Depresiones y tallarines

5.9 - Efectos secundarios

"Aplastado, anonadado,
torpe, mineralizado,
compungido, sometido,
cada vez más deprimido,
lento como un caracol
tomando haloperidol."
Es el inicio de un poema de un enfermo bipolar, citado en "La enfermedad de las emociones". En el poema además de este tipo de estrofas también hay otras cómo esta:
"Gracias a las treinta gotas
que te dan cuando alborotas
te evitas muchos problemas,
ni deliras ni blasfemas,
ni alucinas cosas raras,
ni te compras cosas caras,
ni acabas siendo ingresado
por estar tan exaltado." (1)
Este poema habla del haloperidol, pero no lo he elegido por eso (ya he dicho que me parecía más prudente no hablar de medicamentos concretos), sino sólo porque el poema habla de una manera divertida y a la vez seria de los efectos ambivalentes de la medicación en el caso de las enfermedades mentales.

La primera estrofa, mi madre la habría podido adoptar, y hacer ella misma múltiples versiones con todo tipo de adjetivos (de connotaciones negativas, por supuesto). En cambio, no habría podido escribir una estrofa como la segunda o parecida, porque ya he dicho más de una vez que no hay ningún indicio de que la medicación en algún momento o etapa le hubiera sido útil: los periodos de estabilidad llegaban y marchaban de manera "farmacológicamente arbitraria".

"A algunos pacientes, más que ayudarles, los fármacos [psicoactivos] les perjudican, y por lo tanto deberían ser usados con precaución."
Lo dice el psicólogo clínico Richard P. Bentall (2). Pero no parece que, en general, "la comunidad psiquiátrica" sea de la misma opinión, a la vista de la dificultad o incapacitado de la mayoría de profesionales para plantearse, como mal menor, en algunos casos, la suspensión del tratamiento (para evitar "el mal mayor" de los desproporcionados efectos secundarios adversos). Ninguno de los psiquiatras de mi madre se lo planteó. (3)

En algún otro apartado hablo de las veces en que mi madre decidió, por su cuenta, dejar la medicación, y de si siempre fue estricta con las pautas cuando se la tomaba. Creo que si hubiera tenido un profesional con quién hubiera podido hablar al menos de la posibilidad de reducir o espaciar la medicación (o eventualmente suprimirla) se habría sentido más cómoda. Y quizás las cosas le habrían ido mejor. Y cuando digo hablar no quiero decir comentar esto y automáticamente recibir un sermón aleccionador y disuasivo, sino hablar de verdad, valorar pros y contras y que se tuviera en cuenta su opinión (4).

Esto no ocurrió. De hecho, creo que si ella en algún momento hubiera propuesto un diálogo de este tipo, probablemente la situación que se habría encontrado habría sido parecida a esta que describe también Richard P. Bentall:

"Aunque los motivos de un paciente para querer suspender el tratamiento pueden ser muy racionales (es posible que los fármacos sean inefectivos o tengan unos efectos secundarios insoportables), los recetadores suelen considerar el hecho de rechazarlo como una prueba de falta de 'insight' del paciente y una indicación, por lo tanto, de que es necesario un tratamiento más agresivo."
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(1) Citado en 'La malaltia de les emocions'. E. Vieta, F. Colom i A. Martínez-Arán. Columna, 1999 (p. 108)
(2) Richard P. Bentall. Medicalizar la mente. Herder, 2011 (p 423, 409)
(3) Cómo si fueran incapaces de hacerse preguntas diferentes de las planteadas en sus "manuales biologistas"... cómo si fuera más importando el manual que la persona.
(4) Will Hall, en "Discontinuación del uso de drogas psiquiátricas" explica muy bien por qué este diálogo y esta libertad son derechos del enfermo que el sistema sanitario debería contemplar (y favorecer) en lugar de dificultar (publicación sólo virtual con licencia CC, www.freedom-center.org).

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