Entre los agricultores independientes que todavía cultivan la tierra
de la nación, hay unos cuantos individuos realistas y objetivos
que, por fin, han llegado a caer en la cuenta de que son muy
discutibles las ventajas de los fertilizantes y pesticidas artificiales,
y se han decidido a evitar los resultados dañinos de la agricultura
química antes de que sea demasiado tarde.
Hereford no sólo es el nombre de una famosa variedad de
ganado vacuno que se cría en uno de los condados ingleses contiguos
a Gales, sino el de una pequeña población de las partes
altas del río Palo Duro, que atraviesa el "mango de la cacerola",
o Panhandle, de Texas, extensión de más de 440 kiiómetros
cuadrados del estado de la Estrella Solitaria, que, hace como un
siglo, no era sino una pradera salvaje de hierbas bajas rondada
por millares de bisontes norteamericanos. Las planicies del condado
Deaf Smith, cuya capital es Hereford, estuvieron produciendo
durante muchos milenios ricos forrajes y una variedad de suculenta
de maleza, cuyas raíces penetraban más de un metro en la tierra
de légamo arcilloso, basta llegar al calicahi, subsuelo rico en
calcio y magnesio, absorbiendo estos elementos y depositándolos,
al morir, en la superficie, con lo que mantenían un pasto abundante
en proteínas vitales para los bovinos salvajes.
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| Deaf Smith |
Los minerales del suelo estaban perfectamente equilibrados, y el humus que
producía naturalmente la vegetación muerta junto con las deyecciones
de los bovinos, era suficiente para protegerse contra el
áspero clima extremoso, abrasador y seco en verano y terriblemente
inclemente en los inviernos de nieves ralas, hasta hace medio
siglo no empezó a labrarse la región; los primeros sustos fueron
abiertos en sus tierras con las rejas metálicas de los arados; se
sembraron granos dorados hasta donde alcanzaba la vista. En las
partes sin sembrar, las puntas de ganado sustituyeron a los búfalos.
Al correr los años, los agricultores vieron que la arada profunda
perjudicaba más que ayudaba a la tierra, por lo cual comenzaron
a arar únicamente los quince o veinte centímetros
superficiales de suelo arcilloso y rico, con aperos arrastrados por
tractores de escasos caballos de fuerza. Al mismo tiempo, descubrieron
con gran satisfacción que podían bombear depósitos de
agua del subsuelo, para suplementar el efecto de las lluvias de las
tormentas, que de cuando en cuando ensombrecían los cielos de
las praderas y convertían los arroyos en "ríos de kilómetro
y medio de ancho y de unos centimetros de profundidad".
Cuando los niños de la primera generación de labradores se
hicieron hombres, las cosas empezaron a empeorar en el condado
de Deaf Smith. No contentos con las pequeñas cosechas que
arrancaban al suelo agotado, principiaron a añadir fertilizantes
artificiales a sus tierras, como les aconsejaban los asesores académicos
y los miembros de las estaciones de investigación agrícola.
En menos de diez años, el desastre estaba a la vista. Las sustancias
químicas estaban socarrando los materiales orgánicos del
suelo y destruyendo el delicado equilibrio natural de sus minerales.
La consecuencia fue que empezó a perder su vigor. Al mezclarse
con el agua de riego, se coagulaba en enormes terrones de más
de 20 kilos. Para "destriparlos", los labradores tuvieron que utilizar
enormes tractores de 135 caballos, a fin de poder arrastrar
los gigantescos rastrillos con que quebrantar la dureza cerámica
de la tierra. Hubo algunos labradores que, aterrados ante la perspectiva
de qué cesase la agricultura de riego del Panhandle por
la aplicación insensata de abonos inadecuados a aquella tierra
antaño tan rica, se decidieron a reaccionar de manera práctica
y efectiva.
Uno de ellos, Frank Ford, después de graduarse en la
Universidad Agrícola y Mecánica de Texas, compró
en Hereford una propiedad de poco más de siete hectáreas, cuyo
terreno estaba terriblemente erosionado por las prácticas agrícolas
imperantes entonces. "Había cárcavas tan profundas, que
podía ocultarse en ellas un tractor", recuerda Ford, pero hoy ya están
rellenas y la tierra ha quedado igualada.
Adoptó el tipo orgánico de agricultura, utilizando
abonos naturales y acabando completamente con los pesticidas, que sustituyó
por escarabajos de la familia de las cochinillas, para exterminar
los gorgojos oscuros y otras plagas de insectos. Desterró también
el uso de los herbicidas. Rechazó las sugerencias aceptadas por
otros labradores, de que debía tratar químicamente sus semillas
contra las larvas dañinas y el enmohecimiento, y decidió no sembrar
nada que no pudiese comer él personalmente.
Además de dedicarse a la agricultura, Ford hizo inversiones
de capital en la Arrowhead Mills, empresa que se especializa en
la producción de harina de calidad superior molturada con molinos
de piedra, en la cual no había sustancias preservativas, y de
otros alimentos naturales. Para asegurarse un abastecimiento constante
de productos orgánicos, hubo de persuadir a sus compañeros
agricultores a que adoptasen métodos orgánicos. Atraídos por sus
precios moderados y aceptables, varios de ellos han organizado
ahora la Asociación de Agricultores Orgánicos del Condado de
Deaf Smith, cuyo objeto no es sólo obtener unos alimentos mejores,
sino proteger y mejorar el suelo de la parte occidental de
Texas.
Con este grupo trabaja Fletcher Sims. Jr., que llegó al Panhandle
de Texas en 1949. Una de las cosas que le llamaron la
atención fue que en los primeros pastizales para ganado que se
estrenaron allí hacia 1965, estaban empezando a amontonarse
toneladas de estiércol, que nadie sabia qué hacer con él. A los
pocos años, los desechos de un lote situado a más de tres kilómetros
de su casa, en Canyon, Texas, rio abajo de Hereford, ya se había formado una
montaña de más de 15 metros de altura, que cubría más
de 16 hectáreas, o sea, una extensión mayor que la de 30 campos de
futbol para cuyo acarreo iba a hacer falta un equipo
de bulldozers y otros vehículos, con un valor de un cuarto de
millón de dólares. Calcula Sims que los cebaderos de la nación
contienen millones de metros cúbicos de estiércol, que con el tiempo
no valdrán para nada porque los hongos los reducen a minerales.
Al mismo tiempo, le parecía que las escuelas agrícolas no
inculcaban el aprovechamiento de los abonos animales para fertilizar
la tierra. En Texas, casi mil toneladas de estiércol por acre
(0,405 hectáreas) estaban arándose o hundiéndose con el arado
a casi un metro bajo tierra, lo cual constaba a Sims que violentaba
tanto al suelo como al abono, puesto que en el proceso de
la arada, la parte superior de la tierra queda abajo y el subsuelo
sube a la superficie y, por tanto, el estiércol no puede fermentar
aeróbicamente.
Otro colegio de Texas estaba regando los campos
con una mezcla orgánica tan concentrada que acababa con las
cosechas, y en una estación experimental no lejos de Canyon, se
estaba empleando estiércol a razón de tres toneladas por acre,
porque se consideraba producto de desecho que era necesario
eliminar. Otros científicos sugerían que se hiciesen del abono
materiales de construcción, y un grupo del estado de Washington
estaba estudiando la manera de convertirlo en pienso para el
ganado.
Ante estas ideas tan tristes como brutales, Sims comprendió
que la mejor manera de aprovechar el estiércol era procesarlo en
un compuesto valioso. El doctor Joe Nichols le enseñó el que se
había estado elaborando en el Laboratorio de Investigaciones de
Pfeiffer, en Spring Valley, Nueva York.
En las diferentes visitas que hizo Sims a Spring Valley, se
enteró de que el proceso de la mezcla pasa por distintas fases :
una en la que los almidones originales, azúcares y demás componentes
se clasifican por bacterias, hongos y otros organismos; la
segunda, en que los nuevos materiales son consumidos por los
microrganismos, que los emplean para construir sus propios cuerpos.
Era de particular importancia, dijeron a Sims, que se utilizase
el tipo debido de microfauna y microflora, y que la segunda fase se
desarrollase en el tiempo exacto, para que no se perdiese mucho
de la materia orgánica.
"Si la mezcla no se hace como es debido - dijo Sabarth a
Sims -, las proteínas y aminoácidos originales se descomponen
en sus elementos químicos simples. En otras palabras, la materia
orgánica se pierde con el anhídrido carbónico o con el
nitrógeno que se disipa en forma de amoniaco y nitratos. Muchos jardineros
creen que sus abonos son orgánicos en un 100 por ciento porque
sus materiales originales no lo son. Pero la naturaleza no es así
de sencilla. Las células vivas tienen del 70 al 90 por ciento de
agua, y sólo del 15 al 20 por ciento de proteínas, aminoácidos,
carbohidratos y otros compuestos de carbono. Sólo del 2 al 10
por ciento es mineral : potasio, calcio, magnesio y elementos ligeramente
nutritivos que son inorgánicos. Los compuestos orgánicos
pueden conservarse en el cuerpo de los mícrorganísmos. Escapan,
cuando se liberan en alguna etapa de la descomposición. El concepto
N, P y K se impone únicamente cuando el abono se ha
mineralizado pero, para entonces, se han perdido sus valores biológicos.
Para la mezcla orgánica del fertilizante es preciso disponer
de un método rápido que nos diga si la acción bacterial
está separando demasiado rápidamente los compuestos de contenido
nitrogenado, lo cual se comprueba con el olor a amoniaco.
Si los montones de fertilizantes orgánicos se calientan
demasiado aprisa, hay que interrumpir la producción de amoniaco, a fin de que las
bacterias reconstruyan compuestos más estables de nitrógeno en
la proteína bacterial."
Las pruebas corrientes de la Organización Norteamericana de
Químicos Agrícolas, dijo Sabarth a Sims, no pueden revelar el
estado de la materia en que hay sustancias orgánicas, porque se
basan en la combustión u oxidación de los compuestos. Las cenizas
no dan más que el volumen total, pero no indican si proceden
de minerales o de células y tejidos vivos. Los cromatogramas coloreados
de Pfeiffer deteminan tan perfectamente las distintas etapas
de la fermentación - descomposición, formación del humus,
mineralización - que, después de años de trabajo en el laboratorio,
logro desarrollar un abono compuesto biodinámico, con la cantidad
debida de microrganismos a disposición de cualquiera.
Sabarth enseñó a Sims fotos del cromatograma, una de las
cuales ilustraba cómo el material tomado del arándano agrio de
los pantanos era inanimado, aunque contenía una proporción
increíble de materia orgánica, de hasta el 18 por ciento. El análisis
químico corriente no había revelado su total invalidez biológica.
Una imagen del suelo de adobe de California reveló que el análisis de
los minerales que contenía no significaba gran cosa, porque
no tenía una microflora bien desarrollada y, por tanto, era
infértil. Cuando los terrenos sólo contienen minerales sin materia
orgánica, le dijo Sabarth, las plantas que en ellos crecen son como
las personas a quienes se obliga a comer alimentos salados. No
tienen más remedio que beber agua y más agua. Los vegetales
que absorben sales minerales con exceso, necesitan también humedad
en exceso. Parecen lozanos a la vista, pero ya no están
equilibrados, por lo cual no resisten a las enfermedades.
Sims vio con gran asombro que los cromatogramas de Pfeiffer
habían permitido a Sabarth probar científicamente que algunos
vegetales, por ejemplo las alubias y los pepinos, se dan mejor
cuando están juntos, pero que hay otros que se desarrollan mejor
separados, como las alubias y los hinojos. Además, el almacenaje
conjunto de manzanas y papas, por ejemplo, los despoja, por
motivos desconocidos, de sus más vivificantes valores.
Pfeiffer comprendió que nuestros puntos de vista
egoísta, son los que han declarado maleza a las breñas y zarzales, pero que,
si se los considerase como parte funcional de la naturaleza, estas
plantas tendrían mucho que enseñarnos. Demostró que un grupo
entero de ellas, como las acederas, la bardana y el belcho o cola
de caballo, son indicio seguro de que el terreno está cargándose
demasiado de ácidos.
Los dientes de león, que tan frenética prisa se dan los horticultores a arrancar, están en realidad curando el suelo, porque transportan minerales, especialmente calcio, a las capas superiores del terreno, aunque el subsuelo sea duro. El amargón nos avisa por tanto de que algo anda mal con la vida del terreno.
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| Diente León |
Pfeiffer demostró que las margaritas desempeñan el mismo
papel, porque los análisis de sus cenizas indican que son ricas en
calcio, que es el elemento más importante de la cal. Dudaba de si
sería acertado el punto de vista ortodoxo, según el cual, las margaritas
"fijan" selectivamente la cal, porque pueden brotar en
suelos que carezcan de ella, siempre que haya una cantidad suficiente
de silice junto con microrganismos. Pfeiffer llegó a la
conclusión de que, cuando falta la cal en el suelo, las plantas
que aman el silice, como las margaritas, se trasladan a él. Al
morir, comunican al terreno el calcio que necesitan, según comprobó
en sus análisis. Pero, ¿quién seria capaz de explicar cómo
entra el calcio en las margaritas?.
Realizó experimentos de simbiosis vegetal para demostrar que
la camomila estimula de alguna manera el crecimiento del trigo
y la granazón de sus espigas, pero sólo cuando su proporción con
los tallos del trigo no pasa del uno por ciento. Por eso, sus investigaciones
posteriores vienen a corroborar la sabiduría secular de
los campesinos rusos respecto a las flores del maíz y del centeno.
Sims se hizo cargo completamente de que las perspectivas que
abrían las únicas pruebas de Pfeiffer parecían inmensas.
Le fascinaba el que los dos cromatogramas del trigo, uno de ellos cultivado
con productos químicos inanimados, y el otro biológicamente,
pareciesen tan distintos.
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| Camomila |
Sims se llevó a Texas una provisión de abono estimulante
biodinámico compuesto de unos 50 microrganismos diferentes, muchos
de ellos procedentes de los mejores suelos del mundo, y todos
con su misión particular que cumplir, para distribuirlo en las
tierras sembradas. Lo que hace al estimulante tan misterioso para
el científico ordinario, es que sólo contiene cantidades
homeopáticas de elementos vitales, enzimas y otras sustancias en soluciones
de 1.000 millones por uno.
Aplicando el proceso biodinámico a la que pudiera haber sido
la primera operación comercial con compuestos utilizando el estimulante
de Pfeiffer, trató el estiércol natural que pudo obtener
gratis de los cebaderos de ganado, de forma que los microrganismos
disociasen los compuestos de la basura y los volviesen a reunir
para hacer otros nuevos más beneficiosos. Al mismo tiempo, se
destruían automáticamente los organismos morbificos y las semillas
de la maleza, y quedaban degradados los elementos químicos
dañinos cuando la temperatura de los montones de abono llegaba
a los 60º C. Tendiendo en parvas los montones, les daba la vuelta
de cuando en cuando, utilizando una máquina inventada por él
mismo con capacidad de 600 toneladas por hora.
Al cabo de un mes, la mezcla que no había sufrido filtro
ni pulverización alguna, se convirtió en un material fino pardo
oscuro y desmenuzable, totalmente despojado de olor a estiércol.
Las deyecciones del ganado vacuno quedaban transformadas, podría
decirse que milagrosamente, en virtud de una acción biológica.
Cuando los labradores empezaron a comprar los productos
de Sims y aplicarlos a su tierra, no tardaron en lograrse resultados
maravillosos. John Wieck, vecino del contiguo Umbarger, tras
sólo dos años de tratamiento de sus tierras con media tonelada
del compuesto Biodinámico por acre, sin fertilizantes ni insecticidas
de ningún género, y con sólo dos riegos para suplementar
las tres pulgadas de lluvia, logró una cosecha fantástica de maíz
de 172,5 bushels por acre, o sea, unos 60,5 hectolitros por 0,405
hectárea, lo que equivalía a más del doble de la cosecha
máxima obtenida en las tierras de Illinois nitrogenadas artificialmente.
En la parte septentrional del Panhandle o mango de cacerola,
a 16 kilómetros de la faja Cherokee de Oklahoma, otro
texano, Don Hart, cuyas tierras irrigadas habían comenzado a
endurecerse con los fertilizantes comerciales, cayó en la cuenta
de que, dentro de poco, él y sus vecinos iban a vivir en medio de
un desierto. Al enterarse del éxito de Sims, no sólo empezó a
tratar con su compuesto el suelo, sino que montó un negocio del
mismo abono para abastecer a los demás campesinos. Al poco
tiempo, sus sembrados estaban suaves y esponjosos como una
alfombra húmeda. Cierto periodista que visitó su explotación a
fines de 1971, escribió que quien quisiera convencerse de las ventajas
del estimulante Biodinámico, desde su mismo automóvil
podía divisar un maizal lozano y ubérrimo por una parte de la
carretera y, por la otra, lo que podía llamarse una auténtica
visión de pesadilla : una tierra sembrada dos semanas antes que
la de Hart, en que sólo se veían unos cuantos matojos enfermizos,
que brotaban de un suelo endurecido y resquebrajado.
Al sudeste del enorme estado de Texas, Warren Vincent ha
estado exhortando a los labradores a cultivar orgánicamente arroz,
para combatir la plaga principal de los cultivadores de este cereal,
la hierba de agua o de granero, a la cual se habían aplicado
herbicidas por el tipo de los utilizados para defoliar tan devastadoramente
las selvas de Vietnam. Vincent aconseja a sus vecinos
que alternen las cosechas de arroz con pasto Bahaia, que vuelve
a cubrir la tierra de peste, controla la expansión de la maleza y
constituye un forraje excelente para los animales. Ahora que comienzan
los agricultores a enterarse de que el arroz moreno cultivado
orgánicamente es mucho más nutritivo que el tratado con
fertilizantes artificiales, otros arroceros pioneros se han decidido
por el método orgánico.
En la parte septentrional de California, a unos 200 kilómetros al sur del enhiesto Monte Shasta, que se parece al japonés Fuji, cuatro hermanos apellidados Lundberg, propietarios de la Granja Wewah, han comenzado a cultivar orgánicamente arroz moreno. Aunque les supone más gastos la vuelta a los métodos orgánicos, recuerdan que su padre les enseñó la obligación que tiene todo labrador de mejorar sus tierras y, si es posible, legárselas a la generación siguiente en mejor estado; filosofía que, aplicada mundialmente, podría convertir este planeta en un verdadero paraíso.
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| Orgánico | Orgánico |
A pesar de las advertencias generales que se hacen a todos
los agricultores para que sigan utilizando la numerosa familia
de los productos químicos, los hermanos Lundberg localizaron
una fuente de abonos y los mezclaron antes de esparcirlos sobre
su propiedad inicial de 30 hectáreas. Su primera cosecha vino a
ser de 3.700 libras por acre, baja en comparación con los arrozales
tratados químicamente, pero lo suficientemente alta para
resultar económicamente beneficiosa, si se tienen presentes los
estupendos precios que se pagan por el arroz orgánico. Aquel experimento
inicial convenció a los hermanos de que debían seguir
adelante y convertir los 3.000 acres (algo más de 1.200 hectáreas)
de Wewah en cultivo orgánico. Importaron de Japón, además, un
equipo especial de molturación e instalaron una planta procesadora
orgánica de su propiedad. Así no se eliminaba la corteza
protectora del arroz, que es la parte nutritiva del grano, y para
algunos, la más sabrosa.
Actualmente hay indicios, que nos han llegado no sólo del
publico sino de altos funcionarios del gobierno de California y
de sus universidades, de que los Lundberg han tomado por el
camino acertado, Floyd Allen, reportero de Organic Gardening
and Farming, oyó decir a un miembro de la legislatura del estado
en Sacramento, que el método orgánico era una filosofía de
madre buena. Se quedó sorprendido al oír a un eminente especialista
en pesticidas de la Universidad de California en Riverside :
"Quisiera que alguien hiciese algo para mejorar la calidad y el
sabor de los alimentos. Me gustaría comer un tomate que supiese
como sabían antes los tomates."
En el medio oeste también se ha adoptado el método
orgánico en los ranchos ganaderos y lecheros que quieren vender la leche
a productores como Eldore Hanni, presidente de la compañía
quesera del River Valley de Wisconsin, al norte de Waisau, el
cual viene haciendo queso orgánico desde 1962. Cuando llega a
la compañía la leche cruda de grado A, se bombea directamente al
tanque en que se elabora el queso, sin pasterización alguna. No
se le añade ninguna sustancia preservativa ni color, y tampoco se
usan ingredientes de imitación.
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| Queso |
Para conservar las enzimas naturales de la leche cruda,
no se permite que las temperaturas pasen
de 39º C mientras se fabrica el queso. El socio de Hann, Eldred
Thiel, dice que su queso sabe como el de los viejos tiempos,
como el que mi papá solía hacer. La compañía
califica a los proveedores de los queseros de rancheros naturales, porque se
toman cinco años por lo menos para cerciorarse de que no quedan
sustancias químicas en sus tierras.
Entre los cosecheros de frutas que han visto la luz, está Ernest
Halbleib, propietario del huerto y rancho organico que lleva su
nombre en McNabb, Illinois, el cual refuta la afirmación casi
universal de que los cosecheros de manzanas no pueden prescindir
de sustancias químicas. Asegura que los insectos llegan a los huertos
para echar en cara a los hombres los errores que estan cometiendo.
Los productores que están destrozando sus plantaciones
con productos químicos fatales van comprendiendo que la aplicación
que bastaba hace diez años tiene que repetirse ahora muchas
veces en la estación de cultivo, porque los insectos se están haciendo
resistentes a la muerte repentina.
Hace más de veinte años, Halbleib fue a Washington a
atestiguar ante la Administración de Alimentos y Drogas sobre lo
perjudicial de los riegos envenenados, fertilizantes envenenados y
tratamientos venenosos de las simientes, y todavía sigue firme, sin
retirar una sola palabra de lo que dijo entonces. Desde aquellas
fechas, ha visto cómo sus colegas administran más de 500 productos
químicos nuevos a sus árboles. Hoy, dice, no queda un
solo cosechero de manzanas que no tenga problemas en su comarca.
Han utilizado tan gran cantidad de veneno en sus propiedades,
que el gerente de la planta química de la USDA, de Peoria,
Illinois, le dijo que 100.000 acres de la región están toxificados
hasta el punto de que ni valen para hierba, ni siquiera para matojos,
y que otro tanto cabe decir de grandes patatales del estado
de Maine, que fueron ubérrimos antaño.
"¿Qué es lo que nos interesa - pregunta Halbleib - , ¿Tener
hijos de sangre envenenada con lo que comen? ¿Han pensado
ustedes en por qué están llenos los manicomios y los hospitales?
En lugar de despilfarrar fondos y más fondos en construir más
instituciones de éstas, ¿por qué no se pone alguien a estudiar
la causa de la enfermedad?".
Lee Fryer, consejero nutricional y agrícola, que está
al frente de Earth Foods (Alimentos de la tierra) en Washington, D. C.,
asegura que en 1968 se gastaron en fertilizantes comerciales más
de 2.000 millones de dólares en Estados Unidos.
Con esta cantidad podrían comprarse más de 100 millones de toneladas de compuesto Biodínámico de Fletcher Sims, que, si se aplicasen a razón de una tonelada por acre 0,405 hectáreas), cubrirían todo el estado de California y sobraría todavía para una zona de la extensión de seis estados como Nueva Inglaterra. Por el costo de unos cuantos días de guerra en Vietnam, todo el territorio laborable de Estados Unidos podría recibir un tratamiento anual con este producto.
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| Compuesto |
Fryer indicó el éxito que están teniendo las
algas marinas como fertilizantes naturales en las Islas Británicas; un antiguo
contador titulado, W. A. Stephenson, autor de Seaweed in Agriculture
and Horticulture (Las algas marinas en la agricultura y
en la horticultura), dejó a los 40 años de edad su empleo de
Birmingham y se trasladó al campo, a invitación de un bioquímico
amigo suyo, y fundó un negocio que distribuye fertilizantes de algas
marinas, en forma líquida, a todo el mundo.
Uno de los primeros que lo utilizaron con éxito en una
operación comercial en Estados Unidos, es Gleen Graber, de Hartville,
Ohio, el cual cultiva 400 acres de la tierra más rica y negra
del país, en que produce enormes cantidades de rábanos; lechugas
de la variedad Bibebe, Boston, iceberg, romana y de hojas, y
otras 50 hortalizas. Durante medio año salen, por término medio
al mercado desde la propiedad de Graber, cuatro enormes remolques
seis días a la semana, cargados hasta los topes de productos
vegetales.
Hacia 1955, Graber observó que estaba apareciendo en sus
tierras una especie destructora de nemátodo, o lombriz intestinal,
y que el botón azul estaba diezmando sus cosechas y las
de sus vecinos. Como la plaga aparecía en determinada época del
año, todo el mundo echaba la culpa al clima. Además advirtió
que el análisis del suelo indicaba falta de microelementos o minerales
vivificantes. Formado en el concepto NPK, que había
estado siguiendo al pie de la letra, no sabía qué hacer para solucionar
el problema. Se enteró de que en el Colegio Clemsom de
Agricultura de Carolina del Sur, se estaban logrando maravillas
con las algas marinas. Allí los investigadores habían utilizado comidas
y líquidos de algas manufacturadas en Kristiansand, Noruega,
para beneficiar los pimientos dulces, los tomates, variedades de
soja, frijol y guisantes.
Basándose en los estudios de dicho colegio, a los que apenas
se prestaba atención, decidió importar algas granuladas de Noruega,
y las viene aplicando desde entonces a sus tierras a razón
de 200 libras al año por acre. Al terminar la primera estación,
observó que se estaba formando un moho verde y sano en las
roderas de su equipo labrantío, señal de que se estaba reduciendo
considerablemente la infestación de nemátodos y de que había
quedado desarraigado el botón azul.
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| Nematodo |
Desde entonces no ha vuelto
a poner una libra de fertilizante artificial en su tierra, sino que
sólo utiliza algas marinas, fosfatos de roca de Florida y granito
molido de Georgia, y se vale de la acción bacterial y de cosechas
de cobertura para producir nitrógeno.
Mientras mejoraba su tierra, Graber se dio cuenta de que
estaba gastando dinero en pesticidas a lo tonto, y dejó de utilizarlos,
sustituyéndolos por un riego de algas líquidas a razón de
tres galones por acre (el galón equivale a 3.785 litros) durante
la estación. , No está seguro de cómo funcionan las algas
líquidas en calidad de pesticidas, y según dice, todavía no
lo han averiguado los investigadores. Aunque no escapa totalmente a las plagas
que afligen los campos de sus vecinos, cree que, cuando pierde
el 10 por ciento de su cosecha de cebollas por la mosca del
gusano, sus vecinos pierden la mitad de la suya, pese a los insecticidas
que emplean. Está convencido de que las plantas sanas y
el suelo sano resisten naturalmente a las plagas. Para demostrárselo
a cierto visitante, lo llevó a un campo de perejil plagado
de saltamontes, que se le pegaban a los pantalones, pero que no
estaban dándose un banquete precisamente en el perejil mejor
que conociera el visitante.
Desde que abandonó los fertilizantes comerciales, Graber no
ha necesitado dos tractores para arar. Con una simple cosecha
de cobertura de cebada y centeno, no sólo añade humus y sustancias
nutritivas a la tierra, sino que logra que se aireen con las
fuertes raices de las plantas y los microrganismos y lombrices
de tierra que pululan en ella. El problema que afectara al mango
de la cacerola en otro tiempos, ha desaparecido como por
arte de magia.
Otra gran ventaja que ha reportado Graber, es la resistencia de
sus plantas a la helada. En una racha particularmente cruda
de frio, en que el mercurio bajó a casi siete grados bajo cero,
todos los tomates y pimientos que hacia poco tiempo había trasplantado
aguantaron la cruda helada sin que se perdiese uno
solo, aunque recordaba perfectamente que, en esas mismas condiciones
todas las plantas morían si estaban fertilizadas artificialmente.
Graber cree que el problema de producir vegetales orgánicamente
para el consumo se complica porque las tiendas en que
actualmente se venden abonos orgánicos no tienen volumen suficiente
para garantizar su distribución a bajo costo en un área
determinada. Piensa que la única solución es operar a través de
grandes cadenas de establecimientos de comestibles, que buscarán
la manera de aislar en sus estanterías los productos obtenidos
orgánicamente, de los demás.
Esto lo ha hecho por primera vez en Alemania Occidental,
la Latscha Filialbetriebe de Frankfurt, cadena de supermercados
propiedad de una familia, que consta de 123 tiendas inclinadas
a las innovaciones y en rápido crecimiento. Latscha ha introducido
pollos, huevos, jugos de frutas, manzanas y hortalizas congeladas,
que sólo tienen cantidades mínimas de residuales como
antibióticos, hormonas, plomo y toda la gama de pesticídas. Todos
sus productos vegetales proceden de tierras cultivadas orgánicamente,
según las normas de la institución estatal para la protección de
las plantas, de Stuttgart.
Dice la firma que ninguno de sus productos controlados tiene
un costo superior al 15 por ciento de los equivalentes ordinarios,
y que sus jugos y artículos congelados pueden venderse a precios
menores que las marcas corrientes. Aunque se carga al consumidor
el exceso de costo que supone a una industria lechera
cooperativa producir leche sin aditivos como hidrocarbonos clorados
y DDT, la leche garantizada se ha vendido en los establecimientos
de la Latscha en un 10 por ciento más, y los ingresos
generales de la cadena han aumentado a pesar de la declinación
general en la demanda del mercado.
En Cambridge, Massachusetts, los Star Markets están comenzando
a seguir los pasos de la Latscha. Adquieren cada semana
un camión de hortalizas diversas cultivadas orgánicamente por
Glenn Graber y las venden en cajas distintas.
Oliver Popenoe, fundador de la Yes! Inc., uno de los doce
establecimientos comerciales de alimentos naturales que hay en el
área metropolitana de Washington, D. C., aplaudió la iniciativa
de los Star Markets, y acertó con la razón de por qué no se ha
seguido su ejemplo : "El problema de la mayor parte de las cadenas
alimentarias es que sus gerentes y personal no estan familiarizados
con los principios orgánicos - dice -. Esto les hace muy
difícil vender y comercializar productos orgánicamente cultivados,
que parecen iguales, y hasta peor, a la vista que los obtenidos
químicamente y cuestan más. No logran metérselo en la cabeza
a la gente, ni ellos mismos lo creen. La credibilidad lo es todo
cuando se trata de comprar un producto orgánico. No hay manera,
que yo sepa, de distinguir si es orgánico, mientras no se lo
someta a una prueba de gas por cromatógrafo para residuos
pesticidas. Pero, como esa prueba cuesta de 25 a 30 dólares por
cada articulo probado, hasta los comerciantes más puristas de
comestibles apelan a ella muy de cuando en cuando, nada más.
Tengo para mí que esta es la razón principal de lo escaso del
mercado de productos orgánicos. Si no se conoce personalmente
al agricultor, o no se tiene mucha fe en el comerciante, no acaba
de decidirse uno a pagar más por una ventaja insegura.
Cuando le preguntaron a Graber cómo estaban sus tierras en
comparación con las de sus vecinos, contestó sinceramente : "En
un tiempo ideal, me aventajan en rendimiento y también en
tiempo; pero en condiciones adversas, ocurre todo lo contrario."
Más importante para Graber, es que tiene fe absoluta en que está
mejorando su suelo con sus métodos, últimamente ha comenzado
a examinar la mezcla o compuesto biodinámico. A principios
de la temporada de 1963 pidió a Zook and Ranck, de Cap, Pensilvania,
una cantidad suficiente de este producto para tratar el
suelo destinado a hortalizas a razón de 1.500 libras por acre. Con
las pruebas comparativas que piensa realizar durante los dos
años siguientes, cree que va a poder determinar si el compuesto
ayuda a la tierra y a las cosechas. Lo que le convenció y decidió
a probarlo tentativamente, fue la impresión que recibió en una
feria agrícola de Pensilvania, al observar que ninguno de los que
visitaron la tienda Zook and Ranck hizo un solo comentario
contrario al compuesto biodinámico. Todos los labradores habían
obtenido buenos resultados y lo encomiaban. Puede usted estar
seguro de que, si un labrador despilfarra el dinero para no obtener
nada, es capaz de subirse por las paredes y de encomendarse
al diablo.
Un labrador suizo que cultiva una hectárea de tierra junto a
la Facultad Teológica de la Universidad de Friburgo, obtiene
durante una temporada de ocho meses, con el método biodinámico
y la ayuda de un solo asistente, hortalizas suficientes para los
200 estudiantes de teología, y todavía le queda una gran cantidad
que vende en el mercado público. "Podría enseñar este método
a cualquiera - dice -, siempre que tenga la provisión, natural o
artificial, de agua necesaria. Pueden ustedes imaginarse lo que
esto significaría para los países del Tercer Mundo, donde crece
la población de una manera exorbitante y escasean mucho los
alimentos."
A pesar de todo el éxito que tuvieron con la agricultura
orgánica, algunos labradores, como Gleen Graber, creen que muchos
defensores del cultivo orgánico propenden a ser demasiado puristas,
y que han dejado de lado los intereses químicos, que podrían
cambiar sus criterios cerrados si se les hiciese alguna concesión.
"Ha llegado la hora de que los dos campos se reúnan
para determinar qué es lo que está bien y qué es lo que
está mal", dice. Esta es también la opinión del doctor
John Whittaker, veterinario de Springfield, Misuri, redactor de salud animal de la
notable publicación mensual moderna, Acres, USA. Se publica en
Kansas City bajo la dirección de Charles Walters, Jr., y se presenta,
no como vocero del cultivo orgánico, sino de la EcoAgricultura,
como la denomina Walters.
Sin embargo, Whittaker no se pronuncia en contra de los
químicos. Dice que lo que hace falta, es crear una base común en
que los agricultores de criterio orgánico puedan coincidir con los
que han aceptado convencidos las declaraciones en pro de la agricultura
química y sus métodos. "Por una parte - dice -, los químicos
han tenido que dejar de ver el movimiento natural como
un grupo de ancianitas que cultivan tiestos de geranios. La verdad
es que no puede prescindirse brusca y repentinamente de la
tecnología hoy en vigor. Tiene que haber una fase de desaceleración,
un proceso de amortiguamiento, un matrimonio. Necesitamos
aprender unos de los otros."
Al preguntársele de qué manera la tecnología
podría armonizarse con la naturaleza, Whittaker alude al desarrollo de los
proteinados metálicos, proceso que vincula a los minerales con
sustancias orgánicas como la proteína. Una de las afirmaciones
más claras sobre cómo funcionan los proteinados, es la del colega
veterinario de Whittaker, Philip M. Hinze quien considera al
cuerpo físico, no sólo como un conjunto de sustancias químicas,
sino también como un complejo eléctrico.
"El cuerpo animal - dice Hinze -, puede considerarse como
una bateria muy compleja, que no sólo recibe, almacena y utiliza
la electricidad a efectos químicos, sino que se sostiene a base de
asimilar vitaminas, minerales, aminoácidos y otros productos. El
cuerpo reconoce estas sustancias cuando le llegan. Toda sustancia
orgánica tiene una cualidad electromotriz, que determina si puede
ser asimilada. Cuando un animal necesita alimentos se transmite
una señal para capturar ese alimento de la comida que ha
ingerido. Si no hay enfermedad y están presentes los ingredientes
necesarios, serán asimilados. Por desgracia, los ingredientes necesarios
no siempre corresponden a las sustancias consideradas convenientes
para alimentos. Por ejemplo, se satisfacen muchas veces
las necesidades de metales del cuerpo animal, consumiendo raciones
que contienen formas inorgánicas de estos metales. Pero sucede
que las formas inorgánicas de los metales esenciales para la nutrición
tienen propiedades electromotrices distintas de las de los
mismos metales cuando se combinan con materiales orgánicos como
los aminoácidos. Un cerdo no puede comer un clavo. Necesita
hierro orgánico."
Lo mismo ocurre con el suelo : explotado con cosechas excesivas,
irrigado en demasía y pastado abusivamente, ya no contiene
los minerales orgánicos necesarios para producir alimentos buenos
en forma de plantas.
Esto ha sido reconocido por el doctor Mason Rose, director
del Instituto del Pacífico para Estudios Avanzados, que es uno de
los primeros centros docentes de Los Angeles en romper con la
compartamentalización del saber, corriente en las universidades,
y en incluir entre sus estudios la manufactura del humus del suelo,
y la cría de bacterias.
Hay otros grupos que se han percatado de que el hombre ha profanado y estropeado su mismo nido, y tiene ahora que limpiarlo. Estos grupos han estado haciendo experimentos con las técnicas de la agricultura ecológica. Ejemplo destacado, es el del Nuevo Instituto de Alquimia, que planea desarrollar una copiosa serie de actividades, entre las cuales puede mencionarse el cultivo doméstico de pescado, en climas tan heterogéneos y variados como los de las provincias marítimas canadienses, Nuevo México, California y Costa Rica. Los nuevos alquimistas se han trazado esta triple meta : "Restaurar las tierras, proteger los mares e informar a los sirvientes de la tierra." Esto es lo que ha venido haciendo la cobertura vegetal del planeta en su terra firma, mucho antes de que el hombre llegase a ser su sirviente. En este sentido, las plantas son los alquimistas más antiguos.