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EL CUCHILLO (hace un millon y medio de años, África y Asia)
El Homo erectus, un primate
primitivo que ya caminaba erguido, ya disponía de cuchillos de piedra para
despedazar sus presas, labrados con arreglo a una pauta uniforme. Este ser que
vivió hace un millón y medio de años, fue el primer homínido con capacidad
para concebir un diseño y después trabajar un fragmento de piedra hasta
ejecutar la idea a su gusto.
Desde entonces, los cuchillos
han constituido una parte importante en el armamento y el utillaje del hombre.
Han cambiado muy poco a lo largo de los milenios.
Durante siglos, casi todos los
hombres poseían un solo cuchillo, que colgaba de su cintura para utilizarlos rápidamente
en caso necesario. Un día podían emplearlo para despedazar un asado, y al
siguiente, para cortar el cuello de un enemigo. Sólo los nobles podían
costearse varios cuchillos que empleaban separadamente para la guerra, la caza y
la comida.
Los primeros cuchillos tenían
una punta afilada. El cuchillo de mesa, con su extremo redondeado, se originó,
según la tradición popular, en la década de 1630, cuando un hombre quiso
poner fin a una práctica tan común como grosera en las mesas de comedor. Ese
hombre fue Armand-Jean du Plessis, más conocido como duque de Richelieu,
cardenal y primer ministro de Luis XIII de Francia,
Se le atribuye la institución
del moderno espionaje doméstico, y a través de complicadas intrigas, y gracias
a sus dotes de astuto estadista, situó Francia en el más alto escalón del
poder en la Europa de principios del siglo XVII.
Aparte su preocupación por los
asuntos de Estado y por la consolidación de su autoridad personal, Richelieu
instituyó unos modales formales, y se encarnizó con lo que era en aquel
entonces una práctica cotidiana en la mesa.
Durante cualquier comida, los
hombres de alto rango utilizaban el extremo puntiagudo de un cuchillo para
limpiarse los dientes, hábito que los manuales de etiqueta llevaban deplorando
al menos durante trescientos años. Richelieu prohibió esta descortesía en su
mesa y, según la leyenda francesa, ordenó a su mayordomo que limara las puntas
de los cuchillos de su casa.
Muy pronto, las anfitrionas
francesas, deseosas también de poner fin a aquella práctica, empezaron a
encargar cuchillos como los de Richelieu. Al menos, se sabe con toda certeza
que, al terminar aquel siglo, las cuberterías francesas solían incluir
cuchillos de punta roma.
Con el cuchillo, que se originó
hace un millón y medio de años, la cuchara, con sus veinte mil años a
cuestas, y el tenedor, que data del siglo XI, el juego completo de nuestro
cubierto necesitó muchísimos años para reunirse en la mesa. Y aunque hoy
damos por sentada la presencia de los tres, hace sólo doscientos años en la
mayoría de las posadas de Europa y América ofrecían uno o dos de estos
utensilios, pero rara vez los tres. Cuando la gente adinerada viajaba, llevaba
consigo su cubertería.
La costumbre de cruzar el
cuchillo y el tenedor sobre el plato al terminar una comida, se inició en la
Italia del siglo XVII.
Hoy,
muchas personas lo consideran una señal que indica a la camarera o al camarero
que han acabado de comer, pero fue introducido por la nobleza italiana como símbolo
religioso porque formaban una cruz. Este gesto no sólo se consideraba de buena
educación, sino un acto piadoso de agradecimiento por los manjares que había
procurado el Señor.
LA CUCHARA (20.000 años, Asia
La cuchara tiene miles de años
de antigüedad, y en tan larga historia, ni este utensilio ni quienes se
sirvieron de él fueron ridiculizados, como en el caso del tenedor. A partir de
su introducción, la cuchara fue aceptada como un utensilio práctico,
especialmente para la ingestión de líquidos.
Se han encontrado cucharas en
excavaciones efectuadas en Asia, que datan del Paleolítico, hace unos 20.000 años.
Y también se han descubierto cucharas de madera, piedra, marfil y oro en
antiguas tumbas egipcias, Los griegos y romanos de las clases altas utilizaban
cucharas de bronce y de plata, en tanto que las gentes más pobres se tallaban
en madera sus propias cucharas.
Las cucharas que han llegado a
nosotros desde la Edad Media son, sobre todo, de hueso, madera y estaño, pero
las hay también muy elaboradas, de plata y de oro.
En Roma se daba el nombre de
cochlear a un cucharón pequeño y de mango puntiagudo, y éste es posiblemente
la raíz de nuestra palabra «cuchara».
Durante el siglo XV, en Italia
hicieron furor las llamadas «cucharas de apóstol». Generalmente de plata, tenían
en los mangos la figura de un apóstol, y entre los venecianos y toscanos más
acomodados eran consideradas como el regalo ideal para un bautizo, ya que el
mango ostentaba la figura del santo patrón del recién nacido.
En España, abundaban ya en el
siglo XVIII las cucharas de plata, para uso en las casas más o menos
acomodadas. Existía para su fabricación una serie de industrias artesanales,
sobre todo en la ciudad de Reus.
En Gerona, estaba muy difundida
también la fabricación de cucharas de madera, especialmente de boj y de brezo.
Estas cucharas pasaban, en su proceso de fabricación, por más de veinte
operaciones diferentes. Aunque menos difundidas, las había también de asta de
buey.
TENEDOR (siglo XI, Toscana)
Los patricios y plebeyos
romanos comían con los dedos, como lo hacían todos los pueblos europeos, hasta
que surgió el refinamiento en la mesa, a comienzos del Renacimiento. Sin
embargo, al comer se observaban ciertos modales, más o menos refinados, y más
o menos toscos.
A partir de los tiempos de los
romanos, el plebeyo comía utilizando los cinco dedos, en tanto que una persona
de buena crianza tocaba los manjares sólo con tres dedos, sin ensuciarse nunca
el anular ni el meñique. La prueba de que los tenedores todavía no eran de uso común en Europa,
en el siglo XVI, y de que sí lo era la norma romana de los «tres dedos>,
nos la da un libro de etiqueta publicado en la década de 1530. Este libro
aconseja que cuando se come en «buena sociedad», uno debe utilizar tan sólo
tres dedos de la mano, y no cinco. Ésta es una de las marcas de distinción
entre las clases superiores y las bajas.
Desde luego, los modales son
relativos y presentan diferencias de una época a otra. La evolución del
tenedor y de la resistencia contra su adopción, aportan una primera ilustración
al respecto. Miniaturas de tenedores, los más antiguos conocidos, fueron
desenterradas en las excavaciones arqueológicas de Catal Hoyuk, en Turquía, y
datan aproximadamente del cuarto milenio a.C.
Sin embargo, nadie sabe
exactamente qué función desempeñaban estos tenedores primitivos en miniatura,
y los historiadores dudan incluso de que se utilizaran en la mesa.
Lo que sí se sabe con certeza
es que aparecieron por primera vez pequeños tenedores para comer en la Toscana
del siglo XI, y que suscitaron fuertes suspicacias,
El clero condenó
inmediatamente su uso, arguyendo que sólo los dedos humanos, creados por Dios,
eran dignos de tocar los alimentos que nos proporcionaba el Señor. Sin embargo,
los tenedores de oro y de plata siguieron proliferando, fabricados por encargo
de los toscanos más acomodados. En su mayoría, estos tenedores sólo tenían
dos púas.
Durante cien años, como mínimo,
el tenedor se mantuvo como una novedad escandalosa. Un historiador italiano
escribió sobre una cena en la que una noble veneciana comió con un tenedor,
fabricado según su propio diseño, e incurrió en las iras de varios clérigos
presentes, por su «excesivo refinamiento». La mujer murió unos días después
de este banquete, al parecer a causa de la epidemia entonces reinante, pero los
clérigos difundieron que su muerte fue un castigo divino, una advertencia para
otros que compartieran el mismo afecto por el tenedor.
En España, en el siglo XIV,
los maestros trinchadores utilizaban ya dos tipos de tenedores, llamados brocas,
de dos y tres púas. En su Arte eisoria, obra publicada en 1423, el marqués de
Villena presentó un dibujo de este utensilio. Dos siglos después de su aparición
en Toscana, el tenedor bidente fue introducido en Inglaterra por Tomás Becket,
arzobispo de Canterbury y canciller bajo Enrique II.
Debido a su celo en mantener la
ley eclesiástica, Becket huyó de Inglaterra en 1164 para evitar su
comparecencia ante los tribunales laicos.
Cuando regresó seis años
después, tras recibir el perdón real, el arzobispo estaba familiarizado con el
tenedor italiano de dos púas, y se dice que los nobles de la corte los
empleaban preferentemente para sus duelos.
En el siglo XIV, en Inglaterra,
el tenedor no era más que una curiosidad italiana, decorativa pero costosa. El
inventario efectuado por el rey Eduardo I, en 1307, revela que entre millares de
cuchillos reales y centenares de cucharas, sólo poseía siete tenedores: seis
de plata y uno de oro. Y más tarde, pero en el mismo siglo, el rey Carlos V de
Francia sólo contaba con doce tenedores, en su mayoría adornados con piedras
preciosas, pero ninguno de ellos utilizado para comer, En el siglo XVI, Felipe
III de España, y D. Francisco de Sandoval fueron grandes promotores del
tenedor, que se conocía entonces, en la corte española, como horquilla,
bidente, tridente y cuadrigirlo, según el número de sus púas,
La gente cogía y pinchaba su
comida de muy diversas maneras, todas ellas aceptadas. Se pinchaban los
alimentos con un par de cuchillos de mesa, se recogían en una cuchara, o bien
se tomaban correctamente con los tres dedos. Incluso en Italia, lugar natal del
tenedor, este instrumento podía resultar ridículo hasta el siglo XVII,
especialmente si lo manejaba un hombre, lo que le valía verse etiquetado de
melindroso e incluso afeminado.
No corrían mejor suerte las
mujeres. Un texto veneciano de 1626 relata que la esposa de un Dux, en vez de
comer adecuadamente con el cuchillo y los dedos, ordenó a un sirviente que le
cortara la comida en pedazos pequeños, que ella ingirió con ayuda de un
tenedor de dos púas. Y el autor añade que se trataba de un acto de afectación
más allá de todo lo creíble.
Los tenedores se mantenían
como una rareza europea, y un cuarto de siglo más tarde, un popular manual de
etiqueta juzgó necesario dar consejos sobre algo que todavía no era axiomático:
«No intentes comer la sopa con un tenedor.»
No fue hasta el siglo XVIII, y en parte se generalizó debido al deseo de
recalcar la distinción de clases. Con la Revolución francesa en el horizonte,
y con unos revolucionarios que pregonaban los ideales de libertad, igualdad y
fraternidad, la nobleza francesa gobernante incrementó el uso del tenedor, en
especial el de cuatro púas,
El tenedor se convirtió
entonces en un símbolo de lujo, refinamiento y superior categoría. Y de
pronto, tocar la comida, aunque sólo fuera con los tres dedos de rigor, pasó a
considerarse una grosería. Un signo adicional para acentuar la distinción en
el comedor fue el cubierto individual. Cada comensal recibía todo un juego de
cubertería, platos y copas.
Hoy en día, incluso en las
familias más pobres, los utensilios individuales para comer son corrientes,
pero en la Europa del siglo XVIII la mayoría de la gente, y desde luego las
clases más pobres, compartía en la mesa jarras, platos e incluso vasos.
Un manual de etiqueta de ese
período aconseja que cuando alguien coma del mismo plato, debe procurarse no
meter la mano en él antes de que lo haya hecho la persona de rango superior.
Sin embargo, había dos utensilios de mesa que casi todo el mundo tenía en
propiedad y para su uso particular: el cuchillo y la cuchara.
CUBERTERÍA DE ACERO INOXIDABLE (1921, Estados Unidos)
Hasta principios del siglo XX,
cuchillos, tenedores y cucharas eran el calvario del ama de casa, puesto que se
requería un gran esfuerzo para mantenerlos brillantes. Las cuberterías se
fabricaban con una aleación de carbono y acero, que procuraba un producto sólido
y duradero, pero que rápidamente perdía su brillo. Para conservar una
semejanza de su brillo original, la cubertería había de ser frotada una y otra
vez con un corcho seco y con estropajo de acero.
El gran acontecimiento en la
cubertería se produjo con el invento del acero inoxidable. En 1820, un metalúrgico
francés, Berthier, observó que cuando el acero al carbono se aleaba con un
metal como el cromo, producía un material resistente al óxido.
Sin apreciar del todo la
importancia de su descubrimiento, Berthier abandonó sus investigaciones, que
fueron continuadas por unos científicos británicos quienes en 1913 alearon el
cromo, elemento puro, con una variante del acero al carbono de Berthier, llamado
acero al carbono 35, y produjeron un acero que conservaba su brillo y merecía
el nombre de inoxidable.
El año siguiente, los Krupp,
fabricantes alemanes de acero y armamento, presentaron un acero inoxidable que
contenía cromo y níquel. Al principio, tanto en Gran Bretaña como en
Alemania, las aplicaciones industriales de esta aleación oscurecieron sus
posibilidades en la cocina. Hasta 1921 no se fabricaron las primeras cuberterías
de acero inoxidable, en la Silver Company de Meriden, Connecticut, pero no
fueron tenedores o cucharas, sino cuchillos, y de un modelo al que la empresa
dio el nombre de «Ambassador».
Su propio brillo fue su mejor
publicidad. Los hoteles y restaurantes norteamericanos, al calcular las horas y
los dólares consumidos pulimentando el acero al carbono, encargaron toda la
cuchillería de sus cocinas y comedores de acero inoxidable. Aparecieron en las
revistas anuncios que parecían prometer lo imposible: «Siempre relucientes. Se
acabó el óxido. No hay capa que pueda desgastarse. Es acero inoxidable, sólido
y resplandeciente»
En los años treinta, Gimbel's y Macy's, en Nueva York, ofrecían
cuberterías de acero inoxidable a diecinueve centavos la pieza, y otro
incentivo para la compra del nuevo producto fue la aparición de los mangos, de
dos tonalidades, fabricados con una nueva y duradera materia plástica
resistente al calor, llamada baquelita.
Incluso entre las familias más acomodadas, la cubertería de acero inoxidable se convirtió en un formidable rival de la plata, que durante tanto tiempo había mantenido su puesto de prestigio en la mesa.
PALILLOS PARA COMER (Antigüedad, China)
Durante la Baja Edad Media, los
europeos se encontraron ante una nueva moda: la de cortar comida en la mesa, en
trocitos, aptos para procurar un bocado cada uno. Esta costumbre, introducida
por los mercaderes que comerciaban con China, fue considerada aburrida e inútilmente
refinada.
Los europeos del siglo XIII
desconocían el criterio oriental según el cual la comida debe cortarse, pero
no en la mesa sino en la cocina, antes de servirla. Durante siglos, los chinos
habían enseñado que era un feo espectáculo, una auténtica barbaridad, servir
un asado casi entero, o que al menos recordara el animal original. Además, se
juzgaba descortés obligar a un invitado a proceder a una difícil disección
que hubiera podido ser realizada de antemano en la cocina, fuera de la vista.
Un viejo proverbio chino
explica este proceder: «Nos sentamos a la mesa para comer, no para despedazar
carroñas.» Esa consideración sirvió para determinar el tamaño de los
alimentos, lo cual sugirió, a su vez, un tipo de utensilio para comerlos. Los
palillos, de madera, de hueso o de marfil, eran perfectamente adecuados para
concluir hasta la boca los bocados previamente cortados, y la palabra china que
designa este utensilio, Kwai-tsze, significa «los rápidos».
En Oriente, el padre de la
etiqueta fue Confucio, el filósofo del siglo V que, a pesar de la errónea
creencia popular, ni fundó una religión ni formuló un sistema filosófico, Lo
que hizo, motivado por el desorden social de su tiempo, fue sentar los
principios de conducta correcta, recalcando las sólidas relaciones familiares
como base de la estabilidad social.
El fundamento oriental para
todos los buenos modales queda resumido en la máxima de Confucio: «No hagas a
los demás lo que no quieras que te hagan a ti.»
LA SERVILLETA (antes de 500 a.C, Próximo Oriente)
Las pequeñas servilletas de
papel o de tela que utilizamos para limpiarnos los labios y proteger nuestros
regazos nunca hubieran bastado hace siglos, cuando ese lienzo tenía una
finalidad más funcional. Dicho más llanamente: despachar un banquete de múltiples
platos y sirviéndose de los dedos, ya fueran tres o bien cinco, exigía que una
servilleta tuviera el tamaño de una toalla. y, en realidad, las primeras
servilletas fueron toallas y de las grandes.
Fueron utilizadas por los
antiguos egipcios, los griegos y los romanos para limpiarse las manos durante la
comida, pero con el fin de procurar un mayor aseo durante el banquete, que podía
durar varias horas, en las tres culturas mencionadas se utilizaron pequeños
recipientes o cuencos llenos de agua aromatizada con flores y hierbas, por
ejemplo pétalos de rosa y romero.
Entre los egipcios, la esencia
de almendra, canela, flor de azahar, mirra, casia o nardo, complementaba el
aroma del plato que se estaba consumiendo. Durante el reinado de Tarquinio el
Soberbio, séptimo y último rey de Roma, en el siglo VI a.C., la nobleza
instituyó un segundo uso para la servilleta, que empezó a servir como una
especie de bolsa. Se esperaba que los invitados a un banquete envolvieran
golosinas de la mesa en servilletas, para llevárselas a sus casas. Salir con
las manos vacías se consideraba una grosería.
Documentos que han llegado hasta nosotros revelan el antiguo esplendor de las servilletas. En Italia, allá
por 1680, había 26 maneras de doblar las servilletas para otras tantas personas
y ocasiones.
Entre las formas adoptadas se
contaban el Arca de Noé (para los clérigos), la gallina (para los aristócratas
de más alto rango), los polluelos (para las otras mujeres), y además la carpa,
la tortuga, el toro, el oso y el conejo.
Un manual de etiqueta de 1729
explica con claridad los numerosos usos de una servilleta de gran tamaño, como
para limpiarse la boca, los labios y los dedos cuando están grasientos. Para
secar el cuchillo antes de cortar el pan. Para limpiar la cuchara y el tenedor
después de utilizarlos.
Y el mismo libro indica después
un punto muy útil, que cuando los dedos estén muy grasientos, límpiarlos
primero con un trozo de pan, a fin de no ensuciar demasiado la servilleta.
Lo que puso fin al reinado de
la servilleta tamaño toalla, y al mismo tiempo el del cuenco para limpiarse los
dedos, fue la adopción del tenedor, que dispensaba del contacto directo con los
alimentos. Se conservaron las servilletas, sí, pero de menor tamaño y sólo
para secarse los labios.
El folklore británico registra
un uso adicional de la servilleta, que se inició en el siglo XVIII. Un sastre
llamado Doily, inauguró una tienda de artículos de lencería en el Strand
londinense. Una de sus especialidades era una pequeña servilleta circular
bordeada con delicados encajes, que se utilizaba para proteger el mantel al
servir los postres.
Los clientes les dieron el
nombre de «servilletas de Doily,>, nombre que conservan en su país de
origen.
Otros artículos de nuestra
mesa cuentan con una larga historia, y desde luego, es interesante estudiar la
etimología de sus nombres.
Algunas piezas de la vajilla,
por ejemplo, fueron denominadas según sus formas. Para los romanos, el plato
era un discus, por su forma redonda, y todavía hoy más de un plato es lanzado
como su antecesor olímpico.
En francés antiguo, el plato
era plat, que literalmente significa plano. Igualmente, procede del francés
terre, el nombre que, aunque con sabores de galicismo, se da hoy a ciertos
recipientes de barro, llamados terrinas.
La palabra bol, cuenco, procede
de un término anglosajón, bolla, que significa «redondo», En sánscrito, la
palabra Kupa significaba «pozo de agua» y fue apropiadamente adoptada para el
más antiguo de los recipientes caseros para la bebida, la copa. |