Depresiones y tallarines

5.11 - La antipsiquiatría

"Todos deberíamos dedicarnos sin pausa a aprender a desprender gran parte de lo que hemos aprendido y a aprender a aprender lo que no se nos ha enseñado." Ronald D. Laing (1)

Cuando tenía diecinueve años y todavía vivía con mis padres oí hablar de la antipsiquiatría y leí alguno de los libros de sus impulsores y divulgadores, Ronald D. Laing, David Cooper y Thomas Szasz. Accedí a aquellas lecturas no a través de un interés por la salud mental (que entonces todavía no tenía) sino a través de unos conocidos del mundo del arte y la contracultura. Entonces estas mezclas entre arte y salud mental, aliñadas con la exaltación de las drogas alucinógenas, en según qué ambientes eran habituales.

No sé si entonces asimilé mucho aquellas lecturas, lo dudo. Quizás sólo me sirvieron para consolidar una actitud contestataria dentro del ámbito familiar, pero que en cambio no se traducía en ninguna actitud social comprometida o reivindicativa. Entonces, mi principal interés era yo mismo, y poca cosa más.

Mirado desde una perspectiva histórica, considero que en su momento la irrupción del movimiento de la llamada antipsiquiatría supuso un importante revulsivo. Sus actitudes eran extremas, pero había tantos excesos de sentido contrario... Unos excesos de sentido contrario que, de hecho, y lamentablemente, no han desaparecido del todo. Algunos todavía se han consolidado más, como la visión fundamentalmente biologista de los problemas mentales.

Hablo de estas lecturas para poner de manifiesto que cuando a los diecinueve años empecé a leer por primera vez algo relacionada con la salud mental, resulta que fueron precisamente aquellos textos que criticaban los modelos familiares tradicionales, textos que hablaban del malestar de sus miembros y que, en última instancia, responsabilizaban a estos modelos familiares de los eventuales problemas mentales que afectaban a sus integrantes. Pero yo me lo leía como un tipo de ejercicio intelectual, dado que el mundo de las enfermedades mentales para mí todavía era desconocido.

Cuando ahora pienso en aquellos años veo que de aquellos textos, teniendo en cuenta la complejidad de algunas relaciones dentro de mi familia, habría podido hacer lecturas más comprometedoras y, de hecho, más ajustadas a los propósitos de sus autores. Pero no fue así.

A veces ocurre, que la vida se nos escapa entretenidos en divagaciones y discursos teóricos, mientras resulta que tenemos la realidad delante de la nariz, y no la sabemos ver.

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(1) Ronald D. Laing. El cuestionamiento de la familia. Paidós, 1982 (p. 58)
 


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