frecuencia estaban necesareamente relacionados. Decidió que la energía elóptica con todas sus longitudes de onda era un medio magnifico, el cual "podía ser el mismo que solían describir los ingenieros y físicos electrónicos como el éter puesto en acción a armónícas más altas que las experimentadas hasta entonces".



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   En los primeros años del decenio de 1940, Hieronymus solicitó la patente de su invento. Consistía éste fundamentalmente en un método y en un aparato "que tenía relación con el arte de detectar la presencia, y medir la intensidad o cantidad de cualquier elemento conocido de sustancia material, aislado o en combinación con otros, lo mismo en estado sólido que líquido o gaseoso." Por si alguien quería apoderarse de su idea, hacia una importante salvedad en cuanto a su aplicación, diciendo que el aparato depende preferiblemente del elemento del tacto, y por tanto, de la destreza del operador.
   Es que el operador tenía que golpear un detector, que, en lugar del abdomen del sujeto de Abrams, era, expresado al pie de la letra en el absoluto estilo exigido por la oficina de patentes, "preferiblemente un conductor eléctrico recubierto de un material dotado de características tales que, bajo la influencia de la energía que fluye a lo largo de la porción conductora, cambie la tensión o viscosidad de su superficie, y manifieste de alguna manera la presencia de esa energía que fluye a lo largo de la porción conductora, produciendo una mayor resistencia al movimiento de cualquier parte del cuerpo de los operadores, como su mano o sus dedos".
   No se entendía qué era lo que pasaba realmente con el detector para que aumentase o disminuyese su resistencia al tacto del operador, pero, según explicaba a medias el texto, "el aparato funciona ... y por tanto, se produce un analizador positivo de radiaciones atómicas, aunque no se conozca del todo el principio en que se basa".
   Fue invitado Hieronymus en 1946, menos de un año después de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, a explicar su nueva procedimiento por la estación de radio WHAM de Kansas City, y allí rindió un tributo cálido a Abrams. "hace unos veinte años fue realizado por un hombre de California un descubrimiento - dijo - tan difícil de creer, sobre todo para los que no quedan creerlo, que el mundo quedó paralizado durante muchos años por su incredulidad. Unos cuantos, sin embargo, se hicieron eco de la idea original, hasta el extremo de que hoy es tan importante, en realidad, más importante para la humanidad que la bomba atómica, porque ésta representa la destrucción de la humanidad, y la otra la prolongación de la vida y el remedio a las enfermedades".
   El bacteriólogo Otto Rahn, cuyo libro sobre la radiación de los seres vivos desoflentara tanto a sus colegas diez años antes, escribió a Hieronymus después de estudiar su procedimiento y experimentos: "Como esas radiaciones encierran el secreto de la vida, también encierran el secreto de la muerte. De momento muy poca gente conoce sus posibilidades; y son menos todavía los que están informados de todos los datos. Parece sumamente importante que éstos se guarden para su conocimiento y divulguen únicamente lo que sea necesario para las aplicaciones inmediatas a la cura de las enfermedades.

O. Rahn


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   Los descubrimientos de usted abren grandes posibilidades, tan trascendentales como las de la bomba atómica; y lo mismo que la energía atómica, estas radiaciones pueden utilizarse para bien de la humanidad o para su desgracia."
   Entre tanto, el Saturday Evening Post publicó una recopilación resumida en un artículo malintencionado del Scientific American, titularlo La caja maravillosa del doctor Abrams, cuyo autor Robert M. Yoder, decía mendazmente que Abrams había conquistado la fama y la fortuna, vendiendo una caja cerrada.
   Parte de los motivos que inspiraron estas diatribas fue revelada por Hieronymus en la carta que contestó al director del Post, Ben Hibbs: "Este es un tema controvertido, únicamente porque se mete con el bolsillo de una gran cantidad de gente, que podría salir perjudicada económicamente si se hace del conocimiento público la verdad de la situación actual de la cajita negra. Lo peor del caso, es que todavía hay un gran grupo que presiona por todos los medios para que no se conozcan los datos auténticos, y no me extrañaría nada que el articulo del Saturday Evening Post estuviese inspirado por ese grupo.
   La carta apareció en un opúsculo titulado The Truth about Radionics and Some of the Criticism made about it by its Enemies (La verdad sobre la radiónica y algunas de las criticas de sus enemigos), publicado por un grupo que se denominó Asociación Internacional de Radiónica, porque aplicaba este nuevo término radiónica a la terapéutica practicada a base del descubrimiento de Abrams.
   En 1949, obtuvo Hieronymus la patente número 2.482.773 de Estados Unidos, por la "Detección de emanaciones de materiales y la medida de sus volúmenes". Obtuvo después otras patentes en el Reino Unido y en Canadá.
   La historia de la UKACO y de la Fundación Homeotrónica se complica más porque Hieronymus fue a consultar con Armstrong y sus colaboradores a Harrisburg durante la operación. Les dijo que el aparato con amplificador que había construido para Wílls se había usado en Pensilvania con un éxito casi total. Sin embargo, según Hieronymus, la UKACO no podía entender su idea de que acaso se tratase de una nueva energía elóptica, y prefirió proceder a base de la teoría de que el aparato se regía únicamente por principios electromagnéticos u electrónicos.
   Al introducir nuevas adaptaciones en su aparato, los resultados fueron menos perfectos y menores, dice Hieronymus. Sin embargo, la falta de un record perfecto fue subsanado con creces por observaciones que le impresionaron profundamente. En las granjas de Hershey, junto con un representante de la UKACO, escogió tres mazorcas de maíz, atacadas por un gusano.



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   Aislándolas para que éstos no pudieran escapar, empezó a tratarlas con su emisor radiónico. Según él, después de tres días de tratamiento de diez minutos por hora, dos de los gusanos quedaron reducidos a una masa viscosa. Al cabo de 24 horas, el otro corrió la misma suerte, al continuarse el tratamiento. En los lugares donde habían estado alojados, no quedaron más que sendos sitios húmedos en las mazorcas.
   Hieronymus estaba tan asombrado del poder mortífero de la radiación, que no quiso decir nada sobre la estructura de sus aparatos ni sobre su funcionamiento, hasta que un día se encontrase con investigadores honrados que le ayudasen a dilucidar el alcance de su descubrimiento.
   Después de haber estado midiendo durante años radiónicamente los estados del cuerpo humano y sus órganos, decidieron Hieronymnus y su esposa Louise, operadora del aparato, comprobar en 1968 las condiciones de los primeros hombres que iban a viajar a la Luna.
   Pidieron a Washington fotografías de los tres astronautas y, después de insertarlas una a una en su instrumento, aseguraron que no sólo habían podido seguir y monitorear todas las funciones fisiológicas de los astronautas desde que salieron de la Tierra hasta que estuvieron de vuelta en ella, sino determinar que la energía transmisora no podía ser aislada por el protector metálico de la cápsula, ni afectada por la gran distancia de la Tierra o sus satélites. También dijeron que habían logrado medir los efectos de la alta presión G ejercida sobre los astronautas al despegar y reentrar en nuestro planeta, y los de la ingravidez - o sea, cero G- durante un prolongado periodo.
   Su descubrimiento más pasmoso, fue el del cinturón de radiación letal que rodea a la Luna, el cual, durante el aterrizaje del Apolo II, se extendía desde una altura de más de 100 kilómetros aproximadamente hasta cuatro metros y medio de la superficie de la Luna. Mientras los astronautas atravesaban esta faja, Hieronymus notó que declinaba su vitalidad, como lo comprobó su esposa en la medición de la caja. Pero, cuando los dos astronautas descendieron de la cápsula y fueron bajando por la escalera para poner la planta sobre luna firme, dice que esta tendencia "dió un giro espectacular en contrario.
   Al seguir los vuelos posteriores de la serie Apolo, Hieronymus descubrió que el nivel inferior de la misteriosa atmósfera letal estaba a más de dos kilómetíos sobre la superficie de la Luna. Por otra parte, cree que su altitud puede variar según sea el periodo de tiempo o su posición exacta sobre diversos puntos o regiones de la superficie de la Luna, o en función de ambos factores de tiempo y espacio, pero hace saber que se necesitan observaciones detenidas y repetidas para confirmar esta hipótesis.



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   No menos interesante fue la comprobación realizada por Hieronymus de que la energía de los astronautas que estaba capturando parecía no tener relación con ninguna de las que se registran en el espectro electromagnético. Cuando la cápsula estaba en el lado opuesto de la Luna con respecto a la Tierra, no podían transmítirse señales de radio, ni ninguna otra telemetrada, a la base de Houston. En otras palabras, los astronautas habían perdido todo contacto con sus guias terrestres. Pero no ocurrió esto con Hieronymus, el cual asegura que pudo seguir monitoreando sus movimientos y actividades durame este periodo con su analizador. En cambio, cuando la cápsula estaba en el lado más lejano de la Luna con respecto al Sol, o sea, en la región de sombra de la Luna, las señales de radio se mandaban sin dificultad desde la Tierra y eran recibidas en ella, mientras que el analizador de Hieronymus quedaba muerto y no podía captar absolutamente nada. Esto parecía confirmar la idea, que se le ocurrió cuando estaba cultivando plantas en su sótano, de que la energía recibida por su analizador estaba en íntima asociación con los rayos solares, sí no era transmitida por ellos.
   Rolf Schaffranke, ingeniero alemán, quien trabajaba como experto de propulsión en las corporaciones norteamericanas que tenían contratos con la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, o sea, con la NASA, en Huntsville, Alabama, y que siendo estudiante, presenció el lanzamiento del primer cohete fabricado por el hombre, el V-2, desde la base alemana secreta de Peenemünde, escribió lo siguiente respecto al experimento de Hieronymus : "Parece completamente descabellado. Pero, sin embargo, ocurrió así en realidad. Numerosos observadores están firmemente convencidos de que el experimento puede repetirse. Puede repetirse donde quiera, en cualquier momento y ante cuantos testigos deseen presenciarlo."
   Con el deseo de salir de dudas respecto a si la energía elóptíca podía ser transportada no sólo en los rayos luminosos de nuestro Sol, sino en los de todos los cuerpos cósmicos, incluso los planetas, instaló Hieronymus un telescopio de potencia 10, que tomó de un sextante corriente de navegación, en el tejado de su casa de Lakemont, Georgia, de manera que pudiese ser enfocado en cualquier momento a cualquier parte del cielo. Enfocado entonces su aparato sobre Venus, sustituyó la lente por un disco de metal perforado, y soldó a su borde un cable que condujese la que consideraba energía elóptica al interior de la casa, al aparato radióníco operado por su esposa.



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   La señora Hieronymus comenzó realizar pruebas parecidas a las que había efectuado cuando midió el índice de vitalidad de las partes y sistemas corporales de los astronautas, para averiguar si había algo en la superficie de Venus que reaccionase de manera similar. De las 35 longitudes de onda recibidas de los organismos de los astronautas, la mitad parecían ser sintonizables desde Venus, la otra mitad no.
   Perplejo ante estos resultados, los esposos de repente concibieron la idea de que, a lo mejor, no estaban recibiendo radiaciones de energías de organismos animales, sino vegetales. En consecuencia, se dedicaron a la tarea de verificar análisis de los órganos de plantas terrestres, como sí fueran seres humanos.
   Hiciéronlo así con tres árboles, un mango, un sauce y un pino. Hieronymus observó que, si bien los tres tenían algo equivalente a pulmones, glándula pineal, timo y pituitaria, glándulas suprarrenales, tiroides, estómago, una pared del colon, próstata, ovarios y sistema nervioso, había entre ellos extrañas diferencias. Por ejemplo, sólo el mango parecía estar dotado de algo semejante a sistema linfático, pero, a diferencia del sauce y el pino, carecía de duodeno y de bazo.
   Después examinó Hieronyrnus la hierba de Bermuda, que, según él sabia perfectamente, no se propaga por medio de semillas, sino que se extiende indefinidamente por debajo de la tierra. Desde luego, según sus lecturas, no tenía órganos sexuales, pero en una mata descubrió ovarios, aun después de haber retirado las semillas. Por extraño que parezca, la hierba de Bermuda parecía tener, en cambio, algo análogo a un apéndice.
   Las lecturas obtenidas de Venus, al sintonízar su aparato para captar las radiaciones de cada uno de estos órganos o sistemas, o de algo análogo a ellos, indicaban claramente que en este planeta había algunas estructuras parecidas a las de las plantas terrestres. Hieronymus deduce de ello que pudiera muy bien haber una forma de vida vegetal venusina, aunque no tiene la menor idea de cuál podría ser su tipo, ni de por qué la vitalidad de sus órganos parece ser más del doble que la de las plantas terrestres que ha probado. Tampoco sabe si tales plantas tienen únicamente lo que los ocultistas llamarían cuerpos etéreos o astrales.
   Durante el verano de 1973, Hieronymus comenzó a despertar un interés más general, a consecuencia de la publicación de una serie de artículos sobre él y sobre sus actividades investigadoras y experimentales, que vieron la luz en las revistas de los Estados Unidos dedicadas a fenómenos no explicados hasta ahora. Recibió montones de cartas y llamadas telefónicas, solicitando mayor información al respecto.
   No se le olvidan las palabras de Rahn después de la catástrofe de Hiroshima, y tiene grabados en la memoria con cierto pavor, aquellos gusanos perforadores del maíz, que se habían reducido en las mazorcas a meros puntos húmedos.



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   Por esto, tiene todavía reparos en dar a conocer todo lo que sabe. He aquí lo que declaró a los autores de este libro : "Aunque no estamos tratando de ocultar al público las investigaciones científicas que llavamos a cabo, tampoco vamos a dar a conocer al público en general la información completa de cuanto se refiere a nuestra tecnología, porque la gente podría hacer un uso irresponsable de ella; como no seríamos partidarios, por ejemplo, de poner en manos de párvulos la dinamita y los fósforos. Si hay un grupo de personas responsables, que estén dispuestas a ayudarnos a realizar una investigación amplia y a fondo sobre la energía elóptica para bien de la humanidad, tendré mucho gusto en que cooperemos, y les diré todo lo que sé."



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