6.8 - Sentirse guapa
"En ti, gesto, cabeza, andar, son bellos como un bello paisaje." Charles Baudelaire (1)En alguna ocasión mi madre había dicho que cuando era pequeña ya tenía una tendencia depresiva. Para justificar esta teoría decía que cuando tenía no sé si cuatro años un día, no recuerdo si una tía o una abuela, le dijo o insinuó que no era bonita, y que esto la afectó mucho. Después, alrededor de los quince años, se ve que un día unos chicos que pasaban por la calle, refiriéndose a ella, dijeron "que no valía nada", y también se sintió muy afectada.
No había más ejemplos. Esta teoría suya (expuesta sólo alguna vez, y la verdad es que sin ninguna insistencia especial) se fundamentaba sólo en estas dos experiencias. No hay ningún indicio ni de que formaran parte de alguna "tendencia general depresiva", ni de que entonces fueran especialmente traumáticas (que te digan una cosa que no te gusta y te disgustes es bastante normal). Mi madre no se recordaba ella misma como una niña triste y deprimida, y la gente que la rodeaba tampoco la veía así, todo lo contrario.
Además, en cuanto a la seguridad con relación al propio aspecto, como mínimo a partir de cuando tenía quince años (los mismos del segundo "disgusto", que quizás sólo fue una provocación; hay gente que usa estas estrategias atípicas de seducción) era ya una chica que deslumbraba a los chicos, y ella lo sabía. Digo como mínimo porque de esta edad (y de los años siguientes) hay pruebas:
"¿Qué luz abre tu sonrisa? Yo diría que se abre esparciendo el perfume y el color de una rosa."Es una nota dedicada a mi madre. Es la primera página de una "Agenda de autógrafos", un tipo de cuaderno que se ve que entonces se estilaba, en el cual a las chicas que tenían demanda pegaban los elogios y las notas enardecidas que les dedicaban "sus admiradores". El cuaderno tiene unas cuántas páginas ocupadas con textos como este, o con dibujos también dedicados, algunos muy elaborados. (2)Mi madre era guapa, ella lo sabía. Y los chicos se lo confirmaban. Este reconocimiento era general, también dentro de la familia: su padre era su primero admirador. Y ella además potenciaba esta admiración: era presumida, le gustaba sentirse hermosa. Por otro lado, este aspecto externo iba acompañado de un carácter y una determinación muy grandes. En todo lo que hacía. Mi madre era guapa, era consciente de que lo era y se movía con autoridad y seguridad. Y me imagino que esta combinación de planta y carácter todavía la hacía más atractiva.
Cuando unos años más tarde, ya casada, se empezó a desestabilizar, la causa no fue que ella no se sintiera atractiva. Otra cosa es que, a partir de la aparición de las depresiones, entonces "también" se pudiera sentir poco favorecida, pero esto no es una causa, sino una consecuencia, por otro lado parece que habitual en estos casos, durante los estados depresivos.
Sobre esto de sentirse atractiva recuerdo una anécdota de cuando ella debía tener cuarenta años. Se había comprado un vestido rojo como el fuego, muy ceñido y a la vez bastante escotado. Quizás se lo había comprado aquella mañana, estaba en casa y se lo probó. Estaba espléndida, deslumbrante, y además se la veía a gusto, satisfecha de contemplarse de aquella manera. Entonces hizo un comentario diciendo algo así como que no sabía si a mi padre le gustaría aquel vestido.
Y a mi padre no le debió gustar, porque aquel vestido no se le vi nunca más. Supongo que esta anécdota debió coincidir con una fase un poco a eufórica, porque mi madre era muy presumida, pero no provocadora, y aquel vestido, si lo pienso ahora, en aquel momento y en el contexto familiar y social de mi madre, no era "normal". Pero en todo esto sólo he pensado ahora, de entonces sólo conservo una sensación de sorpresa, de cosa inhabitual.
Más anécdotas. Cuando mi padre ya había muerto, un día ella me explicó que una vez, hacía muchos años, un conocido de mi padre, alguien "importando" (no me dijo quién) le había hecho "proposiciones". No sólo puntuales, sino de dejarlo todo y empezar con él una vida nueva. No le hizo ningún caso, y me dijo que no lo explicó nunca a mi padre, porque se habría enfadado mucho con aquel conocido.
Cuando me lo explicó a mí me pareció que también estaba satisfecha, de haber provocado aquel deseo. Cosa muy normal, dado que a todos nos gusta ser deseados. Como pareja, como amigos, como compañeros de trabajo, de confidencias, de juegos o salidas... Lo más triste de todo es que nadie te desee.
Cuando tenía más de setenta años mi madre, además de seguir siendo presumida, cuando estaba estable seguía sintiéndose atractiva. "Teniendo en cuenta mi edad", decía. Y tenía razón.
Mi madre cuando estaba bien no tenía ninguna duda de ser una mujer atractiva... y cuando estaba mal dudaba de todo, no sólo de su aspecto.
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(1) Charles Baudelaire. Según la traducción de: "A aquella que és massa alegre", Les flors del mal, Proa, 1998
(2) Uno de los dibujos, con la correspondiente dedicatoria dirigida a mi madre, es de un dibujante que después fue todo un referente de la historieta ilustrada en Cataluña, Josep Maria Madorell.