9.6 - El infierno
"Desde el punto de vista de los neurotransmisores, parece claro que las experiencias espirituales, religiosas o místicas van acompañadas de una disminución de la serotonina y un correspondiente aumento de la dopamina (...) de ahí que esas experiencias sean parecidas a las que se obtienen con la ingesta de enteógenos como la LSD, la psilocibina, la DMT o la mescalina." Francisco J. Rubia (1)Ya he explicado que con relación al hecho de que poco antes de morir mi madre entrara en una fase eufórica podía estar relacionado con el cóctel farmacológico hospitalario de aquellos días, y también, con la conciencia de la proximidad de la muerte. También he dicho que su estado de euforia entonces era intenso, un estado de inmensa felicidad, de plenitud.
Poco antes de este cambio, quizás uno o dos días antes (no lo recuerdo bien), mi madre pasó por otro estado alterado de la conciencia completamente distinto. Porque los estados alterados de la conciencia pueden ser de dos tipos: luminosos, expansivos, inefables, o de signo contrario, oscuros, terroríficos.
Dentro de la UCI, en algunos momentos mi madre sintió que se abría un agujero debajo de ella, y que caía hacia abajo, hacia el infierno. Sentía que el demonio la estiraba. Lo vivía de una manera tan real que mi tía explica que, haciéndole compañía en la UCI, mi madre, entubada por todas partes, con el brazo intentaba apartar a mi tía. Para protegerla, para evitar que a su hermana también la tragara el infierno.
Mi tía se emociona, cuando habla de aquella actitud protectora de mi madre, capaz de tener presente a su hermana en medio del delirio infernal. A mí también me emociona, encuentro que esta actitud protectora era un rasgo significativo de mi madre, que entonces se manifestaba en aquella situación extrema, pero que en circunstancias más ordinarias y cotidianas también se manifestaba. Era uno de los motivos por los cuales se hacía querer.
En el argot de los consumidores de LSD u otras sustancias psicoactives, aquello era "un mal viaje", seguramente el peor de los malos viajes que pudiera vivir mi madre, dado que toda su vida su gran objetivo había sido poder ir al cielo. Ir ella y todas las personas a las que quería, empezando por su marido y sus hijos. Y resulta que entonces, bordeando la muerte, sufría aquellas alucinaciones dantescas, obviamente provocadas por los medicamentos que le daban.
"La Sagrada Escritura menciona el fuego: fuego real y verdadero, según la doctrina general de los teólogos y doctores de la Iglesia. (...) ¡Y qué horrible será para el condenado la compañía de los demonios, que, a modo de monstruos amenazadores, continuamente le llenarán de espanto! (...) Los tormentos no se acabarán jamás, durarán para siempre. Pasarán años y siglos y millones de siglos y ese reloj marcará continuamente la misma hora: serán atormentados los réprobos día y noche por los siglos de los siglos." (2)He incluido esta cita para dibujar de forma gráfica la idea de infierno que se inculcaba a las criaturas cuando mi madre era pequeña. Pertenece a un catecismo publicado cuando mi madre iba al colegio, un colegio de monjas. De hecho, el catecismo de la Iglesia actualmente vigente, publicado el 1997, con un lenguaje menos adornado sigue diciendo esencialmente lo mismo. Un catecismo que, desde que se publicó, mi madre siempre lo tenía al alcance:"La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, 'el fuego eterno'". (3)No tengo ningún tipo de duda de que cualquier "visión sobrenatural" (o alucinación) que podamos tener se alimenta de la base de datos de imágenes, sueños y experiencias que tenemos dentro de la cabeza. Es decir, a un católico se le puede "aparecer" la Virgen María, y a un musulmán Mahoma, pero no al revés. Y si lo que aparece es el infierno es porque antes nos han hablado y nos han asustado con el infierno:"Hay infierno (...) Te la voy a repetir: ¡hay infierno!" Camino 749*Al margen de los desencadenantes de las alucinaciones (ya sea, según los casos, sufrir una enfermedad mental, el consumo de sustancias psicoactivas, la práctica de determinados rituales, los ayunos, etc.) "las formas concretas" de las alucinaciones siempre están relacionadas con la propia cultura: visiones de manantiales misericordiosos o justicieros, de ángeles, demonios o lo que sea, etc.La alucinación del infierno de mi madre no era nada festiva, el demonio no era un demonio divertido como el de las representaciones de los Pastorcillos, tan populares cuando ella era pequeña. No, los demonios eran "monstruos amenazantes", el fuego del infierno era "real y verdadero". La alucinación, por lo tanto, era terrorífica. Y esta idea del infierno la había acompañado toda la vida. (4) (5)
Supongo que esta etapa final tan terrible de las alucinaciones de mi madre contribuyó a que la etapa siguiente, por contraste, fuera todavía más resplandeciente, expansiva y feliz.
En unas horas, pasó del miedo al infierno a las puertas del cielo. Quizás aquella última etapa, breve pero llena y luminosa, fue la mejor o de las mejores de su vida: después de haber salido de la depresión, después de haber conjurado el peligro del infierno, entonces estaba eufórica y a punto de ver a Dios.
Era un gran momento para morirse.
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(1) Francisco J. Rubia. El cerebro espiritual. Fragmenta Editorial, 2015 (p. 120)
(2) Daniel Llorente (obispo auxiliar del arzobispo de Burgos). Catecismo explicado con gráficos y ejemplos. Imprenta y Libreria Casa Martín, Valladolid, 1944 (7.ª edición, la primera debe de ser de como mínimo 10 años antes). De catecismos "no oficiales" como este y de contenidos muy parecidos entonces circulaban más de uno.
(3) Catecismo de la Iglesia Católica. www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html (2015)
(4) Mira por dónde, mi padre había hecho de demonio, cuando de pequeño hacía los "Pastorets" (Pastorcillos), y a mi madre, riendo, le gustaba explicarlo.
(5) No es sólo una cuestión religiosa: de creencias no religiosas que eventualmente nos empequeñecen o acobardan también hay. Hablar de todo esto (de los tipos de interiorizaciones) también es hablar de riesgos emocionales, de peligros de depresiones. O de antídotos.