Depresiones y tallarines

5.8 - Conejillos de indias

(*) "Me pregunto como puede aguantar un cuerpo tanta cantidad de química. El médico de la Seguridad Social no entendía que yo sola me tomara tantas pastillas."

La teoría es esta: cuando hay mejoras es gracias a la medicación, cuando no las hay, la causa es un misterio. Lo que es positivo es gracias a los médicos; lo que es negativo, no se sabe. Es la adaptación de la teología cristiana a la farmacología: todo lo que va bien es gracias a Dios, todo el que va mal son imponderables. O culpa nuestra.

Cuando se hace evidente que no hay mejora, a veces se atribuye a la falta de implicación del enfermo: no tiene suficiente paciencia para tolerar los efectos secundarios, ni para seguir esperando los deseados efectos positivos (aunque no haya ningún indicio de ellos por ningún lado), no tiene suficiente confianza en el profesional, etc. Diagnóstico: falta de implicación, falta de adherencia al tratamiento. "Falta" (de lo que sea, pero del enfermo). Es decir, se articula la oportuna "transferencia de responsabilidades" para que todo encaje. Que le encaje al médico, está claro.

En resumen: cualquier cosa antes que cuestionar la pericia de los expertos de turno y la eficacia de los fármacos que recetan.

Después de esta introducción, toca subrayar otra vez (lo siento por la insistencia) lo que ya he ido diciendo: no me consta ningún periodo de bonanza de mi madre asociado con una determinada pauta farmacológica. Con los mismos o diferentes profesionales, y a veces con iguales o muy parecidas pautas farmacológicas, se iban repitiendo las oscilaciones anímicas descontroladas. Y si dentro de esta dinámica, llegaba algún periodo de calma, no se podía identificar nunca con ninguna pauta determinada. Desgraciadamente para ella, no había relación farmacológica causa-efecto. Durante treinta años fue así.

No tengo ningún interés en hablar de medicamentos concretos. Creo que aportaría poca cosa a este relato sobre mi madre. Pero de medicamentos en general sí que me parece que puede tener sentido. Porque creo que puede ayudar a entender el grado de desprotección en que se encontraba mi madre (ella, y todas las personas como ella, en su situación). (1)

Creo que se ha de hablar de este tama, por ejemplo, de las presiones de las farmacéuticas para conseguir (a veces con conductas muy poco éticas) que se aprueben sus nuevos medicamentos, y de sus estrategias para que después los médicos los receten. Se ha de hablar de ello, porque el resultado es que, al final, quien paga las consecuencias de estas presiones y estrategias son los enfermos. A veces, tomando medicamentos "tan eficaces como un placebo", o que causan unos efectos secundarios insoportables (o incluso nuevas dolencias), o que son carísimos cuando resulta que hay un medicamento alternativo de efectos iguales o mejores (quizás con la patente ya expirada y, por lo tanto, mucho más económico), etc.

Alguien tan poco sospechoso de estar en contra del uso de medicamentos psicoactivos como el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera, hace años ya decía esto, refiriéndose a las farmacéuticas y a la promoción de nuevos medicamentos:

"En ocasiones han mentido descaradamente, anuncian cada nuevo antidepresivo como 'mucho más eficaz y con menos efectos secundarios' que todos los disponibles hasta ahora, y luego casi siempre (...) comprobamos que son totalmente falsas las dos afirmaciones." Juan Antonio Vallejo-Nágera (2)

Acabo. De las muchas veces que he estado en la consulta de un médico, de un psiquiatra, un neurólogo u otros especialistas (casi siempre de acompañante, de mi madre u otras personas), cuando se hablaba del tratamiento farmacológico sólo una vez, uno de estos médicos, hizo un comentario con relación a la prudencia con que hay que contemplar las afirmaciones optimistas de las farmacéuticas sobre la eficacia de sus medicamentos. (3)

A lo largo de los años, y de muchas visitas, sólo una vez.

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(1) Haré una excepción. Durante 1983 mi madre se estuvo tomando Alival (nomifensina), "Para el paciente que ha perdido la ilusión de vivir", tal como decía un anuncio que podría ser de Cocacola, pero que era de Hoechst, el laboratorio fabricando del Alival, antes de que el medicamento fuera retirado al año siguiente a causa de graves efectos secundarios. Este anuncio salía al final de un libro titulado "Trastornos depresivos en la práctica diaria", editado por Hoechst, un libro el único objetivo del cual era (después de insistir en las causas "biológicas" de las depresiones) convencer los médicos para que recetaran el nuevo fármaco. Con este propósito se distribuyó de forma masiva entre los médicos de cabecera. A mí me lo dio un de aquellos médicos, y entonces lo guardé sin saber que, ahora, revisando papeles y libros, descubriría esta coincidencia: que el Alival, uno de los muchos medicamentos que se tomó mi madre, tenía esta historia inquietante.
(2) 'Ante la depresión'. Juan Antonio Vallejo-Nágera. Planeta, 1994, p. 107
(3) Si a alguien le interesa este tema de los abusos de las farmacéuticas y no sabe por donde empezar a buscar, un libro riguroso es 'Mala farma', de Ben Goldacre (Paidós, 2013). Otro libro parecido: 'Medicamentos que matan y crimen organizado', de Peter Gotzsche (Los Libros del Lince, 2014, con prólogo de Joan-Ramón Laporte).

 


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