9.4 - Me alegré de su muerte
"Yo preferiría, si placiera a Dios, partir de este mundo y no estar en él largamente, ya que sólo encontré dolor y miseria, y en el otro mundo sólo encontraré gloria." Ramon de Perellós (1)Quizás no era inevitable, que mi madre muriera cuando murió. Creo que mi madre tenía ganas de vivir, cuando murió. Aunque quizás cueste de entenderlo, me alegré de su muerte. Intentaré explicar cada uno de estos tres puntos.
1- Quizás no era inevitable, que mi madre muriera cuando murió.
Mi madre murió cuando se decidió no hacer más esfuerzos para conservarla con vida. Digo esto, "que se decidió", porque de hecho a ella se le explicó, más que consultárselo. La decisión la tomamos los hijos, contando también con el parecer de su hermana, con la que estaba muy unida. Creo que en aquel momento la idea que teníamos, cada uno de los implicados, de la situación de mi madre y de sus posibilidades de vivir, quizás no eran iguales.
Yo creo que mi madre todavía tenía opciones de sobrevivir, superar aquel punto crítico, volver a casa y vivir quizás unos años más. Quizás estas opciones eran pocas, o poquísimas, quizás inexistentes, pero yo creo que existían. Mejor dicho, dado que desconozco si existían, he de contemplar la posibilidad de que existieran.
De hecho, en aquel momento los médicos no eran todavía partidarios de tirar la toalla. No tengo claro hasta qué punto su postura era estrictamente médica, o en parte política; es decir, no sé si actuaban siguiendo un tipo de protocolo no escrito que, en casos así, aconseja optar por el exceso intervencionista, para evitar eventuales reclamaciones "de no haber hecho todo el posible" para salvar la vida del enfermo.
2- Creo que cuando murió, mi madre tenía ganas de vivir.
Cuando murió mi madre estaba "en un estado alterado de la conciencia", desde un punto de vista mádico: muy eufórica, feliz, contentísima, charlatana, vital, mandona...
Teniendo en cuenta que llevaba más de un año hundiéndose progresivamente en un estado depresivo, cada vez más intenso y profundo, se me ocurren un par de explicaciones, con relación a aquel paso tan repentino a la euforia.
Por un lado, la conciencia de que la vida le colgaba de un hilo, que la situación era excepcional, límite. Por otro lado, el eventual efecto de alguna combinación del montón de medicamentos que le administraban aquellos días, en el quirófano y en la UCI. O una combinación de los dos factores.
En cualquier caso, en aquel estado, si entonces se le hubiera preguntado directamente, sin ninguna reflexión añadida (hay que insistir en ello, "sin ninguna reflexión añadida"), si quería que los médicos siguieran intentando salvarle la vida, estoy casi convencido de que habría dicho que sí.
3- Aunque quizás cueste de entenderlo, me alegré de su muerte.
A pesar de que la muerte de mi madre quizás no fuera del todo inevitable, a pesar de su vitalidad y su estado de euforia en aquel último momento, me alegré de que muriera. Porque me daba mucho miedo la vida que la esperaba, a partir de entonces, en caso de sobrevivir.
Para decirlo desde su perspectiva religiosa de la vida y con un poco de poesía: creo que Dios, que últimamente le iba poniendo pruebas de una dificultad creciente (además de todas las que le había ido poniendo a lo largo de la vida), compadecido de sus sufrimientos y de la aspereza de la vida que le tocaba vivir, entonces decidió ser misericordioso y ahorrarle el calvario que le esperaba.
Estuve contento, además, porque mi madre murió como quería, lúcida, consciente de la inminencia de su final. Recibiendo la asistencia espiritual que deseaba, preparándose cristianamente para la muerte. Y me alegré también porque murió con la cabeza clara, repartiendo consejos a diestro y siniestro a los hijos y a los nietos, tal como siempre había dicho que quería hacerlo antes de morir. (2) (3)
Estuve contento por más motivos. Sobre todo, porque yo era muy consciente de que, después de aquellos dos últimos días inesperados de euforia exultante, si hubiera sobrevivido, al cabo de poco habría venido el inexorable bajón. Tanto debido al desgaste provocado por la euforia, como por la confrontación con la realidad que se habría encontrado.
Del hospital habría salido, seguro, peor de como había entrado. I si antes de la operación ya la asustaba la perspectiva de ir envejeciendo y haciéndose dependiente, sin duda se habría encontrado que el paso por el hospital le había hecho bajar, de golpe, unos cuántos escalones más con relación a su anterior autonomía.
Vivir se le habría hecho muy fatigoso. Su vida habría sido todavía más dura que la de mi padre. Porque mi padre (debido a su demencia) supongo que muchos ratos no era consciente de su situación, en cambio mi madre habría tenido que contemplar como ella se iba consumiendo, como necesitaba cada vez más la ayuda de los demás... Ella, que siempre había querido ayudar a los demás, y que al mismo tiempo no soportaba, la aterraba, la deprimía (literalmente, psiquiátricamente), que la tuvieran que ayudar, sobre todo, en todo aquello relacionado con la propia autonomía e higiene personal.
A veces ella decía que esta falta de aceptación de su situación, de lo que para ella era la voluntad divina, era falta de orgullo, falta de humildad. Tenía interiorizado que esto eran defectos, pecados. Y este conflicto emocional y moral, este sentimiento de culpabilidad, hacía que todavía sufrirera más. Todo se confabulaba en su contra.
Por todos estos motivos, me alegré de que entonces muriera. (4)
--
(1) Viatge al purgatori (ca. 1398). Edicions 62, 1988, edición a cargo de Jordi Tiñena.
(2) Después de aquella fase eufórica y lúcida se inició el aumento progresivo de la sedación, para que no sufriera, lo que provocó su pérdida de conciencia.
(3) Es cierto que no pudo morir en casa, tal como también quería, pero estoy seguro de que si ella hubiera tenido que elegir entre sus diferentes deseos habría priorizado lo que tuvo: la asistencia espiritual y el despido familiar. Otra cosa es que quizás incluso el morir en casa se habría podido intentar; siempre nos podemos hacer reproches, con relación a las cosas que en un momento determinado "habríamos podido hacer mejor", pero esta actitud (preocuparse a causa del pasado) no sirve de nada, y seguramente ya hicimos bastante intentando gestionar lo mejor que pudimos aquella situación.
(4) Lo cierto es que a partir de un momento determinado de su estancia en el hospital (que ahora no sé concretar), al ver como se iba deteriorando su estado de forma progresiva y grave, imaginando el escenario hostil que la esperaba si salía adelante, fui teniendo este sentimiento, este deseo de que no lo superara. Y también es cierto que entonces intenté favorecer este desenlace, procurando convencer a algunos hermanos indecisos. Y así, después, juntos, pudimos exigir a los médicos que no la mortificaran más y la dejaran morir en paz. De todo esto no me arrepiento de nada.