PANTALÓN (siglo XVII, Italia)

 

Un personaje cómico del folklore italiano daría nombre, a través de su conducta y atuendo, a esta prenda esencial de la indumentaria mascu­lina y, con el tiempo, femenina. Abyecto esclavo del dinero, Panta­leone hacía pasar tanta hambre a sus criados, que los esqueletos de és­tos no proyectaban sombra. Aunque se jactaba de tener reputación de gentilhombre, flirteaba con toda clase de mujeres, que se mofaban pú­blicamente de él. Tales son los rasgos del flaco, moreno y barbudo Pantaleone de la “commedia dell'arte” italiana del siglo XVI. Y este per­sonaje llevaba unos pantalones unas veces tensados entre el tobillo y la rodilla, y otras sueltos y colgantes como una falda.

 

Las comedias de este género eran representadas por grupos de acto­res ambulantes que recorrían Inglaterra y Francia, y el personaje Pan­talón siempre aparecía con unos pantalones exagerados. En Francia, él y su prenda de vestir eran llamados “Pantalón”, y en Inglaterra, “Panta­loon”. Shakespeare contribuyó a popularizar el término británico en su obra “Como ustedes gusten”. En el siglo XVIII, el pantalón consiguió una difusión total, tanto en Europa como en América, si bien las mujeres tuvieron que esperar hasta el siglo XX para hacer suya esta prenda hasta entonces tan exclusiva­mente masculina.

 

 

BOLSILLOS

 

Tan simples e indispensables son los bolsillos en un pantalón, que cuesta creer que no existían antes de las últimas décadas del siglo XVI. Mo­nedas, llaves y objetos personales se envolvían en un trozo de tela, una bolsa improvisada, y se ataban a cualquier parte del atuendo per­sonal.

 

En el siglo XVI, un lugar corriente donde llevar el hombre sus efectos personales era la bolsa frontal que formaban sus calzones.

 

Tuvo su origen como abertura o bragueta, pero cayó en desuso cuando su exagerado tamaño llegó a resultar ridículo y embarazoso. La moda de la época dictaba que esta pieza de quitaipón se forrase con tela gruesa, y así se convirtió en lugar ideal para transportar la bolsa que contenía las pertenencias más valiosas. Después se mantuvo la bolsa interior, pero más pequeña y provista de un cordón que so­bresalía de la cintura, con lo que dio un paso más para convertirse en el forro que es en realidad el bolsillo.

 

Los primeros bolsillos en calzas y calzones aparecieron muy a fines del siglo XVI y evolucionaron en dos fases. Primero se practicó una abertura como costura exterior en los calzones, por entonces muy ajustados, y en esta abertura se introducía la bolsa de tela con las per­tenencias del usuario. Esta bolsa independiente no tardaría en con­vertirse en característica permanente del pantalón, cosida a él.

 

Los bolsillos demostraron de inmediato su utilidad, y en el siglo si­guiente formaban ya parte de capas y abrigos de hombres y mujeres. Primero estuvieron situados en el borde inferior del abrigo, pero más tarde ascendieron hasta la altura de la cadera.

 

 

TIRANTES

 

Un antecesor de los tirantes para sujetar el pantalón fue­ron las ligas, que, todavía no elásticas, se ataban a la pantorrilla para sostener los calcetines. Los tirantes fueron introducidos en Inglaterra en el siglo XVIII en su forma clásica, es decir, pasando por encima de los hombros y abrochados con botones al pantalón.

 

 

LEOTARDOS

 

Similares a las antiquísimas medias muy ajustadas que llevaron los hombres en toda Europa, los leotardos deben su nombre a Jules Léotard, artista francés del trapecio en el siglo XIX. Ataviado con las mallas ajustadas que se convirtieron en su marca personal, Léotard impresionaba a su público con sus saltos mortales en el vacío, y también con la osadía de su atuendo. Tenía un gran número de ad­miradoras y aconsejaba a los hombres que si querían “verse adorados por las damas”, debían adoptar “una indumentaria más natural, que no ocultara sus mejores características”.

 

 

BLOOMERS (bombachos)

 

Unos pantalones bombachos, muy amplios, cerrados a la altura de los tobillos y a juego con una túnica corta y provista de cin­turón, constituían el atuendo de Amelia Jenks Bloomer, de Homer, en Nueva York, en 1851. Lo había copiado de una amiga suya, Elizabeth Smith Miller, pero fue la señora Bloomer, una pionera del feminismo y firme partidaria de las doctrinas de la reformista Susan B. Anthony, quien llegó a estar tan identificada con esta indumentaria de corte masculino que le dio su nombre.

 

Los pantalones, en aquel entonces prenda exclusivamente mascu­lina, atraían a Amelia Bloomer. Ésta defendía la reforma en la indu­mentaria femenina basándose en que la falda ahuecada con miriñaque, corriente en la época, era inmodesta, incómoda y voluminosa, y que no sólo dificultaba los movimientos, sino que impedía atender a las fun­ciones corporales. Y esta situación empeoró con el rígido corsé de tela y pelo de caballo que se puso de moda en la década de 1840 y que pre­tendía acentuar la femineidad de un vestido.

 

Amelia Bloomer rechazó la moda popular y, a partir de 1851, em­pezó a aparecer en público con sus pantalones bombachos y su túnica corta, y al sumarse más mujeres a la campaña por el derecho de sufra­gio, la Bloomer convirtió los pantalones en el uniforme de la rebe­lión. Esta tendencia recibió un impulso adicional con la pasión que despertó la bicicleta en las dos últimas décadas del siglo. Las faldas se enganchaban con frecuencia en el piñón o la cadena, ocasionando ac­cidentes más o menos graves, y los bloomers se convirtieron en el atuendo ideal para las ciclistas. De este modo se inició el declive de la antigua tradición de quién ha de llevar los pantalones en la familia.

 

 

PANTALONES VAQUEROS (década de 1860, San Francisco)

 

Antes de que los pantalones vaqueros o tejanos fueran azules, y antes incluso de que fueran pantalones, se daba el nombre de “jeans” a una tela de algodón tipo sarga, utilizada para confeccionar ropas de trabajo resistentes. Este tejido se fabricaba en la ciudad italiana de Gé­nova, llamada por los franceses, Genes, de donde el nombre posterior de jeans.

 

Sin embargo, el origen de los pantalones vaqueros es la historia de un sastrecillo inmigrante de diecisiete años, llamado Levi Strauss. Cuando Strauss llegó a San Francisco durante la fiebre del oro, en la década de 18S0, se dedicó a vender la lona tan necesaria para las tien­das y los toldos de las carretas. Astuto observador, comprendió que los mineros pulverizaban literalmente y en muy poco tiempo sus pan­talones, por lo que Strauss confeccionó algunos utilizando gruesa tela de lona. Aunque ásperos y rígidos, estos pantalones demostraron ser tan resistentes que Strauss se vio muy solicitado como sastre.

 

Hacia el año 1860, sustituyó la lona por una tela más suave fabricada en Nimes, en Francia. Conocido en Europa como “serge de Nimes”, en Amé­rica el nombre de este tejido se pronunciaba “denim”, y Strauss descubrió que tiñendo de un azul índigo los pantalones, originariamente de co­lor neutro, aumentaba de modo considerable su popularidad, ya que las manchas que caían se veían menos. Para conseguir un cómodo ajuste, los vaqueros remojaban en un abrevadero de caballos los pan­talones de Strauss y después los dejaban secar al sol, para que se enco­gieran y quedaran a la medida.

 

Pero si bien estos pantalones de sarga eran muy resistentes a los desgarrones, los mineros se quejaban de que el peso de las herramien­tas a menudo abría las costuras en los bolsillos, y Strauss solventó este problema aprovechando una idea de Jacob Davis, un sastre judío ruso. En el año 1873 aparecieron remaches de cobre en las costuras de cada bolsi­llo, así como un remache en la base de la braguera para evitar que se descosiera la costura de la entrepierna cuando el minero trabajaba en cuclillas.

 

Sin embargo este remache en la entrepierna generó otro tipo de queja. Los mineros, que prescindían de toda ropa interior, descu­brieron que al colocarse en cuclillas demasiado cerca de un fuego de campamento, el remache se calentaba hasta el punto de ocasionar una dolorosa quemadura. El remache de la entrepierna fue abandonado.

 

Los remaches de los bolsillos se mantuvieron hasta el año 1935, fecha en que se formularon quejas de muy distinta índole. Eran muchos los ni­ños que en todo el país llevaban pantalones vaqueros para ir a la es­cuela, y las autoridades docentes informaron de que los remaches del bolsillo posterior arañaban y estropeaban irremediablemente los ban­cos y pupitres de madera. Así pues, los remaches de bolsillos fueron abandonados.

 

Los vaqueros, estrictamente utilitarios, se convirtieron por primera vez en prenda de moda en el año 1935, cuando apareció “un anuncio en la re­vista “Vogue”. Representaba a dos mujeres de la alta sociedad ataviadas con bien ajustados vaqueros, y pregonaba una tendencia llamada “chic del Oeste”. Sin embargo, poco representó esta novedad comparada con la erupción que produjo la competición entre diseñadores de pan­talones vaqueros en los años setenta. Esta prenda, en otro tiempo des­tinada al trabajo, se convirtió en la indumentaria más adecuada para las actividades al aire libre, creando una industria multimillonaria. En el apogeo de la guerra entre los diseñadores de vaqueros, los pantalo­nes Calvin Klein, por ejemplo, a pesar de su elevado precio, cincuenta dólares (o tal vez a causa del mismo), se vendían a razón de 250.000 unidades por semana.