Depresiones y tallarines

6.3 - Un intento de psicoterapia

"Esto es la psicoterapia. Poca pesca milagrosa, y mucha competencia, intuición y paciencia." Marcel Rufo (1)

Debo hacer una pequeña corrección a lo que he dicho antes: el psiquiatra del que he hablado, supongo que sobre todo cansado de oírme a mí insistir tanto, al final se puso en contacto con una psicóloga y quedaron que mi madre iría.

Fue un desastre. Desde el primer momento no sintonizaron: a mi madre no le gustó la psicóloga, y creo que a la inversa también pasaba el mismo. Al margen de esta falta de sintonía, de aquella descoordinación emocional, creo que además aquella psicóloga tampoco fue muy hábil gestionando el caso de mi madre.

Falló todo. Era uno reto muy complicado, y se abordó con desacierto, sin un interés verdadero, sin convencimiento, y pasó lo que, en estas condiciones, era inevitable que pasara. (2)

El caso de mi madre fácil no lo era, porque primero hacía falta que ella entendiera los beneficios que podia obtener, de una psicoterapia, algo de lo que ella dudaba, dado que todo el mundo siempre le había dicho, de manera explícita o implícita, que no serviría de nada. Mi madre era lista, lo suficiente como para ser consciente de que la derivación a la psicóloga por parte del psiquiatra era forzada: el psiquiatra, durante años, le había dicho muchas veces que no creía que una psicoterapia pudiera serle de utilidad.

Pero lo más significativo fue la interpretación que se hizo de aquel intento. Una vez obvio el fracaso, la conclusión del psiquiatra, y que mi madre también asumió, fue que el fracaso confirmaba la reticencia a confiar en cualquier posible beneficio de la psicoterapia. Es decir, se había hecho la prueba y había quedado claro que no había servido de nada hacerla, "tal como ya se había dicho tantas veces y durante tantos años".

Entonces hacía unos cuarenta años, que mi madre había empezado a tener los problemas que más adelante fueron etiquetados como de tipo bipolar. Durante años, había ido yendo a la consulta de muchos médicos que le habían hecho diferentes diagnósticos y que le habían recetado diferentes medicamentos, pautados de formas distintis, buscando un efecto que no se acababa de conseguir nunca, dado que seguía esclavizada por la alternancia arbitraria entre las euforias y las depresiones. A pesar de la falta de resultados tangibles, ella seguía yendo al psiquiatra de turno, haciendo un intento más, siempre un intento más, con la esperanza de que, alguna vez, la medicación acabara dando el resultado deseado.

En cambio, se hizo un único intento de psicoterapia (al menos durante los últimos once años de su vida, durante los que conviví con ella, y no me consta que antes se hubiera hecho ninguno más), y este único intento sirvió para que todo el mundo, ella incluida, llegara a la conclusión "de que aquello no servía de nada".

¿Y si nos imaginamos la historia al revés?

Es decir, esta historia: que a ella, durante cuarenta años, la hubieran tratado distintios psicoterapeutas, y que durante aquellos años hubiera hecho un único intento de medicación con un psiquiatra. Y que entonces, al cabo de una o dos visitas con el psiquiatra, hubiera decidido que aquello no le servía, y que por lo tanto lo dejaba.

Y que entonces, su psicoterapeuta de turno le hubiera dicho: "¿Lo ves? ¡Ya te lo decía!"

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(1) Marcel Rufo. Tu, ets Èdip! Consultes d'un psiquiatre d'infants i adolescents. Eumo Editorial, 2003 (p. 16)
(2) Con la psicóloga sólo hizo dos visitas, después de la segunda dijo que no pensaba volver.
 


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