7.6 - Una carta distinta
(*) "Yo rezo, tú piensa".Así termina una carta que me escribió mi madre y que encuentro de casualidad, buscando unos papeles sin ninguna relación con estos escritos sobre ella. Es un final que me desconcierta. Mucho. Me desconcierta porque lo encuentro insólito, imprevisible en una carta suya. Y también me emociona.
Es una carta corta. Mi madre me habla de un problema familiar grave, que yo conozco, me dice que está muy preocupada, que no sabe como gestionarlo, a pesar de que le ha dado muchas vueltas. Me dice que cuando nos volvamos a ver hemos de hablar del tema.
Cuando escribió esta carta mi madre estaba bien, ella misma lo dice, y parte de su desazón tiene relación con su estado: "ahora estoy bien, ¿pero que pasaría si con este problema me vuelve a venir la depresión?" La perspectiva le da miedo. Con toda la razón del mundo, porque el problema no es pequeño ni de fácil resolver, e imaginarlo sumado a una depresión es una perspectiva angustiosa.
Este "yo rezo, tú piensa" de la carta que me sorprende tanto, más adelante, pocos años más tarde, será el puntal de nuestra convivencia, cuando yo vuelva a casa. Cuando vuelvo, de entrada los papeles de cada cual no están muy definidos. Las rutinas históricas pesen (cómo si enlazáramos con veinte años antes, cuando marché). De forma que a veces nos encallamos un poco, ella en su papel de madre que en según qué aspectos todavía quiere educar al hijo; yo por mi parte con la actitud del adolescente que antes le hacía frente. Mal comienzo.
Aquello no iba bien, era obvio, y entonces me tuve que recordar y le tuve que recordar que debiamos respetarnos mutuamente, dado que si no la convivencia sería muy difícil. Sobre todo, con relación al tema religioso, ella no tenía que hacerme apostolado, y yo tenía que evitar hacer comentarios sobre su fe y sus rituales.
Los dos fuimos sensatos, considero que lo asimilamos con mucha rapidez. De hecho, no teníamos más remedio que aprender la lección, si queríamos que las cosas funcionaran (es decir, que yo pudiera ser una ayuda, algo muy necesario con mi padre en el estado en que estaba).
He de reconocer que su adaptación tenía más mérito, dado que el respeto que yo le pedía iba en contra de su obligación cristiana de hacer apostolado. En cambio, el respeto que yo le debía era de hecho una cuestión de civismo y de afecto. De sentido común, teniendo en cuenta que era mi madre, que era mayor y que ya tenía la vida bastante complicada.
Vuelvo a la carta mencionada al principio. Tenía el convencimiento de que mi madre siempre que escribía alguna carta incluía de manera más explícita o implícita, marginal o monotemática, una intención moralizante. Este era el recuerdo que tenía de sus cartas. Pero me encuentro esta carta y debo cambiar de opinión. Y he de recordarme, una vez más, que todas las generalizaciones son arriesgadas. En esta carta mi madre me pide ayuda, no me hace ningún sermón, y dice que mientras no nos vemos cada cual se dedique a aquello en lo que cree, ella a rezar y yo a intentar ser racional.