4.14 - Más mortificación
"Donde no hay mortificación, no hay virtud." Camino, 180Cuando mi madre todavía vivía, un día hablé de este tema de las mortificaciones con un hermano mío del OD. Me dijo que, en el caso de nuestra madre, él estaba convencido de que aquel tipo de mortificaciones no se le fomentaban. Que estaba convencido de que teniendo en cuenta la situación de nuestra madre, con sus múltiplos males físicos y emocionales, seguro que intentaban quitarle estas ideas de la cabeza. No me convenció, pero la conversación acabó así, y no hablamos más del tema.
Hace unos días fui a ver a una amiga de mi madre, también del OD. No sólo amiga, sino también su directora durante muchos años (1). Es una mujer simpática, decidida, y me hizo grandes elogios de mi madre, hablándome sobre todo de su exuberante vitalidad, originalidad, creatividad y alegría.
Dado que la conversación era fácil y agradable, aproveché y le expliqué la anécdota del reclinatorio, añadiendo a continuación lo que yo pensaba: que aquel tipo de actitudes de mi madre para ella no eran "emocionalmente saludables". Ni emocionalmente ni físicamente, dado que después (debido a mortificaciones cómo aquella) estaba todavía más dolorida todo el día, porque le dolía más la rodilla, un dolor añadido a todos los otros males que ya arrastraba. Unos males físicos que a su vez repercutían sobre los emocionales, agravándolos.
Después de mi exposición la amiga de mi madre me miró sonriente y me dijo, de manera clara y firme, que debería estar orgulloso de ella, por el hecho de ser capaz de actuar de aquella manera. Que la debía admirar por su abnegación, por su disposición a hacer por los hijos aquellos sacrificios (en aquel caso tal como ya he dicho el objetivo de la mortificación era que Dios se apiadara y aliviara los males de un hermano mío). Que debía valorar que ella se sacrificara, dado que lo hacía porque era lo que consideraba más efectivo de cara a conseguir lo que quería, el bienestar de sus hijos.
No me dijo: "¡Caramba, no sabía que ella lo viviera así, que lo llevara a estos extremos y le provocara tanto sufrimiento, me sabe mal!". No me dijo nada de esto, sólo me habló de admiración y agradecimiento. Tuve la sensación de estar escuchando una extraterrestre.
No obstante, la amiga desde su punto de vista tenía razón. Pero a mí aquella razón, aquel comportamiento de mi madre no me despierta admiración, en absoluto, sino sólo tristeza. Porque recuerdo a mi madre llorando cuando la pillé arrodillada en el reclinatorio, llorando de dolor, del dolor que sentía en la rodilla, llorando también por el hecho de no ser capaz de mortificarse más (y más abnegadamente), llorando porque a causa "de su insuficiente mortificación" Dios no atendía mejor sus súplicas. Aquel día la recuerdo llorando, dolorida, triste. Y si siento algo no es admiración, sino frustración, rabia, tristeza.
Aquella amiga tenía "su razón"... pero yo no estaba hablando de lo que hablaba ella, ni tenía ningún interés en hablar de ello. Hablábamos de cosas diferentes y en idiomas diferentes. Ella hablaba del sentido de la corredención cristiana y yo le hablaba de Antonio Machado:
"¿Quien me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? (...) ¡No puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!"Pero no le hice ningún comentario, era obvio que no tenía sentido hacer ninguno, habría sido inútil.El caso es que los comentarios de la amiga me confirmaron que la opinión de hacía más de diez años de mi hermano no era correcta: si aquella amiga de mi madre que a la vez había sido su directora no había entendido lo que yo había intentado explicarle, para mí era obvio que no era posible que hubiera tenido hacia mi madre la actitud que mi hermano le había atribuido. Al contrario, seguramente había aprobado aquellas mortificaciones, y es posible que incluso las hubiera estimulado. Y es normal: si pensaba que aquello era digno de admiración, ¿por qué motivo no tenía que estimularle aquellas prácticas? (2)
Unos días después, casualmente, vi a otro de mis hermanos (creo que ya lo he dicho antes alguna vez, somos una familia muy extensa). También es del OD. Nos vemos muy poco, me preguntó qué hacía y le dije que estaba escribiendo estos recuerdos y reflexiones sobre nuestra madre, pero que no sabía si los acabaría compartiendo con la familia, que no me sentía cómodo pensando en compartirlos con según qué hermanos, porque tenía claro que sería motivo de discrepancias.
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(1) No sé si decir "directora" es correcto, según la terminología del OD, pero con relación a mi madre ejercía funciones de este tipo.
(2) No puedo asegurar que fuera aquella misma amiga, pero si no era ella la protagonista de lo que explico a continuación era otra del mismo grupo, del grupo de mujeres del OD con las que mi madre se relacionaba. Recuerdo una conversación por teléfono, mi madre hablando de un cilicio que una amiga suya se había dejado en el dormitorio de la casa de los Pirineo de mi madre. Resulta que la amiga estaba preocupada por si alguien iba a la casa y encontraba el cilicio, y los comentarios que entonces pudiera hacer, sobre todo según quién fuera quién lo encontrara. Vaya, que en sus conversaciones con las amigas del OD el tema "cilicios y mortificaciones" estaba presente, no era una rareza. Tanto el episodio del reclinatorio como el de la conversación por teléfono sobre cilicios diría que ocurrieron los dos "ya en el siglo XXI", entre el 2002 y el 2003.