CÉSPED   (antes de 400 a.C., Grecia)

 

El césped meticulosamente cuidado, libre de malas hierbas y a prueba de parásitos es, sobre todo, un fenómeno moderno. A mediados del siglo XVIII, cuando el novelista norteamericano Nathaniel Hawthorne visitó Inglaterra, donde los campos de espeso césped hacían furor, se sintió decepcionado por la artificialidad y pretensión de éstos y escribió a los suyos que añoraba el jardín frontal americano, rico en sus variedades de malas hierbas: ortigas, tréboles y dientes de león. De hecho, este “aspecto natural” es la moda más antigua registrada en materia de césped,

 

El clásico jardín griego de 400 a.C. consistía en un pequeño terreno con mezcla de diversas hierbas. A éstas se unían flores silvestres, plantadas de modo que recordaran un prado natural en miniatura. Regar manualmente requería largo tiempo, y las dimensiones de estas superficies herbosas se mantenían reducidas para facilitar la operación. Doscientos años más tarde, los persas adquirieron fama por sus pequeños e intrincados jardines florales, donde las franjas de hierba verde sólo servían para destacar los colores de las flores. La hierba quedaba en segundo término, no en primer plano. Y en la Edad Media, las zonas de césped, tal como se aprecia en tapices, pinturas y manuscritos iluminados, estaban festoneadas con delicadas flores silvestres. La hierba sólo aportaba el fondo.

 

Durante siglos, antes de que se inventara la segadora de césped, la hierba se dejaba crecer sin cortarla. Una masa de hierba alta y sin cuidar se consideraba algo bello, y si Hawthorne añoraba la naturalidad de las superficies herbosas americanas, el poeta Wait Whitman cantó las alabanzas de la hierba como “la hermosa cabellera sin cortar de las tumbas”. No es sorprendente que se tolerasen, e incluso cultivasen, las malas hierbas entre el césped, puesto que todavía estaba por descubrir la semilla de césped totalmente libre de ellas. Por otra parte, el estiércol animal, la forma más común de fertilizante de jardines durante siglos, estaba repleto de semillas de malas hierbas sin digerir, y fertilizar un campo de césped equivalía a sembrar esas malas hierbas.

 

Al principio del siglo XIX, dada la creciente popularidad del golf y los bolos en las Islas británicas y en Holanda, que se practicaba al aire libre y sobre césped, el recortado minucioso del césped se convirtió en una absoluta necesidad, y a menudo se conseguía llevando a pastar rebaños de ovejas. Sin embargo, éstas no tardaron en ser sustituidas por un dispositivo mecánico ideado por el hombre.

 

 

SEGADORA DE CÉSPED   (1830, Inglaterra)

 

Capataz en una fábrica textil inglesa, Edwin Budding estaba familiarizado con una nueva máquina tundidora rotativa para recortar las hilachas de los tejidos de algodón. Hacia 1820, se planteó la posibilidad de adaptar la máquina para recortar la hierba de su jardín, y también la del campo de bolos, asimismo cubierto de césped y situado en medio de una majestuosa arboleda. En 1823, Budding, procedió a patentar su máquina para recortar o tundir la superficie vegetal de campos, zonas herbosas y terrenos de juego. El aparato consistía en un rodillo de medio metro de diámetro que utilizaba como principio una serie de cuchillas rotatorias que actuaban contra otras fijas, en una adaptación muy parecida al método de tundido mecánico que se empleaba en la fábrica textil donde Budding trabajaba.

 

En la década de 1860, se probaron en fincas rurales de Gran Bretaña versiones de mayor tamaño y arrastradas por caballos, pero jardineros y propietarios se quejaron de las señales dejadas por las patas de los animales que habían de ser borradas, y también de las deposiciones de éstos, que habían de ser recogidas. En realidad, la segadora rotatoria tirada por caballos no economizaba tiempo.

 

Cuando el precio de las segadoras accionadas a mano empezó a bajar, alrededor de 1880, su popularidad aumentó tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos, y llegaron a ser el método preferido para recortar el césped, a pesar de varios intentos por parte de inventores y fabricantes para introducir en el mercado segadoras de vapor.

 

El primer gran avance aplicado al aparato rotatorio manual se debió a un coronel del ejército norteamericano, Edwin George. En 1919 instaló el motor de gasolina de la lavadora de su esposa en una segadora manual de rodillo y cuchillas. Nació así la primera segadora de césped accionada por un motor de explosión, y este perfeccionamiento, acompañado por la difusión de segadoras en general muy baratas contribuyó a popularizar la moda del césped primorosamente recortado entre las clases medias de los países anglosajones.

 

 

MANGUERA DE GOMA   (década de 1870, Estados Unidos)

 

La regadera se utiliza hoy, casi exclusivamente, para las plantas de interior. Aun así, el proceso de llenarla una y otra vez resulta tedioso. Sin embargo, antes de la aparición de la manguera de jardín, casi todo el riego de césped, parterres y huertos, cualquiera que fuese su tamaño, se hacia con algún recipiente. La manguera de goma para el jardín, y utilizada contra incendios, no sólo constituyó una valiosa adquisición para economizar tiempo, sino que fue también el primer artículo de goma manufacturado, anterior a los neumáticos de automóvil y a los impermeables, y en muchos aspectos señaló el nacimiento de la industria del caucho.

 

En la Europa del siglo XVI, el caucho era un material de última novedad. Las primeras pelotas de goma, hechas por los amerindios, fueron introducidas en España por Cristóbal Colón, y durante los dos siglos siguientes muchos inventores europeos realizaron experimentos con este nuevo material, pero lo juzgaron inadecuado para aplicaciones prácticas, debido a que el caucho, en su estado natural, es quebradizo cuando está frío y pegajoso cuando está caliente. Sería un emprendedor inventor americano. Charles Goodyear, quien descubriese, a causa de un accidente culinario, el secreto para conseguir un caucho a la vez seco, blando y flexible.

 

 

LA CARRETILLA   (200 d.C., China)

 

La carretilla ocupaba un lugar destacado en la historia de los inventos, e ilustra un fenómeno conocido como invención independiente, ya que fue concebida en diferentes lugares y en distintos períodos, y se utilizó con diversos propósitos. Las carretillas chinas y europeas ofrecen particular interés.

 

La carretilla más antigua fue ideada hacia el año 200 a.C. por Chuko Liang, un general del ejército imperial chino. Su finalidad consistía en transportar grandes cantidades de pertrechos militares a lo largo de senderos angostos. La única pero enorme rueda de este artefacto tenia ciento veinte centímetros de diámetro y una docena de radios, y estaba situada de modo que el centro de gravedad de la carga pudiera encontrarse directamente encima de su eje. Los historiadores creen que el general Liang desarrolló la carretilla a partir de un carrito más pequeño y de dos ruedas, que ya se utilizaba en China para transportar arroz y hortalizas.

 

Los carros de dos ruedas ya eran conocidos en Oriente y Occidente en el año 1000 a.C., pero al parecer nunca surgió la necesidad, como ocurrió en China en tiempos de Liang, de construir un vehículo de una rueda para utilizarlo en un camino muy angosto.

 

De transportar pertrechos militares, la carretilla china pasó a emplearse para retirar soldados muertos y heridos de los campos de batalla. Después, ampliada y ligeramente modificada, sirvió para transportar personal civil en las ciudades con una capacidad para cuatro adultos o seis niños a la vez. Generalmente, estas carretillas de mayor tamaño eran arrastradas por un asno y guiadas desde la parte posterior por un hombre.

 

La carretilla europea tuvo su origen en la Edad Media. Si la carretilla china tenía su única rueda en el centro, directamente debajo de la carga, a fin de que quien la empujara sólo tuviera que orientarla y equilibrarla, la versión europea tenía la rueda en su parte delantera. Ello significaba que la carga la soportaban a la vez la rueda y el que empujaba la carretilla.

 

Creen los historiadores que el invento europeo fue una adaptación de un vehículo anterior, consistente en un cajón de madera suspendido entre dos palos y sostenido delante y detrás por dos o cuatro hombres. Hacia el siglo XII, un inventor anónimo concibió la idea de sustituir a los porteadores delanteros por una sola rueda de pequeño tamaño, y así surgió la carretilla occidental.

 

La carretilla europea no era tan eficaz como la china, pero, con todo, los operarios que construían los grandes castillos y catedrales del continente dispusieron de un medio nuevo y sencillo para el acarreo de los materiales. La mayoría de los manuscritos del siglo XII al XV que contienen ilustraciones de carretillas, las muestran invariablemente cargadas de ladrillos y piedras, prestando su ayuda a los constructores. En este aspecto, la carretilla europea era totalmente distinta, en su función, de la china. Sin la menor duda, la colocación delantera de la rueda significaba que el hombre que utilizaba la carretilla europea había de levantar gran parte de la carga, además de empujarla y equilibrarla. Por tanto, a diferencia de la invención china, la carretilla occidental era inadecuada para transportar una carga a lo largo de grandes distancias. Por eso nunca llegó a convertirse en vehículo para el transporte de personas.

 

A partir del siglo XVII, se inició un frecuente intercambio comercial entre Europa y China, y los mercaderes que visitaban Oriente contaban curiosas historias acerca de la carretilla china, que permitía transportar cargas apenas sin esfuerzo y a lo largo de grandes distancias. Este modelo no tardó en aparecer en los países occidentales, y hoy en día disponemos de ambos tipos de carretilla, cada uno para una exigencia distinta.

 

 

ILUMINACIÓN DE INTERIORES   (hace 50.000 años. África y Europa)

 

Hace unos cincuenta mil años, el hombre de Cro-Magnon descubrió que una mecha fibrosa alimentada con grasa animal seguía ardiendo después de encendida. Sus lámparas de piedra eran triangulares, y la mecha se encontraba en una concavidad que contenía la maloliente grasa animal. Este principio básico duraría milenios. Alrededor de 1300 a.C., los egipcios iluminaban sus casas y templos con lámparas de aceite de barro en el que a menudo se modelaban adornos; la mecha era de papiro y el material inflamable, aceite vegetal de olor soportable. Posteriormente, griegos y romanos optaron por lámparas de bronce con mechas de estopa o de tela.

 

Hasta que en el siglo XIX se dispuso de aceite mineral (y queroseno) en abundancia, inodoro y de combustión relativamente limpia, se quemaba cualquier materia que resultara barata y se encontrara en abundancia. La grasa animal hedía, y el aceite de pescado producía una llama más brillante, pero también resultaba ofensiva para el olfato. Además, todos los aceites, animales y vegetales, eran comestibles, y en tiempos de grave escasez de alimentos, el puchero tenía preferencia sobre la lámpara familiar.

 

Las lámparas de aceite presentaban otros problemas: las mechas todavía no se autoconsumían, y habían de estirarse regularmente con unas pinzas y recortarles los extremos quemados. Desde la época de los romanos hasta el siglo XVII, las lámparas de aceite solían llevar unas pinzas y unas tijeras colgando de un cordel o cadenilla.

 

Para poder trabajar durante la noche, Leonardo da Vinci inventó la que bien puede considerarse primera lámpara de alta intensidad de la historia. Consistía en un cilindro de vidrio conteniendo aceite de oliva y una mecha de cáñamo, que encajaba en un gran globo de cristal lleno de agua que ampliaba considerablemente el resplandor de la llama.

 

 

LA VELA   (antes del siglo I, Roma)

 

Parece ser que la vela se adoptó relativamente tarde para la iluminación casera. La más antigua descripción aparece en escritos romanos del siglo I d.C., y este nuevo invento se consideraba una obra de arte. Hechas de sebo, un extracto sólido casi incoloro e insípido de grasa animal o vegetal, las velas eran también comestibles, y abundan los relatos acerca de soldados que, acosados por el hambre, devoraron sin titubear sus raciones de velas. Siglos más tarde, los guardianes de faros británicos, aislados durante períodos de varios meses, hicieron de la ingestión de velas una práctica profesional reconocida.

 

Incluso las velas de sebo más caras exigían que, cada media hora, se despabilara el extremo carbonizado de la mecha o pabilo, sin extinguir la llama. Una vela que no se sometiera a esta operación, no sólo difundía una pequeña parte de su capacidad, sino que la llama, al arder muy baja, derretía rápidamente el sebo restante. De hecho, en una vela que se dejara arder por sí sola, sólo se consumía el 5 por ciento del sebo, y el resto quedaba sin aprovechar. Sin que alguien las despabilara, ocho velas de sebo, con un peso de una libra, se consumían en media hora. Un castillo en el que ardieran cientos de velas de sebo por semana, requería un equipo de sirvientes encargados de despabilarlas.

 

Hasta el siglo XVII hubo compañías teatrales que contaban con un muchacho al que se confiaba esta tarea. Ducho en este arte, entraba de vez en cuando en escena, en ocasiones coincidiendo con un momento de tensión dramática, para recortar los pabilos carbonizados de las velas humeantes. Aunque su entrada solía ser ignorada, si remataba con éxito la operación con todas las velas, el público le dedicaba un aplauso. Esta difícil tarea ya no tuvo objeto a partir de finales del siglo XVII, cuando se propagó el uso de las velas de cera de abeja, que se evaporan parcialmente. La cera era tres veces más cara que el sebo, pero las velas fabricadas con ella ardían con una llama más viva.

 

La Iglesia católica ya había adoptado el lujo de los cirios de cera, y la gente muy rica los empleaba para las grandes ocasiones. Datos referentes a una de las grandes mansiones británicas muestran que, durante el invierno de 1765, sus habitantes consumieron más de cien libras de velas de cera en un mes.

En el siglo siguiente, las velas de lujo serían la de cera blanquísima y reluciente, la dura y amarilla de sebo vegetal, procedente de China, y la vela verde, perfumada con laurel, utilizada en la costa nordeste de Norteamérica.

 

 

LUZ DE GAS   (siglo XIX, Inglaterra)

 

Hace tres mil anos, los chinos quemaban gas natural para evaporar la salmuera y producir sal, y en ciertos lugares de la Europa antigua las tribus de adoradores del fuego erigían sus templos alrededor de chorros de gas natural y los encendían, a fin de producir llamas perpetuas.

 

Pero la iluminación de las casas con gas no llegó hasta el siglo XIX, unos doscientos años después de que el químico belga Jan-Baptiste van Helmont fabricara por primera vez gas a partir del carbón. Este descubrimiento alentó al químico francés Antoine Lavoisier a pensar en iluminar las calles de París con farolas de gas, e incluso construyó un prototipo en la década de 1780, pero antes de que sus planes pudieran llevarse a cabo, fue guillotinado durante la Revolución francesa.

 

Hasta que se estableció la primera compañía de gas en Londres, en 1813, no se hicieron realidad las lámparas de gas para los hogares, pero a partir de entonces los procesos fueron rápidos. El científico alemán Robert von Bunsen redujo el molesto chisporroteo de la llama de gas puro mezclando previamente el gas con aire, y para intensificar de forma notable la luminosidad, un alumno de Bunsen inventó en 1885 el manguito de gas. Fabricado con hilo tratado con torio y nitrato de cerio, el hilo del manguito se consumía al encenderse, dejando un «esqueleto» de compuestos carbonizados que ardían con una brillante luz de un color blanco verdoso. En 1860, el gas proporcionaba ya a los hogares, fábricas y calles de ciudades una iluminación tan limpia, eficaz y barata que parecía improbable que pudiera sustituirla otra forma de energía.

 

 

LUZ ELÉCTRICA   (1878-1879, Inglaterra y Norteamérica)

 

La base de la bombilla incandescente es un filamento colocado en una cámara de cristal en la que se ha hecho el vacío; este filamento se pone al rojo blanco al atravesarlo la corriente. Los inventores Joseph Swan, en Inglaterra, y Edison, en los Estados Unidos, tuvieron al mismo tiempo la idea de utilizar carbono para el filamento. Swan y Edison patentaron su lámpara en 1878 y 1879 respectivamente, pero al crear un sistema de distribución eléctrica, sacó la bombilla de incandescencia del laboratorio y la llevó a los hogares y las calles.

 

Estos privilegiados pioneros tenían que contentarse con unas bombillas cuya vida media era de sólo 150 horas (en vez de las 2.000 actuales), pero a principios de 1884 Edison perfeccionó una bombilla de 400 horas, a la que seguiría, dos años más tarde, otra de 1.200.

 

A pesar de sus grandes ventajas, la luz eléctrica tuvo unos comienzos lentos. La gente se mostraba curiosa y se apiñaba en las demostraciones para ver brillar una bombilla, pero pocos eran los que encargaban una instalación. Siete años después de su fundación, la compañía Edison había pasado de 203 abonados a 710, pero la bombilla eléctrica era sin duda un invento con futuro. Y así, aunque las tarifas empezaron a bajar, lo que generó un alud de altas en el servicio fueron los comentarios favorables de aquellos propietarios de casas y negocios que ya habían probado la iluminación eléctrica. Al terminar el siglo, los usuarios pasaban de los diez mil, y una década más tarde esta cifra ascendía ya a tres millones e iba en aumento.

 

 

LUZ DE NEÓN

 

El neón, un gas incoloro, inodoro e insípido, cuyo nombre procede del griego neos, que significa “nuevo”, fue descubierto en 1898 por los químicos ingleses William Ramsay y Morris Travers, quienes, intrigados por el resplandor natural rojo anaranjado del gas, trataron de alterar químicamente su color. En 1909 el físico francés Georges Claude perfeccionó el tubo de neón y lo utilizó al año siguiente para iluminar el Grand Palace en París. Claude demostró que el empleo de un gas, en vez de un filamento fijo y rígido, permitía a las bombillas brillar con independencia de su longitud o formato.

 

En 1912, brilló el primer anuncio de neón en el Boulevard Montmartre de París. Anunciaba (en francés) “El Palacio de la Peluquería”, y brillaba con un resplandor rojo anaranjado. Más tarde, los científicos descubrían que, alterando el gas e introduciendo sustancias en polvo en el tubo, podían conseguir una amplia variedad de colores.

 

 

TUBO FLUORESCENTE

 

La luz fluorescente, más cruda y menos suave, triunfaría en el cuarto de baño, la luminosidad más matizada de la bombilla de incandescencia prevalecería en el dormitorio, y en la cocina a menudo coexistirían tubo y bombilla.

 

El primer intento de producir fluorescencia se debe al físico francés Antoine-Henri Becquerel, descubridor de la radiactividad del uranio. Ya en 1859 recubrió el interior de un tubo de cristal con fósforo, el cual producía fluorescencia al ser sometido a una corriente eléctrica. Varios científicos empezaron a trabajar en la misma línea, y pronto descubrieron docenas de gases y minerales que brillaban en un campo eléctrico. Estas investigaciones permitieron a Ramsay y Travers descubrir el neón.

 

La primera lámpara fluorescente efectiva fue conseguida en los Estados Unidos, en 1934, por el doctor Arthur Compton, de la General Electric. Activado por unos voltajes más bajos, este tubo resultaba más económico que la bombilla de incandescencia, y mientras que ésta llegaba a perder el 80 por ciento de su energía generando calor en lugar de luz, el tubo fluorescente era energéticamente tan eficaz que recibió el nombre de “luz fría”.

 

Al cabo de quince años, la luz fluorescente disputaba ya, en parte, la primacía de la iluminación eléctrica a la bombilla de incandescencia. Este avance no se debía a una preferencia por el pálido resplandor que desprendían los tubos, sino más bien al deseo de industriales y comerciantes de reducir los costos de iluminación en los lugares de trabajo.

 

 

CRISTAL DE VENTANA   (600 d.C., Alemania)

 

Los romanos fueron los primeros en obtener láminas de cristal para ventanas hacia 400 a.C., pero su clima mediterráneo, muy benigno, hizo de esta innovación una mera curiosidad. El vidrio se empleaba con finalidades más prácticas, sobre todo en joyería.

 

Después de la invención del soplado de cristal, hacia 50 a.C., fueron posibles cristales de ventana de más calidad, pero los romanos empleaban el vidrio soplado para copas de todas las formas y medidas, destinadas a las casas particulares y a los establecimientos públicos. Muchos de esos recipientes han sido exhumados en excavaciones realizadas en antiguas ciudades romanas.

 

Los romanos nunca fabricaron un vidrio laminado perfecto, por la sencilla razón de que no sintieron su necesidad. El descubrimiento tuvo lugar mucho más al Norte, en climas germánicos más fríos, al comienzo de la Edad Media. En el año 600 d.C., el centro europeo de la fabricación de ventanas radicaba a orillas del Rin. Se requería una gran habilidad y un largo aprendizaje para trabajar el vidrio. Tan apreciados eran sus exquisitos productos, que el orificio del horno a través del cual el artesano soplaba el vidrio, valiéndose de un largo tubo, recibía la denominación de “agujero de la gloria”.

 

Los vidrieros empleaban dos métodos para obtener cristales de ventana. En el método del cilindro, cuyos resultados eran inferiores, pero que se utilizaba más extensamente, el vidriero soplaba sílice fundida para formar una esfera, que después se sometía a un movimiento de vaivén a fin de alargarla y convertirla en un cilindro. A continuación, este cilindro era cortado longitudinalmente y aplanado hasta conseguir una lámina.

 

En el método de corona, una especialidad de los vidrieros normandos, el artesano también obtenía una esfera por soplado, pero le adhería una varilla de hierro macizo antes de retirar el tubo de soplar. Entonces se hacía girar con rapidez la esfera y, por la fuerza centrífuga, el agujero abierto al insertarse la varilla se expandía, hasta que la masa de cristal fundido se abría y adoptaba forma de disco. Estos vidrios eran más delgados que los obtenidos con el método del cilindro, y con ellos sólo se hacían cristales de ventana muy pequeños.

 

Durante la Edad Media, las grandes catedrales europeas, con sus soberbias vidrieras coloreadas, monopolizaron la mayor parte del vidrio laminado fabricado en el continente. Desde las iglesias, los cristales de ventana pasaron gradualmente a las casas de los más ricos, y más tarde su uso se generalizó. La lámina más grande de vidrio de cilindro que en aquel entonces podía conseguirse tenía una anchura aproximada de 1.20 metros, lo cual limitaba el tamaño de las ventanas de un solo cristal. Los avances en esta técnica durante el siglo XVII permitieron obtener cristales que medían casi 4 metros por algo más de 2.

 

En 1687, el vidriero francés Bernard Perrot, de Orleans, patentó un método para cilindrar planchas de vidrio. Se vertía vidrio en fusión sobre una gran mesa de hierro y se extendía con un pesado rodillo metálico. Este método produjo las primeras grandes láminas de vidrio con un coeficiente de deformación aceptable, propias para fabricar espejos de cuerpo entero.

 

 

FIBRA DE VIDRIO

 

Como su nombre indica, la fibra de vidrio consiste en filamentos de vidrio unidos entre sí para formar un hilo, que después es tejido y permite conseguir una placa rígida o flexible.

 

El artesano parisino Dubus Bonnel consiguió una patente para hilar y tejer vidrio en 1836, pero su proceso era complicado y de muy incómoda ejecución. Obligaba a trabajar en un recinto muy caluroso y húmedo a fin de que los delgados filamentos de vidrio no perdieran su maleabilidad, y el tejido se realizaba con extremas precauciones en telares del tipo Jacquard. Tantos eran los que entonces dudaban de que el vidrio pudiera tejerse, que cuando Dubus Bonnel presentó su petición de patente, incluyó una pequeña muestra cuadrada de tejido de fibra de vidrio.

 

 

CRISTAL DE SEGURIDAD

 

Irónicamente, el descubrimiento del cristal de seguridad fue el resultado de un accidente, acompañado de roturas de cristales, que sufrió en 1903 el químico francés Eduard Benedictus.

 

Un día, Benedictus trepó a una escalera en su laboratorio para buscar unos reactivos en un estante, e inadvertidamente hizo caer al suelo un frasco de cristal. Oyó cómo éste se rompía, pero cuando miró abajo vio, asombrado, que los fragmentos continuaban más o menos unidos y mantenían la forma del recipiente.

 

Al interrogar a un ayudante, Benedictus se enteró de que el frasco había contenido una solución de nitrato de celulosa, un plástico líquido, que se había evaporado y que, al parecer había depositado en el interior una delgada película. Puesto que el frasco parecía limpio, el ayudante, muy atareado, no lo lavó, y lo devolvió directamente al estante.

 

De la misma forma que un accidente había llevado a Benedictus al descubrimiento, una serie de otros accidentes le permitirían darle cumplida aplicación.

 

En 1903, la misma semana del descubrimiento de Benedictus, un periódico de París publicó un artículo sobre la reciente racha de accidentes automovilísticos, y cuando leyó que casi todos los conductores gravemente heridos habían sufrido cortes a causa de los parabrisas destrozados, supo que su extraordinario cristal podía servir para salvar vidas.

 

Benedictus, durante veinticuatro horas seguidas, experimentó con capas de líquido plástico aplicadas a cristales que luego rompía. Por desgracia, los constructores de coches, que pugnaban entre sí para reducir el precio de sus nuevos y lujosos productos, no mostraron interés por el costoso cristal de seguridad para los parabrisas. La actitud predominante era que la seguridad en la conducción de un coche dependía, sobre todo, de las manos del conductor, y no del fabricante. Se incorporaron al diseño del automóvil medidas de seguridad para prevenir accidentes, pero no para minimizar los daños si se producía alguno.

 

Aquel cristal de seguridad no encontraría su primera aplicación práctica a gran escala hasta la primera guerra mundial, y en concreto para las máscaras antigás. A los fabricantes les resultaba relativamente fácil y económico modelar pequeños óvalos de cristal de seguridad laminado, y esas lentes proporcionaban al personal militar una protección muy necesaria y hasta entonces imposible de conseguir. Después de que los fabricantes de automóviles examinaran los buenos resultados del nuevo cristal en las condiciones extremas del campo de batalla, la principal aplicación del cristal del seguridad pasó a ser los parabrisas de los coches.

 

 

CALEFACCIÓN CENTRAL   (siglo I, Roma)

 

En los comienzos de la era cristiana, los ingenieros romanos crearon el primer sistema de calefacción central: el hipocausto. El estadista y filósofo estoico Séneca escribió que varias residencias de patricios poseían “tubos incrustados en las paredes para dirigir y distribuir por toda la casa un calor suave y regular”. Los tubos eran de barro cocido y conducían el aire caliente a partir de un fuego de leña o de carbón que ardía en el sótano. Se han descubierto restos arqueológicos de sistemas de hipocausto en diferentes lugares de Europa donde antaño floreció la cultura romana.

 

Las ventajas de la calefacción por radiación sólo estaban al alcance de la nobleza, y con la caída del Imperio Romano el hipocausto desapareció durante siglos. Durante los primeros siglos de la Edad Media, la gente se calentaba recurriendo a los métodos toscos que había utilizado el hombre primitivo: reuniéndose alrededor de una hoguera y envolviéndose en gruesas capas de tela o piel.

 

En el siglo XI, adquirieron popularidad los grandes hogares situados en el centro de las vastas salas de los castillos, castigadas por las corrientes de aire, pero dado que su construcción permitía que el ochenta por ciento del calor escapara chimenea arriba, los moradores se veían obligados a mantenerse muy cerca del fuego. Algunos hogares tenían una gran pared de arcilla y ladrillo a cierta distancia de las llamas, la cual absorbía calor y volvía a irradiarlo cuando el fuego del hogar empezaba a apagarse. Sin embargo, esta idea tan sensata apenas se puso en práctica hasta el siglo XVII.

 

Un dispositivo más moderno fue el empleado para caldear el Louvre, en París, más de un siglo antes de que el elegante palacio junto al Sena se convirtiera en museo de arte. En 1642, ingenieros franceses instalaron en una estancia un sistema de calefacción que aspiraba aire a temperatura ambiente, a través de unas conducciones situadas alrededor de un fuego, y lo devolvía una vez calentado. Pero se formaba así un circuito cerrado que acababa por enrarecer la atmósfera. Pasarían cien años antes de que los inventores empezaran a idear maneras de aspirar aire fresco del exterior para calentarlo.

 

El primer cambio drástico, en materia de calefacción doméstica, del que se benefició un gran número de personas, llegó a la Europa del siglo XVIII con la Revolución industrial.

 

El vapor conducido a través de tuberías calentaba escuelas, iglesias, tribunales, salas de reuniones, invernaderos y las casas de los más ricos. Las superficies calientes de las tuberías a la vista resecaban el aire, produciendo continuamente un olor a polvo requemado, pero este inconveniente quedaba más que compensado por el reconfortante calor obtenido.

 

En esta época, había numerosos hogares provistos de un sistema de calefacción similar al hipocausto romano. Un gran horno de carbón en el sótano enviaba aire caliente a través de una red de tuberías con aberturas en las habitaciones principales. Hacia 1880, el sistema empezó a transformarse para adaptar dispositivos de vapor. El horno de carbón se utilizaba entonces para calentar un depósito de agua, y las tuberías que antes canalizaban aire caliente pasaron a conducir vapor y agua caliente hasta unas aberturas conectadas con radiadores.

 

 

ESTUFA ELÉCTRICA

 

Un 1092, una década después de que Edison diera a conocer la lámpara incandescente, los inventores británicos R. E. Crompton y J. H. Dowsing patentaron la primera estufa eléctrica para uso doméstico. El nuevo aparato consistía en un alambre de alta resistencia enrollado varias veces alrededor de una placa rectangular de hierro. El alambre, que al conducir la electricidad adquiría un brillo blanco anaranjado, estaba situado en el centro de una pantalla parabólica que concentraba y difundía el calor en un haz.

 

No tardaron en aparecer modelos perfeccionados de estufas eléctricas, y dos de los más notables fueron el de 1906, debido al inventor Albert Marsh, de Illinois (EEUU), cuyo elemento irradiante, de níquel y cromo, podía alcanzar temperaturas al rojo blanco sin fundirse; y la estufa británica de 1912, que sustituyó la pesada placa de hierro en la que se enrollaba el alambre calefactor por un elemento ligero de arcilla refractaria, con lo que se consiguió la primera estufa eléctrica portátil realmente eficaz.

 

 

AIRE ACONDICIONADO   (3000 a.C., Egipto)

 

Aunque los antiguos egipcios no disponían de medios para conseguir una refrigeración artificial, obtenían hielo aprovechando un fenómeno natural propio de los climas secos y templados.

 

Al ponerse el sol, las mujeres egipcias vertían agua en unas bandejas de arcilla poco profundas, sobre un lecho de paja. La rápida evaporación de la superficie del agua y de las húmedas paredes de la bandeja se combinaba con el descenso nocturno de la temperatura para producir hielo, aunque la temperatura ambiente jamás se aproximaba a los cero grados. A veces sólo se formaba una delgada película de hielo en la superficie del agua, pero en condiciones más favorables de sequedad y de enfriamiento de la temperatura nocturna, el agua se helaba hasta formar un sólido bloque.

 

La característica esencial de este fenómeno radicaba en la baja humedad del aire,

que permitía la evaporación, o sudación, que lleva al enfriamiento. Este principio fue reconocido por varias civilizaciones primitivas, que trataron de enfriar sus casas y palacios acondicionando el aire. En 2000 a.C., por ejemplo, un rico mercader de Babilonia creó su acondicionamiento de aire (que se sepa, el primero del mundo): al ponerse el sol, sus criados regaban con agua el suelo y las paredes de su habitación, de modo que la evaporación resultante, combinada con el enfriamiento nocturno, aliviaba el calor.

 

También en la India antigua se utilizó extensamente el enfriamiento por evaporación. Cada noche, el cabeza de familia colgaba esteras de hierba húmedas ante las aberturas de la casa expuestas al viento. Las esteras conservaban su humedad toda la noche, ya fuese regándolas a mano o bien por medio de un recipiente agujereado colocado sobre las ventanas, y desde el cual goteaba agua. Al encontrar la brisa cálida la hierba húmeda y más fresca, se producía la evaporación, y el interior de la casa se refrescaba, adquiriendo una temperatura varios grados más baja.

 

Dos mil años más tarde, al hacerse realidad el teléfono y la luz eléctrica, la tecnología aún no había producido un medio simple y efectivo para mantener una temperatura agradable en un día bochornoso de verano. A finales del siglo XIX, los grandes restaurantes y otros lugares públicos no contaban con otro recurso que rodear las tuberías de renovación de aire con una mezcla de hielo y sal y hacer circular por medio de ventiladores el aire enfriado.

 

El problema al que se enfrentaban los ingenieros del siglo XIX no se limitaba a reducir la temperatura del aire; también era preciso eliminar la humedad del aire por refrigerar, inconveniente con el que ya tropezaron los pueblos de la Antigüedad.

 

La expresión “acondicionamiento de aire” ya se utilizaba años antes de que alguien creara un sistema idóneo. Se atribuye al físico Stuart W. Cramer, que en 1907 presentó una comunicación sobre el control de la humedad en la industria textil ante la American Cotton Manufacturers Association. El control de la humedad en las fibras textiles mediante la incorporación a la atmósfera de cantidades de vapor bien medidas, se conocía entonces como “acondicionamiento del aire”, y cuando un ambicioso inventor norteamericano llamado Willis Carrier produjo sus primeros acondicionadores comerciales alrededor de 1914, se les aplicó el mismo nombre.

 

Carrier, habilidoso inventor, modificó un calentador convencional de vapor para que aceptara agua fría y una circulación de aire fresco mediante ventilador. El rasgo genial de esta adaptación radicaba en que Carrier calculó y además equilibró cuidadosamente la temperatura del aire y el flujo del mismo, de modo que el sistema no sólo enfriaría aire sino que también eliminara su humedad, acelerando con ello el enfriamiento. Conseguir este efecto combinado le ganó el título de “padre del moderno acondicionamiento de aire”. Y una vez sentado este fundamento, el progreso fue rápido.

 

Carrier entró en un nuevo y provechoso mercado en 1925, cuando instaló una unidad acondicionadora en el teatro Rivoli de Nueva York. El nuevo dispositivo fue tan bien acogido por el público en verano que, en 1930, más de trescientos teatros del país anunciaban la refrigeración con letras más grandes que los títulos de sus películas y obras teatrales. Y en los días más calurosos, el público iba al cine más para gozar de su fresco ambiente que para presenciar el espectáculo.