Depresiones y tallarines

8.3 - Buenos recuerdos

"Lo he visto todo claro. También lo he visto todo oscuro. Que no se me olvide." Julio Villar (1)

Unos meses después de morir mi madre Roser me invitó a comer. Roser era unos cuántos años mayor que mi madre, pero se conservaba espléndida, con la cabeza muy clara, una actitud optimista, buen sentido del humor y ninguna limitación física importante, por lo que te la podías encontrar a menudo por la calle, andando ligera y con energía, como si tuviera treinta años y no los más de ochenta que ya tenía.

Durante aquella comida hablamos mucho de mi madre, y me hizo de ella grandes elogios: que era una persona extraordinaria, imaginativa, original, generosa, alegre, vital... Roser había sido durando muchos años muy amiga de mi madre, de forma que también había conocido sus diferentes etapas depresivas, pero en sus recuerdos la imagen que dominaba era la de la vitalidad y la alegría. En lugar de las tristezas y las tinieblas, recordaba la luz y el entusiasmo.

No ha sido la única amiga de mi madre que me la ha recordado así, han sido unos comentarios repetidos. Tenía esta virtud: sus amigas valoraban mucho la manera de ser de mi madre y resaltaban los aspectos más alegres y originales. Me han hablado de ella con afecto, con mucho afecto. Es evidente que mi madre se hizo querer y les dejó un buen recuerdo.

Esta vertiente de mi madre por supuesto no me es desconocida, pero a mí se me mezcla con otros aspectos, de forma que el resultado es una imagen más compleja, también con sombras o aristas. Una explicación que se me ocurre para la visión en general sin sombras de sus amigas es que ellas seguramente conocían poco los episodios complicados.

Cuando mi madre pasaba por una etapa depresiva salía lo mínimo de casa, sólo lo imprescindible, de forma que "aquella manera de ser" desesperanzada y dolorida la conocía bien la familia (la parte de la familia que convivía con ella), y menos el resto de la gente. Lo que sí era más fácil que pudieran conocer las amigas eran los arrebatos de euforia, pero en estas fases, al margen de ir acelerada y alocada (cosa que también tenía su parte simpática) quizás fuera de casa no tenía tanto la tendencia a ser invasiva que tenía entonces con la familia. Es sólo una hipótesis, un intento de encontrar una explicación coherente.

Otra explicación podría ser esta. Mi madre en casa tenía un papel asignado, asociado a distintas responsabilidades, algo que no favorecía que pudiera tener comportamientos despreocupados. En cambio, fuera de casa, sin marido ni hijos cerca, sin responsabilidades, no se tenía que contener tanto, se podía soltar más.

Es probable que en el entorno de sus amigas se sintiera más libre, no se sintiera tan enjuiciada, a diferencia de en casa, donde creo que tenía la sensación de no satisfacer las expectativas que se habían depositado en ella.

Fuera por el motivo que fuera, el caso es que mi madre dejó muchos buenos recuerdos entre sus amigas.

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(1) Julio Villar. Viaje a pie. Editorial Juventud, 1986 (p. 67)
 


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