El químico agrícola George Washington Carver, nacido poco antes de comenzar la Guerra Civil, hombre que se sobrepuso al sino de su descendencia de esclavos y era conocido como el "Negro Leonardo", consideraba normal y natural que las plantas revelasen sus secretos ocultos cuando así se les pedía. Fue un genio admirable por naturaleza.
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| G.W. Carver |
Durante su carrera pasmosamente creadora, en que utilizó
métodos tan incomprensibles tanto para sus colegas científicos como
para sus antecesores profesionales, convirtió al humilde cacahuate
que sólo se creía útil para cebar cerdos, y a la desconocida batata
en centenares de productos diversos, desde los cosméticos y la
grasa para lubrificar hasta la tinta de imprenta y el café.
Desde que pudo estar en el campo a solas, el joven Carver
empezó a manifestar un conocimiento extraordinario de todos los
seres que crecían. Los labradores de Diamond Grove, pequeña
comunidad situada en las faldas de los Ozark, al sudoeste de Misuri,
recordaban al muchacho debilucho que vagaba horas y horas
por los campos, examinando las planas y llevándose algunas
variedades, con que curaba a los animales enfermos.
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| Cacahuete | Batata |
Por propia cuenta, formó un jardín particular en un pedazo de tierra lejano y
abandonado. Con restos de sombrajos, invernáculos y otros materiales
que encontraba, construyó un invernadero secreto en el bosque.
Cuando se le preguntaba qué hacia allá tan lejos de la parcela
que debía cultivar, replicaba con firmeza pero en una forma
enigmática : "Voy a mi jardín hospital a cuidar centenares de
plantas enfermas."
Las mujeres de los labradores de toda aquella comarca empezaron
a llevarle sus plantas domésticas enfermas, rogándole que
las volviese a la vida y las hiciese florecer. él las atendía cariñosamente
a su manera, les cantaba muchas veces aires populares con
la voz cascada que le caracterizó toda la vida, las colocaba en latas
que llenaba de tierra especial mezclada por él, las cubría afectuosamente
por la noche y las sacaba durante el día a "jugar al sol".
Cuando devolvía las plantas a sus dueñas, quienes le preguntaban
nuevamente cómo podía obrar aquellos milagros, Carver se limitaba
a contestar en voz baja : "Todas las flores me hablan, lo mismo
que centenares de pequeños seres vivientes de los bosques. Aprendo
lo que sé observando y amando todo."
Se matriculó en el Colegio Simpson, de Indianola, Iowa,
costeándose los gastos como lavandero, pues tenía particular destreza
para lavar las camisas de los estudiantes, y luego se trasladó al
Colegio de Agricultura del Estado de Iowa. Entre las cosas que
más le impresionaron en su vida y más duradero efecto produjeron
en él, fue la frase de su maestro preferido, Henry Cantwell Wallace
director de la publicación popular Wallace's Farmer (El labrador
de Wallace), de que "las naciones duran mientras dura su suelo".
Aunque tenía mucho trabajo y era organista, totalmente autodidacta,
de diversas iglesias, tenía tiempo para llevarse al nieto de Wallace
de seis años a dar largos paseos por los bosques y hablar con
las plantas y las hadas, muy lejos de sospechar que la pequeña
mano que estrechaba era la del futuro secretario de Agricultura,
y más tarde, dos años antes de su muerte, vicepresidente de
Estados Unidos.
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| H.C. Wallace |
En 1896, Carver recibió su grado de maestro y fue invitado a incorporarse al claustro de profesores. Pero, cuando el fundador y presidente del Instituto Normal e Industrial, Booker T. Washington, quien había oído hablar del talento de Carver, le propuso trasladarse a Tuskegee, Alabama, para ponerse al frente del departamento agrícola, decidió, como Sir Jagadís Chandra Bose, que la perspectiva de un porvenir cómodo y bien pagado en la facultad del estado de Iowa no era bastante para disuadirle de servir a su pueblo. Así que aceptó.
No llevaba en el sur más que unas cuantas semanas, cuando comprendió que el problema principal de aquellas tierras llanas que se extendían por centenares de kilómetros cuadrados, era la siembra año tras año de la misma cosecha de siempre, el algodón, que las estaba envenenando, y venía agotando desde hacia varias generaciones la fertilidad de su suelo. Para contrarrestar el despojo a que lo estaban sometiendo millares de cultivadores, resolvió establecer una estación experimental. Instaló allí un laboratorio privado, al que puso el nombre de "Tallercito de Dios", en él se sentaba horas y horas a comulgar con las plantas, y no permitió que entrase jamás en él un solo libro.
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| Algodón |
Las clases que daba a sus alumnos de Tuskegee eran de lo más
sencillo, aunque al mismo tiempo sumamente profundas. Cuando
el canciller de la Universidad de Georgia, W. B. Hill, fue personalmente
a Tuskegee para ver por sí mismo si el profesor negro
era tan brillante como se rumoreaba, declaró que la exposición que
le hizo Carver del problema de la agricultura sureña fue "la mejor
conferencia que he tenido el privilegio de escuchar en mi vida".
A los alumnos de Carver les producía gran impresión ver que su
profesor se levantaba todas las mañanas a las cuatro en punto para
recorrer el bosque antes de iniciar la jornada diaria, llevándose
consigo innumerables plantas para ilustrar sus clases. Explicó esta
costumbre a sus jóvenes amigos, diciendo : "La naturaleza es la
maestra más excelente, y de ella aprendo las cosas mejores mientras
los demás duermen. En las quietas horas oscuras que preceden a,
la salida del Sol ; Dios me comunica los planes que tengo que
desarrollar."
Durante más de diez años estuvo trabajando diariamente en
parcelas experimentales de terreno, para averiguar de qué manera
podría acabar con la chifladura de Alabama por el algodón. En
un quiñón de siete hectáreas y media, prescindió del fertilizante
comercial, y sólo quiso abonarlo con hojas secas del bosque, con
el fango fecundo de los pantanos y con estiércol animal de las
cuadras. Produjo cosechas tan abundantes de diversos cereales, que
llegó a la conclusión de que "en Alabama, los abonos que en
cantidades casi ilimitadas estaban a la disposición de cualquiera, se
perdían por preferir productos comerciales".
Como buen horticultor, Carver había observado que el cacahuate
se bastaba a sí mismo de manera increíble para su cultivo, y que
podía desarrollarse perfectamente en una tierra pobre. Y como
buen químico, descubrió que tenía tantas proteinas como los
filetes de solomíllo, y tantos hidratos de carbono como las papas. Una
tarde, mientras daba vueltas al problema en su taller, se quedó
mirando a una planta de cacahuate, y le preguntó: "¿Por qué te
hizo el Señor?". De repente, en un momento de inspiración, recibió
esta concisa respuesta : Tienes tres cosas que estudiar en mi :
compatibilidad, temperatura y presión".
Con esta idea escueta, se encerró en su laboratorio. Allí, en una
semana de insomnio, empezó a analizar el cacahuete en sus
componentes químicos y a someterlo a tanteos y errores en diferentes
condiciones de temperatura y presión. Con gran satísfaccion
observó que la tercera parte del pequeño grano estaba compuesta
de siete tipos distintos de aceite. Sin tomarse una hora de reposo,
analizó y sintetizó, separó y volvió a reunir, clasificó y determinó
las partes químicamente diferenciables del cacahuete, hasta que
obtuvo dos docenas de frascos, cada uno de los cuales contenía
un producto totalmente nuevo.
Al salir de su laboratorio, convocó a una reunión de labradores
y especialistas agrícolas, a quienes enseñó lo que había logrado
en siete días y siete noches de trabajo. Rogó y suplicó encarecidamente
a su auditorio que arasen las plantaciones destructivas de
algodón y sembrasen en su lugar cacahuete, asegurándoles que les
iba a representar una cosecha económicamente mucho más valiosa
que la que parecía indicar el uso que hasta entonces se diera
a los cacahuetes como pienso para cerdos.
Sus oyentes no sabían a qué carta quedarse, sobre todo cuando
Carver contestaba a su ruego de que les explicase los metodos que
empleaba, diciendo que no se afanaba por estudiarlos, sino que
se le ocurrían como llamaradas de inspiración mientras vagaba
por el bosque. Para resolver las dudas de la gente comenzó a
publicar boletines, en uno de los cuales hizo la declaración increíble
de que podía extraerse del cacahuete una manteca rica, nutritiva
y sumamente sabrosa, y que, mientras se necesitaban cien libras
de leche para elaborar diez de mantequilla, con cien libras de
cacahuete podían producirse treinta y cinco de excelente mantequilla
de cacahuete. En otros boletines les fue enseñando también cómo
podían extraer de la batata o boniato numerosos productos
heterogéneos : se trataba de una planta tropical de la que no habían
oído hablar la mayor parte de los norteamericanos, que se daba
generosamente en la tierra del sur, depauperada por el algodón.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial y la carencia de tintes
constituía un grave problema nacional, Carver se echaba a andar
al romper el día a través de la brumas y del rocío, y preguntaba a
sus plantas amigas cuáles de ellas podrían contribuir a subsanar
aquel déficit. De las hojas, raíces, tallos y frutos de veintiocho
voluntarias, llegó a obtener 536 sustancias tintóreas, que podrían
utílizarse para teñir lana, algodón, lienzo, seda y hasta curro; 49
de ellas podían obtenerse sólo de la uva silvestre y su zarza.
Sus trabajos terminaron por atraerse la atención de toda la nación. Cuando se propagó la noticia de que en el Instituto de Tuskegee se estaban ahorrando doscientas libras de trigo al día, mezclando dos partes de harina ordinaria, con otra obtenida de los boniatos, acudieron a enterarse numerosos autores y escritores de dietas y alimentos, interesados en cooperar con la campaña para economizar trigo mientras duraba la guerra. Se los obsequió con panecillos deliciosos hechos de harinas mezcladas, y se les ofrecío un verdadero banquete de cinco platos a base de cacahuetes y batatas, y de una combinación de ambos, que Carver llamaba "imitación de pollo". Los demás vegetales y hortalizas que se sirvieron, eran acederas, mastuerzos, achicoria salvaje y dientes de león, aliñados como ensalada, para corroborar la afirmación de Carver de que las plantas naturales y selváticas eran mucho mejores que las cultivadas por el hombre, que habían perdido su vitalidad natural. Los especialistas en la nutrición, quienes comprendieron que las ideas de Carver podían contribuir notablemente a los esfuerzos que la guerra imponia, se abalanzaron al teléfono para comunicar la noticia a sus periódicos, y Carver, que ya era conocido en el mundo de la ciencia desde el año anterior, al ser elegido miembro de la famosa Real Sociedad británica, figuró desde entonces en los grandes titulates de la prensa.
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| Tuskegee |
Invitado a Washington, dejó deslumbrados a los altos
funcionarios guberna- mentales con docenas de productos, entre ellos un
almidón de gran valor para la industria textil, que después iba a
ser un componente de la goma de miles de millones de sellos
norteamericanos de correos.
Después se le ocurrió a Carver que el aceite de cacahuete podía
ser beneficioso para los músculos atrofiados de las víctimas de polio.
Los resultados fueron tan pasmosos, que tuvo que dedicar un día
al mes para tratar a los pacientes que acudían a su laboratorio con
muletas y bastones o llevados en camillas. Esto fue callado en los
ambientes médicos, lo mismo que la aplicación de emplastos de
aceite de ricino que recomendara más o menos por aquel tiempo
el "profeta durmiente", Edgar Cayce, con los cuales están empezando
a realizar curas en verdad asombrosas y aun totalmente
inexplicables para los médicos de amplio criterio investigador y de
intrépida iniciativa.
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| E. Cayce |
En 1930, el cacahuete tan sin valor hasta entonces, se había convertido, gracias a la clarividencia de Carver, en un capital para los agricultores del sur, que alcanzó el valor de doscientos cincuenta millones de dólares, y había creado una industria gigantesca. Se calculé en 60 millones de dólares anuales el valor del aceite de cacahuate solamente, y su mantequilla empezaba a ser uno de los alimentos favoritos hasta de los niños norteamericanos más pobres. No satisfecho con sus realizaciones, Carver logró elaborar papel de un pino local del sur, lo cual estimuló a los madereros a cubrir millones de hectáreas meridionales con bosques productivos de monte bajo.
En plena depresión, Carver fue nuevamente invitado a Washington
para rendir testimonio ante el poderoso Comité de Modos y
Medios del Senado norte- americano, que estaba estudiando el
proyecto de ley de tarifas arancelarias de Smoot-Hawley para proteger
la industria norteamericana que pasaba por una situación crítica.
Vestido con su consabido y aparentemente eterno traje negro
de dos dólares, y con su flor proverbial en el ojal y una corbata
de factura doméstica, llegó Carver a la Unión Station y, al rogar
a un maletero que le llevase el equipaje y le indicase por dónde
se iba al Congreso, se encontró con la contestación siguiente : "Lo
siento, papá, pero no tengo tiempo para atenderle. Estoy esperando
a un sabio importante de color que viene de Alabama."
Carver, pacientemente, cargó con sus maletas hasta un taxi, que
lo llevó al Capitol Hill.
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| Capitol |
Aunque el comité sólo le había concedido diez minutos para
rendir testimonio, en cuanto empezó a dar explicación y a sacar
de su maletín polvos para la cara, sustitutos de petróleo, champús,
creosota, vinagre, tintes para maderas y otras muestras de
innumerables creaciones preparadas en su laboratorio, el vicepresidente
de los Estados Unidos, el quisquilloso "Cactus Jack" Garner,
de Texas, se saltó el protocolo y le dijo que se tomase el tiempo
que quisiese, porque su demostración era la mejor que se había
presentado ante un comité del Senado.
En las investigaciones a que dedicó la mitad de su vida, había
creado millares de fortunas para otras personas, pero rara vez
solicitó patente alguna por sus ideas. Cuando le hacían consideraciones
los industriales y políticos prácticos sobre el dinero que podría
haber amasado con sólo haberse procurado esta protección
oficial, se limitaba a contestar:
- Dios no me cobró nada a mi ni a ustedes por crear los cacahuetes.
¿Por qué voy a aprovecharme yo de los productos derivados
de ellos?
Lo mismo que Bose, Carver creía que el fruto de su mente, por
alto que fuese su valor, debía regalárselo a la humanidad.
Thomas A. Edison dijo a sus socios : "Carver vale una fortuna",
y respaldó esta afirmación ofreciendo al químico negro un empleo
con un sueldo astronómicamente elevado. Pero él declinó la oferta.
Henry Ford, quien estaba convencido de que era "el más gran
científico viviente", intentó traérselo a su empresa de River
Rouge, pero no tuvo mejor éxito.
Como la fuente de que procedía su magia con los productos
vegetales era tan extraña e insospechable, sus métodos siguieron
siendo tan indescifrables para los científicos y el público en general
como los de Burbank.
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| T.A. Edison | H. Ford |
Los visitantes que encontraban a Carver
afanándose en su banco de trabajo, entre un montón confuso de
moldes, abonos, plantas e insectos, se sentían decepcionados ante
la absoluta simplicidad de sus contestaciones a las preguntas insistentes
que le formulaban y a sus peticiones de que les revelase sus
secretos. Muchos de los visitantes no encontraban significado alguno
en aquellas respuestas.
A uno de ellos le dijo:
- Los secretos están en las plantas. Para sacárselos, hay que
amarlas.
-¿Pero cómo es que tan poca gente tiene el poder de usted?
insistió el hombre.
¿Quién además de usted puede hacer estas
cosas?
- Cualquiera las puede hacer replicó Calver , con sólo que
la crea - dio unos golpecitos a la gran Biblia que tenía sobre la
mesa, y añadió - : Todos los secretos están aquí. En las promesas
de Dios. Estas promesas son reales, tan reales como esta mesa, en
la que cree completamente un materialista, sólo que infinitamente
más sólidas y sustanciales que ella.
En una conferencia pública, donde fue muy aplaudido, refirió
cómo había logrado extraer de las bajas montañas de las arcillas
y otros tipos de tierra, de Alabama centenares de colores naturales,
entre ellos, un pigmento raro de azul intenso, que dejó asombrados
a los egiptólogos, los cuales creyeron que había vuelto a descubrir
aquel hombre el color azul de la tumba de Tutankhamen, tan
fresco y vivo al cabo de tantos siglos como cuando se aplicó.
Tenía Carver ochenta años más o menos - la fecha exacta de
su nacimiento no se ha podido fijar, porque no se llevaba constancia
ni documentación de los hijos de esclavos - , cuando dirigió
la palabra a un grupo de químicos reunidos en Nueva York, al
estallar en Europa la Segunda Guerra Mundial.
"El químico ideal del futuro - les dijo Carver -, no se quedará
satisfecho con los análisis rutinarios y pesados de todos los días,
sino que se atreverá a pensar y proceder con una independencia
que antes no le fuera permitida, descifrando ante nuestros ojos
un verdadero laberinto místico de productos nuevos y útiles
extraídos del material que tenemos bajo nuestros pies en su mayor
parte, y que hoy consideramos de escaso o nulo valor."
No mucho antes de que muriese Carter, un visitante que fue
a verlo en su laboratorio observó cómo extendía sus largos y
sensitivos dedos hacia una florecilla que había en su banco de trabajo.
Cuando toco esa flor - le dijo casi en éxtasis -, es como si
tocase el infinito. Existió mucho antes de que hubiera seres humanos
en esta tierra y seguirá existiendo durante millones de años
todavía. A través de esta flor, yo hablo con el infinito, que es una
fuerza silenciosa.
Este no es un contacto físico. No se trata de algo
que haya en el terremoto, en el viento o en el fuego. Pertenece al
mundo invisible. Es esa suave vocecita que llama a las hadas.
De repente se detuvo, y tras un momento de reflexión, sonrió
a su visitante, diciéndole :
Mucha gente lo sabe esto instintivamente, y mejor que todos
Tennyson, cuando escribió :
Florecilla de la pared hendida,
Yo te arranco de la hendidura,
Te tengo en mi mano, con raíz y todo,
Florecilla ... pero, si pudiera entender
Lo que eres con raíz y todo, y todo en el todo,
Sabría lo que Dios y el hombre.