Depresiones y tallarines

4.5 - Sus expectativas

"Y en el mar se escucha la voz enérgica de Cristo: (...) No quiero que te conformes con lo que dan los demás; te pido más, mucho más. (...) Necesito madres valientes, que me ofrezcan sus hijos para que yo haga lo que quiera con ellos." Jesús Urteaga (1)

En su dormitorio mi madre tenía colgadas las fotos de todos los hijos, fotos individuales, de cuando teníamos dos años. Le gustaba mirarlas, recordar cuando teníamos aquella edad, cuando éramos encantadores, dependientes, moldeables, cuando ella podía pensar que cuando creciéramos seríamos tal como ella deseaba que fuéramos.

Antes ya me he referido a la manera de ser autoexigente de mi madre. También me he referido a la frustración y el sufrimiento que suponía para ella que no todos los hijos hubiéramos salido como ella esperaba, es decir, creyentes y practicantes. La importancia en su vida de este aspecto religioso era inmensa.

A partir del momento en que los hijos fuimos creciendo y fuimos escogiendo nuestros propios caminos, a ella le tocó enfrentarse a las opciones de algunos hijos que no entendía. Unas opciones que a veces la entristecían mucho. Ella quería "que todos los hijos fuéramos al Cielo", y si le parecía que nos desviábamos de este camino, se lo pasaba fatal, dado que no ir al cielo era terrible:

"Por muy hombre que seas -no lo olvides-, si murieras en pecado mortal, te irías al infierno."  Jesús Urteaga (2) (3)
Vivía en un mundo lleno de amenazas y contradicciones. Por un lado con mensajes como el anterior (eso sí, a menudo con un tono más moderado, pero con un fondo igual de radical y amenazante). Y por otro lado con mensajes más realistas y de voluntad tranquilizadora, como esto que le decía un día, en uno de los momentos más negros de mi madre, la que creo que era su mejor amiga del OD:
"En el mundo cada cual tiene su papel, como tú el tuyo. Aunque te veas poquita cosa, has tenido unos hijos y los has criado e intentado educar sabiendo que harían uso de su libertad, que es lo más grande que tenemos, además de ser hijos de Dios. Y te han salido como a la mayoría de las familias. En conjunto puedes estar muy contenta del papel que te ha tocado representar, porque lo has representado muy bien, dentro de tu pequeñez. Y ahora lo tienes que aceptar, porque Dios te ha hecho así y te pide lo que puedes dar, pero más no." (4)
Creo que mi madre no acabó de asimilar nunca este tipo de mensajes más realistas y de intención tranquilizadora, creo que siempre dominaron en su interior los otros. Sufría por partida doble, por un lado debido al disgusto de ver algún hijo apartado de Dios, y por otro lado porque esto quería decir que como madre había fracasado. Como católica su misión era hacer apostolado, y resultaba que había fallado con el apostolado más importante, el de sus hijos.

Y si había fallado era (pensaba ella) porque no había dado suficiente buen ejemplo, no había sabido vivir con la suficiente alegría, con la suficiente humildad, sin orgullo, rezando con la suficiente devoción... No había sabido lo suficiente, y por lo tanto su ejemplo no había sido suficientemente eficaz, y a causa de esto algunos hijos se habían apartado de Dios. Se sentía triste por el alejamiento de Dios de algunos hijos, y a la vez se sentía culpable. (5)

Por otro lado estas frustraciones religiosas iban acompañadas de los sufrimientos propios de todas las madres con relación a sus hijos. Es decir, el deseo de que tuviéramos salud, de que las cosas nos fueran bien y que estuviéramos contentos. En este sentido era una madre completamente normal. Y por supuesto, teniendo los hijos que tenía, unos cuántos, siempre había alguno que en este sentido también era motivo de preocupación.

El resultado era que unas preocupaciones se sumaban a las otras, y todo se acumulaba.

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(1) Jesús Urteaga, El valor divino de lo humano. Ediciones Rialp, 1963 (p. 174, 175); la primera edición es de 1948. Desde pequeño recuerdo el libro siempre en casa de mis padres. Pero hasta ahora no lo había leído y me he quedado pasmado:  "Transigencia con el error? ¡Fornicación de la verdad!" (p. 104), "¡Adelante, con violencia, los hombres de Dios!" (p. 118), "¡Fuera de Cristo no tendrás paz! ¡No! ¡Jamás!" (p. 124), "Te repetiré, para terminar, el grito eterno: ¡Con Cristo o contra Cristo! ¡Decídete!" (p. 289). No son citas buscadas con lupa, todo el texto es incendiario y bélico. Jesús Urteaga era uno de los sacerdotes más conocidos del OD, con más proyección pública, y fue precisamente a él a quien mi madre pidió la posibilidad de publicar dentro de las colecciones que él dirigía el libro que ella intentaba escribir.
(2) Ibid. p. 86
(3) Según ella, algunos de los hijos vivíamos en pecado mortal. Y lo que todavía era peor, vivíamos "sin propósito de enmienda". Y esto la atormentaba mucho. Por cierto, yo era uno de estos hijos (es decir, que en cuanto al tema religioso fui uno de sus principales motivos de preocupación).
(4) A mi madre le llegaban los dos tipos de mensajes, a veces de parte de las mismas personas (también de esta amiga), en unos momentos unos mensajes, en otros momentos los opuestos.
(5) Ni siquiera la aliviaba que en conjunto lo hubiera hecho muy bien, dado que la mayoría de hijos le salieron católicos y practicantes cómo ella quería.
 


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