Depresiones y tallarines

3.17 - Los tallarines

(*) "Hasta la una estirada en la cama, pero se acercaba el horror de la cocina, cuando de hecho a mí, cuando estoy bien, me entusiasman los menús originales."

Cuando se encontraba bien, a mi madre le encantaba cocinar. La cocina era un espacio donde se sentía a gusto. No le daba miedo preparar comidas, en inmensas cazuelas, para un montón de gente. También le gustaban los experimentos gastronómicos, que en general salían bien, y alguna vez no tanto.

Recuerdo, cuando yo tenía quizás doce años, un flan de color verde que había hecho ella. No recuerdo si era bueno, ni ningún comentario sobre el flan, sólo aquel color tan extraño.

De muchos años más tarde recuerdo un helado de sardinas, supongo que preparado a partir de alguna receta "de algún cocinero vanguardista", es probable que de propina interpretada libremente por mi madre. Otro helado original fue uno de espinacas: fueron los postres que se encontraron unos consuegros el día que los invitó a comer.

A mi madre le encantaba mirar revistas y libros de recetas... y después a menudo hacía las cosas sobre la marcha, según lo que tenía a mano, y a ojo, sin preocuparse mucho ni de los ingredientes concretos ni de las cantidades exactas de la receta.

Recuerdo los caldos y los cocidos de Navidad, y los espléndidos capones horneados, rellenos de morcillas, tocino, pasas, ciruelas, cebollas... Y los canalones de San Esteban, hechos con los restos del día anterior.

La recuerdo echando chorritos, o unos buenos chorros, de vinos o licores en las carnes asadas, que cocinaba en la cazuela o en el horno. Ella no bebía vino, pero cocinando lo gastaba a menudo.

Recuerdo las bandejas de crema, de "la crema de la Abuela", que los nietos siempre esperaban cuando iban a verla y que ella en estos casos siempre tenía a punto. Y también recuerdo la crema quemada del día de San José.

Recuerdo otros quemados no tan buenos, cuando se despistaba y el olor de quemado invadía la casa, y entonces venían las carrerillas. El olor de quemado del sofrito, o del arroz, o de las lentejas, y después el trabajo para limpiar aquellas cazuelas carbonizadas.

Recuerdo las tortillas más inverosímiles, con todo tipo de ingredientes, según los restos que hubiera en la nevera. Y los arroces también de restos, y los otros, "los arroces nuevos", sobre todo los días de invitados; en general todos los arroces muy buenos, tanto los reciclados como los normales. Y también alguna excepción, algún experimento fallido.

Recuerdo los pasteles de pan, hechos con las migas acumuladas al rebanarlo, mezcladas con leche, huevos, azúcar y un chorro de licor, y entonces horneado. (1)

Recuerdo, cuando era pequeño, los caramelos de azúcar quemado, hechos caramelizando el azúcar en el fuego, y después vertiéndolo encima de palillos esparcidos por el mármol, previamente untado de aceite.

En cambio, no recuerdo la época de los tallarines diarios, cuando ella no era capaz de cocinar otra cosa. Aquellas épocas durante las cuales se lo pasaba tan mal debido a la depresión. Cuando a pesar de querer preparar comidas variadas acababa hirviendo cada día los tallarines, dado que era lo único que se veía capaz de cocinar. Entonces, durante aquellas épocas más difíciles, yo no vivía allí.

Mi madre a veces hablaba, de aquellos tallarines. Como ejemplo. Hablaba de sus dificultades para realizar las tareas más básicas cuando se encontraba mal. Y explicaba que era gracias a su inmensa fuerza de voluntad que conseguía llevar a cabo aquellos mínimos.

No obstante, sobre los tallarines, lo que no explicaba mi madre era que la comida no era nunca "sólo" tallarines, dado que había también segundo plato, normalmente carne, que también debía cocinar, y postres, en general fruta. Una fruta que como la carne, como los paquetes de tallarines, como el pan, el aceite, la leche, como todo el que se gastaba, debía ir a comprarlo. Y en cantidades importantes, porque éramos una buena pandilla. Tenía ayudas (de los hijos, de las sirvientas), pero la responsable de toda aquella logística era ella. Aunque algunas temporadas se pasara buena parte del día estirada en la cama, con aquellos ojos de vidrio sin vida que encogían el corazón, era capaz de levantarse cuando tocaba y responsabilizarse de aquellos mínimos, si es que se los puede llamar de esta forma. Porque no eran tan mínimos, aquellos "mínimos".

Hay personas que en situaciones parecidas, de episodios depresivos severos, no hacen absolutamente nada, y no lo hacen porque son incapaces de hacerlo. En cambio, ella conseguía levantarse y preparar la comida, una comida que a ella por otro lado le parecía muy poca cosa, porque supongo que la comparaba con las comidas espléndidas que a menudo preparaba cuando se encontraba bien.

Y la cocina era sólo una parte. Después había la ropa, la de la casa y la de cada uno; comprar, lavar, plegar, guardar. Y todo lo relacionado con los colegios de los hijos. Y...

Yo no he tenido nunca ninguna depresión, pero me parece que nunca he llegado a hacer "el poco trabajo" que ella hacía cuando se encontraba mal. Digo cuando se encontraba mal, porque por supuesto, nunca he tenido el grado de actividad que ella tenía cuando estaba estable (de las euforias ya ni hablo, cuando se podía pasar veinticuatro horas seguidas, o más, de actividad frenética, sin parar).

Creo que mi madre era una depresiva atípica, debido a su fuerza de voluntad y a su sentido de la responsabilidad: no hacer nada no lo hacía nunca. Hacía menos, o mucho menos, pero aquel mucho menos, "aquel no hacer nada", seguía siendo una actividad logísticamente importante.

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(1) Cuando se rebanaba el pan, las migas se guardaban en el cajón del pan, y cuando había una buena cantidad de migas era cuando ella preparaba con ellas algún pastel o alguno otro plato.
 


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