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DESODORANTES, 3500 a.C., Próximo Oriente

 

El problema del olor corporal es tan antiguo como los intentos que ha realizado el hombre para solventado. Desde el alba de la historia es­crita, hace 5.500 años en Sumer, todas las civilizaciones importantes han dejado rastro de sus esfuerzos para producir desodorantes.

 

Los antiguos egipcios recomendaban un baño aromático y, tras él, una aplicación de aceites perfumados en las axilas. Elaboraban pro­ductos especiales a base de limón y canela que no se enranciaran en el clima semitropical, ya que con ello también su olor se hubiera vuelto ofensivo. A base de experimentación, los egipcios descubrieron que la eliminación del vello de las axilas disminuía considerablemente el olor corporal. Siglos más tarde, los científicos descubrirían el motivo: el pelo incrementa notablemente la zona superficial en la que las bac­terias, en sí inodoras, viven, proliferan y se descomponen hasta pro­ducir malos olores.

 

Tanto los griegos como los romanos obtenían sus desodorantes per­fumados a partir de fórmulas egipcias. De hecho, a lo largo de gran parte de la historia, el único desodorante efectivo, exceptuando el la­vado regular, era el perfume. Y éste tan sólo enmascaraba un olor con otro, y sólo temporalmente.

 

La relación entre sudor y olor se comprendería más cabalmente al descubrirse las glándulas sudoríparas en el siglo XIX.

 

Los científicos averiguaron que el sudor humano lo producen dos tipos de glándulas: la apocrina y la ecrina. Al nacer, existen las mis­mas estructuras en toda la superficie del cuerpo, lo que explica el olor característico de los bebés. La mayoría de estas glándulas desaparecen gradualmente, excepto las concentradas en las axilas, alrededor del ano y en torno a los pezones. Las glándulas son relativamente inacti­vas durante la infancia, pero empiezan a funcionar en la pubertad, ac­tivadas por las hormonas sexuales. En la vejez, llegan a atrofiarse.

 

Sin embargo, la mayor parte del sudor humano lo producen las glándulas ecrinas, abundantes en la superficie corporal. El sudor ecrino es copioso... y refrescante. Con un calor extremo, y dada una abundante absorción de agua, se ha medido en seres humanos una se­creción de hasta doce litros de sudor en veinticuatro horas. Las glán­dulas ecrinas también funcionan como respuesta al nerviosismo, la fiebre, el estrés y la ingestión de alimentos picantes. Y el sudor cau­sado por el estrés emocional es particularmente intenso en las axilas, las palmas de las manos y los pies. Sin embargo, la mayor parte del su­dor se evapora o es debidamente absorbido por las ropas.

 

El hecho de que las axilas mantengan calor y humedad crea un am­biente acogedor para las bacterias. Pruebas científicas convincentes demuestran que el olor de las axilas procede principalmente, por no decir exclusivamente, de bacterias que abundan en las secreciones de las glándulas apocrinas. Se llevó a cabo un experimento consistente en acumular sudor humano apocrino fresco, y se demostró que era inodoro. Conservado durante seis horas a la temperatura de una habi­tación (con la consiguiente multiplicación y muerte de bacterias), ad­quirió su olor característico. Cuando se procedió a refrigerar sudor del mismo origen, no se desprendió olor alguno.

 

Por consiguiente, los desodorantes, tanto antiguos como modernos, nunca han atacado la raíz del problema: la persistente humedad bajo los brazos. Privadas de humedad mediante un «antiperspirante», las bacterias no pueden multiplicarse.

 

ANTIPERSPIRANTES, 1888, Estados Unidos

 

El primer producto lanzado al mercado específicamente para atajar la humedad de las axilas, y por tanto su olor, fue el Mum, presentado en el año 1888. La fórmula empleaba un compuesto de cinc en una base de crema. Ningún científico, entonces o ahora, comprende realmente por qué ciertos productos químicos, como el cinc, atajan la produc­ción de sudor. Ello no obstante, el Mum era válido, y su popularidad en América convenció a los laboratorios de que existía un gran mer­cado para los antiperspirantes.

 

En el año 1902 apareció el Everdry, seguido en 1908 por Husth. Éstos fueron los primeros antiperspirantes que utilizaron otro compuesto secante, el cloruro de aluminio, hoy presente en la mayoría de fórmu­las modernas.

Durante muchos años, el público se mostró tan sensible a la cues­tión de los antiperspirantes que los solicitaban en las farmacias con la misma discreción que empleaba al pedir los profilácticos. El primer antiperspirante que anunció abiertamente su nombre en una campaña publicitaria realizada a través de revistas nacionales, en el año 1914, llevaba al nombre Odo-Ro-no, y se presentaba como un remedio a los proble­mas de la sudoración excesiva, manteniendo a las mujeres “limpias y refinadas”. Los siguientes anuncios de desodorantes también hacían hincapié en la sequedad, aunque ninguno de ellos mencionara a qué sequedad se referían en realidad.

 

Más tarde, en el año 1919, el Odo-Ro-no, siempre en la brecha, volvió a mostrar el camino. Por primera vez, un anuncio de desodorante afirmó que existía el “mal olor”, aunque sólo nombró estas palabras con sus iniciales, ya que era algo socialmente desagradable y ofensivo.

 

Aunque parezca sorprendente, en aquellos primeros tiempos los antiperspirantes eran anunciados exclusivamente para las mujeres y utilizados sobre todo por ellas, ya que los consideraban tan esenciales como el jabón. Hasta la década de 1930 no empezaron las empresas a perseguir el mercado masculino.

Después de casi cien años de estudiar la acción de los antiperspi­rantes, ¿cómo sospechan los científicos que funcionan?

 

Una teoría popular sostiene que los elementos “secantes”, como el aluminio y el cinc, penetran, aunque poco, en los conductos de la su­doración, donde actúan a modo de tapones, bloqueando el flujo de agua. La presión aumenta en los conductos y, a través de un mecanismo de biofeedback, la misma presión detiene la ulterior sudoración.

 

Por desgracia, los antiperspirantes sólo actúan sobre las glándulas ecrinas, y no tienen efecto alguno sobre las apocrinas, principales res­ponsables del olor corporal. Por esta razón, no hay ningún antiperspi­rante efectivo durante períodos prolongados. La práctica más eficaz para combatir el olor de las axilas combina la antiquísima costumbre de la­varse con la práctica egipcia de rasurarse la zona, y la aplicación de un moderno antiperspirante; es decir, una cosa antigua, otra adquirida con el tiempo y otra nueva.

 

ANTIÁCIDOS, 3500 a.C., Sumer

 

Si se tiene en cuenta su dieta, mayormente cruda, el hombre primitivo tuvo que padecer indigestiones más graves que las que hoy se registran comúnmente. Sabemos que ya al iniciarse la escritura, en tablillas de barro, estaba extendida la consulta a los médicos a fin de aliviar trastor­nos estomacales. Los primeros remedios, utilizados ya por los sume­rios, consistían en leche, hojas de menta piperita y carbonatos.

 

Los médicos sumerios habían descubierto empíricamente que las sustancias alcalinas neutralizan la acidez de estómago. Hoy en día, los antiácidos actúan oponiendo iones negativos a los iones positivamente cargados que hay en el ácido clorhídrico del estómago. A su vez, esto inhibe la producción de pepsina, otro poderoso componente del jugo digestivo, que puede ser muy irritante para la mucosa gástrica.

 

El antiácido más efectivo al que recurrían los sumerios era el bicar­bonato de sodio, que durante siglos sirvió como principal ingrediente en una serie interminable de remedios caseros para los ardores de es­tómago. Lo único que ha disminuido un tanto su uso en los antiácidos comerciales de nuestro tiempo es la relación entre la absorción de so­dio y la hipertensión.

 

La primera marca importante que hizo la competencia al bicarbo­nato apareció en el año 1873, con el nombre de leche de magnesia Phillips. Creada por un ex fabricante de velas convertido en químico, Charles Phillips, de Glenbrook, Connecticut, combinaba un antiácido en polvo con la magnesia laxante. Este producto, tomado en pequeñas dosis, consiguió una aceptación inmediata como calmante para las molestias estomacales.

 

ALKA-SELTZER, 1931, Estados Unidos

 

La historia del Alka-Seltzer comenzó en el invierno del año 1928, cuando Hub Beardsley, presidente de la firma Dr. Miles Laborato­ries, visitó las oficinas de un periódico local en Elkhart, Indiana. Se padecía aquel año una grave epidemia de gripe, y muchos de los empleados de Beardsley estaban enfermos. Pero éste supo que nadie había dejado de trabajar en el periódico un solo día a causa de la gripe. El director del rotativo explicó que, al primer síntoma de resfriado, distribuía entre su personal una combinación de aspirina y bicarbonato.

 

Beardsley quedó impresionado. Ambos medicamentos eran an­tiguos, pero su combinación constituía una novedad. Puesto que sus laboratorios se habían especializado en remedios de tipo casero, decidió poner a prueba la fórmula y pidió a su químico, Maurice Treneer, que ideara una nueva tableta de aspecto atractivo. Desde luego, lo que Treneer creó, la píldora que hacía “plop, plop, fizz, fizz”, resultó todavía más novedoso que la combinación de aspirina y bicarbonato, y esta propaganda fue esencial para popularizar el pro­ducto.

 

Beardsley se llevó consigo una provisión de tabletas experimentales en un crucero por el Mediterráneo, y su esposa le aseguró que le curaban sus jaquecas. El propio Beardsley se sintió aliviado por ellas después de los excesos cometidos en el comedor y los bares del buque, y otros pasajeros que las probaron afirmaron que les curaban el mareo. La publicidad radiada fue intensa en el año 1931, pero las ventas de AIkaSeltzer alcanzaron una altura vertiginosa en el año 1933, cuando los americanos, sedientos, quisieron compensar las prohibiciones hasta entonces impuestas por la Ley Seca.

 

Irónicamente, uno de los ingredientes originales del AIka-Seltzer, la aspirina, es para muchas personas causa de fuertes irritaciones estomacales, y ello indujo a los Miles Laboratories a presentar una tableta sin aspirina, denominada Alka-2, a mediados de la década de 1970.

 

Actualmente, una amplia variedad de antiácidos carentes de sodio y de aspirina neutraliza los ácidos del estómago. Un vistazo al botiquín revelará que los componentes modernos son aluminio, calcio, bismuto, magnesio y fosfato, y que el único ingrediente antiguo es la leche en polvo.

 

PASTILLAS PARA LA TOS, 1000 a.C., Egipto

 

La finalidad de la tos consiste en despejar el conducto del aire de materias extrañas inhaladas, irritantes químicos o, en el curso de un resfriado, el exceso de secreciones. El reflejo de la tos es en parte voluntario y en parte involuntario, y los medicamentos que reducen la frecuencia e intensidad de la tos reciben el nombre técnico de antitusígenos.

 

Muchos de estos modernos supresores químicos, como la codeína, un narcótico, actúan en el cerebro para reducir la actividad de su centro de la tos, calmando con ellos los accesos.

 

Otro grupo, formado por productos más antiguos, actúa para aliviar y relajar los músculos de la garganta que intervienen en el mecanismo de la tos. Tal es, básicamente, la acción de las más antiguas pastillas, producidas para los médicos egipcios por los confiteros hace ya tres mil años.

 

En el Imperio Nuevo, durante la XX Dinastía, los confiteros pro­dujeron los primeros caramelos duros. Carentes de azúcar, que no lle­garía a aquellas latitudes hasta muchos siglos después, los egipcios empezaron a elaborados con miel, alterando su sabor con hierbas, es­pecias y frutos cítricos. Se observó que la succión de estos confites o caramelos aliviaba la tos. Los ingredientes egipcios no eran muy dis­tintos de los que se encuentran hoy en las pastillas azucaradas, y tam­poco lo era el principio de que humedeciendo una garganta seca e irritada se le procuraba alivio.

 

Estas pastillas sufrieron numerosas variaciones de poca monta en las diferentes culturas. Los ingredientes pasaron a ser el factor distin­tivo: corteza de olmo, aceite de eucalipto, aceite de menta piperita y malvavisco eran unos pocos de los antiguos aditivos. Sin embargo, hasta el siglo XIX no crearon los médicos drogas que actuaran direc­tamente en el centro de la tos: el cerebro. Estos primeros compuestos, capaces de reducir el reflejo cerebral de la tos, fueron los opiáceos.

 

La morfina, un alcaloide del opio, que es el látex de las flores de adormidera, fue identificada en Alemania en el año 1805. A fines de siglo, en el año 1898, los químicos obtuvieron por vez primera la heroína (diace­til morfina), un derivado simple de la morfina. Ambos agentes ad­quirieron popularidad y, durante algún tiempo, fueron medicamen­tos antitusígenos cuya adquisición no presentaba dificultad. Un anuncio del año 1903 presentaba la Glico-Heroin como el último descu­brimiento médico en “sedantes respiratorios”.

 

Sin embargo, al advertir los médicos los peligros de la dependencia, tuvieron que recetar estas drogas cada vez con mayor precaución. Hoy en día, un derivado débil de la morfina, la codeína (metilmorfina), si­gue utilizándose para calmar los accesos pertinaces de tos. Puesto que una dosis elevada de un compuesto de morfina causa la muerte al in­terrumpir la respiración, no es difícil comprender que tales productos suprimieran la tos.

 

Los compuestos de morfina abrieron un campo totalmente nuevo en la investigación de la tos, y los farmacólogos han logrado alterar las moléculas de los opiáceos para producir compuestos sintéticos que su­primen la tos con menor riesgo de inducir una euforia o una depen­dencia ocasionadas por la droga.

 

No obstante, estos perfeccionados fármacos se reservan para el tra­tamiento de toses graves, que amenacen incluso la vida, y sólo pueden conseguirse con receta. Cada invierno, millones de personas confían en el antiguo remedio de las pastillas para la tos, de las que existen in­numerables tipos y marcas.