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GAUDÍ
Casa Vicens (1883-1888)
Obra
de juventud, refleja la ilusión del arquitecto por uno de sus primeros encargos.
Gaudí todavía no había sufrido la saña burlona de algunos de sus contemporáneos
cuya falta de sensibilidad no les permitía comprender la poesía arquitectónica
guadiniana.
En el
friso de la tribuna, Gaudí, con su personal caligrafia, mandó pintar las
leyendas siguientes: en la parte Norte “Oh, l'ombra de l'istiu, a Levante
“Sol, solet” y frente a la chimenea del comedor “De la llar
lo foch, visc a'l foch de l'amor”, expresión de aire wagneriano. La muerte
del músico, en 1883, coincidió con el inicio de las obras de la casa Vicens.
Las formas
de esta casa son combinaciones geométricas hábilmente resueltas: franjas
horizontales en la parte baja, haces de pilares en la alta, acentuando su forma
con el colorido de la cerámica vidriada.
Es
todavía geometría de ángulos rectos, trazada con escuadra y cartabón, si bien
demuestra un deliberado intento de escapar de las formas cúbicas derivadas
directamente de la geometría plana para pasar al dinamismo de la curva. En sus
últimos años de vida Gaudí afirmaba que la línea recta es la línea del hombre y
la curva la de Dios.
El Capricho (1883-1885)
Es
esta una obra singular entre las singulares obras de Gaudí. Situado al pie del
señorial y aparatosamente neogótico palacio del primer marqués de Comillas,
cuyas trazas hizo Juan Martorell, aparece compuesto a base de alternancia de
ladrillos rojos y amarillos sin revoco ni estuco de ninguna clase, adornado
profusamente con losetas vidriadas de color verde y otras con relieves figurando
flores de girasol. Las esquinas son romas y las curvas empiezan a dominar sobre
las rectas.
Particularmente notable es la torre, gallarda y gratuita construcción, desde
cuya cima se domina el bosque circundante que compone con la casa un juego de
matizados tonos verdes.
Esta
construcción, evidentemente frágil, se asienta sobre un solidísimo basamento de
piedra labrada con poderosas cartelas y sillares de gran tamaño.
Se sabe
que en la cumbrera del tejado, cuyas tejas vidriadas verdes desaparecieron en
1916, tenía que instalarse una crestería con el nombre del propietario y el de
la población de Comillas.
Este
Capricho, más que un antojo o
deseo
vehemente, debe entenderse en el sentido musical, como un fragmento instrumental
de estructura libre y fantasiosa, puede que también bizarra o variable, y puede
compararse con lo que compusieran Frescobaldi, J. S. Bach, Mozart, especialmente
Paganini, y también Rimski Korsakov o Tchaikowski. Una vez más la música y la
arquitectura se hermanan como quería San Agustín.
Para
acentuar la semejanza aparece la figura de Cristóbal Cascante como el virtuoso
ejecutor de la partitura que Gaudí compuso en Barcelona y que su colega
interpretó en Comillas.
Finca Güell (1884-1887)
Paradisíaco
jardín mitológico de las Hespérides por obra y gracia de los épicos versos de
Jacinto Verdaguer en “L'Atlantida” y la imaginación de Gaudí, que
proyecto un dragón en la puerta como no se halla en todo el Celeste Imperio.
Atar
cabos, relacionar arquitectura con poesía, mitología, botánica y astronomía fue
una de las más preciaras facultades de Gaudí. Nada surge de modo irracional,
todo está conectado en la unidad arquitectónica y paisajista creada por Gaudí.
La rama
cimera que Hércules arrancó al árbol de los frutos de oro que crecía, según los
autores griegos, en las islas Afortunadas, y según los modernos investigadores
en un oasis cerca de Bengasi, en Libia, fue plantada según Verdaguer en algún
lugar de España, razón por la cual Gaudí convirtió en jardín mitológico el de la
casa Güell, donde pasaba muchas temporadas su suegro, el marqués de Comillas, a
quien mosén Cinto dedicó su poema en 1877.
Los
sauces, chopos y olmos que pueblan el que fuera grandioso parque son las
incautas Hespérides, convertidas en árboles por castigo de los dioses, al igual
que Ladón, el dragón guardián ineficaz, fue proyectado al cielo en forma de
constelación en penitencia por haber sucumbido a la fuerza de Hércules,
empeñado en el undécimo de los doce trabajos que le impuso su hermano
Euristeo.
La
mitología no contaminó de clasicismo su arquitectura, y los edificios, portería,
picaderos, tribunas y puertas de la finca Güell no derivan sino del genio
creador de un Gaudí remotamente inspirado en el oriente islámico.
Palacio Güell (1886-1888)
Se
ha llegado a escribir de este curioso caserón, levantado en la calle que el
capitán general conde del Asalto abrió a fines del siglo XVIII en las huertas de
San Beltrán, que es una versión ampliada y corregida del templete de San
Pietro in Montorio, de Donato Bramante, y que es simétrico respecto a su plano
horizontal del suelo del gran salón. Bramante, por encargo de los Reyes
Católicos, hizo un “martyrion” donde el apóstol San Pedro fue crucificado
boca abajo. En la calle Nou de la Rambla, Gaudí, por encargo del mecenas Eusebio
Güell, hizo una mansión que fue no solamente residencia de una familia de
industriales barceloneses, sino foco de irradiación cultural, y en su
salón-capilla-sala de conciertos se reúnen las pinturas de Alejo Clapés,
delicuescentes y fantasmagóricas, con el órgano realizado por Aquilino Amézcua
de Azpeitia y la arquitectura de Gaudí combinando madera de ébano con apliques
de marfil y mármoles de Garraf de diversos colores, junto a recios y decorativos
trabajos de forja con hierros de grandes escuderías.
Hacia
lo alto se levanta la doble cúpula del salón que cruza la azotea como un
proyectil y se clava en el cielo, llevando como espoleta la rosa de los vientos,
la rueda dentada y el despierto murciélago. Hacia abajo, el edificio se hunde en
la pasmosa caballeriza, bosque de columnas de tosco ladrillo y menudas bóvedas.
Como en el derecho de propiedad, el palacio va “de coelo usque ad
abissum”.
El palacio
Güell fue la primera gran obra de Gaudí, y en ella vertió todo su caudal
imaginativo, especialmente en la solución de problemas constructivos utilizando
métodos muy racionales y al mismo tiempo palmariamente decorativos. Podría
decirse de este último edificio que contiene el ideal del racionalismo de E. E.
Viollet-le-Duc, es decir, la posibilidad de hallar formas bellas con materiales
industriales.
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