Depresiones y tallarines

4.16 - Pastoral de la salud

"Cualesquiera sean la causa o las circunstancias que desencadenan la depresión, el papel de la experiencia religiosa y el poseer convicciones sólidas de la fe ocupan una posición clave en la recuperación del equilibrio mental y en la curación de la enfermedad." James M. Wingle, obispo de Ontario.

Aunque sea uno descreído, no tengo ningún tipo de duda sobre el hecho de que estar cobijado bajo una creencia que dé seguridad y sentido a la propia existencia hace más fácil conservar (o recuperar) la estabilidad emocional. Creo que las personas no creyentes en este sentido podemos ser más vulnerables, sobre todo si no tenemos algún sistema de creencias alternativo. (1)

Tengo muchas referencias de personas católicas para las cuales sus creencias han sido el puntal que les ha servido para estructurar su vida de manera autónoma, productiva, generosa y a la vez emocionalmente estable. No me olvido de ellas, porque además hacia alguna de estas personas siento una gran admiración.

No obstante, dicho esto, después resulta que las cosas a veces son algo más complicadas. La cita inicial está sacada de un documento sobre las depresiones del Consejo Pontificio de la Pastoral de la Salud (2). Y en ninguna de las veintiséis ponencias incluidas en este documento no se hace ninguna referencia a la posibilidad de que, a veces, la manera como se vive la religión pueda ser un elemento que complique la vida, en lugar de facilitarla. Y que por lo tanto, eventualmente, en algunos casos la dimensión religiosa pueda favorecer las depresiones, en lugar de ayudar a prevenirlas o superarlas.

Las creencias (religiosas o no religiosas) ayudan a vivir, pero a veces también pueden ser perjudiciales para las personas que creen en ellas. Depende de diferentes factores: de las mismas creencias, del entorno del creyente, de la forma de ser de este creyente, de la manera de vivir sus creencias, etc. Del mismo modo que conozco personas creyentes con un sólido equilibrio emocional, también conozco de las otras, de las que han perdido este equilibrio, o que quizás no lo han tenido nunca. Creer en Dios puede ser una ayuda, pero no vacuna contra las depresiones, ni es una garantía para poder salir de ellas.

En el caso de mi madre, desde mi punto de vista la religión tuvo un papel ambivalente. Entre las diferentes "familias" del catolicismo eligió una que se presentaba como innovadora, pero que de hecho era más bien rígida, autoritaria y dissimuladamente misógina, una mezcla que conformaba un tipo de telaraña de la cual ella era poco o nada consciente: sólo veía el flotador que la ayudaba a mantenerse, pero no veía aquellos otros elementos que no favorecían su equilibrio emocional.

He usado la palabra telaraña porque la red de argumentos que rodeaba el mundo religioso de mi madre estaba muy bien tejida. Por ejemplo, en el mismo documento ya mencionado el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente Consejo Pontificio de la Pastoral de la Salud se refiere a "lo que en último análisis es la depresión: un alejarse del Señor".

  Pero, ¿que pasa si a pesar de "no alejarte del Señor" (como mi madre) la cosa no funciona? Ningún problema, nos lo explica en otra ponencia el arzobispo Jorge Arturo Medina:

"Saberse amado y repasar la larga lista de los dones que hemos recibido de Dios, es (...) un buen camino para 'alcanzar amor'. En esta perspectiva la depresión debe ser vista como una forma de participación en la pasión y en la cruz de Cristo y como una realidad dolorosa que nos permite 'completar lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia'". (3)
Es decir, se organiza para que todo encaje. Del derecho y del revés. De forma que si se da el caso de que la fe no ayuda a superar la depresión, es porque Dios lo quiere así y, por lo tanto, si él lo quiera, está bien que sea así.

Por otro lado, hay que reconocer que esta idea del sentido sobrenatural de la depresión puede serle muy útil a una persona creyente para soportar la depresión que sufre. Esta es la parte positiva de ser creyente, en el caso de sufrir una depresión.

Pero además de soportarla, ¿le ayudará a superarla? Pues quizás no, porque si sufriendo la enfermedad sigues los designios divinos y a la vez contribuyes a completar la obra redentora de Cristo, lo que tienes que hacer es estar orgulloso de sufrir la depresión. De forma que el deseo humano de evitar el sufrimiento entra en contradicción con el deseo sobrenatural de celebrar el sufrimiento.

Por lo tanto, el resumen de este lío supongo que sería este: en general, tener un sistema de creencias hace más fácil la vida, pero a veces la puede hacer más difícil. A veces puede aliviar una depresión, y a veces la puede empeorar. Y a veces, puede hacer las dos cosas al mismo tiempo, sumando por un lado y restante por otro. (4)

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(1) Vivir sin sostenerte en ninguna parte es muy difícil, quizás imposible: aunque algunos no seamos religiosos supongo que, para no acabar naufragando, siempre "nos inventamos algo" que dé sentido a nuestras vidas.
(2) 'La depresión', Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, Palabra, 2004. Es la recopilación de las actas de la XVIII conferencia internacional sobre la depresión (Ciudad del Vaticano, 2003). Este libro se publicó un año antes de morir mi madre, casi cincuenta años después del inicio de sus depresiones. No sé si desde el Vaticano antes ya se había promovido y difundido alguna otra aproximación a las depresiones (en el libro no hay ninguna referencia en este sentido). Pero los contenidos de tipo religioso del libro (y su relación con la salud) no son ninguna novedad en cuanto a la doctrina o criterios de la Iglesia, es decir, el contexto religioso en qué vivió mi madre. Por eso me ha parecido oportuno usar estos textos, a pesar de su tardía publicación (con relación a la vida de mi madre).
(3) He seleccionado unas pocas citas breves de un libro de casi quinientas páginas y con textos de diferentes autores. Hay muchas más citas parecidas, porque los espacios dedicados a la perspectiva religiosa de la enfermedad son muchos. También es cierto que de este mismo libro podrían seleccionarse otros fragmentos y hacer con ellos un buen texto sobre las depresiones, clarificador y útil. No obstante, este otro libro no tendría ningún sentido que lo promoviera la Iglesia, dado que para ella sólo adquiere sentido cuando el tema se vincula con la experiencia religiosa, o mejor dicho, con una determinada experiencia religiosa, "siempre positiva".
(4) En Camino, el principal libro de referencia de mi madre, de mensajes poco adecuados para una persona depresiva (o en riesgo de serlo) no faltan: "No olvides que eres... el depósito de la basura. (...) Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?" (592*); "Cuando te veas como eres, ha de parecerte natural que te desprecien." (593); "Si te conocieras, te gozarías en el desprecio" (595*); etc. Se podría pensar que estas ideas quizás no afectaban a mi madre, pero al parecer no era el caso. Escribía ella: "El Padre se sentía un trapo sucio, basura. ¿Cómo he de sentirme yo? ¿Qué he hecho como madre de mis hijos?"
 


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