Depresiones y tallarines

9.7 - Vejez y depresiones

"Podría ser que la verdad fuera triste." Ernest Renan (1)

En teoría, hacerte mayor no tendría que suponer un aumento del riesgo de sufrir una depresión. Una cosa no tiene que acompañar la otra. Sobre todo, si el deterioro físico o mental (o los dos a la vez) no son demasiado importantes. A veces es así: hay gente que muere a una edad avanzada con la cabeza clara y una buena o razonable autonomía física. Algunas personas tienen esta suerte.

Lo normal, no obstante, es que cuando te haces mayor también te hagas viejo, y cuando digo hacerte viejo quiero decir que, "además de acumular años", también te vayas deteriorando. Si tienes esta mala suerte (una mala suerte generalizada cuando te haces mayor), las posibilidades de que acabes cayendo en una depresión aumentan. Sobre todo si el deterioro es grave.

Este es el escenario. Llegas a una etapa de la vida en la que los problemas de salud que van apareciendo ya no se superan; se cronifican, y tienden a empeorar. Te vas dando cuenta de que los procesos de expansión y plenitud de tu vida cada vez quedan más lejos, en el pasado. Vives un proceso de contracción, de progresiva decadencia, difícil, árido, ingrato.

Arrastrado por este proceso de decrepitud, la vida cada vez tiene menos atractivos, cada vez está más llena de molestias, de forma que es fácil, normal (inevitable) que vayan menguando las ganas de vivir.

Una de las principales características (o la principal) de una depresión es la falta de ganas de vivir, de modo que hacerte viejo es un terreno muy abonado para que prospere la depresión. O mejor dicho, hacerte viejo viene a ser lo mismo que entrar lentamente en un proceso depresivo. Al menos en general, porque en el envejecimiento también hay excepciones que confirman la regla: aquellas personas que, a pesar de acumular cada vez más adversidades, limitaciones, dolores y dependencias, conservan las ganas de vivir, sin deprimirse.

Hay gente así, y también hay gente que parece que tiene ganas de vivir, y que quizás lo que tiene es, sobre todo, miedo a morir... Pero este es otro tema, y como que es bastante complicado, ahora lo dejo de lado.

Sigo hablando en general. Llega un punto en el que el cuerpo empieza a fallar, o la cabeza, o los dos, cuerpo y cabeza. A veces de manera lenta, a veces de manera acelerada y dramática. El futuro se encoge, y se tiñe de gris... y de manera soterrada todo esto va pasando factura emocional.

Y este proceso, de hecho tan normal, biológicamente y psicológicamente normal, nos incomoda mucho. No solo si somos la persona afectada, sino también si somos sus familiares. O nos incomoda "como sociedad en general". Nos sublevamos, lo queremos ocultar, ignorar, y una forma de hacerlo es el intento de curar estas depresiones de la vejez con los mismos medios que todas las depresiones: con psicofármacos.

Es un abordaje sobre todo cosmético. O anestésico: se duermen con química los síntomas depresivos. No se cura nada, es sólo "un proceso de adormecimiento". Porque las causas de la depresión en este caso son inmodificables: nos hacemos viejos, y la vida de viejos (de personas cada vez más deterioradas y menos autónomas) no nos gusta. No nos gusta nada. Nos asusta.

Cuando mi madre llegó a esta etapa de la vida no descubrió las depresiones. Las redescubrió. Y el reencuentro le daba pánico: el reencuentro de aquel vacío, entonces acompañado de la novedad de la decrepitud. Realimentándose mutuamente.

El progreso de la decadencia era inevitable, imparable, y la ineficacia de la farmacología para superar la depresión estaba garantizada: si no había funcionado durante décadas, mientras su cuerpo todavía era joven y lleno de vitalidad, era absurdo confiar en que entonces funcionara.

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(1) Citado por Jorge Semprún en "Ejercicios de supervivencia"
 


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