Me han preguntado si no se habla demasiado de la guerra y de la posguerra. No me lo parece. Más bien creo que este país todavía no ha enterrado este largo periodo de posguerra que en sus diferentes etapas duró mucho, ni los vencedores han aceptado aún que el suyo fue un régimen autoritario y criminal. Así que pienso que todavía no lo hemos hablado bastante. Los que dicen lo contrario, francamente, es porque no quieren que se hable.
Mi intención era sobre todo reflexionar sobre el drama, no tanto de Sarajevo, que al fin y al cabo sólo es un testimonio, sino sobre el drama de nuestra civilización occidental que pensaba que había aceptado la diferencia y de repente se mira en el espejo y ve que es una calavera. El escenario de Sarajevo era oportuno, pero está pasando también en otros lugares. Es el drama de que un sector de la población decida que tiene la razón y que los otros sobran. Parecía que en Europa esto era difícil que pasara y ha resultado que es fácil.
He querido crear círculos de angustia y la narración en primera persona ayuda a trasladar al lector esta sensación de círculo. El tema inmediato es el de las cárceles secretas, pero también puede leerse como una metáfora de nuestro mundo. El personaje viola un código que desconoce y a partir de aquí es castigado. No sabe por qué, ni cómo acabará, ni siquiera puede conservar su identidad. Con todos los matices, yo diría que el asunto es extrapolable a situaciones de la vida en que no controlamos los códigos y somos víctimas de poderes que sí que los controlan.
Los marcos históricos bien documentados son esenciales para hacer creíble una historia. Y ésta nos lleva a un mundo desconocido del siglo XV en el que las vidas de los diferentes estamentos se cruzan y dan lugar a un retablo de gran belleza descriptiva. Es un mundo desconocido, extraño. Nos cuesta hacernos a la idea de tanta sordidez, casas inhóspitas, frías, heladas, húmedas; caballeros para los que la voluntad es ley y que se amparan en sus privilegios. ¿Siempre el dinero lo puede todo?
Tarragona, s. XVI. Cristià Aventín, un contrabandista provenzal que va camino de Francia desde Zaragoza, llega a la ciudad con una carga de libros prohibidos para esconderse, pero un inoportuno accidente le obligará a permanecer allí más tiempo del que preveía. El mismo día llega también el inquisidor aragonés Enrique Ibáñez, acompañado por su secretario y por el fantasma del herético Guilhem de Najac. Y entre los dos, y quizás contra los dos, la tozudez de un cura obsesionado por encontrar culpables, la admiración por la sabiduría de un canónigo inseguro, la sólida inteligencia natural de un curandero o la arrogancia despótica de un familiar de la Inquisición.
Una novela en la que nadie es exactamente lo que parece.