Depresiones y tallarines

5.15 - Malos profesionales

"En la medicina, como en la vida, hay algunos individuos dispuestos a saltarse todos los principios éticos que haga falta para conseguir su beneficio personal." Salvador Esquena (1)

Malos profesionales los hay en todos los oficios. Y maleducados y mentirosos también. Y corruptos. Recuerdo el caso de un ginecólogo. Era un médico de reconocido prestigio, visitó a mi madre y le dijo que tenía un tumor canceroso que, naturalmente, debía extirparse de manera urgente. Mi madre salió de la consulta asustada.

Volvió al cabo de pocos días acompañada de la mujer de un hermano mío, médica. Mi cuñada pidió al ginecólogo que le explicase bien el problema, que le enseñara las pruebas que justificaban el diagnóstico y la urgencia de operar. El ginecólogo no quiso, insistió en su diagnóstico pero sin aportar ninguna prueba.

Mi madre entonces fue a otro ginecólogo, y este le dijo que no tenía nada. Creo que esto pasó unos veinte años antes de morir ella; mientras vivió, nadie más le diagnosticó ningún tumor de ningún tipo. Se murió debido a otros motivos.

Un caso distinto. La boca de mi madre era un desastre y la hacía sufrir mucho. Llegó un punto que decidió ponerse implantes y eligió un dentista muy bueno, dado que el habitual suyo, un hombre tranquilo y cuidadoso, no se dedicaba a los implantes. El nuevo se ve que era tan bueno y consideraba tan valioso su tiempo, que ahorraba la anestesia, para no tener que ir despacio esperando a que hiciera efecto.

Cada vez que tenía que ir al dentista por el tema de los implantes mi madre se ponía a temblar. Esto pasó "cuando los dentistas normales ya no hacían daño". No entendí nunca aquella elección de dentista de mi madre, y todavía menos que la mantuviera. Creo que estaba relacionada "con que le hacía un buen precio"... pero mi madre no tenía ninguna necesidad de ahorrar en estas cosas. (2)

Otro caso. Había decidido operarse de cataratas. El oculista que eligió le empezó a programar visitas: hoy no sé qué pruebas, mañana no sé qué gotas... Era un oculista de una mutua, y además de la operación cobraba por las visitas previas: cuantas más visitas, más ingresos. Debido a aquellas visitas, mi madre cada vez estaba más cansada (estaba otra vez en una etapa depresiva), porque además las visitas se iban programando sobre la marcha, no había habido ningún aviso de que las cosas irían de aquella manera. En aquellas visitas yo acompañaba a mi madre, hasta que le dije que basta. Buscamos otro oculista, le hizo una visita de reconocimiento, la citó para el día de la operación, y la misma mañana de la operación ya volvía a estar en casa. Con un resultado excelente (pero que pudo disfrutar poco, dado  que murió al cabo de unos cuatro meses).

Y podría seguir: protectores del estómago que la descalcificaban, medicamentos recalcificantes que le descalcificaban las mandíbulas y le empeoraban sus problemas dentales, suturas superficiales de heridas profundas dejando el pus adentro, prótesis de caderas con una pierna más corta que la otra después de la operación, hidrocolonterapias que en lugar de aliviarla la hacían sentir fatal durante días y días, etc.

Explico todo esto porque tiene relación con el tema de estas páginas. Sin duda, todas estas situaciones y experiencias adversas y dolorosas no son una buena ayuda, de cara a prevenir o superar estados depresivos. De manera individual quizás no son la causa, pero seguramente, sobre todo si se acumulan y se prolongan, contribuyen a alimentar ansiedades y malestares y, por lo tanto, a cronificar las desestabilizaciones emocionales.

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(1) Salvador Esquena. En la pell del pacient, Ara Llibres, 2016 (p. 48). En una entrevista en Ara (28/02/2016) lo explicaba así: "Licenciados en medicina (...) que cuando entra un paciente en la consulta le engañan y le estafan. Le dicen que debe hacerse un tratamiento cuando teóricamente cualquier consenso médico diría que no se lo debe hacer. Hay médicos y empresas que lo hacen y todos sabemos que engañan sistemáticamente a los pacientes. (...) A estos se les debería retirar el título."
(2) Además del dolor durante la colocación de los implantes, después aquellos implantes le dolieron siempre, de manera casi permanente. Pero este dolor crónico posterior también podía estar relacionado con los efectos secundarios de la medicación, que le dejaban la boca como un estropajo reseco, provocándole llagas, dolor, dificultad para hablar y siempre una gran incomodidad.
 
 


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