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VASELINA, 1879, Brooklyn, Nueva York

 

En el año 1859, Robert Chesebrough no buscaba un nuevo ungüento sino una manera de librarse de la quiebra. En una época en la que el que­roseno era una fuente importante de energía doméstica e industrial, su negocio basado precisamente en este combustible, se veía amena­zado por el petróleo, mucho más barato, procedente de los grandes hallazgos realizados en Pennsylvania.

 

El joven químico de Brooklyn se trasladó a Titusville, Pennsylva­nia, el núcleo del hallazgo del petróleo, con la intención de entrar en este negocio, pero su curiosidad científica se vio estimulada por un re­siduo pastoso, semejante a la parafina, que se adhería a las perforado­ras e incluso llegaba a paralizadas. Los obreros a los que Chesebrough interrogó dedicaban los peores insultos a esa materia que atascaba sus bombas, pero nadie tenía la menor idea acerca de su naturaleza quí­mica. Los obreros habían descubierto un uso práctico para esa pasta: aplicada a una herida o quemadura, aceleraba su curación.

 

Chesebrough regresó a Brooklyn sin ninguna participación en el negocio petrolero, pero con varios tarros del misterioso producto se­cundario del petróleo. Pasó varios meses experimentando, durante los cuales intentó extraer y purificar el ingrediente esencial de la pasta.

 

Este ingrediente resultó ser una sustancia transparente y suave, que llamó “gelatina de petróleo” y Chesebrough se convirtió en su pro­pio conejo de Indias. Para probar las propiedades curativas de esta gelatina, se infligió varios cortes, arañazos y quemaduras, unos leves y otros más graves en manos y brazos. Cubiertas las heridas con el extracto de la pasta, parecían curarse con rapidez y sin infección. En el año 1870, Chesebrough empezó a fabricar, por primera vez en el mundo, su Vaselina Petroleum Jelly.

 

Hay dos versiones sobre el origen del nombre “vaselina”, y al pa­recer Chesebroug no desmintió ninguna de las dos. A fines del si­glo XIX sus amigos aseguraban que había concebido este nombre durante los primeros días, dedicados a purificar la sustancia, en que utilizó los jarros de flores (vases) de su esposa como recipientes de laboratorio. A la palabra liase le añadió un popular sufijo médico de la época: “line”. Sin embargo, miembros de la empresa que des­pués formó mantenían que Chesebrough compuso científicamente la palabra a partir del vocablo alemán Wasser, “agua”, y el griego elaion, “aceite de oliva”.

 

Si Robert Chesebroug fue el primer conejo de Indias del pro­ducto, se transformó también en su más activo promotor. En un carricoche tirado por un caballo, recorrió las carreteras del Estado de Nueva York, distribuyendo gratuitamente tarros de vaselina a toda persona que prometiera aplicada a una herida o una quema­dura. La respuesta del público fue tan favorable que, al cabo de medio año, Chesebrough empleaba ya a doce vendedores, todos ellos provistos de carricoche y caballo, ofreciendo la vaselina a un penique la onza.

 

Sin embargo, los habitantes de Nueva Inglaterra utilizaban la vase­lina para algo más que los cortes y las quemaduras. Las amas de casa aseguraban que constituía un pulimento superior que protegía las su­perficies de madera. También afirmaban que proporcionaba una se­gunda existencia a los artículos de cuero resecados. Los granjeros des­cubrieron que una buena capa de vaselina impedía la oxidación de la maquinaria dejada a la intemperie, y los pintores profesionales com­probaron que una leve capa de aquella gelatina impedía que las man­chas de pintura se adhiriesen al suelo. Sin embargo, la mayor popula­ridad la consiguió el nuevo producto entre los boticarios, que lo utilizaban como base para sus preparaciones de cremas, pomadas y cosméticos. Al comenzar nuestro siglo, la vaselina figuraba ya en to­dos los botiquines familiares. Robert Chesebrough había transfor­mado un producto de desecho, pegajoso y molesto, en una indus­tria multimillonaria. En el año 1912, cuando un voraz incendio destruyó la sede de una gran compañía de seguros en Nueva York, Chese­brough se enorgulleció al enterarse de que las víctimas de las que­maduras eran tratadas con vaselina. Ésta se convirtió en elemento indispensable en los hospitales. La industria del automóvil, enton­ces en sus inicios, descubrió que una capa de aquella gelatina inerte, aplicada a los terminales de la batería del coche, prevenía la corrosión, con lo que la vaselina hizo su entrada en la industria. Y tuvo también su papel en el mundo deportivo, ya que los nadado­res de fondo se untaban con ella el cuerpo, los esquiadores se em­badurnaban la cara, y los jugadores de béisbol frotaban sus guantes con vaselina para ablandar el cuero.

 

Durante todos estos años de tan diversas aplicaciones, el inven­tor de la vaselina jamás dejó de tomar una cucharada diaria de ella. Próximo ya a los sesenta años, enfermó de pleuresía y dio instruc­ciones a su enfermera para que le aplicara regularmente fricciones con vaselina en todo el cuerpo. Quedó convencido de que había “burlado la zarpa de la muerte”, y lo cierto es que viviría otros cua­renta años, ya que murió en 1933.

 

 

LISTERINE, 1880, St. Louis, Missouri

 

Creación de un médico de Missouri, Joseph Lawrence, el Listerine fue llamado así en honor de sir Joseph Lister, el cirujano británico del siglo XIX que introdujo drásticas medidas sanitarias en los qui­rófanos. Poco después de presentado, en 1880, este producto se convirtió en uno de los más famosos entre los destinados a enjua­gues y gárgaras.

 

En la década de 1860, cuando la ciencia bacteriológica se encon­traba en su infancia, Lister desencadenó una campaña contra las deficientes condiciones de la higiene médica entre los cirujanos. Éstos operaban con las manos desnudas y con ropa de calle, y cal­zados con los mismos zapatos que habían pisado las vías públicas y los pasillos del hospital. Permitían a los espectadores agruparse al­rededor de la mesa de operaciones y observar cómo practicaban sus intervenciones. Para taponar las heridas utilizaban serrín recogido de los suelos de las fábricas. Aunque los instrumentos quirúrgicos eran lavados con agua y jabón, no se esterilizaban térmicamente ni se sometían a la acción de desinfectante químico alguno. En muchos hospitales, la mortalidad postoperatoria llegaba al 90 por ciento.

 

Tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, la mayoría de los médicos acogieron con desagrado la campaña de Lister en favor de la “cirugía antiséptica”, y cuando se dirigió al Congreso Médico de Fila­delfia, en 1876, su discurso tuvo una recepción más bien tibia. Sin embargo, las ideas de Lister sobre los gérmenes impresionaron al doc­tor Joseph Lawrence, que en su laboratorio de St. Louis preparó un li­quido antibacteriano que fue fabricado localmente por la Lambert Pharmacal Company (que más tarde se convertiría en Warner-Lam­bert, un gigante entre los laboratorios).

 

Para que el producto tuviera una imagen adecuadamente antiséptica, en el año 1880 la compañía decidió utilizar el nombre de sir Josep Lis­ter, que era entonces un foco de controversia en dos continentes. Los cirujanos se atenían ya a varias de las recomendaciones higiéni­cas de Lister y comenzaban a informar acerca de un menor número de infecciones y complicaciones postoperatorias, así como de un ín­dice más elevado de supervivencia. El “histerismo” se debatía acalo­radamente en las revistas médicas e incluso en la prensa popular. El Listerine hizo acto de presencia en el momento oportuno y con el mejor nombre posible.

 

Se aseguraba que gargarismo y enjuague bucal, “mataba gérmenes a millones por simple contacto”, y millones de americanos compraron el producto. En los primeros anuncios aparecía un solterón. Herb, “un excelente muchacho, poseedor de algún dinero”, que también “juega bastante bien al bridge”. Sin embargo, el problema de Herb, se­gún el anuncio, consistía en que “él es así”.

 

El problema de Herb era la halitosis, no la homosexualidad, pero en los primeros años del siglo XX aquélla era una palabra igualmente impronunciable. Los americanos se acostumbraron al Listerine para aromatizar su aliento, hasta el punto de que, todavía a mediados de la década de los setenta, cuando existían ya docenas de productos com­petidores destinados al mismo fin (sprays, pastillas de menta, prepa­rados para hacer gargarismos y chicles), el Listerine mantenía la pre­ponderancia en los Estados Unidos.

 

Fue entonces cuando la fe de Joseph Lawrence en la eficacia de su producto se vio desmentida médicamente. Una orden judicial de 1970 obligó a la Wamer-Lambert a gastar diez millones de dólares para ma­nifestar públicamente que el Listerine no podía prevenir un resfriado ni una faringitis, ni tampoco reducir su intensidad.

 

TIRITAS, 1921, Nueva Brunswick, Nueva Jersey

 

En el Congreso Médico de Filadelfía celebrado en el año 1876, el doctor Jo­seph Lawrence no fue el único especialista impresionado por la teoría de los gérmenes elaborada por sir Joseph Lister. Robert Johnson, un farmacéutico de treinta y un años, cambió su vida tras escuchar la conferencia del eminente cirujano británico.

Lister deploraba el uso de apósitos fabricados con serrín prensado procedente de las hilaturas de lana. Por su parte, desinfectaba todos los vendajes que utilizaba en sus operaciones, sumergiéndose en una solución de anhídrido carbónico.

 

Johnson, socio de la empresa farmacéutica Seabury & Johnson, de Brooklyn, conocía estos apósitos de serrín, así como otros muchos vendajes no estériles utilizados en los hospitales americanos, y persua­dió a sus dos hermanos, James, ingeniero civil, y Edward, abogado­para que se unieran a él en su intento de fabricar y vender un tipo de vendaje quirúrgico antiséptico, de acuerdo con las normas que Lister había enumerado teóricamente en el congreso.

 

A mediados de la década de 1880, los tres hermanos habían consti­tuido su compañía, la Johnson & Johnson, y fabricaban unas vendas de algodón y gasa, de gran tamaño, que, empaquetadas individualmente a prueba de gérmenes, podían ser enviadas a hospitales lejanos y a los médicos en los campos de batalla, con una esterilidad garantizada.

 

Los hermanos Johnson prosperaron en sus actividades, y en el año 1893 ofrecieron a las madres norteamericanas el nuevo aroma de los polvos Johnson para bebés, incluidos como obsequio en los “paquetes de ma­ternidad” vendidos a las comadronas. Sin embargo, se cernía ya en el horizonte el producto estéril que no tardaría en formar parte de los botiquines caseros de todo el mundo.

 

Fue en el año 1920 cuando James Johnson, presidente de la firma, oyó ha­blar de un pequeño vendaje casero ideado por uno de sus empleados, Earle Dickson. Éste, que se cuidaba de las partidas de algodón en el departamento de compras de la empresa, se había casado reciente­mente con una joven muy propensa a los accidentes, puesto que a me­nudo se cortaba o quemaba en la cocina. Estas lesiones eran dema­siado leves para los amplios vendajes quirúrgicos que fabricaba la empresa y, como diría más tarde el propio Earle Dickson, “estaba dis­puesto a idear un tipo de vendaje que se mantuviera en su lugar, pu­diera aplicarse fácilmente y además conservara su esterilidad”.

 

Para tratar las pequeñas heridas de su mujer, Dickson utilizaba un paquete pequeño de algodón y gasa estériles de la empresa, situándolo en el centro de una tira adhesiva. Cansado ya de preparar estos venda­jes individuales cada vez que era necesario, Dickson tuvo la idea de producirlos en cantidad y de utilizar una tela de corsé para cubrir tem­poralmente las partes adhesivas de ellos. Cuando James Johnson vio a su empleado separar dos trozos de tela y adherir con toda facilidad el vendaje a su propio dedo, supo que su empresa contaba con un nuevo producto destinado a primeros auxilios. W. Johnson Kenyon, uno de los directores de la fábrica que la empresa tenía en Nueva Brunswick, fue el que sugirió el nombre Band-Aid, que con el tiempo se converti­ría en el país en término genérico para estos pequeños vendajes. Los primeros se fabricaron a mano, en condiciones de esterilidad y si­guiendo un sistema de trabajo en cadena.

 

Al principio, las ventas fueron escasas. Uno de los promotores más decididos de este tipo de vendajes adhesivo fue el doctor Frederick Kilmer, jefe del departamento de investigación de la empresa y que antes de terminar el siglo, ya se había ocupado del marketing de los polvos para bebés. En la década de 1920, Kilmer se sumó a la cam­paña de promoción de las tiritas, publicando artículos en revistas mé­dicas y populares en los que exaltaba las ventajas del producto para impedir la infección y acelerar la curación de los cortes y quemaduras leves. Uno de los trucos publicitarios más hábiles de la compañía con­sistió en distribuir gratuitamente un número limitado de tiritas en los campamentos de Boy Scouts en todo el país, así como entre los carni­ceros locales.

 

La popularidad de estos prácticos vendajes aumentó progresiva­mente. En el año 1924 se fabricaban ya mecánicamente, en la medida de tres pulgadas de longitud por tres cuartos de pulgada de anchura. Cuatro años más tarde, el público pudo adquirir tiritas con orificios de venti­lación en la gasa, para incrementar la circulación del aire y acelerar la cicatrización.

Earle Dickson, inventor de las tiritas, disfrutó de una larga y prove­chosa carrera en la firma Johnson & Johnson, de la que llegó a ser vi­cepresidente y miembro del consejo de dirección. En cuanto a la difusión del invento, la empresa calcula que, desde que el producto fue lanzado en el año 1921, la población mundial ha utilizado más de cien mil millones de estos pequeños vendajes.

 

VICK'S VAPORRUB, 1905, Selma, Carolina del Norte

 

Antes de que comenzara el siglo, los tratamientos más populares para las afecciones pectorales y los resfriados eran las cataplasmas y los em­plastos, no muy diferentes de los que, a base de hierbabuena y mos­taza, se prepararon en el Próximo Oriente hace cinco mil años. Por desgracia, tanto las preparaciones antiguas como las modernas se apli­caban mediante fricciones en el pecho y la frente, y a menudo ocasio­naban sarpullidos o ampollas, puesto que sus ingredientes activos, que producían una sensación de calor, eran a menudo productos irri­tantes.

 

Había otro remedio popular contra aquellas afecciones, pero resul­taba todavía más peligroso. Los médicos recomendaban, no sin cierta cautela, que los niños que padecían la difteria o un fuerte resfriado in­halaran vapores calientes de hierbas, que abrían temporalmente las fosas nasales mientras el niño era sometido al tratamiento, pero mu­chas veces el paciente padecía quemaduras en la cara a causa del agua casi hirviendo. Antes de que las estufas de gas y eléctricas pudieran aportar una fuente regular y segura de energía para hervir el agua, los fuegos de carbón o de leña solían variar bruscamente en su intensi­dad, con lo que se producía de repente un géiser de vapor ardiendo.

 

Más de un boticario trató de producir ungüentos que abrieran los senos nasales y en los que se combinaran las ventajas de las cataplas­mas y de los vahos, sin ninguno de sus inconvenientes. Dos hechos condujeron a Lunsford Richardson, un farmacéutico de Selma, Caro­lina del Norte, a encontrar el producto más adecuado a esa función. El primer hecho fue la popularidad de la gelatina de petróleo como base inofensiva y neutra para bálsamos y cosméticos. El segundo fue la aparición en América del mentol, un extracto alcohólico, céreo y cristalino del aceite de la menta piperita, que despedía unos vapores de olor muy intenso.

 

El mentol ya había llamado la atención del público en el año 1898, en forma de un linimento muscular denominado Ben-Gay. Ideado por el farmacéutico francés Jules Bengué, este producto combinaba los efec­tos térmicos del mentol con un analgésico, el salicilato de metilo, en una base de lanolina. Ensalzado en Europa y América como un reme­dio para la gota, la artritis reumatoide y las neuralgias, se aseguraba que el bálsamo de Bengué también despejaba los senos en el curso de un resfriado.

 

Richardson oyó las alabanzas del Ben-Gay de boca de sus propios clientes, y en el año 1905 mezcló mentol con otros ingredientes y una base de gelatina de petróleo, produciendo una pomada a la que dio su nombre y que, aplicada mediante fricción en la frente y el pecho, ha­bía de curar la difteria y la pulmonía. Vaporizados por el calor corpo­ral, estos productos abrían los conductos de aire bloqueados, al mismo tiempo que estimulaban la circulación sanguínea a través del contacto con la piel. Aquel año, Richardson no pudo dar abasto a los pedidos que recibió, tanto de enfermos como de otros farmacéuticos.

 

Buscando un nombre más atractivo para su ya popular producto, Richardson se dirigió a su cuñado, un médico llamado Joshua Vick, en cuya botica había comenzado su actividad como farmacéutico. Fue en el laboratorio de aquel establecimiento donde Richardson preparó su ungüento vaporizable, al que dio el nombre de su pariente y con­sejero.

 

Richardson se anunció en los periódicos, con unos cupones que po­dían cambiarse por un tarrito de prueba de Vick's VapoRub. Persua­dió, además, al servicio de correos de los Estados Unidos para que in­trodujera una nueva modalidad en el reparto de cartas, y que desde entonces ha mantenido llenos a rebosar los buzones particulares: los anuncios del Vick's VapoRub se dirigían simplemente al “titular del buzón”, cuando, hasta entonces, todo el correo había de ostentar el nombre del destinatario.

 

Las ventas se incrementaron considerablemente, pero más tarde un trágico revés del destino las hizo aumentar de forma vertiginosa.

 

En la primavera del año 1918, se desencadenó una epidemia de gripe en las bases militares norteamericanas. Las tropas llevaron la enferme­dad a Francia y de allí el virus pasó a España, donde adquirió mayor malignidad. Se propagó después a China y, a fines de ese año, se inició en Rusia otra epidemia de una gripe aún más mortífera.

 

La mortandad fue enorme. La gripe mató al 0,5 por ciento de la po­blación de los Estados Unidos e Inglaterra, y a un 60 por ciento de los esquimales de Nome, Alaska. En sólo seis semanas, pereció el 3,1 por ciento de los reclutas norteamericanos destinados en Camp Sherman.

 

Hubo trasatlánticos qué llegaron a su destino con un 7 por ciento me­nos de los pasajeros que habían embarcado. A esta epidemia podían aplicársele las palabras de Giovanni Boccaccio, cuando se refirió al azote que se abatió sobre la humanidad en su época, el siglo XIV: “¡Cuántos hombres valientes y cuántas damas atractivas desayunaron con sus familias y aquella misma noche cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”

 

La primera guerra mundial necesitó cuatro años para arrebatar las vidas de nueve millones de soldados. En un solo año, la epidemia del año 1918 mató a veinticinco millones de personas en todo el mundo con lo que se convirtió en la peor plaga de la historia.

 

No es sorprendente que esta gripe aumentara las ventas de toda clase de medicamentos contra los resfriados. Aspirinas, pastillas y ja­rabes para la tos y descongestionantes eran, desde luego, inefectivas contra el virus de la gripe, que desapareció misteriosamente en el año 1919, tal vez por haber sido objeto de una mutación. Sin embargo, las ventas de estos medicamentos, entre ellos el Vick's VapoRub, establecieron nuevos récords en la industria, y en el año 1918 la Vick's superó el listón del millón de dólares de beneficios.