Published in Littérature
et double culture / Literatura y doble cultura, Ed. Geneviève
Mouillaud-Fraisse & José María Fernández
Cardo, Paris-Barcelona: Noesis, 1989, 68-79.
Un contexto multicultural evidente
Tres problemas se asocian a
cualquier tentativa de contemplar la historia australiana bajo
el signo de la "doble cultura".
En primer lugar, se desarrolla
actualmente en Australia un debate nacional cuyos términos
no son de simple dualidad sino de "cultura nacional"
frente a "nación multicultural". Así
se reconoce implícitamente que las múltiples fuentes
históricas de la cultura australiana contemporánea
- debidas no sólo a la conquista de la cultura aborigen
sino también a diversas y masivas olas de inmigración
- no se dejan analizar como una simple oposición entre
"cultura anglosajona dominante" y "cultura no
anglosajona dominada". El hecho de que dicho debate tenga
lugar dentro de la clase dominante, traduciéndose en
un enfrentamiento entre los partidos políticos laborista
y conservador, refleja más que nada la incertidumbre
propia a la tradición anglosajona en sí. También
refleja un sentimiento de culpabilidad al ver que las aportaciones
culturales de las grandes comunidades griegas, italianas, yugoslavas,
etc. tienden a perderse después de tres generaciones.
Si los inmigrantes han tenido que aprender la lengua y las costumbres
de un nuevo país, sus hijos guardan sólo para
el uso doméstico la lengua y las costumbres no australianas,
y la tercera generación - con posibles excepciones en
las reducidas comunidades judías ortodoxas, chinas y
vietnamitas - no quiere ser otra cosa que australiana y efectivamente
no habla más que inglés. Procesos semejantes se
manifiestan en Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania,
pero tal vez sea únicamente en Australia donde parte
de la clase dominante no sólo ha tomado medidas para
que se enseñen y se difundan por medios televisivos las
lenguas no inglesas, sino también ha planteado la cuestión
- radical - de si debe aceptarse o no como nación multicultural.
El segundo problema es entonces
el de los significados que el término "cultura"
puede tener en ese contexto de duda profunda dentro de una clase
dominante. Efectivamente, los partidarios de la multiculturalidad
suelen definir la cultura como modo de ser, "way of life",
en el sentido de "estilo general que sostiene cada detalle
de la vida", que Henri Lefebvre ha idealizado como algo
anterior a la decadencia moderna donde la cultura forma sólo
una parte de la vida social, al lado de la economía,
la política, la enseñanza, las relaciones exteriores,
etc. Como dicen sobre todo los defensores de la cultura aborigen,
el ideal multicultural se encuentra en las numerosas fuentes
del pasado. En cambio, los defensores de la idea de cultura
nacional, incluyendo la mayoría de la población
inmigrante, aceptan la segmentación moderna de la vida
social, respetando la cultura como si fuera ésta un conjunto
de sensibilidades tan refinadas y de monumentos tan grandiosos
que por definición no se puedan manifestar en la antípoda
sociedad actual. Este concepto actúa a la vez como agente
de cohesión nacional y, en un contexto de gran movilidad
social, como valor distintivo al que se asocia el también
generalmente aceptado valor del trabajo: el inmigrante trabaja
para que sus hijos tengan acceso a la "cultura", evidentemente
elitista pero no necesariamente divisiva: es una esperanza generalmente
compartida.
Nuestro tercer problema es
entonces la posición particular que tiene la literatura
dentro de esta doble proyección de la cultura como paraíso
lejano (situado en el pasado para los unos, en el futuro para
los otros). Más que la música, el cine o la televisión
- que tienen sus vertientes verdaderamente populares-, la literatura
representa, en Australia como en otros muchos países,
una actividad cultural de extensión claramente restringida
y claramente valorizada, sobre todo desde que el último
público de la literatura popular - las poblaciones del
interior del continente - fue también envuelto en la
red de ondas hertzianas. Como en la mayoría de los países
occidentales, la literatura es algo que se aprende en la escuela,
que se lee en el tren o en el avión, que se ve en versión
"película de la novela". En un país
de sólo 20 millones de habitantes y de lengua internacional
(es decir, sin las fronteras lingüísticas que en
cierta medida protegen otros países de la industria cultural
angloparlante), esta situación significa un mercado evidentemente
insuficiente para sostener la extensa producción de textos
literarios autóctonos. La ambigüedad social de la
cultura como índice de una vida mejor ausente a su vez
significa que no hay ninguna valorización absoluta de
lo autóctono frente a lo extranjero - es éste
un aspecto cuya historia nos proponemos analizar más
adelante - y por consiguiente que no hay ninguna insistencia
ni siquiera en la existencia de la categoría absoluta
"literatura australiana". El lema del Australian Arts
Council, la entidad oficial que apoya a la mayoría de
los escritores australianos contemporáneos, no es "literatura
australiana" sino "literatura para australianos".
Sus ayudas no son exclusivamente para escritores de lengua o
de tradición inglesas, sino también para traducciones
del inglés a otras lenguas. Cierto paralelismo con la
política actual del Ministerio de Cultura español
podría sugerir la ambivalencia con la que se ha desplazado
la noción de "literatura nacional": a la vez
que se acepta y se estimula la pluralidad interior, se favorece
la presencia y la extensión de lo nacional al extranjero.
En Australia como en España, la unidad y la cohesión
internas se buscan en los ojos del extranjero, y el nativo no
debe hacer mucho caso aunque la reacción sea muy positiva
cuando, por exotismo o curiosidad, un país u otro se
pone de sabor del mes, como los helados, en Nueva York o París.
Vista desde el interior, la categoría de literatura nacional
es fundamentalmente inestable por lo cual tiene su historia.
Una historia literaria australiana
No es difícil resumir
los 200 años - del 1788 al 1988 - de textos escritos
en Australia, sobre Australia o por australianos. Al período
colonialista sucede, alrededor del año 1900, la época
nacionalista; luego unos 70 largos años de mediocridad
casi siempre anglófila hasta una segunda época
independentista que se suele fechar a partir de 1972, en la
que todavía estamos hoy. En ese contexto, lo importante
es comprender qué sucedió durante la primera época
nacionalista, y en qué medida la literatura de aquel
"fin de siglo" ha influencido la singularidad y la
multiculturalidad de la literatura australiana actual.
Colonialismo
Si casi toda la primera centuria
de la literatura australiana es considerada "época
colonialista", se puede describir igualmente como una extensión
de la literatura británica: se trata en primer lugar
de la mente inglesa que intenta captar una nueva realidad -
paisaje, flora, fauna, nativos - según los términos
de una Arcadia idealizada como negación de la revolución
industrial, y en segundo lugar de la invención de la
realidad deseada, traducida en aventuras exóticas - caballos,
bandidos, alta mar - producidas para el nuevo público
británico muy demandante de novelas por entregas y de
novedades para el "circulating library". Este segundo
aspecto se consolida cuando los descubrimientos de oro llenan
Australia de aventureros de toda clase y de todas las naciones,
suministrando además la riqueza fabulosa necesaria para
cualquier buen relato de aventuras del período victoriano:
el criminal Magwich, por ejemplo, sale de las Great Expectations
dickensianas para hacer su fortuna, de manera preferentemente
inmoral, en Australia. El oro también forma un nuevo
país: la Australia que contaba con una población
(blanca) de sólo 400.000 en 1850 no era del todo la misma
que contaba 4 millones de personas (blancas) en 1900. Sean lo
que fueran las fechas bicentenarias, el país que hoy
conocemos no tiene en realidad más de un siglo de historia
- lo que sugiere comparaciones con casos como el de Argentina,
también masivamente transformada por inmigraciones casi
paralelas a las australianas.
El "fin de siglo"
australiano
Consecuencia de los masivos
cambios que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, la Australia
de finales del siglo XIX se presenta como un conjunto de singularidades
y contradicciones:
- Es el país más
urbanizado del mundo, bien que la visión británica
de una Arcadia austral tiene tanta influencia sobre la nueva
identidad nacional que ésta se concreta en una mitología
rigurosamente no urbana, idealizando el interior del continente,
el campo salvaje, el "outback", el "bush".
- Es el país con el
más alto nivel de vida del mundo, aunque sus valores
fundamentales no se orientan en términos de movilidad
social, sino alrededor del trabajo y de la figura del buen amigo
y compañero - el "mate" o "honest bloke"
- esencialmente producto de las duras condiciones en las que
se había generado la riqueza. Como comenta un visitante
británico en 1882: "nunca han visto ojos europeos
tanta riqueza en manos de hombres tan completamente mal educados".
- Es por definición,
junto con la siempre más británica Nueva Zelanda,
geográficamente el más oriental de los países
culturalmente occidentales, pero es a la vez un país
que unos 200 intelectuales socialistas pueden considerar ya
demasiado integrado en la decadencia capitalista. Había
que ir aún más lejos: en 1896, bajo el mando de
William Lane, esos intelectuales se marcharon a Paraguay para
fundar su comunidad ideal.
- Es un país en el que
el peso relativo de los intelectuales (según la categoría
censual de "autores, editores, periodistas, pintores y
estudiantes del arte") es - incluso durante el fracaso
paraguayo - mucho más alto que en Inglaterra y, en consecuencia,
probablemente superior a las tasas de los demás países
europeos.
- Finalmente, la politización
de esta inteligentsia (cuantitativa) corresponde al hecho de
que Australia sea, además, el país con el mayor
porcentaje de asociacionismo laboral del mundo.
Tenemos entonces en la Australia
de finales del siglo XIX un país caracterizado por extremos
de riqueza general, urbanización, distancia, intelectualidad
(cuantitativa) y politización. Lo que pasa en la literatura
de aquellos años - celebrados en diversas historiografías
como "la década romántica", "los
años gloriosos", "la leyenda de los 90"
o, más exactamente, "la época nacionalista"...
antes del hecho, pues la federación australiana no se
proclama hasta 1901 - va prefigurar los términos del
debate actual sobre multiculturalidad.
Primer elemento: la capital
literaria del país se desplaza de Melbourne (tradicionalmente
de cultura más británica) a Sydney (ciudad más
dinámica, de ideología más independista).
Segundo elemento: se forma
en Sydney un periódico nacional cuyo programa político,
en la forma publicada el 17 de junio de 1893, vale la pena traducir
en versión íntegra:
El semanal singular
- El periódico ilustrado
nonpareil de Australia
- El Bulletin
La revista literaria
más importante de Australia
El BULLETIN cree
en:
- Un gobierno
republicano.
- Una persona,
un voto.
- Un sistema libre
y laico de enseñanza pública.
- Reforma del
sistema penal y de las prisiones.
- Una Australia
unida y protegida contra el mundo.
- Australia para
los australianos
- Exclusión
total del chino vil, del negro vil y del europeo pobre también
vil.
- Un banco nacional.
- La elección
directa de los representantes parlamentarios, en lugar del sistema
de partidos políticos o mejor dicho de administración
por contradicción.
- Un nuevo sistema
parlamentario - una cámara votada por las provincias
actuales, la otra votada por todas las provincias juntas como
una nación.
- Un sistema universal
y obligatorio de seguros de vida.
- La abolición
total de la propiedad privada de la tierra.
- El referendum
[para la federación de las seis colonias].
- La abolición
de los títulos de la así llamada "aristocracia".
Discurso por lo menos robusto
- notemos el galicismo "nonpareil" al lado del "europeo
vil"-, este programa no esconde nada del papel que tienen
el racismo, el proteccionismo y el totalitarismo fabiano en
la proyección de una nueva identidad nacional: hay sin
duda cierto sentimiento de culpabilidad que motiva el hecho
de que sean los herederos de esta misma izquierda australiana
los que actualmente abogan por la pluralidad cultural de su
país. Sin embargo, no cabe duda de que el Bulletin
efectivamente construye la unificación de espíritu
que busca y no en vano se proclama "la revista literaria
más importante de Australia". Es el centro nacional
de una nueva literatura de índole realista, a veces costumbrista
y constantemente anti-británica. En sus páginas
se publican escritores nacionalistas como los todavía
apreciados Lawson y Paterson, miembros de la primera generación
mayoritariamente nacida en Australia, casi todos de estirpe
no inglesa (irlandesa, escocesa, etc.), y de orígenes
e ideologías obreras... en suma, firmemente al margen
de la cultura imperialista británica. Sin teoría,
sin estudios amplios, casi sin precedentes, esta generación
creará una literatura allí donde no había
ninguna. Como lo dice A.A. Phillips, "fue la primera vez
desde hacía siglos que la escritura anglosajona se escapó
de la jaula de sus actitudes burguesas". El Bulletin
ayuda además a la formación de un público
de dimensiones adecuadas a una relativa profesionalización
del oficio literario: se venden 32.000 ejemplares de While
the Billy Boils, colección de cuentos que publica
Lawson en 1896; 20.000 ejemplares de In the Days when the
World was Wide, publicado en el mismo año... mientras
que en Inglaterra escritores como John Davidson y Arthur Symons
publican en ediciones de sólo 500 ejemplares. La nueva
literatura australiana es entonces una manifestación
urbana y politizada que celebra una realidad agresiva y rural,
sean cuales fueran las modas extranjeras. Como observa Mark
Twain después de una visita a Australia en el mismo 1896:
"El australiano está tan orgulloso de su país
salvaje como si éste fuera la última obra maestra
de Dios". En literatura, no obstante, el orgullo nacionalista
se expresa por un modo de hipérbole irónico que
deja ver la incertidumbre nacida del aislamiento:
Pero el tiempo, conforme a su costumbre lamentable,
había pasado, y el llano ya estaba perdiendo su brillo
mientras el sol seguía su camino en un intento inútil
de purificar el aire infectado de Europa... (Such is Life
/ Así es la vida, Tom Collins, 1903).
Tercer elemento - y pienso
en los factores que han permitido que Litvak describiera la
España de la misma época como un "sueño
de Arcadia", factores que a la vez distinguen Australia
del caso estadounidense - : un profundo pesimismo se produce
por la distancia entre un programa de ideales (aislamiento como
libertad) y la realidad de un país que, en la década
de 1890, sufre una aguda crisis económica ligada a la
del capitalismo internacional: la tasa del paro en 1896 es del
10,8%; los salarios reales estarán en declive hasta 1907.
El sentimiento de que todo será posible en un país
nuevo es el primer paso para la idea de que nada es efectivamente
realizable. En literatura, este pesimismo fundamental no se
traduce por la oposición progreso / decadencia (como
puede ser el caso en una confrontación directa entre
las ideologías positivista e idealista, o de Naturalismo
frente a Modernismo), sino por la alternativa "Australia
/ otra parte"... y esta otra parte, como lo indica claramente
Henry Lawson en 1898, puede estar casi en cualquier parte:
Mi consejo para todo joven australiano que tenga
talento literario reconocido sería que se embarque,
en tercera clase, clandestinamente, o nadando, rumbo a Londres,
Estados Unidos o Timbuctú - en lugar de quedarse en
Australia hasta que su genio se transforme en rencor o cerveza.
O bien, en el caso de que esto no sea posible - y siempre
en búsqueda de los mejores intereses de la naturaleza
humana y también literaria-, que estudie la anatomía
elemental, especialmente con respecto al cráneo, y,
cuidadosamente y con la ayuda de un espejo, se pegue un tiro.
La ironía no es en absoluto
gratuita: el mismo Lawson es alcohólico, y otros muchos
escritores de la época tienen muertes trágicas:
el poeta Gordon (famoso por su temática variada de "caballos,
caballos y más caballos") se fusila; Barcroft Boake
se ahorca con un látigo para el ganado; Price Warung
es morfinómano; los poetas Kendall y Brennan también
son alcohólicos crónicos... Hay sin duda cientos
de casos parecidos en los medios "decadentes" de las
literaturas europeas de la época. Pero en Australia,
el predominio de la estética realista es tal que resulta
casi imposible que los poetas idealicen "el arte"
como mundo de símbolos ideales más allá
de la realidad conocida:
Nosotros (999 de cada 1000 personas) no vemos
nada en los crepúsculos sino algunos signos e indicaciones
de si habrá o no lluvia al día siguiente. Dejemos,
pues, estas vanas y bobas fantasías a los poetas y
pintores - ¡pobres! ¡Felicitémonos de que
no tengamos nada de su temperamento!
El fragmento proviene de la
primera página de la novela Mi vida brillante
publicada por Miles Franklin en 1901. En la misma página
se encuentra otro aspecto de este mismo pesimismo irónico,
producto del escepticismo frente a la ideología del país
ideal:
Esto no es una novela [...]
No hay trama en este cuento, porque no ha habido ninguna en
mi propia vida, ni en ninguna otra vida de que he tenido noticia.
Efectivamente, siempre les
ha resultado muy difícil a los escritores australianos
concebir una trama novelística unificada y progresiva.
La estética realista corresponde a miles de breves relatos
en verso o en prosa, pero a nada que se pudiera comparar con
Dickens o con Zola (sin embargo conocidos, leídos y comentados
en Australia). La novela de Franklin no es más que una
corrupción y fragmentación quijotesca de la novela
romántica victoriana; otra gran novela de la época
- la arriba citada Así es la vida - nos presenta
un narrador que, después de dos folios de filosofar sobre
determinismo y libre albedrío, decide seleccionar y transcribir
al azar unas 400 páginas sueltas de sus diarios. Y así
es la novela australiana: una compilación de breves relatos,
una forma al principio adaptada de la tradición oral
del yarn, (significa "hilado"), de la historia
larga o increíble que se cuenta para matar el larguísimo
tiempo-espacio del interior del continente (el narrador del
yarn se llama, lógicamente, spinner, "hilandero"
- no hay que olvidarse que se trata de un país productor
de lana). Pero la problemática no es simplemente una
cuestión de forma, sino de lo que significa la estructura
narrativa "comienzo / (yo-aquí-ahora) / fin"
en el contexto del nacionalismo literario de un país
recién conquistado con la mirada hacia afuera y un enorme
vacío en su adentro. A pesar de toda la ironía
con la que muy a menudo se ha desplazado el problema, el "yo-aquí-ahora"
australiano difícilmente se puede permitir un trayecto
auténticamente temporal. Cuando se lo intenta, por esfuerzo
de evitar a distancia o la ausencia significativa de la "otra
parte" europea, el futuro así proyectado casi siempre
caye en un auténtico pesimismo. Estamos al final de la
novela de Miles Franklin:
¡Oh mis hermanos quemados
por el sol! ¡Hijos del trabajo y de Australia!
Os amo, os amo. Con coraje
os empujáis a avanzar, mientras que la cuerda de la
división de clases se estrecha cada vez más
alrededor de vuestros cuellos: dentro de unas cuantas generaciones
estaréis tan esclavizados como nunca lo estuvieron
los moujiks de Rusia. Lo sé, lo veo, pero no os puedo
ayudar...
Rasgos de una escritura
nacional
Si voy intentando en estas
líneas destacar ciertos elementos de una tradición
literaria australiana, es en primer lugar porque me molesta
leer, por ejemplo, que el recién traducido Bliss
[Bendito Harry] de Peter Carey es obra de "un peculiar
heredero de los humoristas británicos de este siglo"
(El País, 8.01.89). En realidad, Peter Carey es
un heredero nada peculiar de la literatura de hace un siglo
ya: el Harry en cuestión es un spinner sardónico
moderno, su visión del mundo (en el que el mundo de la
publicidad se asocia a la degeneración ecologista) es
claramente anti-progresista, su ideal final es la anti-ciudad,
la selva del norte del país. Sin embargo, no se puede
hablar de "tradición" en el sentido de una
serie de obras monumentales a las que haya que referirse para
entender lo nuevo. En literatura, lo australiano en realidad
no transciende los rasgos de escritura que hemos relevado con
referencia al primer nacionalismo: temática de la "otra
parte"; ironía; pesimismo histórico; narratividad
fragmentada. Con respecto a esta última característica,
cabe apuntar la existencia de obras de gran unidad y escondida
causalidad como son las de Patrick White y de Randolph Stow,
pero la novela-complicación ha sido al mismo tiempo una
constante importante, pasando por ejemplos como la magnífica
Capricornia de Xavier Herbert y el menos conocido At
Parramatta de Ethel Anderson para llegar a la "narrativa
discontinua" utilizada hoy día por Frank Moorhouse
y a la fragmentación descriptiva que caracteriza las
obras muy politizadas de David Ireland.
También hay que reconocer
que la transmisión de dichos elementos ha sido predeterminada:
el nacionalismo australiano de finales del siglo XIX fue en
cierta medida resucitado por otro nacionalismo australiano,
el que resultó de la elección del laborista Whitlam
en 1972 y que sigue manifestando vitalidad en la Australia también
laborista de finales de los 80. Aunque sea posible descubrir
cierta homogeneidad de referencias literarias e ideológicas
en ambas épocas, me he detenido en el primer nacionalismo
para poder subrayar una otra forma de continuidad profunda que
se esconde bajo lo que puede a primera vista parecer la causa
principal de una serie de rupturas: el gran nombre de escritores
australianos que han vivido y siguen viviendo en una "otra
parte" muy concreta - por tradición en Europa -
y que siguen siendo escritores australianos por el sentido negativo
de su siempre difícil inserción en tradiciones
plenamente europeas. Esta, creo, es la clave de la identidad
y la dualidad de la cultura australiana.
Es preciso viajar
Después de dar sus "consejos
a un joven escritor", Lawson - el Gran Escritor Australiano,
como dice Franklin en Mi vida brillante - hace caso de
sus propios consejos y se va a Londres, en 1901. Los pintores
más nacionalistas de la "Escuela de Heidelberg"
también emigran: Streeton en 1897, Roberts en 1903. Mientras
tanto, la estancia europea - de 1888 a 1903 - de la escritora
Henry Handel Richardson permite que su trilogía novelística
The Fortunes of Richard Mahony (1917-1929) manifieste
influencias de Nietzsche y sobre todo de Freud, con bastante
anterioridad al impacto del freudianismo en la novela británica.
Un caso similar es la estancia en Berlín del poeta Brennan
a principios de los años 1890 que le permite un conocimiento
de los simbolistas franceses algo excepcional para la época:
se escribe con Mallarmé de 1892 a 1897, es reconocido
como "uno de los primeros críticos a comentar con
pertinencia la obra de su maestro" (L.J. Austin, Correspondance
de Mallarmé, VI, 203), al mismo tiempo que mantiene
suficiente irreverencia y desesperanza australianas como para
traducir a Verlaine en lenguaje periodístico americano,
y escribir - en 1897 - una parodia de Un Coup de dés
cuya frase principal es: "ME DA IGUAL EL PÚBLICO,
Y ELLOS ME DEVUELVEN EL FAVOR." Es más, los trabajos
serios de Brennan - comprendidas sus traducciones serias de
Mallarmé - son publicados en las páginas del Bulletin,
en el centro del nacionalismo literario. El Bulletin
no es comparable a La Nación de Buenos Aires,
pero la publicación de poesía simbolista francesa
en un periódico que también imprime gozosamente
fotos de aborígenes ahorcados no es ninguna anomalía:
el nacionalismo australiano es de hecho muy francófilo.
El mismo editor y propietario del Bulletin - bautizado
John Feltham Archibald - se da los nombres "Jules François";
el escritor George Lewis Becke firma sus artículos "Louis";
el poeta Charles Withers se llama "Andrée Hayward"...
Los artistas nacionalistas se dan cita en el "Café
Français", en el restaurante "Paris House"
y más tarde en los clubs universitarios de los "Casuals"
y los "Compliqués", donde había que
hablar francés. He aquí las raíces de otra
serie de elementos tradicionales que podrían explicar
por qué yo, por ejemplo, suelo hablar francés
en Calaceite. La determinación de dicho idioma en dicho
contexto tiene que referirse en primer lugar a Australia y no
directamente a Francia (ni mucho menos a una supuesta francofilia).
Es importante subrayar que, a finales del siglo XIX, esta predilección
histórica se proyecta sobre una Francia abstracta, lejana,
no conocida... sobre no más que una "otra parte"
que no sea Inglaterra y que de hecho se opone a Inglaterra en
la medida en que es, como la Australia nacionalista, proteccionista
y de pretensiones revolucionarias. Nada de esto impide que los
australianos se quejen - ya desde 1887 - de la presencia francesa
en Nueva Caledonia, o, más recientemente, de la presencia
nuclear de esos hijos de mala madre en el así llamado
Pacífico. El papel cultural de las influencias francesas
en Australia no representa nada más que eso: un papel
cultural, una salida imaginaria, una manera de distanciarse
del colonialismo ya conocido. Tal vez baste con escribir "Madrid"
en lugar de "Londres" para descubrir la importancia
de Francia para los Modernistas hispanoamericanos.
El viaje hacía otra
parte - ninguna parte - ha sido una constante a lo largo del
presente siglo. No hay ninguna "generación perdida"
como en la historia de la literatura norteamericana; los australianos
no hemos fundado ninguna comunidad artística en el exilio;
algo en nuestra cultura lo impide. Tampoco hay una sola razón
que sostenga los numerosos viajes y vidas que se podrían
citar en búsqueda de un éxodo general. En algunos
casos el factor dominante es la intolerancia australiana hacia
la homosexualidad; en otros el deseo de conseguir un público
mayor. Hay también motivos contradictorios: el premio
nobel Patrick White, por ejemplo, producto de Cambridge, empezó
su obra literaria con un estilo muy británico-colonialista
antes de desarrollar una escritura y una temática indudablemente
australianas; Randolph Stow, al contrario, publicó sus
primeras novelas en Londres porque fueron rechazadas - justificadamente
- en su propio país por ser "exotismo australiano";
ahora vive en Inglaterra y escribe novelas que no hablan de
Australia, ni en escritura ni en temática, sino de la
cultura de sus bisabuelos. La heterogeneidad de estos desplazamientos
es tal que carece de sentido querer definir los límites
de la literatura australiana contemporánea: cuando Thomas
Keneally escribe sobre la Guerra Civil norteamericana, o cuando
David Malouf - australiano de origen libanés - nos cuenta
los últimos días de Ovido en el exilio ¿son
novelas australianas? El hecho significante es que, en la crítica
australiana, esta pregunta no se formula. Hace un siglo que
el viaje está con nosotros.
Pero la vida no vale
Navigare necesse est; vivere
non est necesse. Lo escribió el poeta australiano Brennan
en su ejemplar de The Symbolist Movement in Literature,
de Symons, con referencia a Nerval. Es de esas frases que no
se olvidan fácilmente: más que la "nada"
de la canción mejicana, la supuesta prescindibilidad
de la vida desarraiga toda sustancia que se podría atribuir
al "yo-aquí-ahora", al estar en lugar propio.
El centro lingüístico - literario - no se traduce,
es unitario, anda solo.
Desde la perspectiva de una
cultura que sí ha intentado inventarse una identidad
- incluso monolítica, como la del continente mismo -
pero sin lograr arrogancia suficiente para la glorificación
literaria de lo que son meros hechos geográficos, no
debe sorprender el que no me haya propuesto desarrollar ningún
elogio de la doblez internacional. Hay mucho mal en la cosa:
el uno (de vidas sólo tenemos una) siempre sucede al
dos, y donde hay dos, no hay certeza.
Mi querida esposa - francesa
- no entiende por qué ya no quiero volver a mi país.
No entiende qué podría significar vivir un lugar
donde todo todavía parece realizable, pero donde uno
de repente se encuentra esperando noticias de París,
de Estados Unidos, de Timbuctú. Tampoco entenderá
el placer secreto que me da el leer, aquí envuelto en
el aire venenoso y la burocracia estranguladora de Europa, esos
textos que han viajado desde mi país lejano: cuanto más
tópicos, tanto más su contenido de verdad me hace
llorar por todos los vanos intentos de inventarse raíces,
de identificar lugar con vida, como si ésta fuera precisa
y aquél unitario.
Más tarde encontré
la misma frase en Pessoa, luego en Rubén Darío,
en su Viaje a Nicaragua de 1909. Por cierto había
una fuente común, pero no fue la del puerto hanseático
de Bremen, donde la sentencia es divisa de un pueblo comerciante,
ni Enrique el Navigador, de Portugal, hace unos 500 años,
por razones también comerciales. No hay raíces
económicas para explicar los viajes sueltos que desvelan
paralelismos entre escritores que se ignoran, entre culturas
separadas. La fuente común fue D'Annunzio. La red de
influencias y de contactos era estrictamente literaria. Y esta
red, por encima de cualquier nativismo nacional o personal,
ha hecho que múltiples fuentes produzcan culturas singulares,
incluso en Australia.
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