7.2 - Mi abuela materna
(*) "¿Por qué, Dios mío, por qué no puedo darle a mi madre una vejez dulce, si lo deseo tano?"Mi madre admiraba mucho a su padre y, en cambio, no valoraba tanto a su madre. Creo que era tan exagerada la admiración hacia él cómo poco ecuánime la crítica o severidad hacia ella. Esta percepción polarizada duró toda la vida; también se mantuvo, y quizás incluso se amplificó, cuando mi abuelo murió, cuarenta años antes de que muriera mi abuela.
A mi abuelo no le conocí, murió cuando yo tenía dos años. No tengo recuerdos suyos, sólo los de cosas que me han contado. Creo que era una persona con algunas sombras (relacionadas con su vida pública, no con la familia), en relación a las cuales sus hijos han preferido pasar de puntillas. Era una persona que podía deslumbrar fácilmente, debido a su reconocimiento público como político y artista (además de su posición social como fabricante).
No sé el origen de la mala relación que había entre mi madre y mi abuela, pero supongo que mi madre tenía alguna responsabilidad al respecto, en la medida que a veces era muy invasiva y autoritaria. Mi abuela no era así. Mi abuela era convencional, daba importancia a las normas de cortesía, se preocupaba "por el qué dirán", y a veces por estas cosas se hacía un poco pesada. Si no estabas atento, te podías despistar y quedarte sólo con esta imagen superficial de ella.
Si tuviera que hacer un resumen de la forma de ser de mi abuela diría que, sobre todo, era una buena persona. Con sus convencionalismos a veces un poco pesados, pero que nunca interferían con su manera de ser esencialmente bondadosa. Una actitud que no se limitaba a la familia; por ejemplo, las muchachas del servicio, y las trabajadoras de la fábrica familiar, tenían de ella una buena opinión.
Mi abuela lo que quería era que hubiera paz, que no hubiera conflictos, y para conseguirlo se podía sacrificar, aceptando a veces situaciones que no la favorecían. Las asumía con la esperanza de que así fuera más fácil mantener aquella paz familiar que ella quería (y que a veces quizás era "una paz que sólo era miedo", como en la canción de Raimon). (1)
Mi madre no era así, era de naturaleza guerrera, y quizás por eso, por esta manera de ser tan diferente de la de mi abuela, tenía con ella una relación complicada. Se querían, pero su relación no era siempre fácil. Cuando no lo era, sufrían las dos, mi abuela debido a la dureza o las exigencias de mi madre, y mi madre porque tampoco se sentía a gusto comportándose así.
Hasta hace poco no había pensado en ella, en mi abuela, como personaje de este relato. Y ahora me ha sorprendido, darme cuenta de este olvido. Mi abuela, siempre en un segundo plano. Y con el corazón en vilo. Porque tener una hija que a veces está tan mal, atrapada en una tristeza tan absoluta, una hija que sólo ve negrura a su alrededor, ha de ser muy duror. Ves que pasan los días, los meses, los años, y que estos episodios se van repitiendo. Para una madre todo esto ha de ser muy difícil de llevar.
Y cuando estos episodios pasaban venían los otros, los enérgicos, con mi madre autoritaria y mandona, invasiva, exigente, repartiendo órdenes a diestro y siniestro, convencida de su verdad absoluta... Cuando estaba en este estado, además de los hijos pequeños, supongo que la persona más vulnerable, la más incapaz de defenderse, la más acostumbrada a ir aguantando lo que hiciera falta, era mi abuela.
A mi abuela también me habría gustado haberla tratado con más atención, con más afecto, con más ternura. Por suerte, como mínimo al final de su vida, cuando ella ya era muy mayor, tuve la oportunidad de empezar a aprender un poco.
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(1) La de mi madre no era la única relación difícil que debía gestionar mi abuela, pero esta ya es otra historia.