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MEDICACIÓN, 3500 a.C., Sumer

 

Debido a que el hombre primitivo consideraba la enfermedad como un castigo divino y la curación como una purificación, medicina y creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculadas durante si­glos. Uno se ponía enfermo por haber perdido el favor de los dioses, y lo recuperaba, y con él la salud, mediante una especie de purga física y espiritual. Esta noción se encuentra en el origen de nuestra palabra “farmacia”, que procede del griego pharmakon y significa “purificación a través de la purga”.

 

En el año 3500 a.C., en el valle del Tigris y el Éufrates, los sumerios dis­ponían prácticamente de nuestros métodos actuales de medicación. Recurrían a gárgaras, inhalaciones, supositorios, enemas, cataplasmas, decocciones, infusiones, píldoras, lociones, unturas y enyesados.

 

El primer catálogo de medicamentos (farmacopea) lo escribió en esa época un médico sumerio cuyo nombre nos es desconocido. En una tablilla de barro, y escritos en caracteres cuneiformes, se conser­van los nombres de docenas de drogas para tratar dolencias que toda­vía hoy nos afligen: para hacer gárgaras, sal disuelta en agua; como desinfectante general para las heridas, vino agriado; como astrin­gente, nitrato de potasio, obtenido a partir de los productos nitroge­nados de la orina; y para reducir la fiebre, corteza de sauce pulveri­zada, que es el equivalente de la aspirina en la naturaleza.

 

Los egipcios ampliaron este antiguo botiquín. El Papiro Ebers, que data del año 1900 a.C. y debe su nombre al egiptólogo alemán Georg Ebers, revela los conocimientos adquiridos, gracias a la experiencia, por los antiguos médicos egipcios. El estreñimiento era tratado con un laxante a base de vainas de sen molidas y aceite de ricino; para la indigestión, se administraba una papilla de hojas de hierbabuena y carbonatos (hoy conocidos como antiácidos); y para aliviar los dolores de una extracción dental, los médicos egipcios anestesiaban parcial­mente al paciente con alcohol etílico.

 

Detalle curioso, el papiro refleja la estructura jerárquica de la socie­dad antigua en la preparación de medicamentos. El “jefe de los prepa­radores de drogas” era el equivalente de un director de laboratorio farmacéutico, ya que supervisaba a los “recolectores de drogas”, obre­ros que trabajaban en el campo y buscaban los minerales y las hierbas esenciales. Los “ayudantes de preparación” (técnicos) secaban y pul­verizaban los ingredientes que eran mezclados de acuerdo con ciertas fórmulas por los “preparadores”. Y el “conservador de drogas” era el responsable del almacén donde se guardaban los minerales, hierbas y órganos animales de procedencia local o de importación.

 

Hacia el siglo VII a.C., los griegos habían llegado a unas concepcio­nes muy elaboradas de la medicina. Creían que el médico debía efec­tuar el diagnóstico y prescribir el tratamiento de las causas físicas de la dolencia, todo ello con arreglo a criterios científicos, y al mismo tiempo neutralizar las influencias sobrenaturales que actuaban sobre el enfermo. Por tanto, los primeros médicos griegos adoptaban algo así como un enfoque holístico para tratar a sus pacientes, aunque las cau­sas “mentales” sospechosas no se reconocieran como estrés y depre­sión, y se interpretaran como efectos de la cólera de los dioses. Apolo, patrono de las curaciones, y Prometeo, un Titán que robó el fuego de los cielos para beneficiar a la humanidad, gobernaban la preparación de los medicamentos

 

MEDICAMENTOS MODERNOS

 

La era moderna de la farmacología co­menzó en el siglo XVI, precedida por los primeros grandes descubri­mientos en el campo de la química. Comprender cómo actúan entre sí los productos químicos para producir ciertos efectos en el cuerpo, contribuiría a eliminar gran parte de las supersticiones y la magia que todavía ensombrecen la medicina.

 

En la misma época se produjo otro acontecimiento: la publicación en Alemania, en el año 1546, de la primera farmacopea moderna, con una lista de centenares de drogas y productos químicos medicinales, y con instrucciones explícitas para su preparación. Medicamentos que hasta entonces habían variado ampliamente en sus concentraciones, e in­cluso en sus elementos constitutivos, quedaron ahora definidos sin equívocos en el texto, del que pronto se publicaron versiones en Suiza, Italia e Inglaterra.

 

Los medicamentos entraron así en una etapa de mayor exigencia científica, pero pasarían siglos antes de que la supervisión se viera desplazada por la ciencia tal como hoy la entendemos. Una razón im­portante que explica la persistencia de concepciones erróneas es que los propios médicos desconocían la existencia de unos elementos pa­tógenos causantes de enfermedades, como las bacterias y los virus, y seguían atribuyendo causas imaginarias a los males. Y aunque apare­cieran nuevos compuestos químicos, su efectividad en el tratamiento de las enfermedades todavía se basaba, ampliamente, en las pruebas por simple tanteo. Cuando una nueva droga daba buen resultado, na­die sabía realmente por qué o, lo que todavía era peor, cómo había dado aquella respuesta.

 

Muchos medicamentos corrientes en el actual botiquín surgieron en este ambiente de pruebas por tan­teo. Tal es la complejidad de las enfermedades y de la bioquímica hu­mana que aún hoy, a pesar de los pasos enormes dados por la ciencia médica, muchos de los últimos y más valiosos avances introducidos en nuestro botiquín fueron en realidad hallazgos accidentales.