10.3 - Vivir enjaulados
"Las personas dependen del contacto físico durante toda su vida. Desde el nacimiento vela por el fortalecimiento del sistema inmunológico y por el establecimiento de lazos afectivos y de protección y amparo." Wilhelm Schmid (1)Recuerdo hace años que en una entrevista la escritora Isabel Allende explicaba que cuando la ansiedad la empezaba a dominar y se empezaba a sentir desbordada, se lo hacía saber a su marido. Y entonces él la abrazaba. Ella se acurrucaba en sus brazos, y se estaban así, quietos, en silencio, hasta que ella poco a poco se iba serenando. (2)
Isabel Allende en estos casos era capaz de manifestar su momento de riesgo y su necesidad de ser acogida. Y tenía la suerte de que su marido la entendía y era capaz de darle lo que a ella, en aquel momento, le hacía falta.
Mi madre, una persona también apasionada y sensible como Isabel Allende, debido a su educación no estaba acostumbrada a manifestar este tipo de necesidades. Y mi padre, a causa también de su educación, no era capaz de ser receptivo a aquella necesidad encubierta.
El caso es que en casa los abrazos no se prodigaban. Los hijos también recibimos pocos.
Desde este punto de vista, tengo la sensación de que mi madre vivió cerrada en una jaula. Creo que si mi madre no hubiera contenido tanto su afectuosidad (la capacidad de pedirla y la facilidad de darla), habría podido estar más a gusto en la vida.
Por ejemplo, creo que si mi madre nos hubiera dado más abrazos, nos hubiera hablado con más calidez, además de hacernos a nosotros este regalo, también se lo habría hecho ella misma. Esta limitación suya considero que no fue causada por la convivencia con mi padre, tan disciplinado y distante, sino que era una actitud que ya la integró de pequeña, ya era una característica suya cuando se casó.
Creo también que mi padre, a pesar de ser tan distinto de ella, en esto era igual: vivió siempre con su afectividad enjaulada, con una máscara de rigidez. De él puedo decir lo mismo que de mi madre: no nos prodigó unos abrazos que seguro que habríamos agradecido, y al no dárnoslos, él también sufrió la pérdida de no habérnoslos dado.
Con más abrazos y menos ideas o creencias seguramente habríamos sido todos más felices. Adquirimos otras competencias (importantes, y que yo agradezco mucho), pero la capacidad de ser cálidos en nuestras relaciones creo que muchos de los hermanos no la llevábamos en la mochila (o en la maleta según los casos) cuando nos emancipamos. Creo que es un aspecto que ha marcado la historia familiar.
Después, cada cual ha hecho lo que ha podido. Algunos, como yo, quizás con más dificultades.
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(1) Wilhelm Schmid, Sosiego, Kairós, 2015 (p. 57)
(2) Su segundo marido, Willy Gordon.