2.6. LA MITOLÓGIA MAYA.
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El periodo clásico de los mayas, se extiende aproximadamente desde el 250 al 900 d.C. La fuente más completa y exhaustiva para el conocimiento de su mitología es el Popol Vuh (Libro de la comunidad o del consejo), Biblia de los mayas-quichés ( de qui, muchos, y che, árbol: "tierra de muchos árboles" ), del año 1550. Deben considerarse también los libros de Chilam Balam, escritos del maya de Yucatán en la época de la conquista, y la Relación de las cosas del Yucatán, de 1566, compuesta por el español Diego de Landa, que incluye interesantes datos sobre la vida de los mayas en el siglo XVI.
2.6.1. LOS DIOSES.
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Los dioses mayas se distinguen por su naturaleza antropomorfa, fitomorfa, zoomorfa y astral ( Lámina 15).

Lámina 15
La figura más importante del panteón maya es Itzamná, dios creador, señor del fuego y del corazón. Representa la muerte y el renacimiento de la vida en la naturaleza, Itzamná se vincula con el dios Sol, Kinich Ahau, y con la diosa Luna, Ixchel, representada como una vieja mujer endemoniada. Algunos investigadores opinan que su nombre deriva de las palabras con que supuestamente se definió ante los hombres: "Itz en Caan, itz en muyal" ( "Soy el rocío del cielo, soy el rocío de las nubes"). Pero también parece que significa "cosas de la iguana"y, conforme a esta idea, habría cuatro itzamnás, correspondientes a las cuatro direcciones del universo.
Cuatro genios o divinidades, los Bacabs, por otra parte, aparecen como los sostenedores del cielo, identificados con los cuatro puntos cardinales que, a su vez, se asocian con colores simbólicos (Este: rojo; Norte: blanco; Oeste: negro; Sur: amarillo), un árbol ( la ceiba sagrada) y un ave. Según otra versión, los pueblos mayas serían hijos de Hunab Ku, ser supremo y todopoderoso.
Chac, que se destacaba por su larga nariz, es el dios de la lluvia y suele aparecer multiplicado en chacs, divinidades que producen la lluvia vaciando sus calabazas y arrojando hachas de piedra. Las uo (ranas) son sus acompañantes y actúan como anunciadoras de la lluvia. Ligado con la vegetación y con un alimento primordial entre los mayas y otras culturas precolombinas, es el joven dios del maíz. , Ah Mun, en frecuente lidia con el dios de la muerte, Ah Puch, señor del noveno infierno, dios de la muerte.
Ah Puch gobierna el noveno y último mundo subterráneo, el Mictlán, un nauseabundo lugar habitado por espantosos demonios. Está asociado a la lechuza y al perro. Simboliza el principio del mal que lucha con el del bien; se le representa con un cuerpo putrefacto con una cabeza casi cadavérica adornada con campanas y collares de huesos y plumas.
De vez en cuando sube por la noche a la tierra en busca de presas y ronda las casas de los enfermos pero, aunque el ruido de las campanas le delata, no se le puede evitar. La única manera que tienen los humanos de confundirlo es gritar y llorar de una manera sobrecogedora para hacerle creer que no se encuentra en la tierra sino en el Mictlán y que pase de largo.
Otras divinidades asociadas con las tinieblas y la muerte son Ek Chuah, dios negra de la guerra, de los mercaderes y de las plantaciones de cacao. Sobresale también Ixtab, diosa de los suicidios.
La similitud y los contactos entre la cultura maya y la azteca explican la aparición entre los mayas de la serpiente emplumada (Quetzalcóatl), que recibe el nombre de Kukulcán en Yucatán y de Gucumatz en las tierras altas de Guatemala.
2.6.2. COSMOGONIA
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Como en el mito de los orígenes de otras culturas, entre los mayas aparece la del silencio y las tinieblas originales. Nada existe y es la palabra la que dará origen al Universo. De ello se encargan los progenitores, entre los que se cuenta Gucumatz y Huracán, el corazón del cielo, además de Ixpiyacoc e Ixmucané, abuelos del alba.
La creación del ser humano pasó por varias pruebas hasta llegar a su estado definitivo. En el primer intento, la materia empleada fue el barro, "pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía", no podía andar ni multiplicarse, "al principio hablaba, pero no tenia entendimiento". En la segunda prueba, los progenitores decidieron hacer muñecos de madera, que "se parecían al hombre, hablaba como el hombre", pero, aunque se multiplicaron, no tenían alma, entendimiento ni memoria de su creador, "caminaban sin rumbo y andaban a gatas". Fueron destruidos y sobrevino un gran diluvio. Además de los males enviados por los dioses, también se rebelaron, vengándose de ellos, los perros, las aves de corral, las piedras de moler, los utensilios domésticos. El intento definitivo de creación concluyó con los hombres de maíz, que fueron cuatro: Balam-Quitzé (Tigre sol o Tigre fuego), Balam-Acab (Tigre tierra), Mahucutah (Tigre luna) e Iqui-Balam (Tigre viento o aire).
Estos estaban dotados de inteligencia y buena vista, de la facultad de hablar, andar y agarrar las cosas. Eran además buenos y hermosos. El desarrollo de los seres humanos se identifica entre los mayas con el principal cultivo y fuente de sustento, el maíz: "de maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados".
2.6.3. COSMOLOGÍA
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Los mayas creían que había trece cielos dispuestos en capas sobre la tierra y que eran regidos por sendos dioses llamados Oxlahuntiku. La tierra se apoyaba en la cola de un enorme cocodrilo o de reptil monstruoso que flotaba en el océano. Existían nueve mundos subterráneos, también dispuesto en capas, y regidos por sendos dioses, los Bolontiku, que gobernaban en interminable, sucesión sobre un ciclo o semanas de nueve noches.
El tiempo era considerado una serie de ciclos sin principio ni fin, interrumpidos por cataclismos o catástrofes que significaban el retorno al caos primordial. Pero nunca se acabaría el mundo porque creían en la palingenesia, la regeneración cíclica del universo. Los libros del Chilam Balam exponen predicciones acerca de esos ciclos de destrucción y renacimiento, como la que relata la sublevación de los nueves dioses contra los trece dioses celestiales, el robo de la gran serpiente, el derrumbe del firmamento y el hundimiento de la tierra. También en el Chilar Balam se dice que en 1541 llegaron los "dzules", los extranjeros. Hasta ese momento estaba medido "el tiempo de la bondad del sol, de la celosía que forman las estrellas, desde donde los dioses nos contemplan", pero llegaron los dzules y los deshicieron todo. "Enseñaron el temor, marchitaron las flores, chuparon hasta matar la flor de los otros porque viviese la suya": habían venido "a castrar al sol". Según los mayas lacandones, cuando se acabe el mundo los dioses decapitaran a todos los solteros, los colgaran por los talones y juntaran su sangre en vasijas para pintar su casa. Después reconstruirán la ciudad de Yaxchilán, donde se habrán refugiado los lacandones. Según otra versión, los jaguares de Cizín, dios del inframundo, se comerán al Sol y la Luna.
2.6.4. LAS ULTIMAS MORADAS
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Entre los mayas existen tres moradas diferentes para los muertos: el inframundo, un paraíso que se encuentra situado en uno de los cielos y una morada celestial. La primera, llamada Mitlán, Mentnal o Xibalbá (así se la nombra en el Popol Vuh), está en el quinto de los nueves submundos, el mas profundo. Llegar hasta allí es peligroso: el muerto necesita un par de zapatos nuevos, debe pasar tres puertas y cruzar un lago con ayuda de perros. La segunda, el paraíso, es un lugar ameno donde corre leche y miel y equivale a la morada de los dioses de la lluvia o tlálocs mexicas. En el paraíso hay además un espacio para los niños, a quienes se coloca en un gran árbol lleno de pechos de mujer que los siguen alimentando. Según algunas interpretaciones, también los suicidas acaban en la segunda morada. La tercera morada está en el cielo séptimo, el más alto, donde van los que han pasado una temporada en el inframundo, los muertos en la guerra y las mujeres que murieron en el parto. Uno de los dioses de la muerte más importantes es Cizín, también relacionado con los temblores de tierra y con el color amarillo, símbolo de la muerte. No es casual su vinculo con el dios Jaguar, a quien se considera señor de la noche estrellada, aunque en realidad reina al mismo tiempo en el cielo, en la tierra y en el mundo subterráneo de las sombras.
Bajo distintos nombres (onza, ocelote, yaguareté) aparece en distintas mitologías de África y América, como en la tupí-guaraní, en una de cuyas leyendas se cuenta que "Jaguar reventó el vientre del Sol, lo comió, le royó los huesos" o, según otras versión, que tiene una piel de color azul celeste y está esperando la orden divina para devorar a la humanidad.
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