Depresiones y tallarines

5.10 - Obedecer

"Errol daba la sensación de estar absolutamente seguro de lo que hacía. Tenía certezas respecto a todo, pero no hablaba más que de una cosa: de fármacos. Si sus pacientes querían hablar de diagnósticos, él hablaba de fármacos. Si querían hablar de síntomas, él hablaba de fármacos. ¿De estrés? Fármacos. ¿De sufrimientos? Fármacos. ¿De problemas familiares? Fármacos. ¿De trabajo? Fármacos." Monte Miseria (1)

He leído algunos libros sobre las depresiones y la bipolaridad. No soy ningún experto en el tema, solo una persona un poco curiosa.

En este tipo de publicaciones, el protagonismo de los psicofármacos como primera y principal opción en casos de diagnósticos de depresiones y bipolaridad se complementa con la figura del psiquiatra como autoridad indiscutible. En este escenario, el enfermo es alguien que como norma tiene que obedecer y callar. Es decir, tiene que seguir de manera estricta las pautas farmacológicas que se le prescriben. Y si no lo hace, se considera "que no se quiere curar".

Es verdad que en ocasiones es así: hay personas que tienen una vida peor de la que podrían tener a causa de su rechazo a unos medicamentos que les podrían ayudar a gestionar mejor sus problemas.

Por otro lado, el caso contrario también es cierto: hay personas que tienen vidas peores a causa de los medicamentos que se toman.

Es un tema complicado, y dado que lo es, no es legítimo simplificar el discurso al hablarlo. Pero por parte de los profesionales la tentación de simplificarlo a menudo es grande. A veces, a causa de una actitud paternalista y bienintencionada "de no marear a los enfermos"... o sencillamente para facilitarse el trabajo ellos mismos. También, porque a menudo están demasiados llenos de certezas, sin las dudas que tendrían que acompañar siempre la práctica de una profesión como la suya.

Dado que es un tema complicado, también hay que reconocer que, a veces, esta simplificación puede ser útil (que no es lo mismo que legítima). En cualquier caso, esta eventual opción tendría que ser la excepción, un hecho muy puntual. Porque si en la relación entre el profesional y el enfermo la manipulación y el principio de autoridad se convierte en la norma (en el caso de los enfermos mentales institucionalizados a menudo es así), lo que se normaliza es una relación abusiva.

Hasta hace muy poco, el criterio del enfermo (de cualquier tipo) era muy poco tenido en cuenta. El médico decidía, no había debate. En las enfermedades no mentales, desde hace unos años esto ha ido cambiando de forma notable: hoy hay muchos profesionales (no todos) que actúan con una gran transparencia y un respeto admirables.

En el caso de las enfermedades mentales, el ritmo es mucho más lento. Por un lado, a causa de la resistencia de los profesionales. Por otro lado, a causa de la imposibilidad, a veces, de razonar con el enfermo.

En resumen, que se puede decir que hay una evolución general a favor de la autonomía de todos los enfermos, que a la vez hay un gran atraso en el caso de las enfermedades mentales, y que hay unas circunstancias relacionadas con estos tipos de enfermedades que, en parte, solo en parte, hacen comprensible (pero no justificable) este atraso.

El objetivo tendría que ser siempre el máximo empoderamiento posible de la persona enferma mental. El uso de la medicación tendría que ser siempre el resultado de un proceso dialogado, sincero y respetuoso, en el cual no se debería ocultar ninguno de los riesgos existentes: ni los de no tomarse la medicación, ni los de tomársela. Y la decisión final tendría que corresponder siempre al enfermo.

Ahora vuelvo a mi madre. Cuando estaba estable era capaz de razonar con mucha coherencia. Pero yo no tengo la sensación que en general se la tratara como una persona verdaderamente adulta y autónoma, en cuanto a sus problemas emocionales y a la forma de gestionarlos.

Considero que, también en este ámbito, se la prefirió sumisa y no empoderada. El resultado fue una nueva sumisión, añadida a las otras que ya arrastraba.

 

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(1) Monte Miseria. Samuel Shem. Anagrama, 2000 (p. 471)
 


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