LAVAPLATOS:  (Shelbyville, Illinois, 1886)

 

        Josephine Cochrane, esposa de un político de Illinois, en la década de 1880, dijo: “Si nadie inventa una máquina lavadora de platos, la inventaré yo misma.”

 

        Y, en efecto, se dispuso a idear un aparato de gran utilidad en la cocina, pese a que la señora Cochrane no estaba harta, ni mucho menos de lavar pilas de platos sucios, puesto que era una mujer adinerada y disponía de una nutrida plantilla de sirvientes.

 

        En un cobertizo cercano a su casa, en la ciudad de Shelbyville, en el estado norteamericano de Illinois, Josephine Cochrane, después de tomar las correspondientes medidas, mandó hacer compartimentos individuales de tela metálica para platos de diversas medidas y para las diversas piezas de la cristalería. Estos compartimentos se ajustaban alrededor de la circunferencia de una rueda montada en una gran caldera de cobre. Al accionar un motor esta rueda, salía agua jabonosa caliente del fondo de la caldera y llovía sobre la vajilla. El diseño era tosco pero efectivo, y ésta fue la impresión que causó en el círculo de amigos de Josephine, que dieron al invento el nombre de «lavaplatos Cochrane», y encargaron máquinas similares para sus cocinas.

 

        Al poco tiempo, Josephine Cochrane recibía pedidos de hoteles y restaurantes de Illinois, cuyo volumen de platos y copas por lavar, y la rotura de muchos de ellos, era un problema persistente y costoso. Al comprender que había logrado un invento más que oportuno, la señora Cochrane patentó su máquina en diciembre del año 1886, y su lavaplatos consiguió el primer galardón en la Exposición Mundial de Chicago del año 1893, porque era “la mejor construcción mecánica, por su duración y su adaptación a su línea de trabajo”.

 

        En el año 1914, la empresa que ella había fundado presentó una máquina más pequeña, destinada al hogar medio americano. Pero el ama de casa norteamericana no se dejó impresionar por ese dispositivo que tanto trabajo ahorraba.

 

        En el año 1914, en muchos hogares se carecía de la cantidad de agua hirviendo que requería entonces un lavaplatos. Además, en muchos lugares del país el agua era “dura”, puesto que contenía minerales disueltos que impedían al jabón disolverse tal como requería el buen lavado de los platos.

 

        Y aún surgió otro problema que en la empresa de la señora Cochrane nadie había previsto, y era que en sus investigaciones descubrieron que si bien había numerosas tareas caseras verdaderamente odiosas, como lavar la ropa de toda la familia, fregar los platos no era una de ellas, sino más bien lo contrario. En el año 1915, después de la cena, lavar la bajilla ésa era una actividad relajante al final de un día, en el que no habían faltado otros trabajos de gran dureza.

 

        El mercado casero de lavaplatos no rendiría beneficios tangibles hasta principios de la década de 1950, cuando la prosperidad de la posguerra infundió en el ama de casa mayores deseos de disponer de más tiempo de ocio, atender a su propio cuidado físico y adquirir una mayor independencia respecto a su marido y sus hijos.

 

 

TERMO  (1892, Inglaterra

 

        La botella de vacío denominada termo, tan indispensable en las excursiones campestres, no fue ideada para mantener la temperatura del café caliente o la limonada helada, sino para aislar gases en el laboratorio. Era un aparato científico del siglo XIX, que finalmente se abrió camino en los hogares del siglo XX.

 

        El “frasco de Dewar”, como se le llamaba en la década de 1890, nunca fue patentado por su inventor, el físico británico sir James Dewar. Este consideraba su recipiente revolucionario como un avance notable al servicio de la comunidad científica, y su frasco original puede verse hoy en el Royal Instituto de Londres. Tan simple en su principio como el actual termo de vacío, se mantuvo en servicio durante muchos años.

 

        Las propiedades aislantes del vacío fueron descubiertas en el año 1643, cuando el físico italiano Evangelista Torricelli inventó el barómetro de mercurio, predecesor de todos los termómetros. Los primeros problemas del termo consistían en mantener el vacío una vez creado éste, y en emplear un material térmicamente no conductor, como el caucho, desconocido en la práctica para la mayoría de los europeos en la primera mitad del siglo XVII, con objeto de lograr el cierre hermético de todos los puntos de contacto entre los recipientes interior y exterior.

 

        En el año 1892, James Dewar construyó un recipiente con las paredes intenor y exterior de cristal, que cerraban un espacio en el que se había hecho el vacío. Para reducir todavía más la transferencia de calor por radiación, recubrió con plata el cristal interior. Los científicos utilizaban la botella de Dewar para guardar vacunas y sueros a temperaturas estables, e incluso para transportar peces tropicales raros.

 

        Estos recipientes de laboratorio los fabricaba para Dewar un soplador profesional de vidrio, Reinhold Burguer, socio de una firma berlinesa especializada en aparatos científicos de cristal. Fue Burger quien comprendió las amplias aplicaciones comerciales de la botella de vacío, y después de crear una pequeña versión destinada al hogar, con un exterior metálico que protegía las delicadas paredes de cristal, protección ausente en el modelo de Dewar, obtuvo una patente alemana en el año 1903.

 

        Al buscar un nombre para su recipiente, y con la intención de conseguir al mismo tiempo publicidad, Burguer promovió un concurso, ofreciendo un premio en metálico para la sugerencia más imaginativa. La palabra vencedora fue Thermos, que significa “calor” en griego.

 

        El presidente William Taft utilizaba un termo en la Casa Blanca, sir Ernest Shackieton se llevó uno al Polo Sur, el teniente Robert Peary llegó al Polo Norte con un termo en su equipo, lo mismo que sir Edmund Hillary en su conquista del Everest, y los termos acompañaron en sus vuelos a los hermanos Wright y al conde Zeppelin. Si un termo era tan seguro como para llegar a los últimos confines del globo, sin duda habría de mantener también la sopa caliente en una excursión campestre.

 

 

PLÁSTICO  (1900, Estados Unidos)

 

        En los primeros días del plástico, los objetos fabricados con él se comportaban a veces como en ciertas películas de ciencia ficción: los coladores se deformaban y abarquillaban al contacto con el agua caliente, los recipientes que se introducían en la nevera se resquebrajaban a causa de la baja temperatura, y las bandejas se derretían si daba el sol en la cocina.

 

        La industria del plástico nació en el año 1868, cuando una grave escasez de marfil movió a un fabricante de bolas de billar, en Nueva Inglaterra, a ofrecer un premio de diez mil dólares a quien encontrase un sucedáneo adecuado.

 

        Un joven impresor de Albany, en el estado norteamericano de Nueva York, llamado John Wesley Hyatt ganó el premio al presentar un producto que bautizó Celulloid, y lo registró como marca patentada en el año 1872.

 

        En realidad, Hyatt no inventó el celuloide, sino que en el año 1868 adquirió su patente británica a Alexander Parkes, profesor de ciencias naturales de Birmingham. Alrededor del año 1850, Parkes experimentaba con un producto químico en su laboratorio, la nitrocelulosa, y al mezclarla con alcanfor descubrió que el compuesto formaba una sustancia transparente, dura pero flexible, que llamó Parkesine. A principios de la década de 1850 no había mercado para aquella película delgada y transparente, y el doctor Parkes se mostró más que satisfecho por vender los derechos de la patente de aquella inútil novedad a John Hyatt.

 

        En 1890, la palabra “celuloide” era conocida en todo el mundo. Los hombres jugaban al billar con bolas de celuloide y vestían con camisas provistas de cuellos, puños y pechera de pulcro celuloide blanco.

 

        Las mujeres mostraban con orgullo sus peines, sus espejos y sus joyas de celuloide. Los mayores empezaron a llevar los primeros paladares postizos de celuloide, y los niños jugaban con los primeros juguetes de celuloide. El marfil jamás había disfrutado de semejante popularidad.

 

        El celuloide fue el primer plástico del mundo, y su auge se vio acelerado porque el inventor norteamericano George Eastman, introdujo la película fotográfica de celuloide en tiras como el formato más conveniente para el cine.

 

        En toda aplicación a temperatura ambiente, el primer plástico del mundo se portaba admirablemente. Las pesadillas de ciencia ficción no comenzaron hasta que los fabricantes idearon objetos que debían someterse a las temperaturas extremadamente frías o calientes propias de la cocina.

 

        No obstante, apuntaba ya en el horizonte una nueva revolución en el campo de los plásticos: la baquelita, un material aparentemente indestructible que podía producirse en un verdadero arco iris de colores, y que conduciría al desarrollo de las medias de nailon y al Tupperware.

 

        El celuloide fue introducido como sustituto del marfil, y la baquelita se concibió como sustitutivo duradero del caucho, pues cuando éste se utilizaba en el mango de una sartén o como cubierta de un enchufe eléctrico para una tostadora o una plancha, se resecaba y se resquebrajaba. El creador de la baquelita. Leo Hendrik Baekeland, se haría famoso como el “padre de los plásticos”.

 

        Baekeland transformaba todo lo que tocaba en una maravilla práctica e imaginativa. Uno de sus primeros triunfos, tras haberse establecido en Yonkers, en el estado norteamericano de Nueva York, fue un papel fotográfico que permitía tomar fotos con luz artificial de interior, en vez de la intensa luz solar antes indispensable.

 

        En el año 1899, vendió este papel a George Eastman, de la Kodak, por tres cuartos de millón de dólares, lo que confirmó su fe en las oportunidades que América brindaba.

 

        Tras equiparse con un excelente laboratorio casero, Baekeland inició su búsqueda de un sustitutivo del caucho. La baquelita fue la primera en una larga estirpe de los llamados plásticos sintéticos, que tras haber sido formados bajo el calor y la presión, adquieren la dureza de la piedra y son resistentes al calor, los ácidos y las corrientes eléctricas. Y el hecho de que pudieran colorearse en una amplia variedad de matices incrementó su popularidad.

 

        Merced a los conocimientos químicos adquiridos a partir del desarrollo del celuloide y la baquelita, entró en el mercado toda una nueva línea de productos para el hogar. Los artículos hoy de uso cotidiano, todos ellos polímeros sintéticos, tienen la notable característica de que sus materias primas son absolutamente originales en la historia. El hombre, que durante 100.000 años empleó su ingenio innato para moldear la piedra, la madera y los minerales que le brindaba la naturaleza, y conseguir con ellos herramientas y utensilios que le prestaran servicio, a partir del siglo XX empleó los conocimientos adquiridos para obtener largas cadenas de moléculas, los llamados polímeros. Estos eran desconocidos para sus predecesores, inhallables en la naturaleza y probablemente únicos en los cinco mil millones de anos de vida del planeta.

 

        En orden cronológico, resumiendo mucho y citando sus primeras aplicaciones, los plásticos milagrosos fueron:

 

VASO DE PAPEL DESECHABLE  (1908, Nueva Inglaterra)

 

         El vasito de papel parafinado o de plástico, que tan útil resulta para beber y tirar, o como recipiente individual para un helado, por mencionar tan sólo dos de sus aplicaciones, tuvo su origen en los frustrados intentos de un hombre por lanzar al mercado un curioso producto: un trago de agua. El trago en sí nunca consiguió popularidad, pero el recipiente desechable de diseño especial que contenía el agua dio origen a toda una industria.

 

        La historia del vaso desechable comienza en el año 1908, cuando un inventor emprendedor, Hugh Moore, produjo un aparato de porcelana, apto para servir un vaso de agua pura y muy fría. Similar a los posteriores depósitos refrigeradores para las oficinas, tenía tres compartimientos separados: el superior para el hielo, el del medio para el agua y un depósito abajo para los vasos usados. Cada aparato ostentaba una placa en la que se leía que nunca volvían a utilizarse los vasos. Lo que se vendía era el agua, el vaso era un accesorio.

 

        En Nueva York, se instalaron varias de esos aparatos en puntos céntricos, donde coincidían varias líneas de tranvía, pero nadie compraba el agua de Moore. Desalentado, éste se preguntaba si sería posible salvar su empresa, recientemente constituida en Nueva Inglaterra.

 

        La oportunidad se presentó en la persona de un funcionario de la sanidad pública, el doctor Samuel Crumbine. En aquellos días, no se bebía agua en la mayor parte de lugares públicos valiéndose de vasos individuales, sino directamente a partir de una taza metálica que rara vez era lavada y jamás esterilizada, y que usaban indiscriminadamente sanos y enfermos. El doctor Crumbine ya había iniciado una ardiente cruzada en pro de una ley que aboliera esos grifos públicos.

El emprendedor Moore y el escrupuloso Crumbine podían ayudarse el uno al otro, porque había un lugar preferente para el vaso de papel desechable.

 

        El clima científico para el éxito no podía adquirir mejor cariz. Aquel mismo año, Kansas aprobó la primera ley estatal para abolir las tazas comunitarias, alegando que la enfermedad se contagiaba a las personas sanas que bebían de la misma taza que utilizaban, por ejemplo, personas tuberculosas. Y un profesor de biología del Lafayette College colocó fragmentos de varias tazas públicas bajo un microscopio y publicó un informe sobre las alarmantes variedades de los gérmenes presentes.                                

 

        Estado tras Estado, aprobaron leyes que prohibían el uso de las tazas y vasos comunitarios, al tiempo que se recomendaba el empleo de recipientes individuales en los lugares públicos. Ferrocarriles, escuelas y oficinas empezaron a comprar vasos de papel desechables, considerados ahora como símbolos de la salud.

 

 

TOSTADORA  (1910, Estados Unidos)

 

         Desde que los egipcios empezaron a cocer pan, alrededor del año 2600 a. C., el hombre ha comido tostadas, aunque los motivos que mueven hoy a tostar el pan sean diferentes de los del pasado.

 

        Los egipcios no sometían el pan a esa operación para alterar su sabor o su textura, sino para eliminar la humedad y así conservarlo mejor. Dicho de otro modo: una hogaza de pan tostado, que contenía menos moho y menos esporas, duraba más en la cocina de una familia egipcia.

 

        A lo largo de más de cuatro mil años, en todo el mundo se siguió tostando el pan como lo hacían los egipcios, es decir, ensartado en un espetón y colgado sobre el fuego. Incluso el instrumento que en el siglo XVIII británicos y norteamericanos llamaban “toaster” consistía en dos simples horquillas de mango largo, toscamente unidas entre sí, que sostenían el pan sobre las llamas. Dado el movimiento de éstas, podía garantizarse que cada rebanada tendría un tostado diferente a las demás.

 

        Un invento ensalzado en el siglo XIX como una revolución en el arte del tostado, no alteró significativamente esta carencia de uniformidad en las rebanadas de pan. Consistía en una especie de jaula de hojalata y alambre, que, colocada sobre la abertura de una estufa de carbón, mantenía cuatro rebanadas de pan inclinadas hacia el centro. El calor que ascendía de la estufa iba oscureciendo una cara del pan, operación que era vigilada atentamente. Después, se daba la vuelta a las rebanadas.

 

        La electricidad, y más tarde la generalización de los termostatos, introdujeron cambios importantes.

 

        Las tostadoras eléctricas aparecieron a comienzos del siglo XX, y consistían en unas estructuras con los alambres a la vista, sin ninguna clase de protección. Carecían de todo control, por lo que aún era necesario no perder de vista el pan ni un momento.

Sin embargo, la gran ventaja de la tostadora eléctrica era que para comerse una tostada en cualquier momento

del día, no resultaba ya necesario encender una estufa o una cocina.

 

        En una fábrica de Stillwater, en el estado norteamericano de Minnesota, nació la tostadora automática. Durante la primera guerra mundial, un mecánico llamado Charles Strite, decidió hacer algo para solucionar el problema de las tostadas quemadas, que servían en la cafetería de la empresa. Para evitar la necesidad de una continua vigilancia humana, Strite agregó al aparato unos muelles y un termostato, y el 29 de mayo del año 1919 solicitó la patente para su tostadora automática.

 

        La primera tostadora automática para el hogar, la llamada Toast-master, salió al mercado en el añlo 1926. Tenía un dispositivo temporizador para regular el tueste, y cuando se alcanzaba la intensidad deseada, era expulsada con una fuerza considerable.

 

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