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LOS MODALES EN LA MESA (2S00 a.C., Próximo Oriente)
Los modales, conocidos también
como urbanidad, son una serie de reglas que permiten a una persona entrar en un
ritual social, o bien ser excluida de él. Y los modales en la mesa, específicamente,
se originaron en parte como un medio para indicar al anfitrión que representaba
un honor comer en su mesa.
Hoy en día, los maestros de la
etiqueta aseguran que los modales en la mesa tienen, en este siglo, un nivel
especialmente bajo, Como una causa de ello, está el abandono de la tradicional
cena, en la que las familias se reunían en esta comida y los padres corregían
incansablemente toda conducta reprobable.
También señalan la
popularidad de las comidas preparadas, que a menudo se consumen con rapidez, a
solas o en compañía, y la proliferación de los restaurantes rápidos donde,
al menos entre los adolescentes, los que observan cierta urbanidad en la mesa
pueden convertirse en proscritos.
Cuando los jóvenes evalúan
las actitudes individuales respecto al decoro social, la etiqueta y la
urbanidad, tienen muy pocas posibilidades. Sorprendentemente, las pruebas de
este declive proceden de muy diversos sectores. Generales del ejército y
directivos de empresas se han quejado de que, los nuevos reclutas y los jóvenes
ejecutivos, demuestran una embarazosa confusión, en lo que respecta a las
maneras en la mesa.
Ésta es una de las razones
citadas, para la repentina operación de libros de etiqueta en las listas de los
best-sellers.
Sin embargo, el problema no es
nuevo. Los historiadores que redactan las diversas prácticas de la etiqueta,
aseguran que el deterioro de la urbanidad en Estados Unidos comenzó hace largo
tiempo: en concreto, e irónicamente, con Thomas Jefferson, y su amor por la
igualdad y su odio a la falsa urbanidad. Jefferson, que tenía unos modales
impecables, a menudo los olvidaba deliberadamente, y durante su presidencia trató
de allanar las normas del protocolo en la capital, en la creencia de que las
distinciones artificiales, impuestas a la gente, contribuían a ahondar las
diferencias.
Sin embargo, antes de que los
modales hayan podido relajarse o llegar al abuso, tuvieron que ser concebidos y
formalizados, y estos procesos se originaron hace siglos.
El hombre primitivo, según
dicen los expertos, preocupado por la búsqueda de alimentos, que escaseaban, no
tenía tiempo para ocuparse de sus modales. Comía cuando podía, y a solas. Sin
embargo, al aparecer la agricultura en el Próximo Oriente, hacia el año 9000
a.C., el hombre pasó de la caza a las labores agrícolas, y se instaló en
lugares fijos para llevar una vida más estable.
Al abundar la comida, ésta era
compartida comunitariamente, y entonces surgieron las reglas para su preparación
y consumo. Los hábitos cotidianos de una familia en la mesa, se convirtieron en
costumbres para la siguiente generación.
El primer código que ha
llegado a nosotros de una conducta correcta está contenido en Las instrucciones
de Plahhotep, un gran visir del faraón Isesi, un libro que data del Imperio
Antiguo egipcio, escrito alrededor del año 2500 a.C.. Este manuscrito sobre las
normas de etiqueta, se encuentra en una colección de antigüedades en París.
Conocido como el «papiro de
Prisse», por el nombre del arqueólogo que lo descubrió, esta obra es unos
2000 años más antigua que la Biblia. Su lectura indica que fue redactada como
un conjunto de prescripciones para los jóvenes egipcios, destinados a ascender
en la escala social de la época. Aconseja que, en compañía de un superior,
uno se ría cuando se ría éste.
Sugiere que el joven olvide sus
dificultades ante la filosofía de un superior, para que resulte agradable a su
corazón, y hay numerosas referencias a la valiosa virtud de contener la lengua,
en primer lugar ante un jefe, porque la mente a de ser profunda y el habla
escasa. También con una esposa hay que guarda silencio, pues éste es mejor don
que las flores.
Cuando comenzó a compilarse la Biblia, alrededor del año 700 a.C., la sabiduría de Ptahhotep, que ya por entonces tenía una antigüedad de 2000 años, había circulado profusamente a través del delta del Nilo, y también en el Creciente Fértil, en Mesopotamia. Los historiadores de las religiones han localizado fuertes influencias de Las instrucciones a través de la Biblia, especialmente en los Proverbios y el Eclesiastés, y en particular en lo referente a la preparación y el consumo de los alimentos.
MANUALES OCCIDENTALES DE ETIQUETA (siglo XIII, Europa)
Durante los tiempos más
oscuros de la Edad Media, cuando las tribus bárbaras del Norte asaltaban y
saqueaban las naciones civilizadas del sur de Europa, los modales constituían
la última preocupación de la gente. Los códigos formales de urbanidad cayeron
en desuso durante cientos de años, y fue la popularidad de las Cruzadas del
siglo XI, junto con el correspondiente prestigio de la nobleza, con su propio código
de caballería, lo que despertó de nuevo un interés por los modales y por la
etiqueta.
Una costumbre nueva en la corte
fue la de emparejar en un banquete a un noble con una dama, los cuales compartirían
una misma copa y un mismo plato. Los etimologistas consideran que esta práctica
dio lugar a la posterior expresión de «comer en el mismo plato» para indicar
una unión de verdadero compañerismo.
El renacimiento de los códigos
estrictos de conducta queda documentado históricamente con la aparición,
iniciada en la Europa del siglo XIII, de los manuales de etiqueta. La clase alta
se encontraba en expansión. Cada vez eran más los que tenían acceso a la
corte, y todos querían saber cómo comportarse. Esta situación guarda
paralelismo con ciertos fenómenos sociales del siglo XX, con su movilidad hacia
las altas esferas, también acompañada por la proliferación de manuales de
etiqueta.
He aquí un muestrario de los
consejos que estos libros ofrecían, a través de los siglos, a quienes emprendían
su escalada social.
Siglo XIII:
Siglo XIV:
Siglo XV
Durante estos siglos, eran muy
frecuentes los consejos sobre cómo sonarse la nariz. Desde luego, no había pañuelos
de papel, y los de tela todavía no eran de uso corriente. Estaba muy mal vista
la práctica de limpiarse la nariz con el mantel o en la manga de la chaqueta,
pero se aceptaba la de sonarse con los dedos.
Los pintores y escultores de la
época reproducían con toda franqueza estos gestos. Entre los nobles
representados en la tumba del rey francés Felipe el Atrevido, en Dijon, uno se
está sonando la nariz con su casaca, y otro con ayuda de los dedos desnudos.
LOS MODALES PARA LOS NIÑOS (1530, Países Bajos)
Después de una época de claro
predominio de los modales toscos, y al principio de otra de claro refinamiento,
el manual de comportamiento más exitoso es un tratado del año 1530. Alcanzó
tal difusión, que en vida del autor hubo treinta ediciones.
Cabe considerarlo, pues, un
extraordinario best-seller del siglo XVI. Se debe al filósofo y educador
cristiano Erasmo de Rotterdam, gran figura del humanismo renacentista en el
norte de Europa. Erasmo supo elegir un tema maduro para la discusión; la
importancia de introducir los buenos modales a una edad temprana.
Con el título De “civilitate
morum puerilium”, o Sobre la urbanidad en la infancia, el texto siguió
reimprimiéndose hasta el siglo XVIII. De él se hicieron multitud de
traducciones e imitaciones y ejerció gran influencia. Se convirtió en el libro
escolar clásico para la educación de los niños en toda Europa. Mientras los
adultos deseosos de elevarse en la sociedad pugnaban por acabar con unos hábitos
muy arraigados y adquirir unos modales adecuados,
Erasmo señaló que, para
empezar, el momento más fácil y menos doloroso era en plena infancia. Los
modales no debían ser una pátina sobre las acciones de un adulto ya
encallecido, sino una base sobre la cual el niño pudiera edificar una buena
conducta.
He aquí un muestrario de los
consejos de Erasmo, algunos de los cuales no dejan de ser chocantes,
considerados con nuestra mentalidad actual:
Si algunos de los consejos de
Erasmo hoy nos parecen risibles, deberíamos considerar al menos una admonición
de un libro de etiqueta publicado en nuestro siglo. Se refiere a la única
manera de comer grandes hojas de lechuga, que deben cortarse con el borde del
tenedor, nunca, jamás, con un cuchillo.
FRASES PARA LA MESA
EL BRINDIS
Todo el que haya participado en
un brindis para desear salud o éxito a alguien, se habrá preguntado acerca de
los inicios remotos de la costumbre de brindar el anfitrión por la salud de un
amigo.
El origen se sitúa entre los
griegos en el siglo VI a.C., y por una razón eminentemente práctica: asegurar
a los invitados que el vino que iban a consumir no estaba envenenado. Mezclar
veneno en el vino, había sido durante largo tiempo, uno de los medios
predilectos para eliminar a un rival político o a un supuesto enemigo, o para
esquivar un divorcio.
Por tanto, el anfitrión bebía
el primer vino servido de la jarra y, una vez convencidos los comensales de que
no ofrecía peligro, alzaban a su vez sus copas y bebían. Este ritual, que
prescribía que el dueño de la casa bebiera antes que sus invitados, llegó a
simbolizar una especie de compromiso amistoso.
Los romanos adoptaron la afición
griega al envenenamiento y la costumbre de beber, como muestra de amistad. La
ambiciosa Livia Drusilla, emperatriz de Roma del siglo I a.C., convirtió esta
práctica en poco menos que una ciencia.. El hábito romano de agregar un
fragmentó tostado a la copa de vino, es el origen de la palabra inglesa toast,
uno de cuyos significados es, precisamente, «brindis».
Esta práctica continuaba en la
época de Shakespeare. En su obra Las alegres comadres de Windsor, Falstaff
encarga una jarra de vino y exige que se ponga una «tostada en ella».
Durante muchos años, se supuso
que la tostada romana era un trozo de pan especiado o azucarado, que se añadía
al vino para endulzarlo. En fecha más reciente, se demostró científicamente
que el carbón puede reducir la acidez de un líquido, y que un trozo de pan muy
tostado añadido a un vino inferior, ligeramente avinagrado, podía conferirle
una calidad más suave y agradable, cosa que los romanos pudieron haber
descubierto ya por su cuenta.
En resumen, los griegos bebían
a la salud de un amigo y los romanos aromatizaban su vino con un trozo de pan
tostado, y con el tiempo el brindis se convirtió en los países anglosajones en
el toast actual.
A principios del siglo XVIII,
la costumbre de ofrecer un brindis adquirió un nuevo cariz. En vez de beber a
la salud de un amigo presente en el ágape, el brindis se ofrecía en honor de
una celebridad, en particular de una mujer hermosa, a la que tal vez los
comensales no conocían personalmente.
En el siglo siguiente, los
brindis adquirieron tanta popularidad en diversos países occidentales, que no
se consideraba completa una cena solemne sin que los hubiera. Un duque británico
escribió en 1803 que durante la cena cada copa ha de ser dedicada a alguien, y
que abstenerse de brindar se consideraba estúpido y grosero, como si ninguno de
los presentes fuera digno de la bebida. Una manera de insultar directamente a un
comensal era omitir el brindis en su honor, lo cual constituía, como escribió
el duque, una muestra de desprecio directo.
ACCIÓN
DE GRACIAS
La costumbre de ofrecer una
plegaria antes de comer no se originó como expresión de agradecimiento por la
comida que iba a ser consumida. Este sentido se le dio después, cuando nuestros
remotos antepasados se convirtieron en sedentarios y se dedicaron a la
agricultura. Ellos fueron quienes empezaron a orar a sus dioses pidiéndoles
cosechas abundantes.
En épocas anteriores, las
tribus nómadas no siempre estaban seguras de la bondad de los alimentos que
encontraban. La carne se pudría rápidamente, la leche se agriaba y las setas,
las bayas y los tubérculos a menudo resultaban venenosos. Puesto que aquellas
gentes llevaban una existencia errante, descubrían sin cesar nuevas fuentes de
alimentos y sólo podían determinar su carácter comestible mediante pruebas
personales.
Comer podía resultar muy
aventurado para la salud, ya que ciertos alimentos producían calambres,
fiebres, náuseas e incluso la muerte. Se cree que el hombre primitivo rezaba a
sus dioses, antes de comer, para evitar que la comida hallada o arrebatada a
otros pudiera resultar deletérea. Esta creencia se ve reforzada por numerosos
relatos posteriores, en los que pueblos de Oriente Medio y de África ofrecían
sacrificios a los dioses antes de un festín, pero no como acción de gracias,
sino con la intención de librarse de cualquier envenenamiento.
Más tarde, el hombre, ya
conocedor de la agricultura, obtenía sus propias cosechas y criaba ganado y
volatería, con lo que sabía muy bien lo que iba a comer.
El alimento era más sano y
seguro, y las plegarias que ofrecía antes de satisfacer su apetito tenían ya
el significado con el que estamos familiarizados hoy en día.
LA SOPA BOBA
Desde muy antiguo se llamaba
sopa boba a la comida que se distribuía a los menesterosos a las puertas de los
conventos. Por extensión, «comer la sopa boba» y «andar a la sopa boba»
equivalían a llevar una existencia de ocio e incluso de parasitismo.
El «sopista» era el que
buscaba la forma de vivir en absoluta holganza, y también el estudiante pobre
que cursaba carrera subsistiendo prácticamente de la caridad. Todavía hoy, la
expresión vivir de la sopa boba se aplica a quien goza de un buen enchufe.
AL
FREÍR SERÁ EL REÍR
La locución muy antigua de
“al freír será el reír”, que tal vez proceda de «al freír los veréis».
Esta última aparece en un cuento popular en el que un individuo se apropia de
una sartén, y al ser interpelado en la calle sobre qué piensa hacer con ella,
contesta: «Al freír de los huevos lo veréis.» El sentido de esta frase tan
popular es aguardar la conclusión o remate de un hecho o unas circunstancias
para determinar quién tiene la razón o quién saca mejor partido.
DE
LA MAR EL MERO Y DE LA TIERRA EL CARNERO
De los pescados, el mero y de
las carnes, el camero, es un refrán muy antiguo y del que procede el muy
similar «De la mar el mero y de la tierra el carnero».
Lo cita el doctor Juan Soparán
de Rieros en su obra “Medicina española contenida en proverbios vulgares de
nuestra lengua”, y aparte la bondad del mero como pescado comestible, hay que
destacar el hecho de que en los siglos XVI y XVII la de carnero era la carne más
cara de la época. Bien claro queda en Don Quijote, cuando se afirma que Alonso
Quijano, hidalgo de muy precaria hacienda, comía «olla con más vaca que
carnero».
LA
FLOR DE LA CANELA
La
frase: “la flor de la canela” se aplica a aquello que se pretende exaltar
por su insuperable calidad y exquisitez, incluidos los manjares.
En Lope de Vega, por ejemplo,
hallamos esta comparación en unos versos dedicados a dos de sus gatas:
“Motrilla y Palomilla, la flor de la canela y de la villa.”
Especia siempre altamente
apreciada, la canela tenía antiguamente una elevadísimo precio, lo cual, unido
a su sabor inigualable, la convertía en un preciado tesoro culinario. Era lógico,
pues, suponer que la flor desprendiera el aroma más delicioso y que su
fragancia fuera incomparable. Pero en realidad, casi nadie había visto jamás
esa flor, que por lo demás, no presenta vistosidad alguna, ni exhala esa
fragancia que se le atribuía.
SAZONAMIENTO
A mediados del siglo IX, cuando
se iba consolidando el francés como lengua moderna, los francos designaban el
proceso de envejecer el queso, el vino o las carnes con el verbo “saisonner”.
Durante la conquista normanda,
en 1066, los invasores introdujeron este término en Inglaterra, donde los
habitantes locales articulaban al principio “sesonen”. Puesto que el
envejecimiento de ciertos alimentos mejoraba su sabor, alrededor del siglo XIV
todo ingrediente utilizado con este fin pasó a denominarse «sazonamiento» |