4.2 - La oca y el pastor
(*) "Mi marido era como casi todos los hombres de su época, un machista acabado. Quería mucho a su mujer, pero la quería sumisa y casera. Pocos años después de casarme encontré un dibujo suyo, que había hecho cuando iba al colegio, en el que se veía una oca, y un pastor con un bastón. Pensé que reflejaba a las mil maravillas su manera de ser y nuestra relación. Él me quería mucho, pero quería que yo fuera perfecta, según su idea de perfección, siguiendo el camino que él había soñado que seguiría yo como mujer suya. 'Él sabía lo que me convenía', y dado que lo sabía tenía que conseguir que lo hiciera. Hice enmarcar el dibujo y se lo enseñé, diciéndole que era la imagen de nuestra relación." (1)Recuerdo este dibujo enmarcado y colgado junto a la puerta de la habitación de mis padres: un pastorcillo que, con un bastón, guía una oca. No sé cuando mi madre colgó el dibujo, pero como mínimo los últimos once años siempre estuvo allí. Y no era un dibujo que después de colgarlo hubiera quedado olvidado en aquella pared (cómo tantas cosas que colgamos y que se acaban haciendo "invisibles", de tan acostumbrados que estamos a verlas). Ella lo tenía presente, y de vez en cuando hablaba del dibujo, lo usaba de ejemplo para explicar lo que ella consideraba que había sido la relación con mi padre.
En fin, esto cuando pensaba "desde este punto de vista", ya he dicho que mi madre tenía distintos puntos de vista, según los días y las circunstancias.
Por ejemplo, después de la muerte de mi padre, durante las comidas de los sábados en las cuales a menudo había hijos y nietos invitados, de vez en cuando ella explicaba que había releído alguna de las cartas que mi padre le enviaba cuando eran novios, y cuando lo explicaba siempre añadía "que se volvería a casar con él otra vez", que lo volvería a hacer todo igual.
Sorprende que lo dijera, si se piensa en lo que mi padre le decía antes de casarse en aquellas cartas (eso sí, escondido entre grandes declaraciones amorosas y alabanzas). Ya he puesto algunos ejemplos en otro apartado ("Siempre te querré ver sumisa y humilde", etc.), unas cosas que parece que tendrían que haber hecho que mi madre huyera espantada del hombre que se las escribía.
Por otro lado, al final de la vida, supongo que este autoengaño tenía una parte positiva: ignorar las aristas y los conflictos, embellecer el pasado... A veces, mentirnos es una buena alternativa, para estar en paz con nosotros mismos, para estar algo más a gusto en la vida. Sobre todo, cuando aquello que embellecemos son hechos consumados e inamovibles.
(*) "A pesar de todo, me volvería a casar con mi marido con los ojos cerrados. No podría querer a nadie como le quise a él, situado en su pedestal y queriendo elevarme durante toda su vida. Pienso que él, a su manera fue feliz, y yo a mi manera también."Además, hay otro aspecto: para mi madre la evaluación que hacía de haberse casado con mi padre era inseparable de la realidad presente: la existencia de sus hijos y nietos. Son dos esferas distintas, por un lado, las decisiones que tomamos en un momento de la vida y si posteriormente las consideramos sensatas o no. Y por otro lado, la realidad que hoy nos rodea, fruto tanto de decisiones anteriores como de distintos azares.--
(1) Sobre el contexto y las causas de la rotunda afirmación de mi madre se podrían poner muchos ejemplos. Pongo uno: cuando mis padres se casaron eran habituales (no sé si incluso obligatorios) los cursos de preparación para el matrimonio, que coincidían en subrallar el papel subordinado de la mujer. Josep Maria Gassó era un monje de Montserrat especializado en impartir cursos de estos. Era el autor de "Cinc aspectes de l'amor conjugal", del cual se hicieron distintas ediciones. Dirigiéndose a la mujer, decía en este libro: "Querer ser esclava incondicional del marido: he aquí la clave eficaz para la buena marcha de la armonía en la pareja y de la fidelidad del hogar". Y también: "Cuando empleamos los términos esclavitud y sumisión no entendemos la sumisión y la esclavitud propias de los esclavos o esclavas del paganismo, sino una actitud de generosa y humilde abnegación para adaptarse voluntariamente al criterio y las disposiciones del marido." Fragmentos citados por Maria Aurèlia Capmany en "La dona", Dopesa, 1975 (p. 268, 269).