Depresiones y tallarines

3.14 - La convivencia

(*) "Tan bien que estaba ayer. Y lo mal que estoy ahora."

Las euforias y las depresiones de mi madre no las vivía todo el mundo igual. A mi padre al parecer le daban más miedo las euforias, y a mis hermanos, a los que todavía no se habían emancipado, las depresiones. Todos deseaban que ella se mantuviera estable, pero si perdía la estabilidad, según en que sentido la perdiera era vivido de manera distinta.

A mi padre por supuesto no le gustaba la tristeza, pero entre las depresiones y las euforias, al parecer prefería las depresiones (o cuando menos, esto es el que a veces decía mi madre, dolida). Supuestamente, él prefería estos estados apagados de mi madre porque, entonces, todo estaba más controlado, no había sustos. Era muy duro, pero a la vez todo era más previsible.

En cambio, a mis hermanos las depresiones se les hacían insoportables, con mi madre ausente, profundamente triste, tumbada en la cama con los ojos como de cristal. Entre las depresiones y las euforias, ellos preferían las euforias, aunque fueran caóticas, dado que entonces mi madre estaba contenta, haciendo mil cosas, a menudo alocadas, pasándoselo bien.

Explicado así, puede dar la sensación de que estoy diciendo que mi padre era insensible: "Mira como era, prefería verla anulada en la cama que pasándoselo bien con las euforias". Pero esta sería una lectura muy superficial, porque sería una lectura "aislada del contexto". Reconozco que yo mismo, durante un tiempo, caí en la trampa de esta lectura superficial.

Mi padre y mis hermanos vivían con mi madre, pero es evidente que los papeles de cada cual eran muy distintos. Supongo que la principal preocupación de mis hermanos era la supervivencia personal, intentar que no los trastornara demasiado todo lo que le pasaba a mi madre.

Desde esta perspectiva sin responsabilidades, era mucho más fácil y agradable vivir las etapas de euforias, llenas de risas y de ideas divertidas (y también de algunos sustos), que no la deprimente y permanente tristeza de la depresión, aquella especie de agujero profundo y negro, que a la vez contaminaba y chupaba la tranquilidad y el equilibrio de la gente que la rodeaba:

"Todo el mundo sabe que las emociones y los estados de ánimo son contagiosos. Una persona deprimida deprime a los demás sin haber hecho nada para producir este efecto." Alexander Lowen (1)
En cambio, mi padre era el responsable de que aquel barco familiar en el que estaban todos embarcados (matrimonio e hijos no emancipados) siguiera navegando. Inclinado hacia un lado o hacia el otro, pero flotando, navegando, con independencia de la mala mar que hiciera. Y a veces, la mala mar era mucha. Y él iba haciendo lo que podía, de la mejor manera que sabía.

Los hijos, cuando podíamos, íbamos marchando, todos. Marchábamos los hijos, pero él estaba siempre allí, como responsable principal y permanente.

Si me pongo en el lugar de mi padre, no sé qué habría preferido, que habría hecho. Quizás lo mismo que él. No lo sé.

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(1) Alexander Lowen. La depresión y el cuerpo. Alianza editorial, 1982.(p. 258)
 


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