9.2 - El contexto
"La vejez, la finitud, eran previsibles, por supuesto, estaban inscritas de entrada en la banalidad plácida o funesta del curso de las cosas." Jorge Semprún (1)Cuando murió mi madre, al revisar sus papeles encontré tres o cuatro testamentos vitales, desde el promovido por la Conferencia Episcopal hasta otros más informales (en los que a veces también mezclaba indicaciones sobre sus cosas una vez muerta). Ninguno de estos papeles o documentos tenía fecha y, salvo el de la Conferencia Episcopal, ni siquiera estaban firmados.
Quizás el único aspecto coincidente en todos era la referencia a su deseo de morir cristianamente, con la correspondiente asistencia espiritual. La referencia a que no se le alargara la vida de manera artificial también era habitual, pero sin concretar qué quería decir exactamente, con esta indicación.
A este conjunto de testamentos vitales, para completar lo que sería el mapa de sus deseos sobre este tema, considero que hay que añadir los comentarios que de vez en cuando hacía sobre esta cuestión, no siempre del todo iguales (hablo de los últimos años de su vida).
Aquí, el aspecto más significativo era la oscilación entre la aceptación, por un lado, de la voluntad divina, incluso en el supuesto que implicara las más grandes penalidades, y por otro lado un deseo o petición de misericordia, consecuencia de un profundo cansancio, de una necesidad de descanso, expresada a veces con toda claridad: en este caso pedía a Dios que no le añadiera más cargas, que la aliviara, que no la hiciera pasar, por ejemplo, por el calvario de incapacidades, dependencias y demencia que sufrió mi padre.
Tal como he dicho, la postura variaba, y a veces, cuando estaba en la posición de la aceptación, incluso manifestaba su deseo de sufrir calamidades todavía mayores de las que sufría, en la medida que soportarlas con resignación para ella implicaba ser mejor cristiana, y así hacer unos méritos que podían favorecer la consecución de sus deseos (principalmente sobrenaturales, relacionados con la aspiración de ir al cielo al morir, ella y las personas a las que quería, pero también terrenales, como por ejemplo la curación de algún hijo eventualmente enfermo).
El último año y medio de su vida, de forma lenta, insidiosa, fue reapareciendo su estado depresivo, del que se había librado durante unos diez años. Fue entonces cuando, temerosa y debilitada, fue adquiriendo más protagonismo su deseo de no sufrir más penalidades.
El estado depresivo le hacía menos llevaderas las limitaciones y los dolores físicos, y a su vez las limitaciones y los dolores alimentaban el estado depresivo. Creo que entonces tenía bastante asumido que su tendencia a las depresiones, además de estar relacionada con una predisposición suya congénita, tenía también relación con las circunstancias de su vida.
Entonces, en aquel momento, lo que más le pesaba era que se daba de que cada vez era físicamente menos independiente, más vulnerable y necesitada de ayuda, y que todo esto iba en aumento, de forma lenta y constante. Y la perspectiva de la vida que le esperaba le producía un gran miedo. Pánico.
Tan grande era su temor que, a menudo, todas sus convicciones religiosas no eran suficientes para poder aceptar serenamente aquel nuevo escenario, a pesar de desear muchísimo ser capaz de aceptarlo. Procuraba no hablar de ello, porque la avergonzaba, dado que lo consideraba una debilidad, pero era tan intensa esta vivencia que, de vez en cuando, no podía evitar manifestarla. Sufría mucho.
Fue esta lucha o estado de angustia, con el miedo presente y creciente, la que provocó una nueva rotura de los diques que contenían su tendencia a la depresión. Y entonces volvió a naufragar en aquel mundo de tristezas y falta de ilusión tanto la asustaba.
Este es el contexto, o parte del contexto (digamos que "esta es mi visión de parte del contexto") en que mi madre murió. Fue en estas circunstancias que decidió operarse, porque el ginecólogo se lo aconsejó. Una intervención en principio no muy complicada; confiaba volver a casa al cabo de tres o cuatro días de convalecencia en el hospital.
Pero ya no salió del hospital: después de distintas complicaciones y de pasar tres veces por el quirófano, murió.
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(1) Jorge Semprún. Ejercicios de supervivencia. Tusquets, 2016 (p. 19)