Depresiones y tallarines

4.18 - Creer

"Soy atea y ya está. Creo que no hay nada en qué creer, excepto en ser amable con los demás y hacer lo que podamos por ellos." Katharine Hepburn (1)

A mi madre la preocupaba mi falta de fe. Para ella la fe consistía al creer en Dios y en una vida después de la muerte. Que yo no tuviera esta fe era terrible.

A mí, en cambio, me preocupaba su falta de fe. Porque, desde mi punto de vista, la falta de fe más evidente y más grave es la de quien ha perdido la fe en la vida, es decir, la de quien sufre una depresión. Dado que debido a la depresión no cree en nada, la vida le es insoportable y sólo piensa en la muerte. A causa de la depresión, de la tristeza, del vacío y de la negrura que le rodea, ve la muerte como una liberación. Decir que en este estado se sufre una falta de fe absoluta me parece una afirmación muy ajustada a la realidad. Alexander Lowen lo explica así:

"Un hombre que proclama su creencia en Dios puede tener poca fe, como atestiguaría, por ejemplo, el hecho de que se deprime. Por otro lado, un ateo puede ser un hombre con una gran fe. Puede que no cree en un Dios sobrehumano que rige los destinos, pero su fe podrá estar relacionada con su identidad, con el amor por sus compañeros y con el amor por la vida." (2)

Mi madre tenía dos fes, una de carácter sobrenatural, religiosa, y otra terrenal. La segunda a veces le fallaba, cuando sufría depresiones (y entonces, de rebote, a veces también se le tambaleaba la primera).

Yo también tengo dos fes, de hecho todos tenemos dos (como mínimo). Porque todos tenemos nuestras creencias, del tipo que sean (religiosas, políticas, ecológicas, sociales, culturales, deportivas...), y a la vez todos estamos expuestos a las oscilaciones, más grandes o más pequeñas, de nuestros estados de ánimo.

Sobre el primer tipo de fe, alguna vez le decía a mi madre que no se preocupara, que lo importante no son las creencias, sino como gestionamos las creencias. Y que sean las que sean nuestras creencias, si las usamos para procurar ser buenas personas, solidarias, compasivas, pues que ya está bien. Si a ella la creencia en su Dios le servía para esto, pues de primera. Y si a mí vivir alejado de su Dios no me impedía lo mismo, pues igual, también iba por el buen camino. Y que, por lo tanto, no hacía falta que se preocupara, dado que en definitiva no éramos tan distintos.

Mi madre a veces me decía que sí, y a veces me decía que no. Es normal, si siempre me hubiera dicho que sí no habría sido mi madre. Cuando me decía que no, alguna vez me había dicho que, para demostrarme que ella tenía razón, cuando se muriera, alguna noche, cuando yo estuviera durmiendo, vendría y me despertaría haciéndome cosquillas en los pies.

Hace diez años que ella murió y, de momento, no ha venido. Digo que no ha venido porque tengo el sueño ligero, y si una noche me hubiera hecho cosquillas en los pies creo que lo habría notado.

De todas maneras, quizás mi madre tenía razón. Y ahora quizás está la mar de bien en el Cielo, con sus dos fes reforzadas: en compañía de Dios y sin ninguna sombra de depresión. Y quizás no viene a hacerme cosquillas porque, estando allí, se ha dado cuenta (quizás Dios se lo ha dicho) que yo también tenía razón, y que lo más importando no es si creemos o no creemos en Dios, sino lo que hacemos con nuestra vida.

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(1) Cita recogida por Joan Konner a 'La Biblia del ateo', Seix i Barral, 2008 (p. 94)
(2) Alexander Lowen. La depresión y el cuerpo (1972). Alianza editorial, 1998 (p. 196)
 
 


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