GUANTES (hace 10.000 años, Europa septentrional)

 

La evolución de los guantes se debió a la necesidad de proteger las manos contra el frío y los efectos del duro trabajo manual. Entre los numerosos ejemplos descubiertos en lugares del norte de Europa, halamos los “guantes de bolsa”, fundas de piel animal que llegan hasta el codo. La antigüedad de estas prendas es de unos diez mil años como mínimo.

 

Los primeros pueblos que habitaron las tierras cálidas lindantes con el Mediterráneo utilizaron guantes para la construcción y las labores agrícolas. Hacia 1.500 años a.C., los egipcios fueron los primeros en hacer de los guantes un accesorio decorativo. En la tumba del rey Tutan­khamon, los arqueólogos recuperaron un par de guantes de suave tela de lino envueltos en varias capas de tela, así como un solo guante te­jido con hilos de varios colores. Y la separación entre el pulgar y los demás dedos no dejan duda de que hace al menos 3.500 años ya se usaban guantes con toda la forma de la mano.

 

Cualquiera que fuese el clima, con el tiempo todas las grandes civi­lizaciones crearon a la vez guantes para vestir y guantes para el tra­bajo. En el siglo IV a.C., el historiador griego Jenofonte comentó la producción persa de guantes de piel exquisitamente confeccionados, y en “la Odisea” de Homero cuando Ulises regresa a su casa, encuentra a su padre, Laertes, trabajando en el jardín con “guantes sujetos a su ma­nos para protegerlas de las espinas”.

 

 

BOLSA PERSONAL (antes del siglo VIII a.C., Europa meridional)

 

Cuando fruncimos los labios, los contraemos hasta formar arrugas y pliegues similares en su apariencia a la embocadura de una bolsa de cordones, la primera que se utilizó en la Antigüedad. El material con el que se confeccionaban estas primeras bolsas personales, generalmente cuero o “byrsa” en griego, dio origen a la palabra “bolsa”.

 

Los romanos adoptaron sin alteraciones la “byrsa” o bolsa de cordón griega, aunque latinizando su nombre como “bursa”. Los franceses lo cambiaron por “bourse”, que también llegó a significar el dinero que contenía la bolsa y más tarde el mercado de valores de París, la Bourse.

 

Hasta que aparecieron bolsillos en los vestidos, en el siglo XVI, hombres, mujeres y niños llevaban bolsas personales, que en algunos casos no eran sino un retazo de tela que contenía llaves y otros efectos personales, y en otros se trataba de objetos preciosos, bordados y ador­nados con piedras preciosas.

 

 

PAÑUELO (siglo XV, Francia)

 

Durante el siglo XV, los marinos franceses volvían de Oriente con los grandes cuadrados de tela de lino que habían visto utilizar a los cam­pesinos chinos para protegerse la cabeza contra los ardores del sol. Las francesas, siempre pendientes de las modas e impresionadas por la ca­lidad de la tela, adoptaron este pequeño lienzo, al que dieron el nom­bre de “couvrechef”. También los británicos hicieron suya esta costumbre y adaptaron la palabra convirtiéndola en “kerchief”. Puesto que estos pa­ñuelos se llevaban en la mano hasta que el sol obligaba a utilizarlos, se les denominaba “hand kerchiefs”, de donde viene el nombre actual de pañuelo en inglés.

 

Dado que las mujeres europeas de las clases superiores, a diferencia de los chinos que trabajan en los arrozales, ya utilizaban sombrillas para defenderse de los rayos solares, el pañuelo fue desde buen princi­pio un capricho de la moda. Esto resulta evidente en numerosos gra­bados y pinturas del período en que los pañuelos, exquisitamente adornados, tan sólo aparecen en la mano, utilizados para despedidas o dejados caer disimuladamente. Los pañuelos de seda, algunos de ellos confec­cionados con hilo de plata o de oro, llegaron a ser tan caros en el si­glo XVI que a menudo se incluían en los testamentos como objetos de gran valor.

 

Durante el reinado de Isabel I aparecieron en Inglaterra los prime­ros pañuelos de encaje. Adornados con las iniciales de algún ser que­rido, estos pañuelos medían unos diez centímetros de lado, y de una de sus esquinas colgaba una borla. Durante algún tiempo fueron co­nocidos como “nudos de amor verdadero”. El caballero llevaba uno con las iniciales de su dama metido en la cinta de su sombrero, y ella guardaba el suyo entre sus pechos.

 

¿Cuándo aquel cubrecabezas chino, que se convirtió en prenda de lujo europea, pasó a ser el pañuelo utilizado para llevarse a la nariz? Tal vez no mucho después de la introducción del pañuelo de adorno entre la sociedad europea. Sin embargo, la operación de so­narse la nariz difería entonces de la actual. Durante la Edad Media, la gente se despejaba la nariz soplando por ella con fuerza, y después se limpiaba con lo que tuviera más a mano, generalmente una manga. Los primeros libros de etiqueta legitiman explícitamente esta práctica. Los antiguos romanos llevaban consigo un paño llamado “sudarium”, que empleaban a la vez para secarse la frente los días de mucho calor y para sonarse la nariz, pero el uso del civilizado “sudarium” se extinguió con el Imperio Romano.

 

Las primeras admoniciones registradas contra la práctica de lim­piarse la nariz con la manga (aunque no contra la operación de va­ciar la nariz en pleno aire) aparecen en libros de etiqueta del siglo XVI, o sea durante el auge del pañuelo de adorno. En el año 1530, Erasmo de Rotterdam, cronista de costumbres, recomendaba que lim­piarse la nariz con la manga es una grosería, y que hacerlo con el pañuelo de mano es lo correcto.

 

A partir del siglo XX, los pañuelos establecieron contacto con las narices, aunque tímidamente al principio. El descubrimiento en el siglo XIX de los gérmenes transportados por el aire, contribuyó con­siderablemente a popularizar esta costumbre, al igual que la produc­ción masiva de telas de algodón baratas. Y el delicado pañuelo de otros tiempos se convirtió en un artículo de uso indispensable.

 

 

ABANICO (3.000 años a.C., China y Egipto)

 

Ya fuesen de plumas de pavo real o de papiro y frondas de palmera, estos decorativos y utilitarios abanicos surgieron, simultánea e inde­pendientemente, en dos culturas dispares hace unos cinco mil años. Los chinos convirtieron el abanico en un arte, y los egipcios, en un símbolo diferenciador de clases.

 

Numerosos textos y pinturas de Egipto atestiguan la existencia de un “abanicador” para los ricos y de un “portador del abanico real” para los faraones. Ciertos esclavos, de piel más clara o más oscura, movían continuamente enormes abanicos de frondas o de papiro te­jido para refrescar a sus amos. Y la sombra proyectada en el suelo por los abanicos opacos era terreno prohibido para la gente común. En el Egipto semitropical, los beneficios intangibles de la sombra y la brisa eran un tesoro que, gracias al cuidado de los esclavos, ador­naba a los ricos y les confería el mismo prestigio que sus valiosos atuendos.

 

En China, los abanicos refrescaban de una manera más “democrá­tica”, y ellos mismos eran mucho más variados en diseño y embelle­cimiento. Además del iridiscente abanico de plumas de pavo real, los chinos crearon el abanico “de biombo”, con tejido de seda ten­sado sobre un armazón de bambú y montado en un mango lacado.

 

En el siglo VI d.C., introdujeron este abanico entre los japoneses, los cuales, a su vez, idearon una ingeniosa modificación: el abanico ple­gable. Este abanico japonés consistía en una pieza de tela de seda unida a una serie de bastoncillos que se abatían unos sobre otros. Según su tela, color y diseño, estos abanicos tenían nombres diferentes y usos prescritos. Las mujeres, por ejemplo, usaban abanicos de “baile”, de “corte”, y de “té”, en tanto que eran propios de los hombres los abani­cos “de montar” e incluso los “de combate”.

 

Los japoneses introdujeron en China el abanico plegable en el si­glo X, y a partir de entonces fueron los chinos quienes introdujeron acertadas modificaciones en el diseño japonés. Prescindiendo del te­jido de seda tensado entre palillos separados, los chinos lo sustituye­ron por una serie de láminas de bambú o de marfil. Por sí solas, estas láminas, unidas en su parte superior por una cinta, constituían el aba­nico, también plegable. A partir del siglo XV, los mercaderes euro­peos que comerciaban en Oriente volvieron con amplios surtidos de decorativos abanicos chinos y japoneses. Sin duda alguna, el modelo más popular era el llamado “brise”, con láminas de marfil intrincada­mente talladas y unidas por un cinta de seda blanca o roja.